Héctor Borrat
Doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona.
[hborrat@wanadoo.es]
Como toda estrategia terrorista, la que consumó la trágica jornada madrileña del 11 de marzo de 2004 –conocida como 11-M– abarca tres fases sucesivas. La primera, la preparación de acciones de violencia indiscriminada, necesita la clandestinidad de quienes serán sus autores. La segunda, que corresponde a la ejecución de esas acciones, configura en sí misma –vaya o no acompañada de mensajes escritos o verbales– una comunicación pública de los terroristas, quienes al mismo tiempo siguen necesitando la clandestinidad, ahora para mantenerse impunes. La tercera, la de los efectos, tiende en la sociedad agredida una red de mensajes de dolor colectivo, de repudio al terrorismo y de evaluación de la gestión gubernamental de la crisis. Ésta, en especial en cuanto a la identificación y captura de los terroristas y la prevención de nuevos atentados, se arroga espacios de secreto contra la transparencia requerida por los partidos para controlar al gobierno, y por los medios para construir sus versiones de lo ocurrido.
Los efectos de los cuatro atentados del 11-M se enlazan con la víspera y la realización de las elecciones del 14 de marzo y la consiguiente derrota del Partido Popular y la victoria del PSOE. Entre el jueves 11 y el domingo 14 logran una especial relevancia el dilema sobre la autoría de los atentados (si ETA o el terrorismo islámico), las manifestaciones de dolor convocadas para el viernes 12 y las de protesta contra la política informativa del gobierno, concentradas en torno a sedes del Partido Popular el sábado l3. Semanas más tarde, se produciría el espectacular giro en política exterior que significó el retiro de las tropas españolas de Irak, decidido por Rodríguez Zapatero apenas asumió la presidencia.
Transcurrido más de un año, no cesa el debate público sobre lo que fue la gestión de la crisis por parte del gobierno de Aznar, la influencia de los atentados en las elecciones y en la amenaza de nuevos crímenes. Aznar repite que los terroristas han conseguido su objetivo: “Utilizar las elecciones para intentar cambiar la voluntad de los ciudadanos, [...] entre otras cosas, porque hubo algunos que se aprovecharon de esa circunstancia para crear un ambiente de odio, de división verdaderamente brutal y procurar ganar las elecciones”.1 Voces mucho más ajustadas a la realidad niegan, sin embargo, que haya existido tal “ambiente de odio”, y recuerdan que ya antes de los atentados la intención de votar por el PSOE ascendía en las encuestas.
Desde que en la víspera electoral quedara en evidencia la autoría del terrorismo islámico, el Partido Popular, inicialmente empecinado en negarla, introdujo la sospecha de su conexión con ETA. La dirigencia del PP optó por ese camino con el objetivo obvio de desacreditar a sus rivales políticos –el actual gobierno–, que la negaban. En lo que sí coincidieron Aznar y Rodríguez Zapatero fue en atribuir una suerte de identidad común a todos los movimientos que echan mano a la violencia indiscriminada, prescindiendo de la historia y del repertorio de intereses, creencias y expectativas que identifica a cada uno de ellos. “En el terror no hay política, en el terror no hay ideología, sólo hay barbarie”, repetía Rodríguez Zapatero con la misma grosería intelectual que su predecesor. Incluso se ha negado Rodríguez Zapatero a usar el adjetivo “islámico” o “islamista” para identificar a los del 11-M, en la misma línea de algunos intelectuales mediáticos que, como bien los describe Antonio Elorza 2, “han decidido recurrir al conjuro para desautorizar todo intento de explicar la matanza atendiendo a su gestación en el integrismo islámico”.
Joan Botella 3 sostiene, a título de hipótesis, que la “explosión comunicativa” producida durante esos días mostró que “radio, prensa y televisión se quedaban cortas ante la explosión de adhesivos, páginas web, mensajes SMS en los teléfonos móviles. [...] Los nuevos medios se pueden permitir ser más analíticos [...] o más contundentes” y “ponen de relieve cómo los medios convencionales pecan de timidez, de falta de rigor analítico y de excesivo protagonismo de sus profesionales.” Mi hipótesis es otra. En lugar de oponer “medios nuevos” y “medios convencionales”, creo que hubo un reparto de competencias: los ciudadanos siguieron sirviéndose de los “convencionales” para enterarse de lo que estaba ocurriendo, y de los “nuevos” para organizar colectivamente la denuncia y la protesta contra Aznar, su gobierno y su partido. Creo, también, que la faena periodística de los “convencionales” confirmó, por un lado, la mayor inmediatez y actualización informativa de la radio comparada con la prensa y, por el otro, la vigencia inexorable del binomio transparencia-secreto.4 Focalizaré mi análisis en los dos grandes del Grupo Prisa: el diario El País y la cadena SER. El error del primero en la atribución de autoría provocó un ejercicio de transparencia periodística a pocos días de los atentados, el 27 de marzo de 2004. El triunfo de la segunda, con su primicia sobre la autoría islámica, sigue aún protegido por el secreto.
El binomio transparencia-secreto
Aplicado a grupos, organizaciones e instituciones, el concepto de transparencia apunta al deber y/o al derecho de estos colectivos de comunicar lo que sucede, se procesa y se decide en su interior, sea por su propia iniciativa –la transparencia activa– o por la demanda de actores externos: la transparencia reactiva.
La transparencia abre un espacio escrutable, noticiable, en el interior de grupos, organizaciones e instituciones, así como el secreto cierra otro espacio dentro del mismo colectivo: el de la opacidad, la reserva. Instituciones políticas, empresas, sindicatos y otros colectivos necesitan del secreto. La racionalidad organizativa combina, en proporciones variables, espacios de secreto y espacios de transparencia contrapuestos pero contiguos y complementarios.
La transparencia siempre es parcial. Si no está tipificada por una normativa, los actores externos no pueden saber cuál es el espacio abierto por ella ni, por lo tanto, el terreno blindado por el secreto. La investigación por parte de organismos públicos de atentados terroristas privilegia el espacio blindado a expensas de la cobertura periodística correspondiente.
La transparencia periodística es una especie del género transparencia; una especie rara por sus cambiantes configuraciones y, también, por su escasa frecuencia.
Puesto que todo soporte mediático depende de una empresa, sin la cual no podría existir, su propia transparencia está condicionada, ante todo, por el necesario binomio transparencia-secreto de la empresa mediática correspondiente. Si, asegurado su propio secreto, ella le concede al soporte la gestión de cierto espacio de transparencia, éste será en cualquier caso precario. En primer lugar, porque así como la empresa se lo concedió, se lo puede retirar y, en segundo lugar, porque la cúpula redaccional, según las competencias que se le conceden, podrá restringirlo y reestructurarlo en función de sus propias necesidades de secreto.
El concepto de transparencia periodística está alcanzando ahora una renovada vigencia, porque introduce matices importantes en categorías clásicas de la comunicación mediática, como la verdad, la credibilidad y el servicio público. Pero también porque destaca con mayor énfasis en el ciberperiodismo que en el periodismo “convencional”, al estar ligado con la interactividad. Aparece así un repertorio de preguntas significativas,5 tales como: ¿Cuáles son las fuentes y los métodos que usa el periodista para saber lo que sabe? ¿Hasta qué punto esas fuentes tienen un conocimiento directo de la trama que narran? ¿Qué predisposiciones pueden tener los periodistas y las fuentes? ¿Proporcionan relatos contradictorios? ¿Qué es lo que no sabemos?
La regla de la transparencia, dicen sus propagandistas, es la mejor garantía de la verificación. Muestra el respeto del periodista por su audiencia. Permite que ésta juzgue la validez de la información, cómo se ha logrado, los motivos y las predisposiciones del periodista que la proporciona. Si él demuestra ante la audiencia que los suyos son motivos de interés público, refuerza su credibilidad. Aunque en estos esfuerzos haya un componente de relaciones públicas – se reconoce– la razón principal para que el periodista tenga que explicar con más frecuencia y mayor efectividad su modus operandi es mostrarse él mismo responsable. El proceso es imperfecto, pero si el periodista tiene que poner el foco escrutador en otras organizaciones y profesiones poderosas también tiene que poder hacerlo consigo mismo, advierte Steele, líder del grupo de ética de The Poynter Institute.
Transparencia y secreto de las fuentes
Hay sin embargo un espacio tradicionalmente reservado al secreto periodístico fuerte, irrestricto, frecuentemente invocado. Un secreto emblemático y, al mismo tiempo, protector de los profesionales de la información y de los soportes mismos. Frecuentemente lo proclaman en la prensa, los libros de estilo y los defensores del lector. “El periodista tiene la obligación de no revelar sus fuentes informativas cuando éstas hayan exigido confidencialidad”, afirma el Libro de estilo de El País.6 La misma normativa menciona “la transparencia interna que este periódico se compromete a mantener” 7, pero el único criterio que da para este compromiso es “el interés del lector”, que “prevalece sobre cualquier otro”. Y este “lector” ideal, sin rostro conocido, es un personaje de ficción, una creatura de la empresa editora, que también imagina “el interés” singular que le atribuye. ¿Qué tiene que ver este “lector” con cada uno de los cientos de miles de lectores reales?
La transparencia periodística, si existe realmente, será siempre precaria. ¿Qué soporte podría competir con otros si dejara de usar informaciones proporcionadas por fuentes que permanecen en el secreto, sea por no aparecer en los textos o aparecer, sí, pero veladas?8
Si queremos realizar un control de la transparencia interna de un soporte poniendo énfasis en las fuentes que utiliza, nos topamos con una barrera infranqueable: no podemos determinar nunca cuántas fuentes han sido consultadas a lo largo de la producción de los relatos informativos. Sólo podemos conocer y cuantificar las que están identificadas.
No podemos dar por seguro que las fuentes veladas (reservadas) son tantas como las que así aparecen en los textos: frecuentemente, fuentes veladas “diversas” no son más que una, a la que el autor reviste con velos distintos; o, peor todavía, no es fuente alguna, y entonces los velos sugieren la existencia de lo inexistente.
No podemos saber, cuando creemos que se ocultan fuentes reales, si la decisión de poner velos ha sido del soporte, del periodista, de la fuente, pactada entre el soporte y la fuente, o pactada entre el periodista y la fuente. Tampoco podemos saber si las fuentes han sido veladas para ocultar filtraciones reales, reveladoras de datos que determinados actores preferirían mantener en el secreto, o filtraciones simuladas, suministradas por ciertos actores a modo de globo sonda, para conocer tendencias y preferencias de los lectores.
No podemos saber, en definitiva, cómo encarar en cada texto este despliegue de velos, es decir, de secretos. Una valoración positiva afirma que ellos protegen a las fuentes y enriquecen los textos con datos que de otro modo permanecerían ocultos; que refuerzan la vigencia del derecho a la información y la libertad de la prensa. Una valoración negativa afirma, por el contrario, que los velos premian a las fuentes, los informadores y los soportes manipuladores, y castigan a los lectores que no sospechan de la manipulación; que incrementan el abuso del poder político, económico, mediático. No podemos saber si hay o no fuentes omitidas por los textos ni, por tanto, cuántas son éstas y qué peso han tenido en la construcción del relato.
Toda esta ignorancia se agrava, desde luego, y adquiere otra dimensión cuando la narración mediática tiene que ocuparse de acontecimientos extraordinariamente graves, como los atentados terroristas. Soportes y periodistas enfrentan en tales casos serios riesgos, tanto frente a los asesinos, apenas ven invadida su clandestinidad, como ante las instituciones públicas que buscan identificarlos y detenerlos, apenas ven amenazado su secreto legalmente establecido y necesario para el cumplimiento de sus objetivos. Las cúpulas de la empresa y –subordinadas a ellas– las de la redacción se ven obligadas a diseñar estrategias de urgencia que limitan aún más la siempre precaria autonomía de los periodistas en sus relaciones –activas o reactivas– con las fuentes.
El jueves 11 de marzo, mientras El País experimentaba un insólito fracaso con su atribución a ETA de la autoría de los atentados, la cadena SER, que había incurrido en el mismo error durante todos sus programas de la mañana y la tarde, se anotaba un triunfo espectacular a partir de las 20:20 hrs, con la primicia sobre la autoría real.9 Entonces contradijo la versión oficial, que persistía en acusar a ETA: “Aunque la línea de investigación prioritaria es en relación con la autoría de ETA”, anticipaba a esa hora en la SER Carlos Llamas, “no se descartan otras hipótesis a partir de que, en relación con la furgoneta localizada en Alcalá de Henares, se ha encontrado una cinta con versículos del Corán”. A las 22:00 hrs, la SER ya responsabilizaba de los atentados al radicalismo islámico. Al mismo tiempo, informaba que el portavoz del gobierno, Eduardo Zaplana, continuaba diciendo en TVE que la autoría pertenecía, “sin duda”, a ETA.
El viernes 12 de marzo, a las 13:00 hrs, la SER informaba: “Según fuentes de la lucha antiterrorista, la policía ha podido recuperar una de las mochilas cargadas con 10,2 kilos de un explosivo plástico fabricado en España, del tipo especial C con sello ECO, que se corresponde con la antigua marca de explosivos Río tinto. Todo parece indicar que no se trata de los componentes habitualmente utilizados por ETA. Sostienen que pueda ser otro grupo terrorista vinculado con el extremismo islámico”. Sin embargo, a las 18:15, el Ministro del Interior Acebes dio cuenta de la desactivación de la bomba e insistió en la versión del gobierno de Aznar: “ETA es la principal línea de investigación”. A las 18:30, ETA comunicó lo siguiente al periódico vasco Gara y a la cadena pública vasca ETB: “ETA no tiene ninguna responsabilidad”. Una hora después, la pregunta dominante en las pancartas de las manifestaciones contra el terrorismo era: “¿Quién ha sido?”. Minutos antes, la SER informaba: “La Ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, envió ayer una circular, a la que ha tenido acceso la cadena SER, a todos los embajadores españoles en el mundo, en la que les ordenaba que confirmasen ante las autoridades de los respectivos países en los que están acreditados y ante los medios de comunicación la autoría de ETA en los atentados terroristas de ayer en Madrid”.
El sábado 13 de marzo se desarrollaba la Jornada de Reflexión de los ciudadanos en la víspera de las elecciones. A las 15:05, la SER afirmaba que el Centro Nacional de Inteligencia estaba trabajando al 99% con la tesis de que los autores de las explosiones de Madrid eran integristas islámicos. Sin embargo, el director del Centro Nacional de Inteligencia, Jorge Dezcállar, contradijo esta información mediante un comunicado a la agencia EFE. Pero las primeras detenciones relacionadas con los atentados ya confirmaban que la pista válida era la del integrismo islámico.10
El domingo 14 de marzo, unas cuantas horas antes de abrirse las urnas, la SER emitía un editorial titulado “Historia de una manipulación”, donde denunciaba “la presión y la manipulación [...] descaradas” en los telediarios del canal público TVE y de la emisora pública RNE: “Toda la información y los comentarios contemplaban sólo la autoría de ETA. [...] Las imágenes de las grandes manifestaciones del viernes se centraron una y otra vez en las pancartas contra ETA y se silenciaron las protestas contra Aznar, y no salió ni una sola pancarta preguntándose: ‘¿Quién ha sido?’, el grito más coreado en las manifestaciones”.
Por mantener en secreto a sus fuentes, la SER fue la protagonista mediática de esos días. Protegió con su secreto, entre otras, a esas “fuentes de la lucha antiterrorista” que le filtraron información decisiva para imputar la autoría al terrorismo islámico. Éste no fue, sin embargo, un secreto total: al presentar a algunas de sus fuentes bajo el velo de “fuentes de la lucha antiterrorista”, el velo re-velaba, transparentaba, una pertenencia que las hacía creíbles. Pero este relámpago de transparencia no iluminó el comportamiento de estas fuentes. No podemos saber si violaron, a su vez, el secreto institucional, necesidad vital en los servicios de inteligencia de cualquier país; si actuaron por encargo de sus jefes (una filtración simulada), que habrían sido desleales al gobierno, o si lo hicieron a espaldas de ellos (filtración real), en cuyo caso la deslealtad sería de las fuentes mismas. De haber sucedido esto último, tampoco podemos saber si la comunicación con la SER fue a iniciativa de ellas o de la propia emisora.
Transparencia y secreto de los autores
Si intentamos la identificación de los autores de los textos publicados o emitidos, nos topamos, con inesperada frecuencia, con el secreto, resultante de las estructuras y el funcionamiento de los propios soportes.
Esta afirmación puede sorprender si ponemos el foco en los autores que firman los textos publicados en la prensa o que son identificados en la radio y la televisión. Pero éstos constituyen apenas una minoría. Para narrar la actualidad, el soporte necesita, sobre todo, de periodistas a los que puede mantener –en su mayoría– anónimos ante los lectores.
No podemos identificar a los autores anónimos.
No podemos conocer en concreto cómo, dentro de la redacción, se distribuyen los papeles entre los autores identificados y los anónimos. El soporte es una organización compleja, altamente jerarquizada. Frente a un observador externo –y también, frecuentemente, ante los propios periodistas– tiene una fuerte opacidad. Son muy escasas las referencias a la vida interna de la organización y a los conflictos entre quienes forman parte de ella. El ombudsman o defensor del lector puede aportarnos en determinados casos datos importantes, pero incompletos.
Incluso las versiones firmadas nos mantienen en la ignorancia respecto a la autoría periodística. Porque ésta es siempre, en cualquier soporte –en los audiovisuales y también en la prensa–, de carácter múltiple, en el sentido que a esta expresión confieren Stewart, Lavelle y Kowaltzke.11 Ellos afirman que los productos mediáticos siempre son producidos por un equipo: “Ningún individuo es totalmente responsable de los significados comunicados. Los valores del texto son, por lo tanto, con la mayor probabilidad, aquellos valores que resultan aceptables para la institución entendida como un todo”.
Una concepción tan amplia ofrece la ventaja de describir la realidad laboral de estos profesionales como lo que efectivamente es: una cadena sucesiva de tomas de decisión, con jefes que mandan y subordinados que obedecen, con jefes subordinados a más altos jefes, dentro de una pirámide redaccional fuertemente jerarquizada, a lo largo de un proceso dentro del cual la redacción del texto aparece como una etapa más, siempre necesaria, sin duda, pero no como el proceso final de la versión publicada o emitida.
El 11 de marzo, el diario El País, después de anunciar en portada una “Matanza terrorista en Madrid”, sin determinar la autoría, opta por cambiar los titulares en la posterior edición especial, grabada en el taller del diario a las 13:53. Esta segunda emisión anunciaba: “Matanza de ETA en Madrid”. Incurre así en el mismo error de atribución de autoría en la que cayeron casi todos sus competidores, excepto La Vanguardia.12
El 27 de marzo, El País intentaba explicar su error dentro de un largo bloque de textos de cinco páginas (28 a 32), titulado “Acusaciones del Gobierno”. El ejercicio de transparencia periodística se realizaba a dos voces: la del fundador, primer director, consejero delegado y líder estrella del diario y de Prisa, Juan Luis Cebrián, en una narración llamada “Tres días de marzo” (pp. 28-31), construida por él mismo “con la ayuda de un equipo de periodistas de El País y la SER sobre lo que ocurrió en los días previos a las elecciones pasadas o, al menos, sobre cómo se vivieron los acontecimientos en las redacciones de nuestros medios”; la otra voz era la del actual director del diario, Jesús Ceberio, que expuso sus puntos de vista en el artículo “A propósito de mentiras” (p. 31).
Juan Luis Cebrián explicaba: “El presidente del Gobierno había telefoneado [el 11-M] a los directores de los principales periódicos. ‘Ha sido ETA, con total seguridad’, dijo. Era la primera vez en ocho años que José María Aznar daba personalmente, y de forma espontánea, una noticia al director de El País. Después de tan firme aseveración, se retrasó la edición especial del periódico, cuyo titular rezaba: ‘Matanza terrorista en Madrid’, para sustituirlo por otro: ‘Matanza de ETA en Madrid’. Unos 80.000 ejemplares del diario de mayor circulación y más influyente de España transmitieron así el mensaje equivocado. El presidente del Gobierno en persona se encargó de que eso sucediera, pese a no tener a mano ninguna prueba de lo que decía. [...] En nombre del presidente, el Gobierno ha remitido a El País y a la cadena SER una insólita carta de rectificación, sugiriendo que en realidad quien miente es el director de este periódico, cuando explica cómo y por qué se cambiaron los titulares de primera página de la edición especial. Existen docenas de personas y numerosas pruebas técnicas que pueden atestiguar en contra de las nuevas aseveraciones oficiales, que arrojan mayores sospechas sobre el proceder gubernamental durante la crisis”.
Ceberio, en tanto, asumió su error y pidió “disculpas a los lectores por haberles transmitido una información que la realidad ha revelado falsa y que tenía su fundamento básico en una breve conversación telefónica con el presidente del Gobierno”.
“El presidente me comunicó su absoluta certeza de que ETA había cometido el horrendo atentado”. Ceberio contradice con esta afirmación al ministro portavoz del Gobierno, Eduardo Zaplana, que le recuerda –en una carta incluída en ese bloque– que Aznar se refirió a la responsabilidad de ETA “como hipótesis principal”, en tanto que habría sido Ceberio quien le comunicó a Aznar su “convencimiento de que la banda terrorista [ETA] era la autora de los atentados”. Replica Ceberio a Zaplana: “¿Puede alguien imaginar que el director de un periódico exprese su convicción acerca de la paternidad de un atentado frente a un presidente del Gobierno que con todas las Fuerzas de Seguridad bajo su mando la maneja sólo a título de hipótesis principal?” Sí, puede, respondería yo, si cuenta con fuentes verosímiles que el presidente desconoce.
El País “no reveló la existencia de las dos llamadas de Aznar del día 11 –a las 13:06 y a las 20:31 horas– hasta su edición del sábado, una vez que el propio presidente desveló en su comparecencia del viernes 12, después del Consejo de Ministros, que el día anterior había realizado una ronda de llamadas telefónicas a los directores de periódicos de Madrid y Barcelona”.
Con lo cual surgen algunas preguntas que Ceberio no contesta: ¿Por qué esas llamadas que fueron aceptadas sin más por El País no convencieron en cambio a La Vanguardia? Cabe suponer que fue porque el diario catalán confrontó lo que le decía Aznar con lo que le revelaban otras fuentes, que ya apuntaban a grupos islámicos. Supongo que El País también contó con fuentes reveladoras de esta otra versión. ¿Acaso no las utilizó? ¿Por qué canonizó lo que le dijo Aznar, su adversario declarado, sin siquiera contrastar sus dichos?
Ceberio se limita a recordar que él mismo, en declaraciones a la cadena televisiva Antena 3, antes de conversar con Aznar señaló que “era necesario recurrir a algunos atentados en Oriente Próximo, vinculados al terrorismo islámico, y al de las Torres Gemelas para encontrar precedentes a lo que había ocurrido ese día en Madrid”. Lo anterior hace todavía más criticable que El País hiciera suya la versión de Aznar.
De todos modos, Ceberio sostiene: “Nadie ha acusado a Aznar de haber mentido ese día. El historial terrorista de este país y los antecedentes ya mencionados obligaban probablemente a rastrear en primer lugar a ETA. Lo que hemos criticado de Aznar es haber convertido en certeza, con la autoridad que le confiere su cargo, lo que eran deducciones tal vez inevitables de primera hora, cuando carecía de indicios fundados, y mucho menos de pruebas. Y su pertinaz resistencia de los días siguientes a admitir que el curso de las investigaciones se encaminaba hacia el terrorismo de origen islamista. Para desmentir algo de lo que nadie le acusó ese fatídico día 11, esta vez sí ha recurrido a la mentira.” Tal vez...
El ejercicio de transparencia practicado por Ceberio me parece, en definitiva, muy poco convincente. Pero la transparencia periodística no es el objetivo primordial de su artículo. Se trata, por encima de todo, de seguir castigando a Aznar. Por eso el bloque comienza con una formidable diatriba: “El honor perdido de José María Aznar” (p. 28), firmada por Cebrián. Después de un primer párrafo demoledor, él lanza un conjunto de preguntas que permanecerán abiertas durante todo el bloque: “¿Mintió Aznar? ¿Manipuló la información el Gobierno en las jornadas aciagas que van del 11 de marzo al domingo 14? ¿Utilizó el dolor ajeno, él, que acusa a los demás de violar el luto de estos días, por motivos más o menos electorales? ¿Fueron los servicios de inteligencia, ora ensalzados, ora puestos en entredicho, los responsables de los errores cometidos?”
Luego, la inevitable interrogación retórica:
“¿Existió una conspiración entre PRISA y el Partido Socialista para desalojar a la derecha del poder?”.
Y en seguida, un nuevo alud de preguntas:
“¿Y tornará este Gobierno, aunque sea en funciones, a propiciar la guerra de medios, gracias a la cual se encaramó a las poltronas hace ocho años? ¿Volverá a desparramarse la basura, mezclada ahora con la sangre, por la política española con tal de que el honor sea salvo? Parece una factura muy cara de pagar”.
“¿Mintieron, manipularon, fueron ineptos, simplemente, en el manejo de la crisis? ¿Quizá sucedieron las tres cosas a la vez? Ponga cada cual lo que le parezca”.
Sentencia en definitiva Cebrián, sobre la supuesta transparencia gubernamental:
“[...] La transparencia prometida por el Gobierno no es tal. [...] Muchas aseveraciones rotundas que sus portavoces se permitieron hacer no tenían otro fundamento que sus personales y particulares deducciones. [...] En todo el proceso se impuso la falta de rigor, atizada por el vértigo electoral. Quién sabe si no fue precisamente eso lo que les costó el poder”.
La transparencia periodística practicada por El País funciona como un recurso posible –entre otros– para la autocelebración de la empresa y sus soportes, y para castigar a los adversarios. No alcanza el lugar axial y permanente que ocupa el secreto. El caso abierto el 11-M así lo demuestra, una vez más.
Notas
1. “Aznar acusa desde México al jefe del Ejecutivo de sembrar ‘división y odio’”. El País, jueves 24 de marzo de 2005, p. 16.
2. ELORZA, ANTONIO: “11- M: el exorcismo”, en El País, sábado 27 de marzo de 2004, p. 27. A.rma Elorza: “El Islam no es terrorista [...]. Pero es per fectamente válido hablar de terrorismo islámico [...] porque la estrategia terrorista tiene como fundamento exclusivo una interpretación parcial pero ortodoxa de los textos sagrados del Islam”.
3. BOTELLA, JOAN: “El idus de març: crisi política, crisi des media?”. Quaderns del CAC, núm. 19-20, abril-diciembre de 2004, Barcelona.
4. Ya apunté esta tendencia en la nueva estrategia de Prisa, contra Aznar precisamente, a comienzos del 2003: “De prisa, adelante”, El Ciervo, marzo de 2003, Barcelona.
5. STONE, MARTHA: “Interactivity and Transparency”, Poynteronline (www.pointer.org). Posted, feb. 1, 2002.
6. EL PAÍS: Libro de estilo. Santillana Ediciones Generales, Madrid, 2002, artículo 1.10, p. 19.
7. Ibid. Artículo 1.18, p. 20.
8. Ibid.
9. COMAS, EVA: “La SER ante el 11-M”, en Trípodos [Extra 2004], Facultat de Ciències de la Comunicació Blanquerna, Universitat Ramon Llull, Barcelona.
10. COMAS, EVA: op. cit, p. 66.
11. STEWART, COLIN, LAVELLE, MARC, KOWALTZKE, ADAM: Media and Meaning. An Introduction.
B. Publishing. Londres, 2001. pp 16, 121.
12. CASASÚS I GURI, JOSEP MARIA: Libro de redacción, Barcelona, 2004.
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