auxi auxi Cuadernos de Información n° 9, 1994 auxi auxi
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Encuestas y periodismo V: Interpretaciones cuestionadas

Desde que George Gallup descubrió en 1936 que bastaba con conocer la opinión de unas mil personas seleccionadas estrictamente al azar para saberla de toda la nación estadounidense, las encuestas de opinión han sido el medio elegido para los estudios de opinión pública. Este concepto se había desarrollado a partir del ensayo de Walter Lippmann, publicado alrededor de 1920, y basado sólo en apreciaciones cualitativas. Pero al igual que otros campos de las ciencias sociales y de las humanidades, fue alcanzado por el vertiginoso desarrollo de una rama de las matemáticas aplicadas -la estadística-, que habría de transformar el estudio de las ciencias sociales así como el de muchos otros campos del conocimiento.

Por Juan Pablo Illanes (editor de El Mercurio)
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La aparición de la estadística no estuvo exenta de controversias y muchas de ellas se han mantenido hasta nuestros días. Desde la «física social» y el «hombre promedio» de Quetelet (1796-1874), pasando por las genialidades de Francis Galton (1822-1911) hasta las polémicas de nuestros días, ha existido un debate continuo que tiende a repetir los mismos argumentos. Posiblemente estas disputas tienen su base en que los estudios estadísticos constituyen una suerte de puente entre lo que se ha dado en llamar «las dos culturas» desde la histórica conferencia de C.P. Snow sobre los dos mundos en que habitan científicos y humanistas.

Desde este punto de vista, las encuestas constituyen un método estadístico matemático aplicado a fenómenos sociales y forman parte de una temática difícilmente cubierta por los periodistas de nuestros días, formados en una tradición humanística que no abarca a las ciencias naturales o a la matemática. Pero este complejo instrumento tiene consecuencias visibles para las políticas públicas y no es fácil de destacar sin cometer una falta seria. Pese a ello, ni el público en general de nuestro país, ni los periodistas encargados de ilustrarlos sobre estas materias, tienen una preparación apropiada para examinar sus métodos, apreciar sus diferencias de calidad e interpretar correctamente sus resultados. Grandes periodistas, como Juan Luis Cebrián, consideran fuera del campo profesional del periodismo la preparación matemática y han objetado los programas de estudio universitarios en que se ha tratado de subsanar la ignorancia de un tema tan central como las matemáticas, considerándolos «despropósitos académicos».

No es éste el lugar para discutir el programa de estudios de la carrera de periodismo, pero sí puede afirmarse que existen valores tradicionales de la actividad que muchos intentan preservar y que lamentablemente la distancian de los estudios científicos propiamente tales.

Las encuestas, como se ha dicho son instrumentos técnicos complejos. No son fáciles de planificar ni de realizar. Analizarlas supone entrar en un terreno resbaladizo, pues en muchas oportunidades sus deficiencias quedan ocultas por el carácter robusto de los números. Hasta los más expertos tienen dificultades en interpretar los resultados de un estudio de opinión pública, en parte porque quienes realizan encuestas no siempre proporcionan todos los antecedentes necesarios para una interpretación seria. Y los encargados de comunicarlas al público no cuentan con la preparación necesaria para cuestionar los métodos o sus análisis interpretativos.

Las recientes polémicas sobre las encuestas posiblemente tienen su origen en la falta de capacidad para analizarlas y aprovecharlas por parte de los políticos quienes son clientes naturales de la clase de estudios que ha desatado las últimas controversias. Los periodistas, sin embargo, no han logrado explicar al público todas las complejidades de dichos sondeos y han hecho posible que quede en el ambiente la sensación de que estos instrumentos están necesariamente cargados de errores. La situación no es diferente de la que se produce con la cobertura periodística de otros temas técnicos y científicos, que la mayor parte de nuestros comunicadores no se siente ni capacitado ni motivado para estudiar.

Pese a lo anterior, no podría negarse el valor ni la importancia del papel que han jugado los sondeos de opinión pública en los últimos años. La identificación de las inquietudes de la ciudadanía, como los problemas de seguridad ciudadana o la importancia que se le asigna a la buena atención de salud, probablemente no habrían sido posibles sin varias encuestas independientes que han descubierto y corroborado estas preocupaciones públicas.

En cuanto a la capacidad de nuestros encuestadores para hacer predicciones acertadas de los resultados electorales, caben serias dudas. Si bien en todas partes existen dificultades para acertar el desenlace de una elección, el error sistemático que se ha observado en nuestro país indica una deficiencia que tendrá que ser despegada y que no puede ocultarse recurriendo a jergas técnicas sobre márgenes de error u otras explicaciones carentes de toda rigurosidad.

Nada en todo caso, justifica la prohibición de las encuestas o su difusión, como ha ocurrido en muchas sociedades contemporáneas. En Chile aún no hemos llegado tan lejos, pero el reciente acuerdo del Consejo Nacional de Televisión se encamina en esa dirección equivocada. El camino para superar los problemas que han planteado las encuestas es justamente el de la discusión abierta, que permite educar al público y a los dirigentes políticos y motivar a los periodistas y a sus maestros sobre la necesidad de contar con una formación profesional completa. Al terminar el siglo XX, nadie puede considerar que cuenta con esa formación si sólo sabe la matemática que se enseña en Chile en educación media. Lamentablemente, si esa es la única exposición al pensamiento matemático, ni siquiera podría aceptarse que se trata de una persona culta.

 

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