Úrsula Freundt-Thurne
Master in Business Communications Program (MBC) por la Universidad de St. Thomas, Minnesota. Decana de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).
[ufreundt@upc.edu.pe]
Efectivamente. Cuando uno desenreda el hilo de Ariadna se encuentra con el siempre retador pensamiento del periodista colombiano Germán Rey Beltrán 1, quien, como parte de la relatoría del seminario “Ética, calidad y empresa periodística en América Latina” 2, concluyó lo siguiente: “La transparencia, otra de las características del periodismo de calidad, es la mejor protección contra los errores. La transparencia es visibilidad, pero también reconocimiento”.
Se trata de una afirmación que muchos pretendemos desconocer por temor a que la transparencia se confunda con vulnerabilidad; a que la visibilidad termine siendo parte de una gran sombra.
Si no, recordemos el reciente caso de la periodista norteamericana de The New York Times, Judith Miller, a quien un juez ordenó encarcelar por no revelar su fuente.
La idea de que ser transparente, de que al incluir la visibilidad como una política informativa de las redacciones los periodistas podrían volverse débiles y vulnerables, ha llevado simultáneamente a que concentremos esfuerzos y alejemos a las audiencias de las variables que les permitan descomponer cifras, desmontar informaciones, cruzarlas y llegar a conclusiones útiles producto de ese análisis.
La vulnerabilidad que podría implicar optar por el camino de la transparencia periodística no es automática y preocupa a quienes buscan acumular poder y contar con la información que los diferencie y los ubique en un lugar privilegiado; desde ahí, por lo general, olvidan que, como señala el periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski, “escribir periodismo es una actividad sumamente delicada”.3 En otras palabras, esa vulnerabilidad incomoda a quienes desde los medios apuestan por el poder como una herramienta de opresión y no como una fuerza liberadora.
El lamentable caso de Miller nos enfrenta, incluso, al extremo opuesto: revelar su fuente (optar por una mal entendida transparencia) la habría librado de ser condenada a prisión, es decir, de ser “vulnerable”.
De una u otra manera, y como acertadamente explica en otro contexto Bill Kovach 4, presidente del Comité de Periodistas Comprometidos, “la transparencia es la clave”.5 Ello significa, añade, “transparencia para con el público, para que pueda comprender en qué consiste el periodismo y por qué es relevante”.
La transparencia, amplía acertadamente Kovach, está estrechamente relacionada con la dinámica de las propias empresas noticiosas mientras les demuestra a los periodistas el valor del trabajo intenso y de los estándares éticos del periodismo.6
Como lo acaba de demostrar la premio Pulitzer Judith Miller, la transparencia –y la visibilidad que en ocasiones permite– no sólo está vinculada con las formas de ejercer el periodismo, de convivir con las fuentes, exponerlas y de contextualizar los fenómenos, sino también de comprender los deberes, derechos y valores que sostienen y alientan a este quehacer.
Por ello, y como también de cierto modo se concluye en el resumen ejecutivo de la octava conferencia anual sobre periodismo y sociedad del Instituto Aspen, titulada “Periodismo, transparencia y confianza pública” 7, parece evidente que cada vez más se requiere de mecanismos que le faciliten al público la comprensión del continuum periodístico: cómo se seleccionan los hechos que pasarán a formar parte del menú informativo a partir del cual nos nutriremos o desnutriremos; las razones por las que hechos diversos se incorporan o se dejan de lado en la agenda temática de cada medio; el significado de los compromisos periodísticos pactados (la protección de fuentes confidenciales, por ejemplo); los procesos de producción de las informaciones; las razones para optar por campos y géneros periodísticos determinados a la hora de narrar un suceso; las implicancias de las fuentes de primera, segunda y tercera mano, el on y el off the record; la cómplice ausencia textual de algunos actores; el significado de la edición, y la presencia de las ilustraciones y la elocuencia del diseño.
En resumen, las universales premisas básicas de un quehacer (precisión, verificación, balance, atribución, objetividad 8, justicia, responsabilidad, claridad, interés humano y brevedad) merecen ser cabalmente comprendidas y asumidas para que de ese modo también se entienda el ser y el hacer de los periodistas; en otras palabras, sus formas de traducir y procesar, sin descanso, el mundo del que se encarga.
Una vez más reaparece la sabiduría de Kapuscinski: “...es valioso mantener una actitud humilde sobre lo que hacemos porque en esta profesión la experiencia no se acumula”.9
Sin embargo, resulta legítimo preguntarse, como Jon Ziomek, profesor asociado del Medill School of Journalism de la Universidad de Northwestern 10, sobre las limitaciones prácticas que determinan cuánta de la información relacionada con los procesos de producción de la misma, puede, debe y merece permanecer abierta, ser expuesta, para ser procesada por las audiencias. El reciente “Caso Plame”, por ejemplo, evidencia este dilema: mientras la periodista Judith Miller de The New York Times opta por la protección de su fuente de información, es decir, por no romper el invaluable principio de la confianza, Matthew Cooper, de la revista Time, acepta testificar ante el juez.
Por su parte, las investigaciones periodísticas exigen el uso, en ocasiones, de reservas momentáneas pero también de honestos silencios, aunque siempre en el marco del juego limpio, del fair play, como lo denominan algunos profesionales norteamericanos.
El periodismo, ese método de interpretación de la realidad (según Lorenzo Gomis) 11, debe entenderse como un proceso, ya que, como concluye la analista Chris Shipley 12, la transparencia permite contextualizar los contenidos 13.
El verdadero poder que otorga la posesión y acumulación de datos múltiples estará en quienes sepan establecer adecuada y oportunamente relaciones significativas; en quienes estén en capacidad de considerar las condiciones de producción; en quienes procesen y establezcan nexos entre ellos, convirtiéndolos en conocimiento y en punto de partida de nuevas interpretaciones.
Transparencia, credibilidad, confianza, juego limpio y compromiso con la verdad son hoy características fundamentales exigidas por la ciudadanía a los periodistas en particular, así como a los empresarios y a los directivos de los medios de comunicación en su conjunto.
“La urgencia no es ninguna exageración. Vivimos una crisis de confianza tanto dentro como fuera de las redacciones” 14, ha reconocido Steve Erlanger, el bureau chief en Jerusalem de The New York Times.
Los medios latinoamericanos sabemos perfectamente de qué estamos hablando.
En el Perú, los resultados de una encuesta elaborada por el Grupo de Opinión de la Universidad de Lima 15 y publicados como Tema del día en el decano de la prensa peruana, El Comercio, nos arrojan cifras que ilustran un problema que los periodistas venimos escuchando constantemente en reuniones, taxis y espacios públicos y privados desde hace ya mucho tiempo, sin asumir una decisión contundente al respecto: el 80,7% de la población ha reconocido que no confía en el trabajo de los medios de comunicación y el 87,4% cree que los medios manipulan la información sobre temas políticos nacionales.
Sin duda, no hay motivos para celebrar.
Si bien los conceptos de transparencia, juego limpio, confianza y credibilidad despiertan enorme interés en múltiples segmentos de la sociedad, la exigencia por una mayor y bien entendida transparencia es una preocupación que no sólo compete y afecta a los medios de comunicación, sino también a las demás instituciones del país.
En septiembre de 2004 un informe elaborado por la empresa de investigación de mercados Apoyo Opinión y Mercado S.A. en Lima Metropolitana, y publicado en El Comercio con el título “La confianza en la prensa aumenta” 16, reveló el porcentaje de confiabilidad de las instituciones: la Iglesia Católica (65%), los medios de comunicación (57%), la municipalidad provincial (56%), la Defensoría del Pueblo (53%), la municipalidad distrital (53%), las fuerzas armadas (47%), los bancos (45%), Indecopi (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de Protección de la Propiedad Intelectual, 44%), Essalud (42%), las empresas privadas (39%), los sindicatos (37%), la Confederación General de Trabajadores del Perú (36%), la policía nacional (36%), el consejo de ministros (19%), el congreso (13%), el poder judicial (13%), la Presidencia de la República (13%) y los partidos políticos (11%).
Si las cifras antes mencionadas, amplía el informe, “se colocan al nivel de notas académicas [...], podría decirse que para los encuestados sólo seis de las 23 instituciones señaladas en el estudio pasan el examen”.17 La Iglesia Católica tendría nota 13 y los medios, la comuna metropolitana, el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil, y la Defensoría del Pueblo recibirían apenas un 11, ha puntualizado Nelly Luna Amancio, responsable del artículo publicado por el diario El Comercio.18
En el Perú, nadie confía en más de un 65% en alguna entidad pública o estatal.
Como acertadamente nos recuerda el sociólogo peruano Gonzalo Portocarrero en la columna Punto de vista, que acompaña el informe, “la confianza mide el grado en que los ciudadanos creen que una institución sirve al interés general”.19 Encajemos el golpe: estas cifras demuestran que los ciudadanos no “creen” en su utilidad.
Lo significativo y digno de mayor investigación, sin embargo, como lo explica Jon Ziomek, es que, como han venido concluyendo los participantes de las siete conferencias previamente ofrecidas sobre periodismo y sociedad por el Instituto Aspen, “...la transparencia por sí misma no es la panacea que cura las causas profundas de desconfianza pública que afectan a las organizaciones periodísticas así como a otras instituciones de la sociedad”.20
Todo parece indicar, parafraseando lo que señala el reporte, que si bien la transparencia es un valor poco atendido y valorado al interior de las redacciones, se trata también de uno que muchas salas de redacción exitosas utilizarán en el futuro para solidificar relaciones con las comunidades a las cuales sirven o intentan acercarse. Esto podría traducirse, incluso, en la creación de nuevas oportunidades de negocios.21
Todo lo anterior, sin embargo, a la luz de la premisa expuesta en la misma conferencia por Andrew Tyndall (de Tyndall Report), quien advierte que la “transparencia en extremo no es una virtud”.22
Reaparece para la reflexión el enredado “Caso Plame”, con las razones de Karl Rove, consejero político del presidente George W. Bush, las revelaciones del columnista Robert Novak, las posturas de los periodistas Judith Miller y Matthew Cooper, la actuación del ex diplomático Joseph Wilson, el trabajo de la agente secreta de la CIA Valerie Plame y las razones del fiscal especial Patrick Fitzgerald y del juez Thomas Hogan.
Existen, pues, partes del proceso de exhibición de la información que merecen siempre un análisis detallado, respecto a si el ciudadano requiere de ella para contextualizar y entender la complejidad de los hechos expuestos y, finalmente, actuar.
El filósofo, periodista y escritor español Fernando Savater explicaba con acierto: “Ante un suceso también son verdades sus causas, sus antecedentes, las alternativas que se desecharon, las consecuencias que se prevén, las intenciones que se han frustrado y las que se realizan”.23 Por ello urge el ejercicio de un periodismo inteligente, capaz de discernir y evaluar sin pausa, de establecer relaciones, proyectarse, reconocer y aceptar sus obligaciones.
Significa, como señala Kapuscinski, tomar conciencia de “que trabajamos con la materia más delicada de este mundo: la gente”, y que “con nuestras palabras, con lo que escribimos sobre ellos, podemos destruirles la vida”.24
A la hora de acercarnos a los hechos, de negociar con los involucrados, de incorporar o no determinadas fuentes, de “descubrir”, “destapar”, “hacer visible” la historia, debemos honrar nuestros compromisos de confidencialidad y de respeto a los “espacios visitados”; debemos considerar y apostar por las certidumbres que nos posibiliten continuar con las investigaciones; debemos evidenciar el valor de la “buena fe” como punto de partida de nuestras acciones.
De allí que el dilema encuentre cierto alivio a partir de la propuesta del seminario de Aspen, posible de ser resumida, según se señala, en la afirmación: “El buen periodismo debe ser tan transparente como práctico”.25 Interesante dupla de calificativos –transparente y práctico–, que deben aprender a convivir en medio de las presiones y la vorágine informativa.
Se trata, como sostiene de modo brillante Jeff Jarvis, presidente y director creativo de Advance.net 26, de apostar por el balance, lo que equivaldría a buscar la transparencia hasta que ésta, añade, comprometa nuestras habilidades y competencias para funcionar como verdaderos periodistas, con nuestros deberes y derechos.
Irremediablemente, nos invaden dudas con respecto a las repercusiones de una política institucional de absoluta transparencia y que no contemple límites ni consecuencias. La conocida figura del “colaborador eficaz” en el actual contexto judicial peruano implica también una clara “negociación informativa” basada en acuerdos, beneficios, silencios y concesiones, porque –con el objetivo de ir aclarando oscuras e ilegales acciones– se opta por exenciones, disminuciones, suspensiones, remisiones de las penas, entre otros.
La pregunta es elemental: ¿qué significado tendrían los colaboradores eficaces, por ejemplo, si los periodistas no fuésemos capaces de respetar la confidencialidad y “los beneficios” que su condición les otorga?
¿Hasta dónde sería legítimo, necesario, “justo” y hasta útil que los ciudadanos cuenten, gracias a la intermediación de los periodistas, con toda la información que rodea y determina un hecho?
Un nuevo espacio de información compartida
En el contexto de los constantes adelantos tecnológicos que intentan redefinir ciertos conceptos periodísticos básicos como los de la credibilidad, la confianza y la transparencia, no podemos dejar de atender la cada vez más significativa presencia de los blogs, esos espacios mayoritariamente gratuitos donde los ciudadanos pueden, sin siquiera proponérselo en ocasiones, pasar a convertirse o a ser percibidos como “periodistas”. Aparecen así como codificadores que se expresan sobre una multiplicidad de temas, evidenciando, en algunas ocasiones, un claro desconocimiento sobre las implicancias de su presencia en el espacio público. Es evidente también que desconocen las reglas, el significado y el impacto del uso de ciertos campos de aplicación periodísticos.
No obstante, y analizando su presencia desde el ángulo de la oportunidad, desde el momento en que, como señala Jeff Jarvis, “los bloggers ven las noticias como una conversación” 27, ésta posibilita que “los hechos y la verdad se acerquen cada vez más”.28
La extraordinaria posibilidad de que los ciudadanos manifiesten de modo inmediato y casi simultáneo su acuerdo o desacuerdo con determinada información u opinión; de que cuenten con la posibilidad de ampliarla, corregirla, cruzarla con otras, seguir con entusiasmo las propuestas de los expertos reales en múltiples temas, convierte a esta nueva plataforma en un medio poderoso para comprobar los beneficios periodísticos, reales o no, de la transparencia.
Para quienes ejercemos este oficio y asumimos también los posibles riesgos a la confiabilidad de la información que nos plantea esta nueva modalidad (el periodismo y los weblogs), el compromiso con la búsqueda de una oportuna transparencia nos debería obligar a repensar cuánta incorporaremos, y a revisar con responsabilidad las innumerables páginas que hoy nos llaman a competir.
Para ningún internauta es una sorpresa que en la blogosphere resulte casi imposible controlar las historias. Por ello, y como inteligentemente plantea Shipley, “la mejor manera de controlar una historia es dejándola partir” 29.
Según cifras expuestas por David Sifry 30, CEO y fundador de Technorati –un buscador de San Francisco que monitorea la blogosphere–, existen 3,2 millones de weblogs (se dice que más del 55% de ellos se encuentran activos) y se crea un promedio de 15.000 blogs nuevos cada día.
La variedad de temas, se explica, es infinita, y la presencia de especialistas, cada vez más apreciada. Ello no desplaza, sin embargo, la preocupación periodística, que vista desde la óptica del vaso medio lleno puede convertirse en una oportunidad. Y es que existen los periodistas que aprovechan esta vía para hacer públicas las notas u ángulos que no pudieron publicar en sus medios tradicionales, sea por una simple decisión de agenda y/o por razones editoriales, empresariales o publicitarias.
Tal es el caso del periodista de la NBC Lawrence O’Donnell, quien, según el diario español El País, habría revelado en su diario personal de internet las vinculaciones de Karl Rove, amigo y consejero político del presidente Bush, con el “Caso Plame”.31
Según cifras publicadas por Technorati y citadas en The Rise of Open-Source Politics, de Micah L. Sifry 32, cada 5,3 segundos se crea un nuevo blog. Ello resulta muy interesante toda vez que en aras de la transparencia informativa aparece la denominada “triangulación informativa” como una posibilidad. Es decir, que la audiencia utilice la información que ofrecen los múltiples bloggers para confirmar o contrastar las versiones expuestas en los medios tradicionales. Éstos están acostumbrados a públicos principalmente pasivos (simples receptores antes que decodificadores), desconocen las bondades de la bidireccionalidad y tienen una menor posibilidad de interacción, demanda y exigencia a la hora de requerir y solicitar aclaraciones, ampliaciones, explicaciones o de incorporar nuevos puntos de vista en tiempo real.
Como explican los especialistas del fenómeno de los bloggers, las nuevas tecnologías facilitan la transparencia en la medida en que la agenda ya no sería exclusivamente impuesta por los medios tradicionales, sino que más bien se construiría segundo a segundo gracias a las preocupaciones, los intereses y las necesidades propuestas por la nueva, versátil y variada audiencia en línea. Se trata de un continuum informativo construido entre varios, “compartido” y, por ende, de responsabilidad múltiple que es preciso saber reconocer.
Resulta pertinente recordar a John Timpane, editor de la página de comentarios del Philadelphia Inquirer, cuando señala que “el periodismo es una constante lucha contra las historias oficiales”.33
Mecanismos para una mayor transparencia
Ya lo decía Kapuscinski: “Nuestro oficio comenzó a cambiar como consecuencia de la revolución tecnológica que permitió transmitir la noticia de manera fácil e inmediata”.34
El espectro de relaciones que nos proponen y plantean las nuevas prácticas informativas, y
la apuesta por espacios más horizontales que vuelven las relaciones con los públicos cada vez más selectivas y eficaces, exigen repensar la transparencia, reconocer sus oportunidades y hasta
sus amenazas. Esto, a partir de propuestas viables que favorezcan el ejercicio y el desarrollo periodístico tanto de los medios tradicionales como de los nuevos:
1. Desde el punto de vista de los medios de comunicación y de su dinámica, debemos crear, desarrollar y profundizar estrategias que comprometan a las diversas áreas involucradas en el proceso de producción de las informaciones (nos referimos a los periodistas, editores, directores, empleados, fuentes, público, anunciantes e inversionistas), con el objetivo de desmitificar y hacer comprensibles las prácticas periodísticas, así como de esclarecer y explicitar los valores, deberes y derechos que las hacen creíbles y confiables. Se trata de apostar por lo que algunos han denominado las redacciones vitrina, compuestas por periodistas, propietarios y empleados que apuestan por la profundidad de lo visible.
2. Considerar la inclusión de mecanismos, especialmente en el caso de los medios tradicionales, que evidencien que la conversación y la bidireccionalidad de la comunicación pueden ser excelentes aliados del tan ansiado efecto de transparencia. La posibilidad de que nuestras audiencias puedan “dar respuesta” a los periodistas de una manera rápida y directa puede profundizar y estrechar relaciones de credibilidad y confianza.
3. Recordarle a nuestros públicos en qué consiste el trabajo de un(a) periodista; qué debe y qué no debe esperar de él (ella). Esto resulta relevante cuando las nuevas tecnologías facilitan hoy la aparición y el desarrollo de pseudoperiodistas, bloggers, freelancers y aficionados diversos, quienes ejercen un “periodismo” de relaciones públicas que enturbia sustancialmente la posibilidad de que las audiencias opten por la libre y confiada visibilidad de lo que se expone.
4. Preguntarnos con sana frecuencia: ¿Para quienes “escribimos” quienes trabajamos en los medios de comunicación? Todo parece indicar que, en un gran porcentaje, para nosotros mismos. Para sorprender a la competencia. Para hacer, en muchos casos, de la información un espectáculo. Para convertirnos en actrices y actores. La idea fundamental parece ser enfrentarnos y navegar al ritmo del rating, las visitas y los niveles de lectoría. En ese enfrentamiento la primera víctima es, qué duda cabe, la transparencia.
5. Diferenciar drásticamente el valor periodístico de “lo verdadero” del de “lo verosímil”. Resulta imprescindible enfrentarse y combatir los riesgos expuestos por Jean Baudrillard en La ilusión del fin, cuando hace referencia a que el criterio de verosimilitud ha vencido al de la verdad en el tratamiento de la noticia, y que ya no importa que los acontecimientos sean reales, sino que sean creíbles.
El espejismo trata de imponerse a la realidad, de confundirnos en el camino.
Transparencia, verdad y verosimilitud
A los periodistas se nos recomienda (y lo hacemos también entre nosotros mismos), primero, y exige, después, transparencia a la hora de acercarnos a los hechos, narrar historias, establecer relaciones con nuestras fuentes y con el resto de los involucrados en los procesos de producción de informaciones. Se nos solicita abrazar la verdad.
Tremendo reto, si recordamos a Fernando Savater cuando señalaba que no cualquiera está en condición de ver, comprender y expresar la verdad allí donde ocurre. El dilema resulta incluso más complejo, ya que, como lo lamentaba Ryszard Kapuscinski, “el problema actual de la comunicación no es que se escamotee la verdad sino que la palabra ya no tiene el peso de antes”.35
La preguntas necesarias son: ¿Cuánta transparencia informativa es necesaria para hablar de verdad informativa? ¿Cuánto de oportunidad y de amenaza encierra el desafío? ¿Qué dosis de transparencia nos acerca a la verdad y cuánta nos seduce y enreda, finalmente, en los terrenos de la verosimilitud? Cantidad y calidad: sin duda dos exigencias que exigen transparencia.
Lo verosímil intenta negociar con la transparencia; la verosimilitud trata de convencer a la transparencia de que por momentos se disfrace con porciones de historias reales, de –según palabras de José Antonio Marina y Marisa López Penas– “internarse en las complejidades del lenguaje”, “navegar por sus cauces interiores”.36 Aparece, así, el duelo a muerte interno y externo del cual el periodismo debe dar cuenta diariamente. La trampa radica en que buscar la transparencia periodística a partir de la política de la verosimilitud resulta un engaño, un mal negocio para la profesión. Se trata de un comportamiento, de una política, que no abona a favor de la confianza; que envejece a la credibilidad, que la destierra.
Muchas veces nos acercamos a los hechos sabiendo que no seremos imparciales, reconociendo de antemano que “debemos algo”, que no nos hemos preparado adecuadamente, que no tenemos la competencia que exige cubrir un suceso, que desconocemos parte de la historia o que no somos capaces de comprometernos como se merece. Sabemos perfectamente que en ocasiones nos abandonan las palabras, las legítimas palabras para expresarnos del modo preciso, justo, desapasionado y más honesto con la realidad.
Lo revelan Marina y López Penas en el Diccionario de los sentimientos 37: “Los griegos llamaron a la verdad aletheia. Palabra misteriosa que se suele traducir por ‘descubrimiento’, porque lethos signi.ca ‘velo’, ‘lo oculto’. Pero puede provenir también de lethos, lathos, que significa ‘olvido’. [...] La verdad sería entonces ‘algo sin olvido’”.38
En el contexto de la transparencia, lo que no debemos perder nunca de vista es que “una de las experiencias sentimentales de la verdad es que no defrauda, que es aquello sobre lo que se puede construir. [...] El concepto de verdad y su despliegue léxico está, pues, enlazado profundamente con la confianza”.39
En su libro Final de cuentas 40, Simone de Beauvoir hace una afirmación que resulta indispensable para la proyección, para la prolongación del valor de la transparencia, para las posibilidades de la visibilidad: la verdad, señala, “es lo que debe ser, lo que será mañana”.41
Sin embargo, siguiendo el pensamiento de José Carlos Somoza (autor de La caverna de las ideas, una novela acerca del mundo griego clásico que narra una fascinante historia de asesinatos ocurridos en la época de Platón), e hilándolo con el análisis de la cantidad de información que resulta pertinente compartir, aparece otra idea sustantiva: “Saber la verdad equivale a saber cuánta verdad podemos saber”.42
Cuando las palabras (nos) juegan una pasada
El periodismo trabaja con hechos y utiliza las palabras, los silencios, los sonidos, los colores, los sabores, los olores, las imágenes, entre otros, para acercarse y comprometer a su público. En el caso del lenguaje, el periodismo conoce perfectamente el poder de su dinámica, de la ubicación de cada una de las palabras en las frases, de su significado, de su sonido, su ritmo, su melodía. Conoce también el significado metafórico de “la distancia”, de “los espacios” que el encodificador puede instalar entre dos palabras.
Quienes ejercemos el periodismo deberíamos conocer lo que dice y deja de decir una palabra; todo lo que se deja de decir cuando, contradictoriamente, “se dice algo”.
Las palabras pueden ser herramientas que faciliten la transparencia informativa, pero también impedirla: pueden tender un velo y ocultar los hechos, desviar la atención, sumergirla y diluirla entre otras palabras, entre gestos y acciones que las terminan relativizando.
Por ello es que los tipos de comunicación (intrapersonal, interpersonal, grupal, masiva, entre otras) resultan un tema crucial cuando se aborda el fenómeno de la transparencia. Las redacciones y las empresas periodísticas pueden estar inundadas de palabras y sonidos y aun así reconocer que, en ocasiones, no existe significado ni melodía alguna.
El libro de Marina y López Pena se inicia con una aparente y afortunada advertencia: “Quien no sienta fascinación por las palabras, quien no se sienta atraído por las enrevesadas relaciones que tejen, sorprendido por su perspicacia, intrigado por sus metáforas ya casi irreconocibles, quien no perciba que internarse en las complejidades del lenguaje es hacer espeleología íntima, pasar de los ecos que oímos a la voz que gritó en la espelunca originaria, no debe leer este libro”.43
Pablo Neruda nos habla con poesía en La palabra: “Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas...”.44
En el contexto de la demandada transparencia no se trata entonces únicamente de decir o de dejar de decir, de hacer visible y de reconocer. Se trata de aceptar que las palabras, como los silencios, como los gestos, tienen un precio y un valor, y que las audiencias, como también los periodistas y los empresarios de la comunicación, deben aprender cada vez más sobre sus “rutinas, vicios y virtudes”. Sobre su dinámica, sus implicancias, sus riesgos y enormes posibilidades.
La falta de acceso a las fuentes de información, como también la inercia intelectual a la que se han entregado muchos periodistas, los empuja, en ocasiones, a apostar por la vaguedad, la imprecisión que, sin ser omisión o mentira, resulta cancerígena, puesto que remata nuestra profesión, sacrifica el rigor y la tan cotizada precisión. El periodismo es, así, un quehacer que, sin subestimar la fuerza del Minotauro, debe recuperar la confianza, la credibilidad y la transparencia de Teseo, así como la seguridad que ofrecen los hilos de Ariadna.
Notas
1. GERMÁN REY es profesor de la Universidad Javeriana y de la Universidad de los Andes de Colombia y fue ombudsman del periódico El Tiempo. Es miembro de la Junta Directiva de la Fundación para la Libertad de Prensa, de la International Study Comission on Media, Religion and Culture, y del diario El Espectador de Colombia.
2. El material de este seminario está incluido en el libro Ética, calidad y empresa periodística en América Latina. Memorias del seminario realizado en Monterrey, Nuevo León, México, organizado por la CAF y la Fundación Nuevo Periodísmo Iberoamericano. Monterrey, 2003. Disponible en www. nuevoperiodismo.org/download/ monterrey2003.pdf.
3. KAPUSCINSKI, RYSZARD: Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oir, compartir, pensar). Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano y Fundación Proa. Colección Nuevo Periodismo. Serie Libros del Taller. Fondo de Cultura Económica, México, 2003.
4. Presidente del Comité de Periodistas Comprometidos (Committee of Concerned Journalists), asociación de periodistas, editores y académicos con sede en Washington preocupada de la promoción del periodismo de calidad en los Estados Unidos. Periodista y escritor durante 40 años, ha sido reportero y redactor de The New York Times y del Atlanta Journal-Constitution. Ha integrado los jurados de los premios Pulitzer de 1987 a 1990.
5. Transparency is the key, I believe. That means transparency to the public, so it can understand what journalism is all about and why it is important to them”. En Journalism, Transparency and the Public Trust. A Report of the Eighth Annual Aspen Institute Conference on Journalism and Society. The Aspen Institute Communications and Society Program, 2005. Pág. 43.
6. “Transparency is also about news organizations showing journalists that they value the hard work and ethical standards of journalism.” Ibid. Pág. 43.
7. Ibid.
8. La objetividad, como reconoce la periodista y escritora italiana Oriana Fallaci, debe ser entendida como un acto de “buena fe y corrección informativa”.
9. KAPUSCINSKI, RYSZARD: op. cit. Pág.18.
10. En Journalism, Transparency and the Public Trust.A Report of the Eighth Annual Aspen Institute Conference on Journalism and Society. The Aspen Institute Communications and Society Program, 2005.
11. GOMIS, LORENZO: Teoría del periodismo. Paidós Comunicación, Barcelona, 1990. Pág. 36.
12. CHRIS SHIPLEY es la productora ejecutiva de NetworkWorld's DEMO Conferences, editora de DEMOletter y una reconocida analista de la industria tecnológica por casi 20 años.
13. “This transparency puts content in context...”. SHIPLEY, CHRIS: Corporations and blogging. How Openness, not Secrecy, is the New Face of Public Relations. 2 de febrero de 2005. En www.wistechnology. com/article.php?id=1531.
14. “Urgency is not an overstatement. We have a crisis of trust both in and out of the newsroom”. Erlanger, Steve: “Observations on Journalism. On Public Trust in the News Media”. En Journalism, Transparency and the Public Trust. A Report of the Eighth Annual Aspen Institute Conference on Journalism and Society. The Aspen Institute Communications and Society Program, 2005. Pág. 37.
15. “Mayoría de población a favor de que los medios se regulen a sí mismos”, en El Comercio. Jueves 10 de febrero de 2005. Pag. a2.
16. En El Comercio. Jueves 30 de septiembre de 2004. Especial a 3.
17. AMANCIO, NELLY LUNA: “La con.anza en la prensa aumenta”, en El Comercio. Jueves 30 de septiembre de 2004. Especial a3.
18. En Perú, las calificaciones tienen una escala de notas del 1 al 20 (N. del E.).
19. PORTOCARRERO, GONZALO: “Más autocrítica y honestidad”, en op. cit.
20. “...transparency, by itself, is not a panacea to cure the beeper causes of public distrust that af.icts journalistic organizations as well as other societal institutions”. “Foreword vii” en Journalism, Transparency and the Public Trust. A Report of the Eighth Annual Aspen Institute Conference on Journalism and Society. The Aspen Institute Communications and Society Program, 2005.
21. Paráfrasis de GARMER, AMY. “En Foreword VII”, Ibid.
22. ADREW: “The Limits of Transparency”, en Journalism, Transparency and the Public Trust. A Report of the Eighth Annual Aspen Institute Conference on Journalism and Society. The Aspen Institute Communications and Society Program, 2005. Pág 28.
23. SAVATER, FERNANDO: Conferencias en Lima. Ética y Periodismo. UPC, 1998.
24. KAPUSCINSKI, RYSZARD: op. cit. Pág. 17.
25. Good journalism should be as transparent as practical”, Journalism, Transparency and the Public Trust. A Report of the Eighth Annual Aspen Institute Conference on Journalism and Society. The Aspen Institute Communications and Society Program, 2005. Pág. Xiii.
26. División de Advance Publications Inc. Advance.net supervisa la visión y estrategia de internet para Advance Publications Inc. Incluye CondéNet y Advance Internet.
27. En LASICA, J.D.: “Transparency Begets Trust in the Ever Expanding Blogosphere”, en Online Journalism Review, 12 de agosto de 2004. Pág. 4. En http://ojr.org/ojr/technology/ 109226763.php.
28. Ibid.
29. SHIPLEY, CHRIS: “Corporations and Blogging. How Openness, not Secrecy, is the New Face of Public Relations”. 2 de febrero de 2005. En www.wistechnology.com/ article.php?id=1531.
30. En LASICA, J.D.: op. cit. Pág.2.
31. DEL PINO, JAVIER: “El principal asesor de la casa Blanca .ltró el nombre de una espía de la CIA”, en El País. Edición electrónica, lunes 4 de julio de 2005.
32. SIFRY, MICAH L.: “The Rise of Open-Source Politics”, en The Nation. 20 de enero de 2005. http://www.alternet. org/story.
33. “Journalism is a constant struggle against the official story”. Cit. en MONTOPOLI, BRIAN: “The Longer View”. CJRDaily Critique and analisis from CJRs Campaign Desk. 31 de enero de 2005. http://www.campaigndesk. org/archives.
34. KAPUSCINSKI, RYSZARD: op. cit. Pág. 23.
35. KAPUSCINSKI, RYSZARD: op. cit. Pág.24
36. MARINA, JOSÉ ANTONIO Y LÓPEZ PENAS, MARISA: Diccionario de los sentimientos. Anagrama, Barcelona, segunda edición, 2002. Pág. 13.
37. Ibid.
38. Ibid. Pág 178.
39. Ibid.
40. DE BEAUVOIR, SIMONE: Final de cuentas. Testimonio Edhasa, 1984 Pág. 160.
41. Ibid. Pág. 160.
42. SOMOZA, JOSÉ CARLOS: La caverna de las ideas. Alfaguara, 2000. Pág. 48.
43. MARINA, JOSÉ ANTONIO, LÓPEZ PENA, MARISA: op. cit. Pág. 13.
44. NERUDA, PABLO: Con.eso que he vivido. Círculo de lectores, Barcelona, 1976, pág. 58.
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