auxi auxi Cuadernos de Información N°19, 2006 auxi auxi
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Prensa e Iglesia en el Chile del siglo XIX

Usando las armas del adversario

 

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Patricio Bernedo

Profesor e investigador de la Facultad de Comunicaciones y Director del Instituto de Historia UC.

[pbernedo@uc.cl]

 

Abstract 

Desde 1843, la Iglesia se hizo presente en el ámbito de la opinión pública con La Revista Católica. En la medida que los ataques del liberalismo fueron recrudeciendo, el clero chileno decidió fundar un diario propio, el Estandarte Católico, en 1874. Así, entró de lleno en una suerte de guerra periodística que le permitió exponer sus opiniones frente la creciente secularización de la sociedad chilena. Este proceso terminó con la guerra civil, que implicó el cierre del Estandarte Católico.*

From 1843, the Catholic Church became present in Chilean public opinion trough its magazine La Revista Católica. However, as the attacks from the liberal movements became more harsh and strident, in 1874 the Chilean clergy decided to fund its own newspaper, the Estandarte Católico. Through its new media, the Catholic Church got involved in a journalistic battle , exposing its opinions against the growing secularization of Chilean society. This process ended up with the Chilean Civil War and the closing of the Estandarte Católico.

 

 

El período que comprende desde los inicios de la década de 1840 hasta el año 1891 se carac terizó por un creciente nivel de conflicto entre la Iglesia y el Estado chileno. Entre sus causas desta can la defensa que hacía el Estado del derecho de patronato sobre la Iglesia1 y la creciente penetra ción de las ideas liberales entre importantes gru pos de la élite chilena, que buscaban erradicar o al menos atenuar la vigencia de los principios ca tólicos en la sociedad. Las distintas disputas que sucedieron llevaron al rompimiento de relaciones diplomáticas con la Santa Sede en 1882 y a la rápi da aprobación de las denominadas leyes laicas (de registro civil, matrimonio civil y cementerios laicos) en 1883 y 1884.2

Estas controversias se manifestaban al interior del Congreso, en los tribunales, el palacio de go bierno, los ministerios, en el seno de los partidos políticos y también, de manera muy particular, en la prensa periódica.

A partir de la década de 1840, los diarios aumen taron en número y se transformaron en actores cen trales del proceso político chileno.3 Este desarrollo se fue dando en un contexto de mayor apertura po lítica que se inició bajo la presidencia de Manuel Bulnes (1841-1851). Se generó un espacio de mayor libertad de expresión que fue sagazmente aprove chado por la oposición liberal y sus representantes más jóvenes, entre los que destacaban José Victori no Lastarria y Francisco Bilbao. Ellos comenzaron a manifestar públicamente sus críticas al régimen fuertemente presidencialista que imperaba en el país, y a sentar las bases de un ideario ilustrado, que buscaba ampliar los grados de libertad en la so ciedad. Para divulgar sus ideas, fundaron diversos periódicos y revistas, como El Semanario de Santia go (1842) y El Crepúsculo (1843), ambos impulsados por Lastarria. En este contexto apareció también la primera publicación diaria de Santiago, El Progreso (1842), dirigida por el exiliado argentino Domingo Faustino Sarmiento.4

Así se comenzó a configurar en Chile un espa cio público y plural de discusión, donde se confron taron ideas, críticas y opiniones. Los periódicos se convirtieron en el soporte material de participa ción: posibilitaban la circulación social de los con tenidos que se quería entregar al público. El eje principal de la discusión se desarrolló entre quie nes defendían una sociedad basada en los princi pios del catolicismo y los partidarios de una liberal y secularizada. El objetivo central era intentar in fluir en las conciencias y acciones de los lectores.

 

La fundación de La Revista Católica

La Revista Católica (en adelante, RC) nació el 1 de abril de 1843 como una respuesta oportuna y pre visora a una suerte de atmósfera cultural de indife rencia religiosa, diseminada a través de la prensa, que la alta jerarquía de la Iglesia Católica en Chi le consideró entonces preocupante para el presen te y futuro del país.

Junto con subrayar la importancia de la reli gión en el desarrollo social, la RC apuntó directa mente a la base de lo que consideraba central para un país mayoritariamente católico. Aquí, de hecho, la Constitución establecía al catolicismo como la religión oficial de la República e incluso ordenaba que el Presidente electo, al momento de tomar po sesión del cargo, debía jurar observar y proteger la religión católica.5 En otros términos, lo que esta ba en juego eran las relaciones entre la Iglesia y el Estado.6

La Iglesia, al momento de fundar un órgano propio de comunicación periódica, mostró su cla ra voluntad de tomar la palabra y hacerse oír pú blicamente. Esto le permitió participar, como un actor relevante, en un espacio plural de discusión de alta política donde estaban en juego ni más ni menos que las bases valóricas sobre las cuales de bía construirse la nación. La pregunta de fondo era si la sociedad chilena debía o no tener una impron ta católica, lo que, por cierto, incluía al Estado, sus instituciones y representantes.

En el ámbito de la prensa liberal, la RC recono ció como su principal antagonista a El Mercurio de Valparaíso y, después de 1855, a El Ferrocarril de Santiago. A ambos, en reiteradas oportunidades, los acusó de atacar sin miramientos la religión que profesaba la inmensa mayoría del país. A El Mercu rio, por tratar de descatolizar la nación por la vía de mofarse de la eucaristía, de burlarse de las verdades eternas, de negar la autoridad de la Sa grada Escritura, de llamar secta al catolicismo, de calumniar al clero y al arzobispo. Lo acusó de ser hereje , impío y calumniador notorio , y lo declaró un enemigo del catolicismo .7 A El Ferro carril, en tanto, le reconoció siempre y explícita mente el derecho, al igual que a toda la prensa, de defender sus puntos de vista; sin embargo, lamen tó que sus opiniones no fueran serias ni razo nadas .8

Sintiendo que los ataques contra la Iglesia y la religión se multiplicaban, la RC planteó en diversos momentos que la prensa liberal pretendía operar un cambio en las ideas del pueblo católico: El ar tesano, el hombre del pueblo que lea todos los días las fascinadoras publicaciones de la prensa ilustra da, perderá bien pronto el respeto al sacerdocio y no escuchará su voz sino para llamarlo blasfemo, estafador, farsante .9

Esta percepción acerca de los efectos que la lec tura diaria de la prensa provocaba en las ideas de los lectores, esbozada por la RC en 1857, adquirió, una década más tarde, una enorme fuerza y desa rrollo conceptual. Esto sirvió de fundamento a las estrategias periodísticas aplicadas por la prensa católica para contrarrestar la difusión de las ideas liberales.

En el documento Los periódicos irreligiosos ante la conciencia católica , de 1868,10 la Iglesia ex presó que en ese momento los escritos liberales es taban ocasionando más daño que en el pasado: a través de los diarios se comunican rápidamente las ideas , y éstos le dan a los escritos un alcan ce que nadie se habría antes imaginado .11 Es de cir, entendían que el diario, a diferencia de otros soportes comunicacionales (especialmente los li bros), tenían un mayor poder de penetración en las conciencias de los lectores. Observaban que aun las personas más inteligentes se apasionaban has ta el extremo por las ideas expresadas en el perió dico de su preferencia: Piensan que [el periodista] ha tratado todas las materias y todas con profun didad; en él van a buscar la solución de cualquier duda y lo creen bajo palabra; no ven ninguno de sus defectos; se hacen amigos de sus amigos y ene migos de sus adversarios; se asimilan, en fin, sus opiniones y su modo de pensar .12 Esta suerte de relación de creciente confianza e intimidad que el lector desarrollaba con el periodista era para la Iglesia lo que generaba efectos negativos sobre la conciencia y la fe; según ella, iba minando la capa cidad de leer críticamente los diarios.

Para ese entonces, el clero chileno se vio en una encrucijada. Por una parte afirmaba que el desa rrollo de la mala prensa era coincidente con el carácter del siglo, donde predominaba una acti vidad febril, que en todas partes mira al negocio material, al lucro, que casi no permite a los hom bres dedicarse a adquirir una instrucción seria y concienzuda . La consecuencia de lo anterior fue que como hoy el tiempo es dinero, un libro que demanda tiempo es un libro que cuesta caro y no conviene ; por ende, los libros están relegados al olvido y los han reemplazado los periódicos .13

Sin embargo, la Iglesia también constataba que la lectura de libros había sido reemplazada por la de periódicos, y que los motivos del cambio tenían que ver con un formato que se adecuaba mejor a los tiempos y exigencias del lector: Mejor es el pe riódico y presenta muchas más comodidades; nos impone en un momento de las ocurrencias del día, del movimiento comercial de la plaza, de los asun tos importantes que se ventilan; lo recibimos en nuestra casa en la hora más a propósito; nos acom paña al paseo, al viaje, a todas partes. [...] Y una vez leído el periódico, cada cual se cree al corriente de los más arduos asuntos, no se vuelve a preocupar de su estudio ni admite discusión: también la dis cusión quita tiempo .14

También se acusó a los periódicos de utilizar distintos géneros periodísticos para atacar las ba ses de la religión: desde el artículo que se dice serio hasta la revista jocosa, hasta el hecho ligero de crónica . Esta suerte de graduación en la entre ga de los contenidos les permitía a los periódicos hacerse adaptables a todas las inteligencias, ca racteres y gustos de los lectores. Además, tenía la ventaja de publicarse todos los días: [lo que hacía al] periodismo verdaderamente irresistible a sus habituales lectores, es la continuidad de su ac ción, siempre en el mismo sentido, perseverando en sus ataques .15

Por su naturaleza, los diarios estaban al alcan ce de todos: Por pobre que sea un individuo, casi nunca deja de suscribirse a un periódico. No hay tiendecita, por pequeña que sea, donde no se en cuentre alguno, y los que no están suscritos no de jan de ir diariamente a leerlo donde el vecino o el amigo. Y como si eso no bastara, se halla el periódi co expuesto al público en la puerta de la imprenta y nunca falta ahí un grupo de lectores .16 En otras palabras, no los leía sólo la élite, sino también otros grupos sociales, de menores grados de instrucción e ingreso pero igualmente urbanos.17

Todo esto hacía que contrarrestar la influencia de los diarios no fuese una tarea fácil. La Iglesia se enfrentaba a un soporte comunicacional que era producto de los requerimientos de una nueva épo ca, que concentraba el tiempo de consumo y multi plicaba el acceso a la información. Las dificultades para sobrellevar esa influencia partían en el ámbito privado del hogar; ahí, mientras un buen padre de familia, una buena madre, tendrán siempre exqui sito cuidado para no permitir que un mal libro cai ga en manos de sus hijos y domésticos, y corrompa sus corazones, ello no sucede con los diarios. ¿Ha brá en Chile algún padre de familia que se impon ga la obligación de leer todos los días un periódico, sin exceptuar nada desde el editorial hasta el folle tín, antes de permitir que circule en su casa? .18

Desde el púlpito, también resultaba impracti cable recomendar a la feligresía que no leyera de terminados escritos por sus doctrinas erróneas o inmorales: [Dado] que el periódico es leído todos los días, ¿cómo, pues, avisar con tiempo a los fieles cuál es el que deben abstenerse de leer? .19

La Iglesia intentó prohibir a los católicos la lec tura de los diarios liberales, así como suscribirse a ellos. Sin embargo, muy pronto constató que este hábito de lectura ya estaba fuertemente arraigado entre los católicos chilenos.20 Ante esta realidad, la Iglesia decidió enfrentar los ataques que recibía desde la prensa liberal imprimiéndole un rápido giro a su estrategia periodística.

 

Muy aptos para el ataque y demasiado ligeros para la defensa

En medio de una relación cada vez más complica da y hostil con el gobierno, la Iglesia decidió fun dar un diario, El Estandarte Católico (en adelante, EC), que reemplazó a la RC. El primer número apa reció el 20 de julio de 1874.

Este cambio de estrategia medial, que implica ba hacerse presente todos los días ante la opinión pública, se fundamentaba en el convencimiento al que se había llegado en 1868. Entonces se afirmó que un diario, por la naturaleza de la publicación, es muy apta para el ataque [y] demasiado ligera para la defensa .21 La Iglesia consideró que las condicio nes comunicacionales y políticas imperantes no podían ser enfrentadas a través de la RC, cuya pe riodicidad semanal22 no permitía responder opor tunamente a los desafíos del momento: Los diarios hostiles a la religión se han multiplicado y se repar ten a millares en el país; las ideas que con el nom bre de liberalismo se propagan por todas partes, no son sino los principios de la impiedad, sembrados hoy para cosechar mañana una abierta persecución a la Iglesia; ya esa misma persecución se deja ver no sólo en las palabras y propósitos de muchos escri tores sino también en el espíritu que va animando a nuestros legisladores. [...] Ahora bien, siendo las cosas así, ¿bastarán las columnas de un periódico semanal para hacer llegar nuestra voz a los católi cos en las mil circunstancias en que debemos ha blarles? [...] Nadie ignora que la oportunidad es la primera de las condiciones que debe tener un es crito, ¿y cómo conseguirla con un periódico sema nal? Cuando venimos a hacernos oír, el incidente que ocasiona nuestro artículo ha sido seguido por otro todavía más grave, ha perdido su importancia primitiva con ocasión de sucesos posteriores o está completamente olvidado en fuerza de la rapidez con que hoy se suceden los acontecimientos. [...] De to das estas causas ha nacido el pensamiento de con vertir en diario nuestra Revista .23

El nuevo espíritu que animaba al EC se tradujo en un estilo periodístico más enérgico, apasionado y belicoso que el de la RC: Un diario es esencial mente un arma de guerra y la más poderosa de las armas de los tiempos que atravesamos .24

Especial relevancia se le otorgó a la velocidad de respuesta que implicaba una publicación dia ria. Era visto como un signo de los tiempos que se vivían: En este tiempo de ferrocarriles y telé grafos es la velocidad la cualidad más apreciada, por más que ella lleve consigo casi necesariamen te la superficialidad. Hemos reemplazado la carre ta de nuestros campos, la cabalgadura usada por nuestros padres y la insoportable diligencia que to dos hemos conocido, por el cómodo wagon en que el vapor nos traslada de un lugar a otro con verti ginosa rapidez. [...] Mientras el sabio entrara a su gabinete y se pusiera a escribir una profunda di sertación para mostrar el error en que tal periodis ta había incurrido, la injusta imputación que había hecho a la Iglesia, ya ese periodista habría publica do errores más sustanciales, se habría hecho eco de otras muchas imputaciones falsas .25

La fundación del EC implicaba que la Iglesia se es taba poniendo a la altura de sus oponentes en térmi nos de soporte comunicacional: El plan de campaña adoptado por nuestros adversarios y en todo confor me con las tendencias de la época, consiste princi palmente en la presteza y la velocidad del ataque: multiplicar las acusaciones; formular aquí una duda y allá una audaz negación; desacreditar tal práctica y burlarse de lo que no pueden negar; estar siempre en todas partes sin atrincherarse en ninguna; variar de sistema, variar de principios, variar de nombre para aprovecharse, cual piratas de la inteligencia, sin es crúpulo alguno de todas las circunstancias y de to dos los acontecimientos: tal es la guerra que hoy se hace a la verdad. Quien quisiera defenderla con libros, haría lo mismo que el cazador que se empeña ra en matar golondrinas al vuelo, dirigiendo contra ellas un cañón de grueso calibre .26

Esta idea de combatir a los diarios liberales con sus propias armas fue incluso saludada por el propio Papa León XIII, quien les envió a los re dactores del EC una bendición apostólica.27

La fundación de este diario le permitió a la Iglesia instalar con mayor fuerza y oportunidad sus puntos de vista en la agenda de discusión pú blica. El EC alentó explícitamente la lucha políti ca contra los gobiernos liberales de Aníbal Pinto (1876-1881), Domingo Santa María (1881-1886) y José Manuel Balmaceda (1886-1891), oponiéndo se férreamente a las leyes que buscaban seculari zar la sociedad. Especialmente controversial fue el gobierno de Santa María, cuando el EC parti cipó con más ímpetu que nunca en el debate po lítico. Este diario no sólo defendió a la Iglesia de los ataques que recibía y alentó la organización y participación política de los católicos, sino tam bién desarrolló un estilo periodístico más agresi vo, similar al de las publicaciones liberales. Esto implicaba interpelar, enjuiciar y criticar a las au toridades civiles.

El EC argumentó con vehemencia contra la secularización de la educación, el matrimonio, los cementerios y el registro civiles, entre otros temas. Justificó la lucha política que estaba dan do la Iglesia junto al Partido Conservador, plan teando que el propio gobierno la había empujado hasta ese punto.28

 

El cierre de un ciclo comunicacional

Al comienzo de la administración del Presidente Balmaceda, el conflicto entre la Iglesia y el Esta do se atenuó parcialmente. Significativo resul tó que el nuevo gobierno realizara las gestiones necesarias para restablecer las relaciones diplo máticas con la Santa Sede y para solucionar el problema de la vacancia del arzobispado de San tiago, a esas alturas de más de ocho años, con el nombramiento de Mariano Casanova.29 Sin embargo, las disputas con la Iglesia volvieron a emerger cuando el gobierno reactivó en el Con greso la discusión de una reforma para suprimir al catolicismo como la religión oficial de la Repú blica (el artículo 5 de la Constitución).30

Sin embargo, el principal problema que debió enfrentar el país fue la aguda polarización políti ca de 1890 que, como sabemos, desembocó en la guerra civil de 1891. En este contexto, monseñor Casanova intentó mediar en el conflicto entre el poder ejecutivo y el legislativo, aunque a la pos tre con escasos resultados.31 En ese período, junto con publicitar la mediación del arzobispo, el EC llamó a los bandos en pugna a buscar el bien superior del país.32 No obstante, a medida que las posiciones antagónicas se fueron endure ciendo, el diario comenzó a inclinar su opinión hacia los partidarios del Congreso: según él, re presentaban el orden y la legalidad.33

A partir del 1 de enero de 1891, la dinámica política abandonó toda posibilidad de acuerdo pacífico entre el gobierno y la oposición. Entre los meses de febrero y septiembre, el país entró en la guerra civil más violenta de toda su histo ria. A pesar de que la Iglesia continuó con sus llamados a la paz, el tiempo de las polémicas a través de la prensa había quedado atrás. El EC fue clausurado por las autoridades de gobierno y su último ejemplar fue publicado el 30 de ene ro de 1891.

 

Conclusiones

La Iglesia retomó rápidamente la tarea de contar con publicaciones propias: fundó el diario El Porve nir (1891-1906) y refundó La Revista Católica, que apareció el 1 de agosto de 1892. Sin embargo, el es cenario político del país había cambiado radical mente tras la derrota de Balmaceda. Entonces, la Iglesia planteó que el nuevo objetivo de la RC era dejar de lado las luchas políticas, pues el gobier no de Jorge Montt (1891-1896) le inspiraba mucha confianza. Pero también advirtió que, de ser nece sario, volvería nuevamente a defender la religión: Colocado el interés político en manos tan exper tas, y habiendo desaparecido la causa que indujo al clero a mantener en la prensa un diario militan te [se refiere al EC], se retira a su antiguo y primer hogar, restableciendo La Revista Católica, y aquí seguirá cumpliendo su misión de promover y de fender los santos intereses de la religión, mientras estos mismos santos intereses no la obliguen a lu char en otras condiciones .34

Con estas palabras, la Iglesia dio por cerrado un ciclo que se había iniciado en 1843, cuando se hizo presente en el ámbito de la opinión pública con La Revista Católica. En la medida que los ata ques del liberalismo fueron recrudeciendo, espe cialmente hacia mediados de la década de 1860, el clero chileno realizó un diagnóstico del nue vo escenario comunicacional que enfrentaba. Los diarios fueron entendidos como un arma que le permitía influir con mayor fuerza en la conciencia de los lectores.

Tras este diagnóstico, que se resumió en que los diarios son muy aptos para el ataque y demasiado ligeros para la defensa , la Iglesia decidió fundar un diario propio, El Estandarte Católico, en 1874. Así, entró de lleno en una suerte de guerra perio dística , que le permitió enfrentar a los diarios libe rales con sus mismas herramientas. Esta respuesta le permitió a la Iglesia oponer al mal de la prensa liberal un remedio de su misma naturaleza .

 

Notas

* Este artículo forma parte del proyecto Fondecyt número 1040928.

1 Este derecho de origen colonial, que la Iglesia no reconocía, le otorgaba al gobierno facultades para intervenir en diversas materias eclesiásticas, como el nombramiento de arzobispos y obispos.

2 Entre las muchas disputas destacaron las con los poderes ejecutivo y judicial por cuestiones de jurisdicción (la denominada cuestión del sacristán ,1856); la reforma constitucional que concedió libertad de culto a los disidentes (1865); la entrega de la tuición de los exámenes en los colegios particulares a los liceos (1872); la supresión del fuero eclesiástico (1875), entre otras.

 

 

3 En 1840 se registraron cinco diarios; en 1880, más de 100. Datos en Subercaseaux, Bernardo: Historia del libro en Chile. Alma y cuerpo. Lom, Santiago 1993, cit. en: Santa Cruz, Eduardo: Conformación de espacios públicos, masificación y surgimiento de la prensa moderna: Chile siglo XIX. Documento de trabajo número 28, Centro de Investigaciones Sociales, Universidad Arcis, Santiago,1998, p. 23.

4 Cfr. Jaksic, Iván: Sarmiento y la prensa chilena del siglo XIX , en Historia. Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Catolica de Chile, número 26, 1991-1992, p.133.

5 Artículos 5 y 80 de la Constitución de 1833, respectivamente.

6 Prospecto , en RC. 1 de abril de 1843.

7 ¡Católicos chilenos, leed! , en RC. 30 de octubre de 1852.

8 El Ferrocarril y el Clero , en RC. 2 de mayo de 1857.

9 Ibíd.

10 Los periódicos irreligiosos ante la conciencia católica. Imprenta del Correo, Santiago, 1868, 54 pp.

11 Ibíd., p. 3.

12 Ibíd., p. 12.

13 Ibíd., p. 22.

14 Ibíd., pp. 22 y 23.

15 Ibíd., p. 23.

16 Ibíd., p. 24.

17 Normalmente se tiende a creer, atendiendo a la baja tasa de alfabetización del país hacia mediados del siglo XIX (13,5%), que las cifras de lectores de diarios eran bajas. Sin embargo, considerando que la lectura de diarios era un hábito fundamentalmente de carácter urbano, sólo la disponibilidad de cifras de alfabetización a ese nivel podría entregarnos más luces acerca de ese fenómeno.

18 Los periódicos irreligiosos... Op. cit, p. 26.

19 Ibíd., p. 28.

20 La Prensa , en RC. 8 de septiembre de 1869.

21 Los periódicos irreligiosos... Op. cit, p. 36

22 Desde inicios de abril de 1859, al cumplir 16 años de existencia, la RC comenzó a circular semanalmente. Nuestros deseos , en RC. 4 de abril de 1859.

23 El nuevo diario católico , en RC. 13 de junio de 1874.

24 Nuestra Obra I , en EC. 20 de junio de 1874.

25 Ibíd.

26 Ibíd.

27 A nuestros queridos hijos, los Directores y los Redactores del diario católico, El Estandarte Católico , en EC. 8 de diciembre de 1879.

28 La Religión y la Política , en EC. 17 de mayo de 1884.

29 Cfr. Oviedo C., Carlos: La Iglesia en la revolución de 1891 , en Historia. Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, número 14, 1979, p. 277.

30 Cfr., entre otros, El discurso del diputado de Vichuquén , en EC. 14 de enero de 1890; La reforma constitucional en el orden religioso , en EC. 7 de junio de 1890; Supresión o repartición de atribuciones , en EC. 14 de agosto de 1890.

31 Cfr. Oviedo C., Carlos: op. cit., pp. 285-289.

32 Patriótica actitud de la autoridad eclesiástica de Santiago , en EC. 29 de julio de 1890.

33 La Dictadura , en EC. 20 de noviembre de 1890.

 

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