Por años, desde mucho antes de ser Ministro Secretario General de Gobierno, incluso mientras estuvo exiliado, Enrique Correa ha mantenido dos «lecturas obligadas»:
—Para serle franco –confiesa-, yo leo El Mercurio y Le Monde, en cualquier parte del mundo.
—¿Y por cuál página o por cuál cuerpo comienza?
—En El Mercurio, antes de ser ministro, partía por la página editorial; ahora, por razones casi de emergencia, parto por el Cuerpo C. Los domingos ha sido el cambio principal, porque parto por la Semana Política, cuando siempre partía por Artes y Letras. De ahí paso al Cuerpo de Reportajes, al Cuerpo C y ya finalmente dejo para mí Artes y Letras. Ésa es para mí la mejor lectura dominical posible.
Me ha empezado a ocurrir ahora también que leo La Nación y El Diario. En cada caso parto por asuntos distintos.
—¿Y hay algo que lo irrite de la prensa que usted lee? ¿Algo que le provoque la tentación de intervenir un poco?
—No, a mí lo único que me irrita en la prensa es cuando un titular no tiene que ver con el contenido. Nada más. Nunca me irrita nada, nada de lo que diga la prensa, ni de lo que diga de mí. Nada.
La diferencia entre título y contenido no me parece bien, me parece que es como escribir dos diarios. Es como escribir un diario para una minoría selecta, inteligente, que sabe lo que está leyendo y otro para gente con poca cultura, para el grueso de la gente. Porque todo el mundo sabe que la mayoría de la población cuando lee diarios, lee los titulares; y además los titulares de primera página son verdaderos posters, porque eso es lo que lee la gente al andar en la calle. Entonces, cuando el diario no refleja de un modo inteligente, transparente, lo que dice el contenido de la crónica...
—¿Y esa deficiencia la ve frecuentemente?
—Sí.
—O sea que pasa irritado usted.
Ríe y se lamenta divertido: —Me estoy metiendo en puros líos con esta respuesta... Observo con mayor objetividad en el modo en cómo se relatan las cosas. Yo una sola vez he tenido que rectificar, que fue una lesera, una palabra mal entendida. Salvo esa vez, nunca he tenido que rectificar algo que yo haya dicho que no me haya sido publicado textualmente, y estoy hablando de todos los diarios.
—¿Pero eso es bueno o malo?
—Es estupendo. He tenido muchos problemas porque me han entrecomillado en titulares y eso no es correcto. ¿Y sabe?, creo que ello refleja todavía una tendencia muy fuerte a la ideologización en la redacción, porque los titulares reflejan más los prejuicios de los medios, sus temores, sus traumas, la tendencia a creer que La Moneda ha sido tomada por los bárbaros y no a comprender exactamente que las cosas ya son distintas: que vivimos en un país de bastante más consenso, bastante más acuerdos, que esos acuerdos tienen consistencia histórica, que son muy largos, que son muy, muy estables. Pero, en fin, eso se equilibra con una versión bastante objetiva de lo que el vocero dice.
—¿Usted ve esos «traumas» todavía en lo medios chilenos?
—Sí.
—¿Nunca lo ha irritado un editorial?
—No. Nunca me ha irritado una opinión a mí en la vida.
Las señales del vocero
Dice que ve poca televisión, porque no tiene tiempo. La mayor parte de las veces, sólo unos compactos de video que le preparan en su cartera con las noticias que a él más le interesan. Pero una enfermedad que lo tuvo en cama algunos días, el año pasado, le permitió al Ministro mirar con más detención («de manera bastante profesional») Televisión Nacional. Y está muy contento con la experiencia:
—Quería ver un poquito cómo estaba y me pareció muy interesante. Éste es un esfuerzo muy grande que nos ha costado muchos, muchos sinsabores, muchas incomprensiones. Creo que el punto de cómo nosotros llevamos a cabo, primero, la de la política de la comunicación y, después, el modo como la hemos defendido, ha sido una de las batallas menos conocidas pero más fuertes en el interior de nuestra propia coalición, de nuestra propia cultura. Nosotros tuvimos que romper con un modo de entender las relaciones entre la política y las comunicaciones, entre el Estado y las comunicaciones, y creo que hemos consolidado ese modo cultural de ver. Y cuando observé Televisión Nacional, sentí que estaba bien.
—Según sus palabras, Televisión Nacional habría logrado conseguir conciliar el proyecto que su equipo tenía respecto de la forma de relacionarse entre prensa y gobierno. ¿Cuál es a su juicio el vínculo que debe haber entre prensa y gobierno?
—Yo creo que el gobierno tiene que ser considerado un actor importante entre otros actores importantes; el gobierno tiene que dejar globalmente de ser el referente más importante de la prensa. Porque creo que también tiene que dejar de ser, gradualmente, el referente más importante para los chilenos. Supongo yo que con todo este esfuerzo que estamos haciendo por municipalizar, regionalizar, no reestatizar nada, no recentralizar nada, vamos construyendo un tipo de Estado cada vez más vinculado a tareas normativas, reguladoras y equilibradoras: equidad social, equilibrio del medio ambiente. Pero nada más.
Todavía veo una tendencia muy fuerte a la ideologización, porque los titulares reflejan más los prejuicios de los medios, sus temores, sus traumas... la tendencia a creer que La Moneda ha sido tomada por los bárbaros.
Queremos un Estado más chico que el que tenemos, más descentralizado, y supongo que eso significará transferencia de atribuciones y de capacidades a las personas. Entonces, vamos a ser una sociedad que mientras más se moderniza, más se aleja de un tipo de vida social en que la política ha estado siempre puesta en el centro.
—Pero por el momento, Ministro, la relación con el gobierno sigue siendo muy fuerte. El Ejecutivo es muy lejos la fuente principal de información de los medios y eso además le compete a usted dentro del gobierno, fundamentalmente. ¿Le parece democrático ese rol como tal, que haya alguien que canalice la información?
—Sí, claro. A mí me parece que el papel que yo cumplo ahora va a permanecer en el tiempo, llevado a cabo por otras personas, naturalmente. Porque es un vocero que entrega las señales precisas del gobierno, que se desprende de sus opiniones, de sus visiones particulares, de sus pasiones, y que es capaz de expresar con nitidez la señal que el gobierno quiere emitir a la sociedad. Pero no coordina medios. Nosotros ni siquiera coordinamos los medios que antes eran gubernamentales y ahora por ley no podemos hacerlo. Me parece que es indispensable que este mercado informativo tenga señales adecuadas como las tiene el Banco Central respecto a los agentes privados, como las tiene el Ministerio de Hacienda con las empresas. Nuestro papel es dar nuestras señales. Esas señales serán todo lo fuerte que siga siendo el gobierno en la sociedad.
—En qué medida puede dar usted señales especializadas cuando está dando señales de todos los ministerios, de todas las áreas del gobierno...
—Eso no es tan exacto...
—¿Pero usted no aparece para los medios como el gran canalizador de la información del gobierno? Si uno revisa la carpeta del Ministro Secretario General de Gobierno en un centro de documentación de cualquier medio, es fácil darse cuenta de que ahí están todos «los temas» ...
—Sí, pero de un modo genérico, y con un grado mayor de profundidad en los temas políticos. Cuesta hablar respecto de asuntos que no sean coyunturales. Yo hago largas exposiciones sobre diversos temas, pero después me preguntan sobre Pinochet o los derechos humanos... y se terminó la conferencia.»
—¿No hay un grado de herencia del régimen anterior, en cuanto a la función de un vocero centralizado?
—No, no...
—¿O se trata de ciertas deficiencias que podrían existir en los otros actores? Porque muchas veces la Secretaría General de gobierno corrige...
—A ver, el tema es más de fondo: la Presidencia de la República se ha transformado con el tiempo, en Chile, en una institución que genera en torno suyo un equipo de decisiones centrales. La Moneda es la expresión de ello: los tres ministros que estamos al lado del Presidente constituimos el núcleo sustancial de decisiones. Y de alguna manera, yo soy la voz del Presidente y de ese núcleo central de decisiones; decisiones globales, decisiones que son básicamente políticas, en el sentido de que las toma la autoridad teniendo en cuenta el análisis general que hace de la situación del país, del gobierno, y que atañen a asuntos tan distintos como las políticas fiscales, las decisiones de inversiones en infraestructura, las políticas públicas hacia la juventud, el modo de corregir los problemas de la calidad de las viviendas o el asunto de los puertos. Porque es en definitiva la señal del Estado, del gobierno como autoridad política. Hay este predominio de lo político en la administración, en el sentido más profundo de las grandes decisiones nacionales, de las grandes decisiones públicas.
El otro punto que está vinculado muy directamente a éste es la profunda unidad de concepto, de criterios, que en este gobierno ha existido y que yo que yo no recordaba en otras administraciones.
La prensa “atracito” del Gobierno
—Ministro, dado que los problemas que son muchos y muy diversos, ¿puede una sola persona dar cuenta de toda esa complejidad o es que de alguna manera su rol significa que se simplifican los temas respecto de la prensa, se la pautea, se hace como una especie de «menú»?
—No, porque nosotros damos la señal general, la decisión global, pero si ve después, las declaraciones de los ministros son bastante sofisticadas. Ellos son expertos en sus temas y están dedicados a ellos. Y si usted mira la prensa, verá que en el espacio que el Ejecutivo ocupa no está sólo el sector político; cada ministro dice su palabra sobre los asuntos más importantes, cuando no lo hace el Presidente. Nosotros mismos les hacemos ver a los secretarios de Estado la necesidad de exponer de un modo más sistemático sus políticas.
—¿No hay una simplificación para la prensa, entonces?
—No. Lo que sí hay es una tendencia a una especialización muy fuerte en la prensa. Cuesta mucho hablar, por ejemplo, en La Moneda, respecto de asuntos que no sean políticos coyunturales. Yo hago largas exposiciones sobre diversos temas, como la política agraria, la política indígena, el carbón, el financiamiento universitario, etc., asuntos que se discuten en las reuniones de gabinete... Pero después me hacen preguntas sobre Pinochet, los derechos humanos o el terrorismo... y se terminó la conferencia.
—¿Y usted a qué atribuye eso?
—A falta de desarrollo...
—¿O sea hay una deficiencia?
—Yo creo que está mal concebido el papel del redactor político en un medio, porque está pensado para ser testigo y narrador de una política que ya está dejando de existir, aquella del discurso general, valórico... Y nosotros no somos políticos así, somos políticos y un poco economistas y un poco técnicos o cientistas políticos y un poco expertos en opinión pública. El político tiene que ver cada vez menos con las ideas generales y cada vez más con la administración moderna de lo singular, con capacidad para penetrar lo singular para generar a partir de eso capacidades gubernativas. Entonces, muchas veces los periodistas nos preguntan a nosotros cosas que no nos interesan.
—¿La prensa está pasando también por su período de transición, diría usted?
—Atracito de nosotros; ya en el gobierno de Pinochet, ya Carlos Cáceres o Hernán Büchi, y ya nosotros, Boeninger, Foxley y yo, creo nos planteamos las relaciones entre la política y la economía, entre el Estado y la sociedad, de un modo enteramente más complejo y más sofisticado que el promedio del modo como se refieren a los asuntos políticos los periodistas. Yo todavía no veo una gran diferencia, excepto algunos casos.
Ya en el gobierno de Pinochet nosotros nos planteamos las relaciones entre el Estado y la sociedad e un modo mucho más complejo y sofisticado que el promedio del modo como se refieren a esos asuntos los periodistas.»
»El modo como se enfoca la redacción política no es demando distinto de cuando yo escuchaba a los comentaristas políticos de hace 30 años: la anécdota, el pequeño puntillazo off the record, el pequeño chisme, la política entendida como una actividad de personalidades... Y cada día es menos así. Cada día se diferencia menos el modo que tenemos de gobernar: imaginemos un gobierno distinto a éste, ¿cuán distinto va a ser? ¿Qué haría? ¿Reestatizar? El próximo gobierno va a privatizar, cualquiera que sea. Aunque lo dirija Lagos, va a tener que privatizar igual porque este proceso va a continuar. Entonces, hay algo que tiene que ver con asuntos de mayor complejidad, del propio desarrollo de la sociedad y que está dejando atrás a los periodistas.
—¿Y cómo ve el ritmo de la opinión pública en esta transición?
—Yo creo que la opinión pública va comprendiendo este punto, va comprendiendo un modo de hacer política que es más moderno. Esta respuesta hay que darla después de las elecciones, porque vamos a ver cómo están los porcentajes de la UCC y del MIDA, que son las principales opciones del retraso.
Un trabajo que no es muy exigente
—¿Usted cree que la prensa ha logrado traspasar el trabajo parlamentario, en el sentido de dar cuenta cabalmente de éste?
—No. Hay un prejuicio muy grande contra la política en Chile, y la prensa todavía no se libera de él; aún se considera a la política de una manera antigua, individual, que no tiene que ver con el político moderno. Es como el Quijote, que andaba sobre un caballo imaginario. Igualmente, esta prensa habla de un político que es cada día menos importante. También en el caso del parlamentario: no destaca aquello que es lo sustancial, que es su trabajo legislativo, y eso produce una cierta exasperación en el Parlamento; por otra parte, como todo político electo, tiene también la obligación de trabajar por su reelección, eso es parte de las tareas de un político que se dedique con responsabilidad a su oficio. Entonces se da cuenta de que tiene un éxito mayor haciendo declaraciones en la prensa que haciendo leyes y por tanto genera declaraciones que cada vez ganen más titulares. Y ahí se produce una cantidad de fenómenos que son distorsionadores: salen muchas declaraciones no siempre adecuadas, no siempre serias. Pero eso no es lo substancial...
—¿No ve usted una actitud más bien anuente por parte de la prensa respecto de la autoridad política? En su trabajo diario con estos «redactores políticos a la antigua», como dice usted, ¿no es fácil tratar con ellos en el sentido de que usted toca los temas que quiere y sabe que se publicarán al otro día?
Piensa varios segundos. —Sí. No es un trabajo muy exigente el que tengo ahora.
—¿Cómo tendría que ser la prensa, Ministro, para cumplir bien su rol, entonces?
—Pero, a ver, volvamos las cosas a su centro: yo considero que la prensa refleja bien las cosas, porque por algo lo que el gobierno hace es compatible con lo que la opinión pública quiere y con lo que la prensa refleja. Resulta que ahora tenemos un núcleo de decisiones propiamente modernas entre la autoridad económica y la autoridad política, por lo que no tenemos grandes distinciones entre ambos modos de enfrentar una misma situación.
—Pero ahora veamos el cuadro al revés, no desde el poder político. ¿Usted diría que la prensa chilena es condescendiente con el poder o que busca un papel propio?
—Está buscando un papel propio, cada vez mayor. Viene de mucho tiempo de autoritarismo y eso también complicó las cosas. Obligó a cuidarse de los titulares...
Los doce o catorce “Conceptos clave”
—Ministro, usted decía que todo el sistema de gobierno tenía una mayor complejidad, que era cada vez más técnico, más práctico. Hay quienes sostienen que esta complejidad hace que el público no tenga acceso al poder político, porque «la opinión pública no tiene capacidad para entrar en la complejidad». ¿Usted cree que eso es real, cree que es una falencia de la prensa que no es capaz de traducir esa complejidad, o al revés: cree que hay una cierta tentación del poder político en aumentar la complejidad para justamente tomar decisiones al margen?
—Yo no sé como será en países más desarrollados que Chile, pero creo que en este país los parámetros básicos de la complejidad de la sociedad, del Estado, y de la misión y del oficio de gobernar son bien comprendidos por la ciudadanía. Yo no soy en absoluto de la idea de que la complejidad y los asuntos que tenemos que resolver escapan al entendimiento común. He tenido en estos últimos meses la experiencia de hacer giras por todo el país, del siguiente modo: no hablamos nosotros al comienzo si no que abrimos un espacio para preguntas, para hacer una especie de «diálogo social»; están también las autoridades locales, regionales, para que respondan las cosas más particulares, de las que yo naturalmente no puedo tener una información más al detalle. Después nosotros ordenamos todos esos temas en función de las cosas básicas de las que nos interesa hablar: democracia, regionalización, descentralización, economía de mercado, equidad social, equilibrios ecológicos, integración... Son doce o catorce conceptos claves que son los que ordenan este asunto y esos conceptos claves han resultado enteramente comprensibles para la gente.
Yo tengo un cierto optimismo de que efectivamente esta complejidad, en el nivel que tenemos ahora, es bien comprendida, sobre todo cuando la gente común se ve involucrada en lo que se está haciendo, desde distintos puntos de vista: en primer lugar, como receptor de una información, y eso ya es muy valioso; segundo, porque ve que alguna de estas políticas que les relata con tanto entusiasmo el ministro que tiene al frente les afecta, en algo ha mejorado su calidad de vida; y en tercer lugar, se siente involucrada porque observa, gracias al municipio, que además la decisión puede acercarse a ella. Por lo que he visto en la televisión, lo que observo en sus noticiarios, las cosas resultan bien explicadas; proporcionan, desde ese punto de vista, en mi opinión, los conceptos claves.
—¿Y cuánto necesita el gobierno influir en los medios de manera de dar a conocer esos doce o catorce conceptos?
—Uno tiene que hablar, hablar seguido, hablar bien, decir cosas novedosas, explicarse bien, tener una relación abierta con la prensa, responderle siempre, no eludirla nunca y eso es todo.
—¿Y esos conceptos claves están en la prensa?
—Bueno, sí, yo creo que están en la prensa. Tenemos que decirlo bien nosotros, porque no podemos pedirle a la prensa que nos resuelva el problema nuestro: nosotros tenemos que saber comunicar bien lo que queremos comunicar y tenemos que ser pedagógico en nuestra comunicación.
—¿Y qué tiene que hacer la prensa en un gobierno democrático, terminada su transición?
—¿Desde el punto de vista del gobierno?
—No, desde el punto de vista de la relación ideal entre prensa y gobierno. ¿Debería, por ejemplo, reflejar esos conceptos claves o, al contrario, cuestionarlos?
—La prensa está obligada a reflejar la diversidad en la sociedad, no sólo la diversidad política; si la refleja bien, si no la deforma y la muestra tal cual es, tiene que cumplir su rol crítico.
—Y ese papel no lo estaría cumpliendo, por lo que usted decía respecto a que no había una prensa más contestataria frente al mensaje específico de La Moneda.
—No, no dije eso. La única crítica que yo he hecho al modo de desarrollar la redacción política es que no se capta la complejidad de los temas: que se pueden tocar diez o doce temas y nos enfrentamos muchas veces con periodistas que tienen sus propias obsesiones, en general ideológicas y en general izquierdistas y en general pro-trabajadores, por así decirlo. Porque es una prensa que se tuvo que formar en el rigor del autoritarismo. Entonces, muchos de estos periodistas se expresan todavía con una cierta frustración propia de una transición.
—¿Pero usted considera que la prensa desarrolla su función fiscalizadora?
—La está desarrollando ostensiblemente. Reitero: lo que he dicho es que la complejidad de decisiones que tiene que tomar un político en La Moneda. Por decirlo así, no es todavía asumida por los redactores de los periódicos ni por los periodistas que interrogan, porque en general son periodistas todavía bastantes unilaterales para entender la política. Por el contrario, yo creo que la prensa chilena es bastante contestataria de este gobierno. Si usted analiza la línea editorial de El Mercurio, por ejemplo... Nos enfrentamos muchas veces con periodistas que tienen sus propias obsesiones, en general ideológicas y en general izquierdistas y que se expresan todavía con una cierta frustración propia de una transición.
—Pero esa es una opinión. Cuando usted se enfrenta a un grupo de periodistas para dar una información, ¿no hay una reacción crítica, no hay calidad en la contrapregunta?
—Falta. Falta mucho todavía. Yo dije bien: que no era un trabajo muy exigente.
Los valores y la prensa
—Ministro, aparte de ese tema, ¿espera usted que la prensa juegue algún papel en materias valóricas mas allá vinculadas con la política? ¿No ve usted que en algunos medios hay ciertos rasgos anárquicos, que se justifican en el proceso democrático...? ¿Considerar, por ejemplo que el compromiso con un valor es casi una forma de autoritarismo?
—No, yo creo que hay ciertos valores básicos que subyacen al pacto social o pacto político que supone la democracia. No todo es contractual, no en el sentido en que lo dijo Durkheim... Sigo pensando en el viejo Durkheim... —dice como para sí mismo y se ríe—. Entonces, hay ciertas dimensiones valóricas: no todo es pacto con arreglo a la gente... Pero esto es un punto muy fino, muy delicado, porque nosotros podemos estar en el borde de una tensión en la sociedad entre un énfasis fuertemente valórico en el conjunto de autoridades morales, políticas, medios de comunicación, casi fronterizo con el integrismo, y una sociedad profundamente anémica: ése podría ser perfectamente el panorama en cinco años más, ese contraste entre la anomia y la afirmación valórica integrista; eso no es extraño en una sociedad en modernización, es un escenario posible...
—Precisamente, ¿no ve ya usted en algunos medios o espacios de los medios ciertos rasgos de anomia, que se justifican en el proceso democrático?
—Sí pero veo mucho integrismo también. Es que esto se retroalimenta: mientras más integrismo existe en un polo de una sociedad, más anomia va a haber en el otro. Porque nunca, nunca, un modo integral, dogmático, de proclamar los valores va a tener una adhesión libre. Nunca, no lo tuvo la Edad Media siquiera: mire usted la vida real que ocurría entonces, nada que ver con el integrismo medieval; menos lo vamos a tener en la sociedad moderna. Mientras con mayor fuerza se levante la identidad entre dimensión valórica y el integrismo de la autoridad, cualquiera sea la autoridad, mayor contestación anémica habrá. Por el contrario, mientras mayor vinculación exista entre su afirmación valórica y la tolerancia, entre la posibilidad de unidad valórica y diversidad, es decir: ciertos valores capitales y aceptación y acogida de la diversidad, menos anomia habrá en la sociedad, porque más sectores se van a sentir acogidos.
—Y eso, ¿cómo lo debería plantear el gobierno y cómo, la prensa?
—El gobierno tiene que de algún modo expresar, por lo que dice, por lo que habla, por lo que hace, por sus gestos, adhesión , a ciertos valores que son básicos y comunes.
—Y eso serían...
—Derechos humanos, democracia, libertad, respeto mutuo, respeto a los derechos de cada cual, desde el derecho de expresión al de propiedad. Y eso es lo que decimos todos los días, ¿no? Cuando hablamos de las tomas, hablamos del derecho a la propiedad; cuando hablamos a raíz de un juicio de derechos humanos... estamos elevando ciertos valores que son comunes.
—¿Y las normas?
—No, las normas están en las leyes. Y si hay que tener más normas, si hay que tener más leyes, para eso hay que tener consenso. Las normas tienen que reflejarse en las leyes, ése es el modo democrático. No puede haber normas fácticas...
—Pero normas de convivencia...
—Bueno, pero ésas están reflejadas en el Derecho. Yo no puedo prohibir asuntos que estén prohibidos en la ley; para eso tengo cambiar la ley; y si yo creo que tienen que haber más cosas prohibidas, bueno, entonces busco un consenso para que haya leyes que las prohíban. —De repente, como que cae en la cuenta de lo que está diciendo:— Estoy muy liberal, ¿ah? —y se ríe a carcajadas—. Ése es el único destino del socialismo: ser liberal. Pero nos critican... —vuelve a reír.
—¿Y cómo ve el punto de equilibrio en la prensa?
—La prensa debería acotar su juicio crítico a sus comentarios editoriales, pero antes, ser capaz de reflejar las cosas como son. Yo creo que todavía la prensa nuestra, cuando la comparo con la prensa europea, no habla con toda franqueza en determinados asuntos, por ejemplo, los debates de la Iglesia: éstos son muy importantes porque son propios de la vida, no sólo de la Iglesia Católica, sino de la sociedad contemporánea. Vi en Le Monde un artículo dedicado a la polémica sobre la canonización de José María Escriba de Balaguer. Aquí hay una cantidad enorme de gente que tiene dudas respecto de que haya estad bien que lo hayan canonizado. Pero eso no ha sido reflejado en ningún debate, porque naturalmente no hay ciudadano chileno que se atreva a decir eso, porque ¿cómo va a ir contra la canonización? Pero tampoco hay prensa que desarrolle esa crítica.
* Esta entrevista fue realizada por un equipo de profesores de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica conformado por Silvia Pellegrini, Eliana Rozas, María José Lecaros, Joaquín Villarino y Gonzalo Saavedra.
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