auxi auxi Cuadernos de Información Nº 19, 2006 auxi auxi
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Información sobre terrorismo: ¿Periodismo o propaganda?

 

Muchas veces los periodistas se han visto en el problema de que, al cubrir información sobre terrorismo, pueden estar favoreciendo los intereses del grupo subversivo. Sin embargo, la naturaleza masiva, indiscriminada y global del terrorismo islamista le está agregando nuevos elementos al problema.

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Cristina Zurutuza

Doctoranda en Comunicación. Docencia e Investigación en Comunicación Política, Facultad de Comunicación, Univer­sidad de Navarra, España.

[czurutu@yahoo.com]

 

El 30 de abril de 1980, seis terroristas pertene­cientes a la minoría árabe de Irán secuestraron la embajada de ese país en Londres, reteniendo a 26 personas en su interior. Medios de comunica­ción de todo el mundo no tardaron en rodear la zona, lo que obligó a la policía a establecer un cor­dón de seguridad para que se pudiera reportear el hecho sin interrumpir las tareas de negociación. Sin embargo, un periodista con una cámara escon­dida consiguió traspasar ese perímetro y situar­se en la parte trasera del edificio. Desde este lugar privilegiado, filmó la entrada de los SAS (Special Air Services), que irrumpieron en la embajada en el momento en que los secuestradores mataban al primer rehén.

El reportero emitió directamente la señal al estudio central de la ITN (Independent Televisión News). Los terroristas disponían de televisores, con los que seguían la cobertura informativa de su asedio. Afortunadamente, en ese momento la ITN estaba emitiendo otra programación y las imáge­nes del asalto se retransmitieron cuatro minutos más tarde.

¿Qué habría sucedido si las imágenes se hubie­ran emitido en directo? ¿Cuál habría sido el nú­mero final de víctimas si los terroristas hubieran visto cómo los SAS entraban en la embajada? A veces, la mera emisión o publicación de una in­formación puede poner en peligro la vida o la se­guridad de posibles rehenes, víctimas, o de la sociedad en general.

Las definiciones tradicionales del terrorismo, por lo general, han entendido el fenómeno como un tipo particular de violencia ejercida por un grupo u organismo no estatal con fines políticos determinados.1 Un grupo terrorista pretende crear, por medio de la violencia, una atmósfera de terror e inseguridad que fracture la cohesión social y ponga en jaque al estado. Es decir, bus­ca generar un clima de opinión en el que se jus­tifiquen los atentados por la falta de respuesta del estado a las peticiones políticas de los terro­ristas. Además, con la magnitud de sus acciones quiere forzar la respuesta estatal hasta un lími­te que haga que el gobierno se plantee traspasar el marco de la legalidad democrática en la lucha antiterrorista. Al llegar a este límite, el estado perdería legitimidad y la causa terrorista podría ganar adeptos. Por eso, los medios han estado siempre presentes en la ecuación. Al buscar un efecto de amplificación emocional, los grupos te­rroristas generalmente necesitan que sus actos y atentados sean cubiertos, que sus ideas sean publicadas, que las imágenes sean transmitidas, que lleguen a una audiencia masiva y tengan re­levancia social.2

En el caso del asedio a la embajada de Irán en Londres, las investigaciones policiales concluye­ron que se había elegido la capital inglesa debido a su gran concentración de ciudadanos, visitantes y periódicos árabes de todo el mundo. Pensaron que todo esto favorecería la atención sobre la causa.3

 

Apagones y bombas informativas

Algunos expertos han caracterizado la relación entre el terrorismo y los medios de comunica­ción como simbiótica , pues ambos sacan un provecho mutuo para su subsistencia diaria.4 La prensa, la radio y la televisión sirven de altavoz gratuito, así como el terrorismo cumple casi to­dos los criterios de noticiabilidad, con lo que les proporciona a los periodistas información duran­te varios días.

Sin embargo, esta relación de mutuo beneficio presenta un problema para los periodistas pues con el mero cumplimiento de sus tareas informa­tivas pueden estar favoreciendo los intereses del grupo terrorista. Por décadas, los reporteros de va­rios países han tenido que aprender mediante la práctica diaria a contrarrestar el efecto propagan­dístico que muchas veces produce la cobertura de información sobre terrorismo.

En el caso de España, hasta casi el final de la década de los 90 los terroristas de ETA estuvieron a la cabeza de la batalla mediática. A comienzos de su actividad, en los años 50, la prensa escrita so­lía presentarlos como luchadores por la libertad, puesto que sus atentados pretendían desestabili­zar el régimen de la dictadura franquista. Se les destinaba más páginas que a sus víctimas, que so­lían aparecer en las escasas líneas de un breve, y los reporteros copiaban el lenguaje de sus comu­nicados, contribuyendo así a propagar su univer­so de significados.

Los periodistas españoles tomaron progresiva­mente conciencia de este problema y buscaron so­luciones para hacerle frente. El punto de inflexión que desató de manera definitiva la preocupación tanto de periodistas como de ciudadanos y po­líticos tuvo lugar en julio de 1997, cuando ETA secuestró y asesinó 48 horas después al joven con­cejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco.5 A partir de entonces, se desarrolló un intenso deba­te profesional acerca de cómo cubrir la informa­ción sobre terrorismo de manera que mitigara los efectos propagandísticos de los atentados. La dis­cusión condujo poco a poco a una mayor belige­rancia informativa.6

Esta nueva actitud se manifestó de dos mane­ras. Por un lado, en un autocontrol de cada medio con respecto a la publicación de contenidos que pudieran suponer un balón de oxígeno para los te­rroristas. Por otro, en la colaboración voluntaria con las autoridades policiales para no hacer públi­ca una información que pudiera poner en peligro el transcurso de una operación policial o la segu­ridad de posibles víctimas y objetivos, entre otros aspectos. Así lo sugirió un grupo de periodistas es­pañoles a partir de cuyos testimonios se editó un libro que buscaba dibujar el mapa de las rutinas profesionales frente al terrorismo.7

Esta preocupación condujo al ente público Ra­dio Televisión Española (RTVE) a elaborar en 2002 una propuesta de código deontológico con el que orientar las rutinas profesionales de sus reporteros y cámaras en la cobertura del terrorismo.8

Asimismo, la cadena pública británica BBC, como resultado de una serie de prácticas profesio­nales que consideraba poco adecuadas en la co­bertura de la actividad del IRA (Irish Republican Army), incluyó en su libro de estilo un capítulo de­dicado a guiar a sus periodistas (por ejemplo, en la cobertura de atentados o la emisión de entrevistas con alguno de los miembros de la organización).9

El experto en medios y violencia política Ri­chard Clutterbuck explica que tanto la BBC como la prensa italiana han colaborado en ocasiones con las fuerzas de seguridad de sus correspondientes países con el fin de salvar la vida de secuestrados o rehenes del IRA o las Brigadas Rojas, respectiva­mente: Al mismo tiempo que militares y policías se dieron cuenta de las ventajas de conservar la buena voluntad de los medios, los periodistas se percata­ron de la necesidad de mantenerse en buenas rela­ciones con el Ejército y el RUC (policía de Irlanda del Norte) . Si publicaban informaciones secretas podían, además de poner en peligro a las víctimas, perder esas valiosas fuentes confidenciales.10

Esta tendencia a la colaboración con las autori­dades volvió a ponerse de manifiesto en los atenta­dos del 7 de julio de 2005 en el metro de Londres. Durante las primeras horas tras las explosiones, predominó un apagón informativo por parte de los medios, silencio que sólo se rompió con el paso del tiempo y las primeras declaraciones oficiales. La tendencia de los medios británicos parece haber sido la de ponerse a disposición de las autoridades por el bien de la seguridad nacional, de modo simi­lar a lo que sucedió durante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es lo que Brigitte Nacos, pro­fesora de la Universidad de Columbia y experta en terrorismo y medios de comunicación, ha bautiza­do como rally-round-the-flag o unidad en torno a la bandera.11

Sin embargo, la misma autora advierte de los peligros de esta colaboración: los gobiernos pue­den abusar de esa voluntad de los periodistas por preservar la seguridad nacional. Nacos subraya y denuncia la dependencia que los periodistas es­tadounidenses tienen de las fuentes oficiales para obtener información sobre sucesos terroristas. Se­gún la autora, en numerosas ocasiones el gobierno norteamericano se ha aprovechado de esta depen­dencia para transmitir una versión de los hechos que configure un estado de opinión en la ciudada­nía favorable a los intereses gubernamentales.12

 

Neoterrorismo global

En cierta medida, estos dilemas han estado siem­pre presentes en el ejercicio de la profesión perio­dística. El problema es que hay indicios de que tanto la naturaleza como el escenario del terro­rismo parecen estar cambiando. Y esto propone nuevos desafíos a las rutinas y estrategias profesio­nales que los periodistas y medios de comunica­ción han usado hasta ahora.

David Rapoport, especialista en terrorismo y editor de la revista Terrorism and Political Violence, explica que a lo largo de la historia han existido principalmente cuatro oleadas de violencia terro­rista, cada una con una duración aproximada de cuarenta años. Según él, hubo una primera etapa anarquista a partir de 1880; una segunda, anticolo­nialista, desde 1920; una tercera, marxista o de iz­quierdas, que comenzó en la década de los 60 del siglo pasado, y una última, de raíz religiosa, a la que asistimos en la actualidad, que nació en los 80.13

A diferencia de los grupos de la segunda olea­da (como las Brigadas Rojas en Italia, el Ejército Rojo en la extinta U.R.S.S., el Frente de Liberación Nacional de Córcega en Francia o la Facción del Ejército Rojo en Alemania), los atentados terroris­tas de raíz integrista islámica no están dirigidos contra personas o instituciones especialmente re­presentativas o relevantes dentro del sistema que buscan debilitar, sino a quienes integran la socie­dad occidental: en gran medida, ciudadanos co­munes y corrientes.

Además, al contrario de los grupos menciona­dos, el terrorismo islamista no tiene una delimita­ción geográfica específica para sus acciones. Desde los actos de los anarquistas a fines del siglo XIX, el terrorismo ha estado relativamente circunscri­to dentro de los límites del estado; su enemigo ha sido tal o cual gobierno. Sin embargo, como el blanco del terrorismo islámico también se extien­de a las costumbres, valores, principios y estilos de vida occidentales, las posibilidades geográficas de los atentados se convierten en ilimitadas: es una amenaza global.

A las organizaciones terroristas de la segunda oleada definida por Rapoport parecía no interesar­les en exceso causar un gran número de víctimas, sino provocar un gran impacto en la sociedad. En palabras de Brian Jenkins, autoridad mundial en terrorismo, los terroristas querían a mucha gente mirando, no a mucha gente muerta.14 En cambio, las nuevas formas aparentemente buscan involu­crar a un mayor número de víctimas.

Desde el 11 de septiembre de 2001, han ocu­rrido varios atentados con un gran índice de víc­timas fatales: el ataque en un complejo turístico en Bali (Indonesia), el 12 de octubre de 2002; las bombas en el sistema de metro en Madrid, el 11 de marzo de 2004, y en Londres, el 7 de ju­lio de 2005.

Por otra parte, la sociedad también se ha vuel­to más global y mediatizada. Internet ha permitido al nuevo terrorismo difundir sus videos y su idea­rio a un número ilimitado de posibles adeptos y, al mismo tiempo, mantener de modo más eficiente la moral de los ya existentes. John Gearson cuestio­na que actualmente la publicidad a una causa con­creta política siga siendo una prioridad para las organizaciones terroristas de raíz islámica, ya que hay un elevado número de atentados cuya autoría nunca ha sido reclamada por ningún grupo.15

 

Desafíos periodísticos del nuevo escenario

La globalización de las estrategias y objetivos de este particular tipo de terrorismo junto al efec­to amplificador de los medios de comunicación de masas plantea nuevos desafíos a los periodistas en la cobertura de la información.

En primer lugar, para hacer frente a esta nue­va amenaza, algunos gobiernos han creado me­didas de seguridad que en numerosas ocasiones chocan con las libertades individuales y las coar­tan.16 Esta situación podría afectar también a los medios: como ya se ha explicado, pueden sufrir abusos por parte de la autoridad, que a veces apro­vecha la situación para favorecer sus intereses. Los periodistas no sólo tienen que vigilar su indepen­dencia para no ser víctimas de censura o manipu­lación informativa, sino también para no poner en peligro la seguridad nacional al garantizar las li­bertades individuales. La tarea no es fácil.

En segundo lugar, el carácter más global, indis­criminado y aleatorio del terrorismo de raíz inte­grista islámica difumina los límites en los que la organización se mueve. Ya no existe un objetivo político concreto, definido e identificable que otor­gue un marco de entendimiento con el cual poder contextualizar la información sobre terrorismo, lo que plantea no pocas dificultades al periodista a la hora de abordar la cobertura de una noticia de esa naturaleza.

En tercer lugar, la mayor dimensión, mortalidad e impacto de esta cuarta oleada terrorista convier­te sus atentados en sucesos mucho más mediáti­cos, que reclaman con gran fuerza la atención de los periodistas y requieren de ellos una cobertura informativa mucho más prolongada y exhaustiva.

Medios de comunicación de todo el mundo de­dicaron todos sus esfuerzos a cubrir de modo con­tinuado e ininterrumpido los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Hubo un continuum de información que ocupó la mayor parte de las ho­ras de emisión y del espacio de la prensa escrita du­rante varios días. Además, ese hecho sirvió como clave de interpretación para informar sobre otras noticias que fueron sucediendo en el ámbito inter­nacional una vez que se calmó la convulsión tras los atentados. Igualmente, como consecuencia del carácter internacional de la amenaza terrorista is­lamista, los atentados de Madrid, Londres o Bali volvieron a ocupar la atención de los medios inter­nacionales durante varias jornadas.

Todos estos cambios hacen que cubrir y repor­tear información sobre terrorismo sea un verdade­ro desafío. Los periodistas deben plantearse dónde se ubica su trabajo dentro de un escenario con una serie de disyuntivas que no son fáciles de resolver. ¿Cómo conciliar libertad con seguridad, o el de­recho a la información con el peligro de poner en riesgo vidas humanas? ¿En qué momento el velar por la integridad física de los ciudadanos puede volverse censura o propaganda? ¿Cómo contextua­lizar con precisión para una audiencia local una información sobre un fenómeno global? ¿Cómo mitigar los efectos emocionales, el clima de terror? ¿Cómo mantener la independencia? ¿Cómo acer­tar en la verdad?

 

Artículos

1 Schlesinger, Philip, Murdock, Graham, Elliot, Philip: Televising terrorism: political violence in popular culture. Comedia Publising Group, Londres, 1983.

2 Conviene aclarar que existen dos tipos de terrorismo: el terrorismo no estatal y el de estado. Este último se genera como respuesta al primero, fuera de la legalidad democrática y de los cauces constitucionales de un estado de derecho.

3 Clutterbuck, Richard: Los medios de comunicación y la violencia política. Eunsa, Pamplona, 1985, pp. 236-237. El relato completo del asedio a la Embajada de Irán en Londres se encuentra en las pp. 235-240.

4 Uno de los expertos que explica esta relación simbiótica entre medios y terrorismo es Orive, Pedro: Los medios de comunicación y el terrorismo , en Ceseden (Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional): Jornadas de estudio: El terrorismo y los medios de comunicación social desde el punto de vista de la defensa nacional. Ceseden, Madrid, 1980, pp. 31-48. También se encuentran referencias en Ministerio del Interior: Terrorismo y medios de comunicación social. Secretaría General Técnica del Ministerio del Interior, Madrid, 1984.

5 Zurutuza, Cristina: Comunicación y terrorismo en España: de la asepsia a la beligerancia. Los catorce días entre la liberación de José Antonio Ortega Lara y el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997. Trabajo de investigación inédito, Facultad de Comunicación, Universidad de Navarra, Pamplona, 2004; y Zurutuza, Cristina: La comunicación institucional en momentos de crisis: el asesinato de Miguel Ángel Blanco y la masacre del 11M como paradigmas antagónicos , en Actas del XIX Congreso Internacional de Comunicación. Universidad de Navarra, Pamplona, 2004. Publicación pendiente. En internet: http://www.unav.es/fcom/cicom/19cicom/pdf/g1.estrategias/Cristina%20Zurutuza.pdf.

6 Fundación Víctimas del Terrorismo (FVT): Terrorismo, víctimas y medios de comunicación. FVT y Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE), Madrid, 2003.

7 Ibíd.

8 RTVE: Reflexiones sobre los medios de comunicación y el terrorismo. Consejo de Administración de RTVE, Madrid, 2002.

9 BBC: Chapter 15: Terrorism and National Security , en Producers Guidelines. BBC, Londres, 1996.

10 Clutterbuck, Richard: op. cit., p. 190.

11 Nacos, Brigitte L.: The press, presidents and crises. Columbia University Press, Nueva York, 1990, p. 8.

12 Nacos, Brigitte L.: Terrorism and the Media: from the Iran Hostage Crisis to the Oklahoma City Bombing. Columbia Univesity Press, Nueva York, 1995, p.143.

13 Rapoport, David C.: The Four Waves of Rebel Terror and September 11th , en Reinares, Fernando y Elorza, Antonio (editores): El nuevo terrorismo islamista: del 11-S al 11-M. Temas de Hoy, Madrid, 2004.

14 Cit. en Gearson, John: The Nature of Modern Terrorism , en The Political Quarterly Publishing. Blackwell, Maryland, volúmen 73, número 1, 2002, p. 11.

15 Ibíd.

16 Por ejemplo, las políticas referidas al acceso y uso de datos personales, adoptadas en Estados Unidos por el Homeland Security, el departamento que se creó tras los atentados del 11/S. En cambio, en el Reino Unido, si bien el gobierno presentó un proyecto de ley que contenía medidas de seguridad para combatir el terrorismo que claramente coartaban las libertades individuales, el texto no consiguió pasar el filtro de la Cámara de los Lores y al final no fue aprobado.

 

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