Comencemos dejando en claro que la reducción es algo absolutamente necesario e insatisfactorio. En un ensayo titulado La paradoja de lo vi sible e irrelevante , Stephen Jay Gould discute el reporteo que los periodistas hacen de la ciencia, y advierte acerca de los peligros involucrados en el reduccionismo que ellos llevan a cabo.1 Gould se ríe a expensas de quienes escriben los titulares: Científicos dicen que usamos el 10% de nuestro cerebro (¿en serio? Entonces, ¿se puede saber qué estaría haciendo el otro 90%?) . Dejando de lado la ironía, el punto de Gould es simple. El problema del reduccionismo radica en quién lo lleva a cabo.
Varios años atrás, el Nobel de física2 Richard Feynman intentaba explicar algo de su mundo a alumnos universitarios de pregrado, para así in centivarlos con las posibilidades intelectuales que podrían encontrar en aquél campo.3 Aparente mente, Feynman pensaba que si algo no podía ser explicado en una cátedra de primer año, era por que todavía no había sido debidamente entendi do. Sus cursos introductorios fueron publicados como Seis puntos fáciles. Para alguien como yo (un lector común, científicamente analfabeto), la ver dad es que no hay nada fácil en los seis puntos de Feynman. De hecho, cuando me dediqué a leer los un verano, me di cuenta de que para lo único que me sirvieron fue para descubrir nuevas áreas de ignorancia que poseía. Es muy probable que las teorías y conceptos con los que Feynman hace ma labares tan fácilmente no sobrevivan su transfor mación a prosa. Aunque el libro es fascinante, su sola lectura de ninguna manera habilita a los lec tores comunes a sostener una discusión mediana mente relevante con un físico.
Feynman es conocido entre los físicos y otros círculos especializados como un genio de la reduc ción científica. Su intención era comunicar los te mas que le fascinaban más allá de sus pares, a un grupo modestamente más amplio: los alumnos de pregrado de su propia facultad. Quería estimular los a que continuaran el viaje de desarrollo formal e intelectual que habían elegido. Para los alumnos, los costos de oportunidad que significaba escu char a Feynman o leer su libro estaban limitados a las otras cátedras a las que podrían haber asistido o a leer a otros autores.
Sin embargo, una vez publicado, Six Easy Pie ces también se volvió disponible para cualquier lector (vía CD, también para cualquier oyente). De este modo, su recepción no quedó confinada exclusivamente a un público científico o a una au diencia con altos niveles de alfabetización numé rica. Podía alcanzar un grupo mucho mayor; en principio, al común de las personas. Para ellas, que claramente no poseen el entrenamiento de un físico ni pueden esperar tenerlo, los costos de oportunidad de leer a Feynman incluyen todas sus actividades y preocupaciones cotidianas, sus prioridades, necesidades y compromisos. ¿Y el be neficio? Bueno: satisfacer una curiosidad intelec tual algo arbitraria.
En distinta medida, el problema de Feynman es uno que todos compartimos. Ya sea con metá foras, analogías o simplificaciones, todos tenemos que comunicar ideas, conceptos e información. La misma división del trabajo que permite a Feynman investigar la electrodinámica cuántica y a Stephen Jay Gould estudiar la genética del caracol, requie re también una transmisión, una discusión y un financiamiento. Todo eso implica diseminación y, por ende, comunicación.
Es verdad que de Feynman a hacer periodis mo hay un camino largo. Él se dirigía a físicos jó venes y brillantes, con un preparado resumen del campo de estudio que ha investigado toda su vida. En cambio, los periodistas deben dirigirse a cada tipo de audiencia, desde los lectores específicos del Scientific American o el Great Yarmouth Mercury, hasta las masivas audiencias de NBC Nightly News. Como Stephen Jay Gould mostraba al principio (en su alusión a cómo los periodistas usan su cerebro para escribir titulares), reempaquetar información para el mercado de la manera más oportuna posi ble es algo que no está exento de problemas. No quiero detenerme en ellos aquí; basta decir que el reduccionismo malo o estúpido siempre será malo y estúpido.
Muchos contenidos, poco tiempo
Los medios noticiosos están bajo una presión cons tante de reducir dramáticamente sus contenidos. Pero esa presión, a diferencia de lo que afirma una parte importante de la crítica social, no tiene tanto que ver con conspiraciones corporativas o la ma lignidad del capitalismo postindustrial. Me atreve ría a afirmar que, de hecho, es el individuo como lector, espectador o auditor quien opera como la más poderosa influencia de reducción.
Las condiciones base con las que se encuentra el individuo contemporáneo son más que elocuen tes. La información es extremadamente barata y se encuentra ampliamente disponible. El tiempo es li mitado. La manera en que administramos nuestro tiempo es un asunto personal, que compete a cada uno, pero sabemos que en muchos adultos el traba jo, la familia y otros compromisos sociales ocupan gran parte de su vida diaria. Si queremos contra rrestar la presión reductiva del tiempo, un bien que se vuelve cada vez más limitado, entonces ne cesitamos aumentar el consumo de noticias.
Un rápido estudio sobre el uso del tiempo pue de darnos una buena idea de qué es lo que real mente está haciendo la gente con el suyo. Los norteamericanos, por ejemplo, dedican dos horas y 38 minutos al día a ver televisión;4 a leer, 23 mi nutos; a socializar, cerca de 45, y sólo 18 minutos a actividades de esparcimiento.5 En los fines de se mana, la gente ve bastante más televisión y realiza un poco más de actividades sociales y deporte.
Si queremos que las personas consuman más noticias,6 básicamente tenemos dos oportunida des para influenciarlas en su tiempo libre: por me dio de la televisión o a través de los 23 minutos diarios que destinan a leer.
La extensión promedio de un artículo que cir cula en los diarios norteamericanos es de mil 200 palabras.7 Si uno lee 23 minutos a 250 palabras por minuto (la velocidad promedio), entonces lle ga a un total de 5.750 palabras al día. Esto es equi valente a cerca de cinco artículos diarios. Ahora bien, hablar continuamente en televisión genera aproximadamente 180 palabras por minuto como máximo, lo cual es bastante menos eficiente que leer. Dejando de lado la estructura programática y la publicidad, ver televisión nos daría un máximo absoluto de 21.330 palabras por día. Estos son, en tonces, los segmentos de atención donde el perio dismo debe insertar sus contenidos. Y tiene que hacerlo en competencia con novelas románticas, manuales de autoayuda, dramas, comedias y pelí culas de la televisión. En resumen, el tiempo es el gran reduccionista.
Teniendo esto en mente, no es sorpresa que Walter Lippmann, el hombre que inventó el con cepto reduccionista por excelencia, el estereotipo, pensara que éste era bastante útil:
El estereotipo no sólo ahorra tiempo en una vida ocupada y es una defensa de nuestra pro pia posición en sociedad, sino también tiende a protegernos de toda la perplejidad que nos pro duciría el tratar de ver el mundo en su totalidad y tal cual es .8
La defensa de Lippmann tiende a ser vista con un alto grado de connotación política, pues se identifica al reduccionismo periodístico con un cierto tipo de populismo manipulador. El público de Lippmann no necesita entender, sino tan sólo que le desempaquen y desplieguen sus visiones simples del mundo ante los ojos.
Por otra parte, las quejas antireduccionistas como la de Gould, por muy válidas que sean, pare cen no tomar en demasiada consideración el factor tiempo. Tampoco ofrecen una alternativa o solución a este problema. Nunca han propuesto o sugerido qué es lo que debería constituir el corpus apropiado de conocimiento para el individuo. Si las cosas no se redujeran y fuesen desplegadas en su relativa com plejidad, entonces ¿qué debería ser removido de nuestra atención? ¿Quién decide? Cómo superamos el hecho de que no hay un currículum de informa ción sobre el cual sea posible juzgar los méritos de redistribuir nuestro tiempo, digamos, privilegiando el New York Times o el libro de Feynman.
Reducir, comunicar
Los antirreduccionistas quieren que la gente gas te más tiempo absorbiendo información complica da. Pero la realidad es que, con esto, el espectro de información al que tenemos acceso se vuelve más estrecho, pues hay que incrementar en deta lle y ambigüedad cualquiera de los caminos elegi dos. Además, el antirreduccionismo también está politizado. Generalmente lo encontramos al cen tro de una corriente crítica que considera a los medios como agentes de cambio social. Esto, en conjunto con la democracia participativa, que, a pesar de ser la antítesis de lo que Lippman llamó las élites en competencia, ocupa un estatus simi lar de privilegio al interior de la teoría.
Pero el mismo estudio del uso del tiempo que nos muestra cuánto tiempo pasan los norteameri canos frente a la televisión, nos dice cuánto des tinan a actividades cívicas y voluntarias. Y esto es: sólo nueve minutos al día, lo que seguramente cae fuera de lo que podríamos definir como una participación política entusiasta.
El gran escritor y teórico de la democracia Ro bert Dahl afirma que en las democracias extensas hay una mínima participación ciudadana:
Pienso que tenemos que concluir que los clá sicos supuestos acerca de que necesitamos par ticipación ciudadana en democracia son, por lo menos, inadecuados... Sería más razonable simplemente insistir que es requerida una par ticipación mínima, aun cuando no podamos especificar con alguna precisión qué y cuánto tiene que ser ese mínimo .9
Dahl es bastante claro en decirnos a quién te nemos que echarle la culpa de esta situación: al tiempo. Los intentos del público por debatir de mocráticamente se encuentran con el problema que nos arroja el estudio. Básicamente, que no hay suficientes horas en el día. Dahl incluso pro pone una especie de ley de tiempo y número :
Mientras más pequeña es una unidad demo crática, mayor es su potencial de participación y menor la necesidad que tienen sus ciudada nos de delegar decisiones de gobierno a sus representantes. Mientras más grande es la de mocracia, mayor es su capacidad para enfrentar problemas importantes para sus ciudadanos y mayor es la necesidad que tienen éstos de de legar decisiones a sus representantes... No veo cómo podemos escapar de este dilema .10
Yo sugeriría el mismo dilema para el periodis mo versus reduccionismo que Dahl sugiere para la democracia versus participación ciudadana.
Los dilemas pueden ser confrontados, ignora dos o evadidos y, respecto de este dilema parti cular, yo propongo la evasión. Si entendemos al periodismo como el marketing de la información, entonces los argumentos acerca del reduccionis mo se vuelven menos significativos. El contenido de la información en el mercado importa menos que su disponibilidad y que obedezca a las reglas formales del género (que los datos estén correc tos, etc.). Ahora, si por el contrario consideramos (y apreciamos) al periodismo como una rama re glamentada de la no ficción, entonces tiene satis facciones y placeres que le son propios.
Las acusaciones reduccionistas no impiden que apreciemos las Ozymandias de Shelley, los Pensées de Pascal ni los aforismos nietzschea nos de Zaratustra, pero a ellos nosotros les per mitimos un traspaso hacia lo que consideramos arte. Ha habido un montón de mala poesía y, cier tamente, un montón de mala filosofía. También existe mucho mal periodismo. Pero la reducción es una parte necesaria del kit de herramientas con la que cuenta el periodismo, y la necesidad de pa rafrasear, acortar, encasillar o estereotipar no es única a nuestra profesión, sino que se extiende a cada rama de la empresa humana. Incluso ese fus tigador del reduccionismo periodístico, Stephen Jay Gould, no es para nada una figura que esté li bre de controversias. Gould se ha visto involucra do en varias polémicas de largo aliento con otros científicos. La más notable de ellas, con el psicó logo educacional Arthur Jensen,11 quien alegó que Gould ha parafraseado equivocadamente, mal interpretado y también distorsionado sus ideas: todos crímenes normalmente asociados al perio dismo reductivo.
La reducción, aparentemente buena cuando se aplica en los sonetos de Shakespeare y mala cuan do aparece en los medios de comunicación, no debe ser otra varilla para golpear a los periodis tas. La respuesta al problema del reduccionismo tiene que ver más con cómo usamos nuestro tiem po limitado, y la solución a esto se encuentra mu cho más allá del ámbito periodístico.
Notas
1 Gould, Stephen Jay: The Lying Stones of Marrakech: Penultimate Reflections in Natural History. Harmony, Nueva York, 2000, p. 333.
2 Aparentemente, a los periodistas les gusta recurrir a la autoridad. Ver Kitty, Alexandra: Appeals to Authority in Journalism , en Critical Review, volumen 15, números 3-4, 2004.
3 Feynman, Richard: Six Easy Pieces: Essentials of Physics Explained by Its Most Brilliant Teacher. Perseus Books, Nueva York, 1994.
4 American Time Use Survey. Bureau of Labor Statistics, U.S. Department of Labor. En internet: http://www.bls.gov/news.release/atus.t01.htm. Ver también: Overview of the Time Use of Canadians in 1998. Statistics Canada, Ottawa, 1999, p. 6.
5 Ver American Time Use Survey. Op. cit. En internet: http://www.bls.gov/news.release/atus.t11.htm.
6 Además de las obvias preocupaciones competentes de salud pública que implica llevar a cabo actividades de recreación más activas...
7 The State of the News Media 2004. An Annual Report on American Journalism. Journalism.org. En internet: http://www.stateofthenewsmedia.org/2004/narrative_newspapers_contentanalysis.asp?cat=2&media=2.