auxi auxi Cuadernos de Información Nº 20/ Julio 2007 auxi auxi
auxi
Volver Enviar Imprimir
auxi
auxi

Entrevista con Ryszard Kapuncinski

«Los periodistas se han vuelto hombres que no piensan»

 

El periodista polaco tenía una profunda preocupación sobre el estado actual de la prensa, en particular por el hecho de que hoy se buscan noticias que sean rápidamente vendibles y de fácil transmisión en vez de privilegiar su contenido de verdad. Y aunque el desaparecido autor de libros como El Sha, El Imperio y La guerra del fútbol reconocía que las soluciones a este problema no eran fáciles, no dudaba en señalar un camino claro: volver a las raíces, volver hacer del periodismo una misión de vida.

Juan Pablo Toro
auxi

Juan Pablo Toro, es director de El Mercurio de Valparaíso. Fue corresponsal de The Associated Press en Colombia entre 2000 y 2005.  Es periodista y magíster en Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y diplomado en Seguridad Nacional por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).

 

Ryszard Kapuscinski (1932-2007) era un hombre con una misión: hacer periodismo. Y aunque suene sen­cillo, para el polaco esto significaba un peregrinaje cons­tante por el mundo con el objetivo de descubrir cómo viven las personas desde Nagorno-Karabaj a Luanda. Sólo a través del contacto directo con los otros era posi­ble entender las causas profundas que detonan una re­volución o que provocan el derrumbe de un imperio. Además, este permanente cruce de fronteras debía de ir acompañado de lecturas oportunas y reflexiones li­bres: algo clave para darle sentido a la historia en la tra­dición del periodismo europeo. Lo más importante de todo, es que se trataba de un viaje donde no había con­cesiones. Al fin y al cabo, un periodista es alguien que deja el confort del hogar para partir a lugares desconoci­dos sin otro objetivo que describirlos, aunque eso le sig­nifique toparse con guerras, enfermedades tropicales o la falta de dinero fresco en los bolsillos.

El formato preferido por Kapu sci nski para reunir sus experiencias era el reportaje, un espacio suficiente­mente amplio y flexible para dar vida a títulos como La guerra fútbol, El Sha, El Emperador y El Imperio. Para muchos seguidores del polaco se trata de clásicos del periodismo, por la forma como, a través de una colori­da descripción de los hechos y una aguda reflexión, se pintan finos cuadros de época y lugares remotos. No en vano Gabriel García Márquez lo llamaba maestro.  Pero otros, y sobre todo a raíz de su muerte en enero, sacaron a relucir el tema de la supuesta falta de rigu­rosidad que denotan las crónicas del autor. The Econo­mist de forma elegante dijo que era mejor escritor que reportero, mientras la revista Slate publicó un artículo titulado Las mentiras de Kapu sci nski, donde expuso varias y significativas imprecisiones del polaco.

En mayo de este año, la edición polaca de las revista Newsweek reveló que, según consta en archivos oficiales, Kapu sci nski colaboró con los servicios de inteligencia de su país de 1965 a 1972. Sin embargo, el mismo sub­editor en jefe de Newsweek Polonia y coautor del artícu­lo, Aleksander Kaczorowski, aclaró en el diario Reforma de México que en aquellos años era casi imposible aban­donar el país sin firmar un documento para cooperar con el régimen: Kapu sci nski no fue un espía, sino una persona que se vio forzada a colaborar con los servicios de inteligencia en contra de su voluntad. El punto es que quizás sin esa colaboración forzada, que ni siqui­era se tradujo en informes relevantes por lo que se sabe, no existirían los reportajes y libros que tanto han dado que hablar.

Dejando de lado toda polémica, Kapuscinski de­scribía su escritura como creativa no-ficcional , es decir, no apoyada en la imaginación y donde su mayor licencia consistía en diseñar la estructura donde se in­sertaban los hechos, descripciones y citas. Viajar des­cubriendo, la lectura y la reflexión conforman, todo unido, mis textos, dijo alguna vez. Quienes valoran sus relatos, entonces, no lo hacen por la exactitud de la re­construcción de una historia en particular, sino por el talento para presentarla con la verosimilitud que per­mite ir al fondo de la misma.

Conocí a Kapu sci nski en el Hotel Ópera en el colo­nial barrio de La Candelaria de Bogotá. Era una tarde nublada de agosto de 2000 y él venía a un foro sobre de­mocracia del Instituto Luis Carlos Galán, que toma su nombre de un candidato presidencial asesinado por ór­denes del capo Pablo Escobar. Mi entrevista fue una re­tribución del instituto por prestarle mis libros del autor a los organizadores del foro, que por entonces no sabían mucho de este reportero polaco de quien se dice cubrió nada menos que 27 revoluciones y golpes de Estados en el tercer mundo. Cuando le conté esto a modo de anéc­dota, Kapuscinski me bombardeó con preguntas y así pude sentí en carne propia la legendaria capacidad in­quisitiva del escritor. Sin darme cuenta, el entrevista­do empecé a ser yo, algo que le ha pasado a más de uno que ha conversado con el periodista.  Por algo el escri­tor se describió a sí mismo en un artículo (Apuntes nó­madas, en Letra Internacional, Nº 44) como un detective del otro .

Para mí, la principal de razón de dejar Chile para irme a Colombia fue la posibilidad de cubrir un conflicto armado en terreno: guerrillas, negociaciones de paz, ayu­da militar estadounidense en curso y el boom del narco­tráfico. Pero ahí vino la primera lección de Kapuscinski: con su tono amable y su mirada siempre concentrada, me dijo que para comprender y describir una guerra in­terna hay que ir más allá de la política, es decir, enten­der por qué la gente está dispuesta luchar: cuáles son sus ideas, sus necesidades, sus miedos y alegrías. En 2004, y con cuatro años de cobertura colombiana en el cuerpo, volví a ver a Kapuscinski en un almuerzo con otros pe­riodistas que se hizo en Bogotá. Vaya que tenía razón en su consejo y así se lo hice saber.

Aunque era muy difícil no sentirse inspirado por el desbordante entusiasmo de Kapuscinski (quien siempre parecía estar descubriendo algo nuevo en lo cotidiano), la visión que él tenía sobre el estado actual del periodis­mo no era la mejor. Ya en ese entonces estaba preocupa­do por el predominio de los aspectos tecnológicos por sobre los de contenido y éticos en el mundo de las noti­cias. Además, encontraba que los grandes medios de co­municación habían perdido el norte, ya que en vez de buscar la verdad tras los hechos estaban cada vez es­tán más preocupados por vender noticias interesan­tes. Ante ese atolladero sugería dos caminos de salida. Uno apuntaba al doble taller, que en otras palabras era mantener un proyecto periodístico en forma paralela al trabajo que paga las cuentas a fin mes. El otro, volver a hacer del periodismo una misión para los mejores.

Esta es la entrevista que le hice a Kapuscinski en agosto del 2000 y que, hasta ahora, nunca antes había sido publicada:

-Una constante en sus ensayos es la crítica a que hoy, cuando se aborda el tema del periodismo, se des­tacan los aspectos tecnológicos por sobre los aspec­tos humanos. ¿Podría explicar está preocupación?

- Creo que un gran peligro que corre nuestra pro­fesión, nuestro mundo periodístico, es que la discu­sión sobre periodismo (su contenido, su sentido y su misión) está desde hace algún tiempo dominada por gente que no es periodista, sino por técnicos y hombres del mundo financiero. Ellos tratan la información como una mercancía; no les interesa mucho lo que es el objeto del periodismo, la búsqueda de la verdad. Por el contra­rio, lo que les interesa es que la información sea atracti­va para ser vendida fácilmente. Y ese cambio de criterio nos lleva hacia un camino muy peligroso, porque se pier­de lo que siempre fue la preocupación de los periodistas (al menos de los periodistas serios y responsables). Por ejemplo, tenemos el caso de la ética en el periodismo, de la que ya no se habla. Ahora se piensa en cómo podemos mandar más rápido las noticias, cómo conseguir una transmisión. Pero no nos preguntamos qué noticia en­viamos. Estos fenómenos son muy inquietantes. Es muy peligroso que en la discusión dominen los aspectos pu­ramente técnicos y no se hable de los éticos.

Otro tema que me preocupa es que, en virtud de esta rapidez en la entrega de la información (o sea, datos, da­tos y más datos), se le quita al periodismo la misión que tenía en su tradición europea. Esto era reflexionar, co­mentar, explicar, contextualizar y dar cuenta de cuá­les son los mecanismos detrás de los acontecimientos. Como consecuencia de esta pérdida, los periodistas se han vuelto hombres que no piensan, que no tienen ca­beza, que no opinan, sino que son trabajadores corrien­tes de cualquier cadena de producción en serie de Ford.

El periodismo en sus mejores manifestaciones cuen­ta con grandes políticos, pensadores y sociólogos.  Antes de dedicarse a este campo, muchos hombres que se con­virtieron en periodistas eran doctores, profesores uni­versitarios, poetas: siempre algo afuera o más allá de la profesión netamente periodística.  De hecho tenemos el caso de Churchill, que fue un gran periodista.

- Con todo esto usted apunta a que el periodismo ha dejado de ser una misión para transformarse en una profesión o una carrera más.

- No solamente una carrera, hay algo más peligroso que eso. Se trata de hacer del periodismo una situación totalmente pasajera o accidental.  Ahora no se preparan periodistas para la vida.  Hoy se prepara a un profesional de las comunicaciones que un día es periodista y mañana va a ser vocero de un ministerio, pasado mañana va a tra­bajar en una oficina de relaciones públicas y luego en una bolsa financiera. Entonces, se quita lo que fue muy im­portante para esta profesión: hacer del periodismo una manera de vivir, de ver el mundo y de reflexionar sobre él. Y como ya dije anteriormente, es peligroso abordar nues­tra profesión desde aspectos puramente tecnológicos o técnicos, y dejar de lado su sentido de misión.

- ¿Cree usted que el periodismo ha perdido su sen­tido de misión debido a que las empresas periodísti­cas están funcionando como cualquier otra empresa, sin importar la especificidad del rubro?

- Justamente, porque todo nuestro mundo periodísti­co ahora está en manos de gente que no pertenece a nues­tra profesión sino al big business. Antes el periodismo era una rama totalmente independiente, que vivía de sus pro­pios recursos. De hecho, en algunos casos de la tradición europea, se vivía muy pobre. Sin embargo, a pesar de esto había una misión, un sentido de responsabilidad frente a la sociedad. Ahora (la prensa) se convirtió en un depar­tamento de grandes empresas financieras y de grandes compañías multinacionales. Y eso es un problema por­que ya no se tiene esa fuerza independiente de antes.

- ¿Cómo se puede alcanzar esa independencia? Hay casos de proyectos periodísticos muy buenos y en manos de periodistas, pero que económicamente han fracasado.

- Esa es la situación en que vivimos; por eso hay que buscar fórmulas.  Otro de los problemas con que tene­mos que lidiar los periodistas es la presión de la com­petencia.  Muchas veces hay que estar más preocupado por lo que hace el periodista de al lado que de la histo­ria misma.  Así, en vez de concentrar nuestra energía y nuestro esfuerzo para reflejar la realidad y tratar de dar una imagen más exacta posible de lo que está pasando, en vez de investigar y buscar las realidades de esta vida, los jefes de las empresas que manejan el campo de los medios de masas están preocupados por la competen­cia entre ellos, entre las grandes compañías.  Eso de nue­vo atenta contra nuestro deber más elemental. Además, a eso le sigue una concentración de poder en pocas ma­nos, lo que conduce a otro gran peligro que es la mani­pulación. Las noticias no son generadas bajo la premisa de dar un cuadro objetivo, sino acorde la necesidad de hacerlas más atractivas. No prima si son verdaderas o serias, si son profundas. Aunque esta es la situación en que vivimos, se evita hablar del problema. Hoy se habla mucho de los logros en internet, de la revolución elec­trónica y de los avances en la telefonía celular, que si bien aceleran la transmisión dejan de lado la pregunta fundamental acerca de qué es la noticia, o por qué mane­jamos esta noticia más rápido y no la otra.

- ¿Para usted qué es noticia?

- Ahí entramos al tema de la definición, porque para que un hecho sea noticia tiene que tener cierto sentido his­tórico, cultural, antropológico, político y económico: un mensaje. Esto es justamente lo que hoy no despierta inte­rés porque se manejan sólo datos que no necesariamente tienen estas profundidades. En el mundo del periodismo estamos enfrentados a una situación en que se avanzó mu­cho en los logros tecnológicos, pero a la vez se retrocedió bastante en definir nuestros deberes periodísticos. Lo peor es que no sólo se retrocedió, sino también que ahora no se discute sobre esto, a pesar de su importancia.

- A través de sus libros usted ha abordado el tema del poder, sobre todo en sus manifestaciones autorita­rias. Pero en el caso de las democracias actuales, ¿cómo cree usted que afecta esa manipulación o cambio de en­foque en las de noticias de la usted que habla?

- La democracia no puede existir sin medios de co­municación libres y los medios de comunicación libres no pueden existir sin la democracia. El problema es cómo definir a esa democracia de hoy, porque hay mu­chas democracias débiles y falsas que no responden a la definición tradicional.

Si bien los medios de comunicación y los gobier­nos compiten por influenciar a las personas, hay fórmulas para que éstos cooperen entre sí en el forta­lecimiento de la democracia, y es ahí donde quizás es más difícil la conciliación. Cooperar puede hacer sen­tir fuerte al gobierno, que siente que no hay peligro por parte de los medios de comunicación. Ese gobier­no da campo a la libertad de prensa y entiende la im­portancia de la cooperación con los medios, entiende que ellos pueden fortalecer la democracia. Pero el go­bierno débil y en estado de crisis se siente amenaza­do, y no coopera con los medios de comunicación. Al contrario, sospecha de ellos y trata de utilizar todos los métodos para limitar el campo de trabajo con el fin de imponer límites a la libertad de prensa. Enton­ces, todo depende de la fuerza que tiene el gobierno en un país dado. El criterio es el sentimiento de la fortaleza: si el gobierno se siente débil o si tenemos un gobierno autoritario, que es todavía más débil que cualquier otro tipo de gobierno, estos siempre actua­rán como enemigos de los medios de comunicación independientes y tratarán de convertirlos en herra­mientas del poder.

- En este sentido, ¿Cuál es la mejor garantía de in­dependencia de un medio frente al poder? Hay quie­nes apuntan al autofinanciamiento, otros a la ética de los periodistas.

- Yo creo que el autofinanciamiento en el mundo de hoy es muy difícil de conseguir. Se puede conseguir para revistas literarias pequeñas que tienen un tiraje menor y una influencia muy limitada sobre la opinión pública. Pero los grandes periódicos y las grandes estaciones de radio y de televisión son instituciones del mundo con­temporáneo que requieren de un gran poder financie­ro. Y ese financiamiento no se puede conseguir con la búsqueda en instituciones de promoción y todo eso. Yo tengo mucha fe que a través de nuestra postura ética, nuestra conciencia, se puede conseguir la independen­cia. El periodista formado, con cierta experiencia y a pe­sar de todos los problemas, puede tener bastante campo de independencia y de libertad de expresión, donde le sea posible explicarse e informar sus opiniones.

- Usted sostiene que la prensa el último tiem­po está concentrada en entregar datos, datos y más datos. Para alguien que ha viajado durante cuaren­ta años por todo el planeta, cubriendo todo tipo de hechos que se han plasmado en reportajes y libros, ¿cree que el periodismo está dando una visión frag­mentaria o global del mundo?

- La prensa internacional existe o se desarrolla en dos niveles de profesionalismo e independencia: uno muy alto y uno muy bajo. Entonces, no podemos hablar de una sola situación porque son dos muy distintas. Hay un grupo de periódicos de altos estándares profe­sionales en términos de calidad de periodismo y de ob­jetividad. En cada país hay uno o dos de este tipo de periódicos.

- ¿Cuáles son sus preferidos?

- En Francia, es Le Monde; en Alemania, Frankfurter Allgemeine Zeitung y Süddeutschen Zeitung; en Inglaterra, The Guardian y The Independent; en Italia, Corriere della Sera y La Reppublica; en España, El País, etc.

- ¿Y en América Latina?

- Hay varios. En América Latina hay muy buena prensa. Aquí (en Colombia) están El Tiempo y El Espe­ctador. Hay muy buena prensa chilena también, no sé como es ahora pero yo me acuerdo que en mis tiem­pos estaba El Mercurio. En Argentina, están Clarín y La Nación. En Brasil, están Estado do Sao Paulo y Jornal do Brasil. En cada país importante hay buenos diarios. Eso es más difícil en países que no tienen recursos como Nicaragua o Paraguay, aunque aún así hay ca­sos como Bolivia donde podemos encontrar muy bue­na prensa, por ejemplo.  En cada continente tenemos lo mismo, ya sea el Al Ahram de Egipto o The Times of In­dia, que son periódicos de un gran nivel profesional con una gran circulación y que muestran que la pren­sa buena sí es posible. No es nada de idealismo. Tengo confianza de que, si se encuentra un grupo de periodis­tas y editores dedicados a hacer un bueno trabajo, eso se puede lograr, no es pura fantasía. Es verdad que por otra parte existe la prensa amarilla y barata. Pero para nosotros lo importante es aquella prensa que tiene am­bición, que posee cierta visión montada sobre criterios éticos y profesionales.

Artículo en Pdf.

 

Un cronista traduciendo el mundo

Ryszard Kapuscinski nació en Pinsk cuan­do esta ciudad aún formaba parte de Polonia. Siendo aún un niño, las tropas comunistas in­vadieron su país instaurando el dominio es­talinista, lo que influenció su educación y lo llevó a militar en movimientos comunistas como la mayoría de los jóvenes de su edad.

Cuando tenía 23 años, y luego de termi­nar su grado en historia y un master en arte que realizó en la universidad de Varsovia, a Kapu sci nski se le ofreció un trabajo como do­cente. Sin embargo, él rechazó la oferta y optó por un trabajo en el Sztandar Mlodych, un pe­queño diario polaco, y así dedicarse mejor a la escritura.

Al cabo de un par de meses, este periodis­ta de oficio se hizo conocido en su país al es­cribir un reportaje que revelaba las falencias y mala administración de Nowa Huta, una fá­brica de acero que figuraba como uno de los orgullos nacionales. Aunque Kapu sci nski ha­bía trabajado en ese lugar, el artículo fue una osada maniobra considerando la represión del régimen comunista en el que se veía in­mersa Polonia por esos años.

Cuatro años más tarde, Kapuscinski co­menzó a recorrer el mundo como correspon­sal de la PAP, la agencia de noticias polaca, que lo envió a África como su primer destino. Como era el único enviado polaco en el con­tinente africano, debió recorrer todos los paí­ses y cubrir todos los sucesos revolucionarios e independentistas, propios de la descoloni­zación, y que se fueron sucediendo entre la década del 50 y el 70. Luego de treinta años, fue enviado a Medio Oriente y al este de Asia, donde tuvo la oportunidad de conocer cultu­ras tan ricas y diversas como la china y la japo­nesa. También viajó a América Latina donde, igualmente, desempeñó su tarea de arriesga­do corresponsal, presenciando golpes de Es­tado, revoluciones y gobiernos derrotados. Durante todo este tiempo como corresponsal, Kapuscinski se dedicó a la entrega de datos, información dura y análisis precisos y concre­tos, como la que es posible leer hoy en perió­dicos que cubren la situación internacional.

Sin embargo, con el tiempo comenzó a trabajar en forma paralela en reportajes más extensos, completos, profundos y particula­res. Éstos eran trabajos periodísticos que no se limitaban al dato o al documento concreto, sino a un lugar en el que Kapu sci nski plasma­ba sus pensamientos, reflexiones y vivencias experimentadas en los lugares que presencia­ba sucesos históricos. Ya no se trataba acerca de la política dura de un país, sino de la re­acción de sus habitantes, del sonido de sus calles, del color de sus vidas y de la manifes­tación de su dolor. Estos reportajes no con­tienen el hecho aislado, sino que explican y permiten comprender un momento histórico en su contexto y dimensión humana. Esta ca­pacidad de síntesis y convergencia magistral de la antropología, la historia y el periodismo es lo que llevó a la fama al periodista polaco.

Su análisis no entrega una realidad defi­nida, inapelable e indiscutible, sino que deja imaginar y permite investigar. Es, en cier­to modo, un periodismo más humilde, pues acepta su subjetividad, permitiendo al mismo tiempo que el lector participe y experimente por sí mismo el proceso histórico descrito.

Esta oportunidad de comprender los acontecimientos en un ámbito más amplio, fue internacionalmente reconocida a princi­pios de los 80 cuando, por primera vez, un li­bro del autor se tradujo al inglés. Este recibe en español el nombre de El Emperador y es un relato periodístico sobre la decadencia del monarca Haile Selassie, el último emperador de Etiopía. Para la construcción de este relato, Kapuscinski se basó en su propia experiencia (vivió en el país durante el derrumbe del im­perio) y en los relatos de los protagonistas y testigos de la historia, como miembros de la corte imperial y los habitantes de Etiopía de esos años (1974-1975).

Pero la colección de Kapu sci nski no se queda sólo ahí. Otra de sus publicaciones más reconocidas es El Sha o la desmesura del po­der, que relata la caída del último emperador de Irán, el Sha Mohamed Reza Pahlevi. Este texto es construido a partir de entrevistas, re­cortes de periódicos, fotografías y las propias observaciones del periodista polaco, quien se trasladó a Irán poco tiempo después de la caí­da del emperador. También vale la pena des­tacar El imperio, que relata la decadencia de la Unión Soviética a fines de los años 80.  El libro se basa, por una parte, en la vida de Kapu sci nski en Polonia durante los primeros años de dominación soviética y, por otra, en un recorrido que el periodista realiza por tie­rras soviéticas en los últimos estertores del imperio y su final desmoronamiento. El con­traste entre ambos relatos retrata la verdadera dimensión, tanto histórica como humana, de la caída de aquella particular superpotencia.

Otra de sus grandes obras es Ébano. En ella es posible encontrar relatos breves sobre distintos hechos históricos y otros cotidia­nos experimentados por Kapuscinski durante sus treinta años como corresponsal en África. Son historias llenas de humanidad, de colo­res, olores, sensaciones y detalles, a través de las cuales el periodista es capaz de entregar una imagen vívida del continente, las que le hablan a un lector activo y dispuesto a parti­cipar de la lectura completándola con sus pre­juicios y vivencias personales.

Los textos periodísticos, por lo general, no dejan vacíos o espacios en blanco, sino que intentan responder a la mayor cantidad de dudas posibles respecto a un tema. Es ahí donde radica una de las grandes diferencias y maravillas de los textos del periodista polaco: Kapuscinski le permite al lector involucrarse con la historia, dudar, completar e investigar por su cuenta. No admite a un lector calmo y pasivo, sino a uno ávido de conocer y com­prender otras culturas. Por eso, tal vez uno de los principales legados del periodista polaco sea motivar a los periodistas de hoy a renovar la investigación, a recuperar la vocación y bus­car una verdad más profunda, más completa, más humana.

Rosario Aranda

  

auxi
auxi auxi Volver auxi Subir
auxi auxi auxi auxi auxi