auxi auxi Cuadernos de Información n° 9, 1994 auxi auxi
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Encuestas y periodismo IV: Encuestas y democracia

Durante las campañas electorales y en tiempos posteriores a las elecciones aumentan la atención y la importancia de los sondeos de opinión pública. El episodio exit poll de los canales 7 y 13, el pasado 11 de diciembre, fue precedido por la crítica del equipo Alessandri acerca de la influencia de tales sondeos en el decaimiento de su campaña semanas antes del acto electoral. Es bastante habitual, pues, que quienes se sienten afectados por los resultados de ellos reclamen en su contra. Sus argumentos tienden a ser los mismos que se han utilizado desde que el Harrisburg Pennsylvania y el Raleigh Star publicaron por primera vez, para las elecciones presidenciales norteamericanas de 1824, los resultados de un breve sondeo electoral.

Por Francisco Javier Cuadra (abogado, presidente de F.J. Cuadra y Asociados, consultora de análisis de asuntos públicos y políticos).
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Se critica, como dice Milán Kundera, que sean considerados como «instrumento decisivo del poder imagológico». La cultura contemporánea está muy marcada por la televisión y los medios de comunicación visuales en general, fenómenos que en definitiva privilegian -en la formación del sentido común de esta sociedad- la imagen sobre la realidad efectiva. En consecuencia, los sondeos electorales son percibidos algo así como la verdad -ambigua- de los oráculos antiguos o las resoluciones -imposibles- de un parlamento en sesión continua. Se cuestiona también que, a pesar de su sofisticación técnica, recojan sólo opiniones y no reflejen necesariamente actitudes. Es decir, captarían comportamientos verbales aparentes e inmediatos, propios de un momento determinado, pero no disposiciones profundas de la reflexión humana. En este caso, además, se argumenta que el campo del cuestionario es insuficiente para expresar la auténtica opinión de una persona, pues ésta sería un discurso elaborado en múltiples interacciones públicas y privadas que la transforman más en un proceso de construcción social que en un estado de definición individual. In extremis, según esta crítica, la existencia misma de los sondeos electorales sería innecesaria. Otros, más prácticos, objetan directamente la metodología empleada y sus diversos aspectos técnicos.

Es conveniente advertir que las críticas a los sondeos electorales en ocasiones se extienden, peligrosamente, a las encuestas políticas en general. Algunos olvidan que ambos, y en especial las últimas, como las investigaciones de mercado, son expresión de la evolución del concepto de opinión pública. Hay que considerar que en menos de dos siglos ella se amplió de la nobleza a los sectores medios y populares y, además, al mundo creado por la conjunción de las grandes empresas con trabajo en cadena y producción en serie; de la extensión y el reforzamiento de las burocracias; de la revolución de los medios de comunicación social y de la plenitud política -masiva- de las grandes ideologías contemporáneas. Frederick Bon, por ello, afirma que las encuestas políticas son hijas del «taylorismo», de la prensa con gran tiraje y de la radiodifusión y la TV. El círculo de opinión, de hecho, ha crecido prácticamente a toda la población. Basta observar qué ha ocurrido con la extensión progresiva del derecho de sufragio universal, cuyo generalizado requisito de 18 años para ejercerlo convierte a las actuales democracias en sistemas políticos de simple base etaria.

Vale la pena recordar, en nuestro caso, por ejemplo, que en 1810 poco más de cuatrocientos vecinos de Santiago iniciaron el proceso de autonomía que culminó en 1818 con la sustitución de la república a la monarquía. En 1993 cerca de ocho millones de ciudadanos eligieron al Presidente Frei y a flamantes parlamentarios.

Las encuestas electorales y políticas, en estas dimensiones, nunca han pretendido reemplazar a las elecciones. Es imposible. Sería, objetivamente, un absurdo. Simplemente registran las tendencias de opinión en un momento dado y proporcionan riquísima información para estudiar mentalidades y actitudes más o menos homogéneas de la sociedad investigada. Son algunos usuarios de las encuestas, más bien, quienes se reducen a la cuestión de la predictibilidad -que los propios encuestadores asumen mediante el margen de error- y no comprenden o subvaloran la utilidad de las encuestas en el sentido aludido y, además, como aporte clave para el proceso de toma de decisiones políticas. Su valor de uso es amplísimo.

Son muchos los casos, por ejemplo, de mejoramiento organizacional y comunicacional de actores políticos que, estudiando las encuestas, corrigieron su segmentación del mercado electoral o su definición y desarrollo de estrategia publicitaria. Sólo en los últimos años hay ejemplos notables de éxito político fundado en apreciaciones certeras de la información estadística. Son pocos, afortunadamente, los casos de actores políticos que desconocen los criterios de relevancia, calidad y viabilidad con que deben ser evaluadas las investigaciones sociales. Su resistencia a los estudios de opinión pública obedece, más bien, a que estiman contrariados su sentido común o sus intereses personales o de grupo, que ellos mismos asimilan a los del país. En este caso suele surgir, también, la tentación de provocar la inexistencia o al menos la regulación minuciosa -obviamente legislativa- de las encuestas políticas. Ambas tendencias son regresivas respecto a los adelantos sustanciales de las ciencias sociales en el siglo XX.

En Chile, donde nadie cuestiona -desde hace algunos años- la investigación de mercado para las decisiones empresariales en materias económicas, financieras o comerciales, está en pleno desarrollo un sistema de estudio de opinión pública en materias políticas. Desde mitades de los 80 en adelante, con la proximidad y advenimiento de la democracia, trata de satisfacer La necesidad de conocer qué piensan y qué sienten los chilenos en tales materias. Intelectuales, políticos y ciudadanos en general dan un uso distinto a los resultados estadísticos. Es posible, actualmente, contar con valiosas series históricas para el análisis y evaluación de episodios, coyunturas y estructuras de nuestra política. Es un sistema en desarrollo, perfectible en su metodología y contenidos para captar mejor la complejidad de la sociedad contemporánea y de sus asuntos públicos y cumplir, así, su función de fuente de estudios y decisiones dentro de nuestra democracia.

Su consolidación también depende de esta variable. Debieran ser los impulsores de la sociedad libre sus principales promotores, pues la cultura de la libertad sobre la que se fundamenta el mercado en materias económicas también tiene una expresión política que le es consustancial: la democracia. Los medios de comunicación social, en este sentido, no han agotado el valor de uso de la información estadística proporcionada por tal sistema de estudio de opinión pública y, en consecuencia, a futuro podrían colaborar bastante más -mediante su análisis y evaluación- al desarrollo más completo de una sociedad libre en Chile.

 

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