auxi auxi Cuadernos de Información n° 8, 1993 auxi auxi
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La pirámide invertida: caída de un mito

Ya no basta –si alguna vez bastó– contestar cinco o seis doblevés, redactarlas en orden decreciente y considerarse un «periodista». Porque si entregamos una estructura altamente reiterativa, que carece de final y en que, cuanto más se avanza, menos interés promete, a nadie puede extrañar que casi el noventa por ciento de los lectores no pasen de los titulares.

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José Francisco Sánchez

Doctor en Ciencias de la Información y profesor en la Universidad de Navarra, España.

 

Si alguien decide revisar los manuales de redacción periodística -o asimilables- a lo largo de varios años para comprobar en ellos cuál ha sido la evolución de la preceptiva sobre el modo de contar las noticias, encontrará bien pocas diferencias. El manual más antiguo y quizá uno de los mejor conocidos en todo el mundo ha sido reeditado ocho veces en poco más de cincuenta años. Me refiero al Interpretative Reporting del profesor de la Escuela de Periodismo de Northwestern, Curtis MacDougall, que sigue conociendo nuevas ediciones y revisiones tras la muerte de su autor. MacDougall, un abanderado de la interpretación periodística, mantuvo siempre -al igual que ahora sus discípulos- una serie de normas a la hora de escribir noticias y un formato básico no transgredible: la pirámide invertida.

Otro tanto ocurre con manuales no menos famosos, el News Reporting and Writing , por ejemplo, del prestigioso profesor de la Escuela de Periodismo de Columbia, Melvin Mencher. No es necesario indicar que, en el ámbito europeo y, más concretamente, en el español, la situación ha sido idéntica.

Hay que aguardar hasta los primeros años del decenio de los ochenta para encontrar, tras la borrasca neoperiodística, que sin duda ha dejado huellas profundas, los primeros cuestionamientos de la socorrida fórmula en algún manual de redacción. En este caso, en uno nuevo, que aunque mantiene muchas de las normas del periodismo llamado convencional, acusa recibo de las críticas que la pirámide invertida había sufrido en los diez años anteriores. Se trata del libro News Reporting and Writing -el mismo título, por lo tanto, que el de Mencher- de un grupo de profesores de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Missouri. Por vez primera, un manual de redacción periodística dedicaba dos apartados a explicar fórmulas textuales diferentes de la pirámide invertida para la redacción de noticias. Unas fórmulas, según ellos, «escritas de modo más efectivo y de manera menos tradicional», aunque advierten: «Es posible que en los próximos años la pirámide invertida sea menos importante para los periódicos. Pero si se produce ese cambio, será a través de una evolución y no a través de una revolución». Y señalan con nitidez algunas de las deficiencias de la pirámide: no anima a los lectores a terminar la noticia; normalmente los lectores ya han recibido esa noticia a través de la radio o de la televisión y, precisamente, en forma de pirámide invertida; y, por fin, que las antiguas consideraciones utilitarias o pragmáticas de ese tipo de texto para el ajuste han desaparecido con la entrada de los ordenadores en las redacciones de los periódicos.

El propio Mencher, después de sostener durante varias ediciones de su manual en los términos más vigorosos, propios del discurso apologético, la conveniencia de un modelo textual como el de la pirámide invertida, en la última edición se ha visto obligado a añadir un párrafo que suena a retirada: «La investigación nos muestra que la estructura del texto puede mejorar la capacidad de comprensión de la noticia por parte de los lectores. El comienzo y el fin parecen ser las partes mejor recordadas de una pieza. Ahora que es posible diseñar la maqueta con mayor precisión, el periodista puede redactar un final sin temor a que sea cortado» .

 

Las ventajas de la pirámide

La pirámide invertida se convierte en formato periodístico convencional en el último cuarto del siglo XIX no tanto como consecuencia de la búsqueda de un modo idóneo para vehicular noticias, sino más bien como un punto natural de llegada. El nacimiento de la Associated Press parece ser el factor determinante de la nueva fórmula textual, como fruto de la concurrencia de tres variables principales:

a) La necesidad de enviar a los periódicos asociados a la Agencia -de muy diversos enfoques editoriales- noticias que pudieran ser publicadas en todos ellos. Es decir, que contuvieran únicamente hechos -just the facts, please- y que, por lo tanto, pudieran ser admitidas en cualquiera de los diarios. Esto requería un modo de escribir bien distinto del hasta entonces en uso, un modo de escribir que privara al texto noticioso de cualquier elemento valorativo.

b) Para recabar todo ese material noticioso resultaba imprescindible acudir a personas no especializadas, no formadas como periodistas. Esto obligó a la búsqueda de un formato muy cercano al cuestionario –las famosas cinco doblevés- susceptible de ser rellenado por cualquier persona.

c) La transmisión de los servicios de agencia a través de las aún precarias líneas telegráficas, a su vez, aconsejaba seguir un orden jerarquizado en la redacción de los textos, de modo que si -como era frecuente- la transmisión se interrumpía, siempre pudiesen llegar al periódico, al menos, los datos más importantes.

Ninguna de estas tres razones afectaba directamente a los diarios. Sin embargo, la fórmula se generalizó en los periódicos en no mucho tiempo, al menos en los Estados Unidos, porque en Europa se prefería seguir con la labor de «hinchar telegramas», propia de los redactores de mesa. Parece que, en un principio, la generalización de la pirámide invertida se debió, fundamentalmente, a un proceso de imitación o, probablemente, a pura comodidad: si los textos venían así de la Agencia, para qué cambiarlos. Luego, surgieron otras justificaciones que se pueden resumir en las que siguen:

a) Los lectores, gracias al lead, podían conocer cuanto antes el contenido fundamental de la noticia, sin tener que esperar a que los acontecimientos más importantes, aparecieran -si se respetaba el orden cronológico de los acontecimientos- al final o ya avanzado el texto noticioso. De este modo, se le concedía al público la posibilidad de abandonar la lectura en el momento que quisiera una vez que se había enterado de lo fundamental.

b) La pirámide invertida facilitaba enormemente el ajuste, porque al estar redactada en orden descendente de importancia, nada grave ocurría si el ajustador, sin conocer el texto, cortaba por necesidad los dos últimos párrafos para que encajase.

c) La fórmula del lead posibilitaba asimismo una rápida redacción de los titulares cuando de esta tarea se encargaban personas distintas de las que escribían el texto original.

Y no sólo las tres razones resultaban verdaderas, sino que aún se pueden anotar más ventajas de este formato textual: es capaz, por ejemplo, de soportar más datos que ningún otro en menos espacio; respeta, en cierto sentido, la espontaneidad del relato oral y espontáneo inmediato a un suceso: dice primero el resultado de lo que sucedió y sólo después pasa a narrar los detalles ; es la fórmula que mejor satisface la necesidad de dar un acontecimiento muy reciente del que aún no se han recibido todas las circunstancias, sino sólo los resultados, etc.

A lo dicho cabe sumar que la pirámide invertida nace con el periodismo llamado «informativo» , por oposición a periodismo ideológico o incluso a periodismo subjetivo. La pirámide invertida se convierte así en el formato factual por excelencia: el único capaz de transmitir con una cierta asepsia los hechos, sin valoración por parte del periodista que la mera jerarquización de esos hechos, realizada, por otra parte -siempre según sus defensores-, a partir de la jerarquía natural de esos mismos datos: es decir, con la menor manipulación posible. Si a un formato como el de la pirámide se le añadían técnicas estilísticas como la redacción impersonal y sin firma, la ausencia de calificativos y de palabras llamadas valorativas, la correcta atribución de las informaciones a las fuentes, de manera que nada pareciese dicho a partir de la autoridad del propio periodista y la doctrina del equilibrio -«fairness doctrine»- o lo que es lo mismo, la obligación de presentar siempre las dos caras de la noticia, el conjunto de mecanismos estilísticos para conseguir la neutralidad o, según los más pretenciosos, la objetividad, quedaba cerrado y dotado, además, de una cierta aureola científica muy propia de aquellos tiempos.

 

El secreto de la pirámide

No es extraño, por lo tanto, que si los nuevos periodistas norteamericanos reaccionaron contra todas esas técnicas que privaban al periodismo de las herramientas lingüísticas de mayor potencia en aras de una supuesta neutralidad, también la pirámide invertida se constituyera en blanco de sus críticas. No sólo como reacción ante un estilo gris y anodino, uniforme, sino también porque, según ellos, con ese estilo y con ese formato textual sólo se podían contar ciertas cosas: áreas enteras de la vida social, como consecuencia, quedaban al margen del periodismo convencional . De ahí el surgimiento de la prensa underground otras formas de periodismo consideradas marginales que pretendían dar cuenta de esos aspectos desatendidos por el periodismo convencional. Con palabras de C. S. Lewis, se venía a decir que esos ideales estilísticos no sólo definían cómo se pueden decir las cosas, sino también qué género de cosas se pueden decir.

Los nuevos periodistas fueron también los primeros en denunciar que esas técnicas pretendidamente objetivas se constituyen, en realidad, en técnicas de verosimilitud. Es decir, un conjunto de recursos que, más que a conseguir la neutralidad, se orienta al logro de la apariencia de neutralidad. El decenio de 1980 fue pródigo en denuncias de esta, en palabras de Baudrillard, cultura del simulacro. Un simulacro al que la pirámide invertida no resultaba ajena. Como señaló Bennett, «la objetividad se refuerza por el uso de un formato, común, y estandarizado para envolver las noticias [...], que funciona como control implícito de su contenido al obligar a los periodistas a obtener todos los hechos (quién, qué, cuándo, dónde, cómo, etc.) necesarios para construir un recuento sólido y plausible de un incidente» .

Hasta tal punto esta afirmación puede considerarse verdadera que Dino Buzzatti, uno de los escritores italianos de literatura fantástica más conocidos, usaba este formato para conferir un mínimo de verosimilitud a sus de por sí descabelladas e increíbles historias .

 

Características textuales del relato periodístico convencional

El relato periodístico convencional se aparta en varios puntos del relato tradicional escrito. En esencia, se podrían señalar los que siguen: por el tipo de titulación que emplea, por la carencia de un cierre previsto, por un alto nivel de redundancia -distinta del mecanismo de cohesión típicamente literario y conocido como recurrencia: en este caso la redundancia es literal- y por el peculiar orden del relato .

En efecto, la titulación periodística se aparta de la titulación común, puesto que ésta -aunque puede adquirir diversas formas- no suele adelantar el contenido fundamental del texto, es decir, lo que la lingüística del texto denomina macroestructura semántica de un texto y que viene a ser su resumen semántico. En un texto tradicional, el lector tendrá que avanzar hasta la última línea para configurar por sí mismo -a partir de la suma de los significados particulares de cada proposición- el contenido semántico global de ese texto y su sentido. Pero el lector de periódicos no tendrá que seguir ese proceso: se le adelanta en el mismo titular que a las funciones identificadoras ordinarias, se añade una función puramente informativa . Adelanta el rema del texto sobre su tema, como ya señaló el profesor Vilarnovo . Tal práctica, -de por sí más que conveniente, necesaria- no puede ser presentada como aséptica, puesto que determina profundamente el modo en el que el lector se acerca al texto y, desde luego, el modo en que debe interpretarlo . Todo ello sin contar con que esos titulares estarán redactados con mayor o menor fidelidad al saber compartido o a los scripts de periodistas y lectores.

Más aún, esa predeterminación del sentido del texto se confirma, por repetición, en el lead y, por tercera vez, en el cuerpo mismo de la noticia . Esta redundancia se deriva, fundamentalmente, del carácter jerarquizado del texto, redactado en orden descendente de importancia y de tal manera que cada bloque textual –cada párrafo- pueda ser intercambiable con cualquier otro o pueda constituirse en el último de la noticia. Si cada párrafo debe ser redactado de modo que pueda funcionar con autonomía en cualquier parte del texto e incluso como cierre, el único modo de conseguir la necesaria cohesión textual se aparta del común: no bastan los conectivos ordinarios, puesto que nunca se sabe cuáles serán los antecedentes, y habrá que recurrir a la reiteración de la información: un modo de cohesión textual propio del lenguaje coloquial, pero no muy preciso para el lenguaje escrito .

Por otra parte, si cualquier párrafo puede funcionar como cierre, no existe propiamente cierre. Como varios autores han comentado, el relato periodístico en forma de pirámide invertida carece del natural fin, no cierra, simplemente se para o se interrumpe en un momento cualquiera que podría ser cualquier otro. Este rasgo es también ajeno a la lengua hablada, puesto que en las conversaciones, aunque de otro tipo, se da siempre un cierre que las cancela: no se interrumpen –salvo anormalidades- sin más .

Por último, la inversión del texto –el fin aparece al comienzo- y el intento de transmitir sólo hechos sin elementos valorativos, contribuyen a desmontar el sentido del propio texto. De ordinario las demás partes de un discurso se construyen en función del fin, que es –como ocurre en todos los ámbitos- el generador del sentido de las demás partes. Pero si esas partes dejan de estar en función de un fin previsto y tampoco se explican de por sí, el texto resultante, desde cualquier punto de vista, resulta bien ajeno a la tradición escrita: al menos a la tradición escrita occidental. Pero la principal diferencia en cuanto al orden del relato reside, precisamente, en la imposibilidad de cualquier otro orden que no sea ese. El relato tradicional puede adoptar cualquier orden: puede comenzar in medias res, por el final o por el principio –lógico o cronológico -, por lo que más pueda llamar la atención, etc. En el relato periodístico, con independencia de cuál sea el tema del texto, debe comenzarse siempre por las cinco doblevés.

Si ahora unimos todos los elementos –titulación que adelanta el contenido y el sentido del texto; estructura altamente reiterativa, redactada de forma impersonal y anónima, sin valoraciones, carente de final y, como consecuencia, de sentido, en la que, cuanto más se avanza menos interés se le promete al lector- si unimos todas esas características, insisto, a nadie puede extrañar que casi el noventa por ciento de los lectores no pasen más allá de los titulares. Y tampoco extrañará que los periódicos llamados populares prefieran huir de semejante fórmula noticiosa: quieren ser leídos.

 

Pirámide invertida y neutralidad

Si lo hasta aquí expuesto responde a la realidad, parece que la pirámide invertida, en cuanto modelo textual, no cumple con la función que se le asigna: vehicular sólo hechos, sin valoraciones. Primero, porque no existe una estructura textual narrativa capaz de cumplir esa condición: todas son significativas . La mera yuxtaposición de elementos, por muy aséptica que se presente, activa una serie de relaciones de coherencia entre esos elementos . Precisamente esta característica posibilita lo que Bettetini ha denominado retórica de la facticidad : es decir, la argumentación persuasiva que se oculta bajo la apariencia de pura facticidad: sólo se transmiten hechos, sin valoraciones personales por parte del emisor.

Por otra parte, ya quedó apuntado que la pirámide invertida supone, por el orden que la rige, una particular coerción al lector: se le indica cómo debe leer el texto e incluso qué debe entender de esa lectura, en la medida en que se adelanta su macroestructura semántica al titular. Un ejemplo recogido por el profesor Casado aclara suficientemente este punto: los dos diarios españoles más difundidos titularon de la siguiente manera una sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, según la cual se concedía a cada Estado facultad para limitar el recurso de las mujeres al aborto: «Se limita el derecho al aborto», tituló uno y «Se protege el derecho a la vida», el otro . Esa pauta de interpretación del texto se refuerza con su repetición en el lead y, luego, en el cuerpo de la noticia: lo cual nada tiene, en principio, de perverso, pero es obvio que no resulta precisamente neutral.

Así pues, la pirámide invertida no garantiza más que otra estructura textual la neutralidad, la imparcialidad o, si se quiere, la neutralidad. En todo caso, resultaría menos neutral que otros modos de contar, por las razones ya aducidas y porque oculta el proceso de mediación entre realidad y texto.

Por otra parte, la aplicación de un único formato textual a realidades bien distintas -las declaraciones de un político o de una actriz, un accidente de tráfico y los resultados de unas elecciones, un terremoto que provoca cientos de víctimas y una carrera de fórmula uno- tiende a uniformar y a presentar en el mismo plano asuntos de naturaleza radicalmente distinta. Por esto, se podría decir que tal estructura no es pertinente, puesto que no se ajusta en cada caso a la naturaleza del tema objeto del texto. Cabe argüir que sí resulta pertinente, porque la situación de comunicación entre el periódico o el periodista y los lectores permanece inalterada. Pero aun reconociendo esto -que es cierto sólo en alguna medida-, no parece admisible que esa situación de comunicación sea idéntica entre todos los periódicos del mundo y sus lectores, y que valga tanto para la radio y la televisión como para la prensa.

Si, por otra parte, este formato no satisface las mejores condiciones para que un texto sea leído, como ya se indicó, parece conveniente revisar ahora hasta qué punto las justifica-dones prácticas que la hicieron posible siguen vigentes y, en su caso, qué futuro se puede augurar para la mítica pirámide invertida.

 

Vigencia de la pirámide

La primera justificación para el uso de este formato textual se apoyaba en que los lectores querían conocer cuanto antes lo importante y, con este tipo de texto, se alcanzaba tal fin.

Ocurre, sin embargo, que los tiempos de la edad de oro del periodismo no son nuestros tiempos. Hoy en día, el periódico debe competir con la radio y la televisión, pero no puede hacerlo en un campo: la rapidez. Como consecuencia, los lectores sabrán de antemano el lead de buena parte de las noticias: no será eso, por tanto, lo que busquen en el periódico. Buscarán, como ya han comentado muchos profesionales y no pocos estudiosos, un ámbito de mayor profundidad en la información: no sólo los datos, sino también su sentido. El público no buscará en el periódico cantidad -de datos, de informaciones, de hechos-, sino sobre todo calidad: que la información resulte verdaderamente relevante y que esté bien elaborada. Esto no obsta para que, con determinadas condiciones, pueda tener gran éxito un periódico como USA Today, basado casi exclusivamente en el formato pirámide invertida.

La segunda justificación tenía un carácter estrictamente utilitario para los propios profesionales: permitía un ajuste sin riesgo. Pero, en nuestros días, tal carácter resulta innecesario, porque los equipamientos informáticos permiten que el periodista controle su texto hasta el final o que escriba en un espacio prefijado.

La tercera justificación -que facilitaba la labor de titular- nunca ha sido relevante en nuestro ámbito cultural, puesto que en la mayoría de nuestros periódicos el redactor titula su propio texto. Pero, aunque fuese de otro modo, tampoco parece una justificación suficiente para mantener una estructura con las deficiencias señaladas.

Por su parte, las posibles dificultades en la transmisión telegráfica o, ahora, electrónica, aparte de irrelevantes, no afectan al periódico, sino sólo a las agencias. De hecho, aunque en los manuales de redacción periodística permanezca la insistencia en la pirámide invertida, se puede comprobar en la práctica que los mejores periódicos, en la medida en que dependen menos de las agencias, se alejan más del modelo textual de la pirámide. Desde hace quince años, la línea que antes diferenciaba la noticia estricta y la crónica o determinados tipos de reportaje se está difuminando, como ya han reconocido varios autores, en favor de estos últimos géneros. El mismo hecho de que en 1978 se instituyese un premio Pulitzer para features, refrenda de alguna manera esa tendencia, que además, se armoniza con las necesidades de la prensa en la concurrencia con los otros medios. Se está yendo hacia fórmulas que, como proponía Van Dijk, respeten los sumarios iniciales -al menos el titular- y desarrollen el resto de la historia de un modo más libre, más acorde con las fórmulas narrativas tradicionales y sin renunciar al necesario cierre previsto .

Como es obvio, esto no significa que la pirámide invertida deje de ser un tipo de texto válido para la transmisión de informaciones. Simplemente dejará de ser el único válido. Probablemente se reservará sólo para aquellos asuntos que por su peculiar naturaleza lo requieran: noticias de resultados, noticias de última hora de las que no es posible conseguir todas las circunstancias -las denominadas, en el ámbito anglosajón, breaking news— y notas muy breves, principalmente.

Ahora bien, salir de la pirámide invertida es más caro. Es más fácil llenar el periódico con muchos textos de ese tipo que con algunos textos de mayor calidad, fruto de una selección cuidada y tratados en profundidad. Esta supone una mayor inversión de tiempo por cada redactor y supone, además, una mejor formación de los periodistas. Pero éste es ya otro asunto.

 

Notas

MACMILLAN, New York, 1938, 1948, 1957, 1963, 1968, 1972, 1977, 1982, 1989. Ya antes, en 1932, había publicado su primer manual, Reporting for Beginners, MACMILLAN, New York, del que lnterpretative Reporting es una continuación.

Wm. C. Brown, New York, 1977, 1981, 1984, 1987.

B. BROOKS, G. KENNEDY, D.R. MOEM y D. RANLEY, News Reporting and Writing, St. Martin Press, New York, 1980,1984,1988. Es, en la actualidad, el manual más difundido en los Estados Unidos.

M. MENCHER, News Reporting and Writing, 1987, p. 114. Ya en la edición anterior, de 1984, había añadido otro párrafo que suavizaba la defensa a ultranza de la pirámide invertida: «Algunas veces el placer [del lector] puede conseguirse con el suspense, haciéndole aguantar la respiración hasta alcanzar el climax de la historia en los últimos párrafos. Cuando el redactor siente que esa clase de estructura es la apropiada para el acontecimiento en cuestión, usará un lead diferido», p. 132.

No es que exista, propiamente, un orden natural del relato. Lo natural en el relato consiste más bien en que puede adoptar cualquier orden. Me refiero a un hecho comúnmente comprobable que puede aclararse con un ejemplo. Si veo como un coche atropella a un peatón en la calle, al llegar a casa diré «vi un atropello» o algo similar, pero no empezaré por contar de qué color era el coche y por dónde venía.

Semejante terminología no deja de resultar un tanto inexacta si con ella se pretende distinguir los textos que informan de acontecimientos y de hechos, de aquellos que también informan, pero a través de argumentos, por ejemplo. Más adecuada parece la distinción funcional que se aplica en el mundo anglosajón entre narraciones (stories) y comentarios (comments).

W. LANCE BENNETT, The politics of Illusion, Longman, New York, 1988, p. 120.

Cfr. LAWRENCE VENUTI, «Dino Buzzati’s Fantastic Journalism», en Modern Fiction Studies, vol. 28, Spring 1982, pp. 79-91.

Cfr. T. A. VAN DIJK, News as Discourse, 1989.

Sobre las funciones ordinarias de los títulos fuera del texto noticioso, cfr. GERARD GENETTE, «Titles», en Critical Inquiry, Summer 1988, pp.701-723.

Cfr. ANTONIO VILANORVO, «Tema y rema en el artículo noticioso», en J. F. SÁNCHEZ (ed.), El nuevo mapa informativo europeo, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona, 1990, pp. 443-448.

«Los temas principales, en el texto noticioso, se señalan en los titulares y en el lead; definen la situación general e indican al lector un significado global preferente del texto», T. A. VAN DIJK, News as Discourse, p. 40. El periódico hace llegar sus mensajes fundamentales a través del titular. El título decide la interpretación del artículo», UMBERTO ECO, «Guida all'interpretazione del linguaggio giornalistico», en V. CAPPECHI y M. LIVOLSI, La stampa quotidiana in Italia, Milán, 1971, cit. por MANUEL CASADO, «Semiótica de los titulares: Pautas para el análisis de los titulares periodísticos», en Teoría semiótica. Lenguajes y textos hispánicos, vol. I de las Actas del Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo, celebrado en Madrid, 20-25. VI. 1983, pp. 235-242.

Algo que reconoce, por ejemplo, MC DOUGALL: «El asunto que se subraya en el lead determina el tono de toda la noticia [...] Conferir el énfasis adecuado a los diferentes ingredientes de una noticia es un método sencillo y común de interpretación», Interpretative Reporting, 1972. p. 58.

En algunos manuales de Redacción periodística norteamericanos se propuso la fórmula »screw» o tornillo, según la cual la información de la noticia no quedaría jerarquizada, sino toda ella en el mismo plano.

«En cada párrafo informativo debe desarrollarse una sola idea simple, motivo por el cual será necesario construir párrafos de cuatro o cinco líneas de sesenta espacios; unas treinta palabras. El párrafo informativo es una unidad de composición primaria que por su carácter relativamente autónomo y por su extensión uniforme resulta fácil de trasladar de emplazamiento dentro del texto de la noticia, particularmente en la redacción informatizada. La redacción basada en párrafos concebidos como unos bloques de extensión uniforme y proporcionada facilita la lectura y evita que deba rehacerse un texto cuando decidimos alterar el orden de los componentes de la estructura interna de la noticia». JOSEP M. CASASÚS, Iniciación a la Periodística, Teide, Barcelona, 1988, pp. 123-124.

Cfr., por ejemlo, MICHAEL STUBBS, Análisis del discurso, Alianza, Madrid 1983, pp. 41-42

Ibid., p. 39.

Algunos autores diferencian entre el orden lógico del relato periodístico y el orden cronológico del relato tradicional. La distinción no parece exacta. Las diferencia en el orden de los dos relatos que aquí propongo la debo a una conversación con el profesor ANTONIO VILANORVO.

Cfr., por ejemplo, ARHTUR C. DANTO, Historia y narración, Paidós, Barcelona 1989, pp. 83-84.

Cfr., R. DE BEAUGRANDE, WOLFGANG DRESSLER, Introduction to Text Linguistics, Longman, London-New York, 1988, pp. 6, 94 y ss.

GIANFRANCO BETTETINI, «Los mitos de la objetividad, la neutralidad y la profesionalidad en la información», en ESTEBAN LÓPEZ-ESCOBAR y JOSÉ LUIS ORIHUELA (eds.), La responsabilidad pública del periodista, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1988, pp. 21-46. Se refiere también a la retórica temporal y a la retórica del medio.

Cfr. MANUEL CASADO, «Texto periodístico e ideología: para una etnolingüística del discurso periodístico», en J. F. SÁNCHEZ (ed.), El nuevo mapa informativo europeo, Servicio de publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1990, p. 463.

News as Discourse, p. 152

 

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