Cristina Zurutuza
Doctoranda en Comunicación. Docencia e Investigación en Comunicación Política, Facultad de Comunicación, Universidad de Navarra, España.
[czurutu@yahoo.com]
El 30 de abril de 1980, seis terroristas pertenecientes a la minoría árabe de Irán secuestraron la embajada de ese país en Londres, reteniendo a 26 personas en su interior. Medios de comunicación de todo el mundo no tardaron en rodear la zona, lo que obligó a la policía a establecer un cordón de seguridad para que se pudiera reportear el hecho sin interrumpir las tareas de negociación. Sin embargo, un periodista con una cámara escondida consiguió traspasar ese perímetro y situarse en la parte trasera del edificio. Desde este lugar privilegiado, filmó la entrada de los SAS (Special Air Services), que irrumpieron en la embajada en el momento en que los secuestradores mataban al primer rehén.
El reportero emitió directamente la señal al estudio central de la ITN (Independent Televisión News). Los terroristas disponían de televisores, con los que seguían la cobertura informativa de su asedio. Afortunadamente, en ese momento la ITN estaba emitiendo otra programación y las imágenes del asalto se retransmitieron cuatro minutos más tarde.
¿Qué habría sucedido si las imágenes se hubieran emitido en directo? ¿Cuál habría sido el número final de víctimas si los terroristas hubieran visto cómo los SAS entraban en la embajada? A veces, la mera emisión o publicación de una información puede poner en peligro la vida o la seguridad de posibles rehenes, víctimas, o de la sociedad en general.
Las definiciones tradicionales del terrorismo, por lo general, han entendido el fenómeno como un tipo particular de violencia ejercida por un grupo u organismo no estatal con fines políticos determinados.1 Un grupo terrorista pretende crear, por medio de la violencia, una atmósfera de terror e inseguridad que fracture la cohesión social y ponga en jaque al estado. Es decir, busca generar un clima de opinión en el que se justifiquen los atentados por la falta de respuesta del estado a las peticiones políticas de los terroristas. Además, con la magnitud de sus acciones quiere forzar la respuesta estatal hasta un límite que haga que el gobierno se plantee traspasar el marco de la legalidad democrática en la lucha antiterrorista. Al llegar a este límite, el estado perdería legitimidad y la causa terrorista podría ganar adeptos. Por eso, los medios han estado siempre presentes en la ecuación. Al buscar un efecto de amplificación emocional, los grupos terroristas generalmente necesitan que sus actos y atentados sean cubiertos, que sus ideas sean publicadas, que las imágenes sean transmitidas, que lleguen a una audiencia masiva y tengan relevancia social.2
En el caso del asedio a la embajada de Irán en Londres, las investigaciones policiales concluyeron que se había elegido la capital inglesa debido a su gran concentración de ciudadanos, visitantes y periódicos árabes de todo el mundo. Pensaron que todo esto favorecería la atención sobre la causa.3
Apagones y bombas informativas
Algunos expertos han caracterizado la relación entre el terrorismo y los medios de comunicación como simbiótica , pues ambos sacan un provecho mutuo para su subsistencia diaria.4 La prensa, la radio y la televisión sirven de altavoz gratuito, así como el terrorismo cumple casi todos los criterios de noticiabilidad, con lo que les proporciona a los periodistas información durante varios días.
Sin embargo, esta relación de mutuo beneficio presenta un problema para los periodistas pues con el mero cumplimiento de sus tareas informativas pueden estar favoreciendo los intereses del grupo terrorista. Por décadas, los reporteros de varios países han tenido que aprender mediante la práctica diaria a contrarrestar el efecto propagandístico que muchas veces produce la cobertura de información sobre terrorismo.
En el caso de España, hasta casi el final de la década de los 90 los terroristas de ETA estuvieron a la cabeza de la batalla mediática. A comienzos de su actividad, en los años 50, la prensa escrita solía presentarlos como luchadores por la libertad, puesto que sus atentados pretendían desestabilizar el régimen de la dictadura franquista. Se les destinaba más páginas que a sus víctimas, que solían aparecer en las escasas líneas de un breve, y los reporteros copiaban el lenguaje de sus comunicados, contribuyendo así a propagar su universo de significados.
Los periodistas españoles tomaron progresivamente conciencia de este problema y buscaron soluciones para hacerle frente. El punto de inflexión que desató de manera definitiva la preocupación tanto de periodistas como de ciudadanos y políticos tuvo lugar en julio de 1997, cuando ETA secuestró y asesinó 48 horas después al joven concejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco.5 A partir de entonces, se desarrolló un intenso debate profesional acerca de cómo cubrir la información sobre terrorismo de manera que mitigara los efectos propagandísticos de los atentados. La discusión condujo poco a poco a una mayor beligerancia informativa.6
Esta nueva actitud se manifestó de dos maneras. Por un lado, en un autocontrol de cada medio con respecto a la publicación de contenidos que pudieran suponer un balón de oxígeno para los terroristas. Por otro, en la colaboración voluntaria con las autoridades policiales para no hacer pública una información que pudiera poner en peligro el transcurso de una operación policial o la seguridad de posibles víctimas y objetivos, entre otros aspectos. Así lo sugirió un grupo de periodistas españoles a partir de cuyos testimonios se editó un libro que buscaba dibujar el mapa de las rutinas profesionales frente al terrorismo.7
Esta preocupación condujo al ente público Radio Televisión Española (RTVE) a elaborar en 2002 una propuesta de código deontológico con el que orientar las rutinas profesionales de sus reporteros y cámaras en la cobertura del terrorismo.8
Asimismo, la cadena pública británica BBC, como resultado de una serie de prácticas profesionales que consideraba poco adecuadas en la cobertura de la actividad del IRA (Irish Republican Army), incluyó en su libro de estilo un capítulo dedicado a guiar a sus periodistas (por ejemplo, en la cobertura de atentados o la emisión de entrevistas con alguno de los miembros de la organización).9
El experto en medios y violencia política Richard Clutterbuck explica que tanto la BBC como la prensa italiana han colaborado en ocasiones con las fuerzas de seguridad de sus correspondientes países con el fin de salvar la vida de secuestrados o rehenes del IRA o las Brigadas Rojas, respectivamente: Al mismo tiempo que militares y policías se dieron cuenta de las ventajas de conservar la buena voluntad de los medios, los periodistas se percataron de la necesidad de mantenerse en buenas relaciones con el Ejército y el RUC (policía de Irlanda del Norte) . Si publicaban informaciones secretas podían, además de poner en peligro a las víctimas, perder esas valiosas fuentes confidenciales.10
Esta tendencia a la colaboración con las autoridades volvió a ponerse de manifiesto en los atentados del 7 de julio de 2005 en el metro de Londres. Durante las primeras horas tras las explosiones, predominó un apagón informativo por parte de los medios, silencio que sólo se rompió con el paso del tiempo y las primeras declaraciones oficiales. La tendencia de los medios británicos parece haber sido la de ponerse a disposición de las autoridades por el bien de la seguridad nacional, de modo similar a lo que sucedió durante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es lo que Brigitte Nacos, profesora de la Universidad de Columbia y experta en terrorismo y medios de comunicación, ha bautizado como rally-round-the-flag o unidad en torno a la bandera.11
Sin embargo, la misma autora advierte de los peligros de esta colaboración: los gobiernos pueden abusar de esa voluntad de los periodistas por preservar la seguridad nacional. Nacos subraya y denuncia la dependencia que los periodistas estadounidenses tienen de las fuentes oficiales para obtener información sobre sucesos terroristas. Según la autora, en numerosas ocasiones el gobierno norteamericano se ha aprovechado de esta dependencia para transmitir una versión de los hechos que configure un estado de opinión en la ciudadanía favorable a los intereses gubernamentales.12
Neoterrorismo global
En cierta medida, estos dilemas han estado siempre presentes en el ejercicio de la profesión periodística. El problema es que hay indicios de que tanto la naturaleza como el escenario del terrorismo parecen estar cambiando. Y esto propone nuevos desafíos a las rutinas y estrategias profesionales que los periodistas y medios de comunicación han usado hasta ahora.
David Rapoport, especialista en terrorismo y editor de la revista Terrorism and Political Violence, explica que a lo largo de la historia han existido principalmente cuatro oleadas de violencia terrorista, cada una con una duración aproximada de cuarenta años. Según él, hubo una primera etapa anarquista a partir de 1880; una segunda, anticolonialista, desde 1920; una tercera, marxista o de izquierdas, que comenzó en la década de los 60 del siglo pasado, y una última, de raíz religiosa, a la que asistimos en la actualidad, que nació en los 80.13
A diferencia de los grupos de la segunda oleada (como las Brigadas Rojas en Italia, el Ejército Rojo en la extinta U.R.S.S., el Frente de Liberación Nacional de Córcega en Francia o la Facción del Ejército Rojo en Alemania), los atentados terroristas de raíz integrista islámica no están dirigidos contra personas o instituciones especialmente representativas o relevantes dentro del sistema que buscan debilitar, sino a quienes integran la sociedad occidental: en gran medida, ciudadanos comunes y corrientes.
Además, al contrario de los grupos mencionados, el terrorismo islamista no tiene una delimitación geográfica específica para sus acciones. Desde los actos de los anarquistas a fines del siglo XIX, el terrorismo ha estado relativamente circunscrito dentro de los límites del estado; su enemigo ha sido tal o cual gobierno. Sin embargo, como el blanco del terrorismo islámico también se extiende a las costumbres, valores, principios y estilos de vida occidentales, las posibilidades geográficas de los atentados se convierten en ilimitadas: es una amenaza global.
A las organizaciones terroristas de la segunda oleada definida por Rapoport parecía no interesarles en exceso causar un gran número de víctimas, sino provocar un gran impacto en la sociedad. En palabras de Brian Jenkins, autoridad mundial en terrorismo, los terroristas querían a mucha gente mirando, no a mucha gente muerta.14 En cambio, las nuevas formas aparentemente buscan involucrar a un mayor número de víctimas.
Desde el 11 de septiembre de 2001, han ocurrido varios atentados con un gran índice de víctimas fatales: el ataque en un complejo turístico en Bali (Indonesia), el 12 de octubre de 2002; las bombas en el sistema de metro en Madrid, el 11 de marzo de 2004, y en Londres, el 7 de julio de 2005.
Por otra parte, la sociedad también se ha vuelto más global y mediatizada. Internet ha permitido al nuevo terrorismo difundir sus videos y su ideario a un número ilimitado de posibles adeptos y, al mismo tiempo, mantener de modo más eficiente la moral de los ya existentes. John Gearson cuestiona que actualmente la publicidad a una causa concreta política siga siendo una prioridad para las organizaciones terroristas de raíz islámica, ya que hay un elevado número de atentados cuya autoría nunca ha sido reclamada por ningún grupo.15
Desafíos periodísticos del nuevo escenario
La globalización de las estrategias y objetivos de este particular tipo de terrorismo junto al efecto amplificador de los medios de comunicación de masas plantea nuevos desafíos a los periodistas en la cobertura de la información.
En primer lugar, para hacer frente a esta nueva amenaza, algunos gobiernos han creado medidas de seguridad que en numerosas ocasiones chocan con las libertades individuales y las coartan.16 Esta situación podría afectar también a los medios: como ya se ha explicado, pueden sufrir abusos por parte de la autoridad, que a veces aprovecha la situación para favorecer sus intereses. Los periodistas no sólo tienen que vigilar su independencia para no ser víctimas de censura o manipulación informativa, sino también para no poner en peligro la seguridad nacional al garantizar las libertades individuales. La tarea no es fácil.
En segundo lugar, el carácter más global, indiscriminado y aleatorio del terrorismo de raíz integrista islámica difumina los límites en los que la organización se mueve. Ya no existe un objetivo político concreto, definido e identificable que otorgue un marco de entendimiento con el cual poder contextualizar la información sobre terrorismo, lo que plantea no pocas dificultades al periodista a la hora de abordar la cobertura de una noticia de esa naturaleza.
En tercer lugar, la mayor dimensión, mortalidad e impacto de esta cuarta oleada terrorista convierte sus atentados en sucesos mucho más mediáticos, que reclaman con gran fuerza la atención de los periodistas y requieren de ellos una cobertura informativa mucho más prolongada y exhaustiva.
Medios de comunicación de todo el mundo dedicaron todos sus esfuerzos a cubrir de modo continuado e ininterrumpido los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Hubo un continuum de información que ocupó la mayor parte de las horas de emisión y del espacio de la prensa escrita durante varios días. Además, ese hecho sirvió como clave de interpretación para informar sobre otras noticias que fueron sucediendo en el ámbito internacional una vez que se calmó la convulsión tras los atentados. Igualmente, como consecuencia del carácter internacional de la amenaza terrorista islamista, los atentados de Madrid, Londres o Bali volvieron a ocupar la atención de los medios internacionales durante varias jornadas.
Todos estos cambios hacen que cubrir y reportear información sobre terrorismo sea un verdadero desafío. Los periodistas deben plantearse dónde se ubica su trabajo dentro de un escenario con una serie de disyuntivas que no son fáciles de resolver. ¿Cómo conciliar libertad con seguridad, o el derecho a la información con el peligro de poner en riesgo vidas humanas? ¿En qué momento el velar por la integridad física de los ciudadanos puede volverse censura o propaganda? ¿Cómo contextualizar con precisión para una audiencia local una información sobre un fenómeno global? ¿Cómo mitigar los efectos emocionales, el clima de terror? ¿Cómo mantener la independencia? ¿Cómo acertar en la verdad?
Artículos
1 Schlesinger, Philip, Murdock, Graham, Elliot, Philip: Televising terrorism: political violence in popular culture. Comedia Publising Group, Londres, 1983.
2 Conviene aclarar que existen dos tipos de terrorismo: el terrorismo no estatal y el de estado. Este último se genera como respuesta al primero, fuera de la legalidad democrática y de los cauces constitucionales de un estado de derecho.
3 Clutterbuck, Richard: Los medios de comunicación y la violencia política. Eunsa, Pamplona, 1985, pp. 236-237. El relato completo del asedio a la Embajada de Irán en Londres se encuentra en las pp. 235-240.
4 Uno de los expertos que explica esta relación simbiótica entre medios y terrorismo es Orive, Pedro: Los medios de comunicación y el terrorismo , en Ceseden (Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional): Jornadas de estudio: El terrorismo y los medios de comunicación social desde el punto de vista de la defensa nacional. Ceseden, Madrid, 1980, pp. 31-48. También se encuentran referencias en Ministerio del Interior: Terrorismo y medios de comunicación social. Secretaría General Técnica del Ministerio del Interior, Madrid, 1984.
5 Zurutuza, Cristina: Comunicación y terrorismo en España: de la asepsia a la beligerancia. Los catorce días entre la liberación de José Antonio Ortega Lara y el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997. Trabajo de investigación inédito, Facultad de Comunicación, Universidad de Navarra, Pamplona, 2004; y Zurutuza, Cristina: La comunicación institucional en momentos de crisis: el asesinato de Miguel Ángel Blanco y la masacre del 11M como paradigmas antagónicos , en Actas del XIX Congreso Internacional de Comunicación. Universidad de Navarra, Pamplona, 2004. Publicación pendiente. En internet: http://www.unav.es/fcom/cicom/19cicom/pdf/g1.estrategias/Cristina%20Zurutuza.pdf.
6 Fundación Víctimas del Terrorismo (FVT): Terrorismo, víctimas y medios de comunicación. FVT y Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE), Madrid, 2003.
7 Ibíd.
8 RTVE: Reflexiones sobre los medios de comunicación y el terrorismo. Consejo de Administración de RTVE, Madrid, 2002.
9 BBC: Chapter 15: Terrorism and National Security , en Producers Guidelines. BBC, Londres, 1996.
10 Clutterbuck, Richard: op. cit., p. 190.
11 Nacos, Brigitte L.: The press, presidents and crises. Columbia University Press, Nueva York, 1990, p. 8.
12 Nacos, Brigitte L.: Terrorism and the Media: from the Iran Hostage Crisis to the Oklahoma City Bombing. Columbia Univesity Press, Nueva York, 1995, p.143.
13 Rapoport, David C.: The Four Waves of Rebel Terror and September 11th , en Reinares, Fernando y Elorza, Antonio (editores): El nuevo terrorismo islamista: del 11-S al 11-M. Temas de Hoy, Madrid, 2004.
14 Cit. en Gearson, John: The Nature of Modern Terrorism , en The Political Quarterly Publishing. Blackwell, Maryland, volúmen 73, número 1, 2002, p. 11.
15 Ibíd.
16 Por ejemplo, las políticas referidas al acceso y uso de datos personales, adoptadas en Estados Unidos por el Homeland Security, el departamento que se creó tras los atentados del 11/S. En cambio, en el Reino Unido, si bien el gobierno presentó un proyecto de ley que contenía medidas de seguridad para combatir el terrorismo que claramente coartaban las libertades individuales, el texto no consiguió pasar el filtro de la Cámara de los Lores y al final no fue aprobado.
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