-La principal reivindicación de los medios durante el gobierno militar era la libertad de expresión. ¿Cuál diría usted que es la de hoy?
-Yo creo que a la libertad de expresión le falta mucho en este país, en el sentido de que si bien hay medios de comunicación social, no los hay de información. Pienso que los llamados consensos políticos y la muy diestra actuación de los expertos en comunicación de carácter oficial, no solamente de gobierno sino también de las empresas, hacen que el periodista esté situado por la fuente en vez de ser él quien acometa y logre la información.
-¿Y por qué atribuye ese sitio de que son víctima los periodistas a la labor de los funcionarios? ¿No será una negligencia informativa?
-También. Hay un cierto desequilibrio en la preparación de esos expertos de comunicaciones y la nuestra. Yo creo que la de que la de los informadores no tiene porqué ser necesariamente de una gran experiencia en comunicación sino en la vida. El periodista, aunque parezca absurdo debe ser cada vez mas humanista, manejar cada vez mejor el idioma y la lógica y, por cierto, conocer muchos aspectos técnicos.
-¿Le parece, entonces, que hay un aprovechamiento por parte de los funcionarios de estas ignorancias o falencias ?
-Yo creo que la actividad periodística no aprovecha las franquicias que le da la libertad de expresión. Por eso todos los diarios están pauteados igual; todo se dice de la misma manera, incluso en televisión. Entonces nuestro estimado y respetado ex Secretario General de Gobierno, Enrique Correa, ha podido decir que en Chile no hay verdad oficial. Y es que no hay otra que ésa. Antes existía una verdad impuesta, y una que se podía captar de insinuaciones, de medios clandestinos o de cualquier manera. En cambio hoy todos estamos de acuerdo en que lo que se dice es lo que hay que decir y punto.
-O sea, no estamos frente a una verdad oficial, sino única.
-Eso. El pluralismo no existe en la realidad; es una potencia pero no un acto.
-¿Y ese fenómeno no obedece a una acción deliberada del Gobierno?
-No creo. La habilidad política de que pueda hacer uso el gobierno es legítima, por lo demás.
-¿Qué conciencia tiene el público de esto? En tiempos del gobierno militar cuando se censuraba diferentes contenidos, se percibía la existencia de una verdad oficial, pese a que se desconocía la otra, pero parece que el público de ahora no tiene esas suspicacias.
-No. Yo tengo la impresión de que el público de los años 70, en el régimen de Allende, en el militar, era muy distinto del de hoy, porque sufría más privaciones de todo género y en consecuencia tenía más inquietudes, más insatisfacciones y más curiosidades. El actual es un público satisfecho, que se entretiene con el conflicto entre dos telenovelas; al que le gustan las noticias livianas. Por ejemplo, los diarios importantes dan el trasfondo de pequeños asuntos que interesan a los parlamentarios, pero no al público. Hay una especie de satisfacción general porque la economía ha progresado y como no hay problemas vitales en juego o por lo menos que la gente sienta como tales, se acepta cualquier menú.
-Pero eso equivale a decir que en una sociedad desarrollada el sistema de medios está condenado a dar cuenta de banalidades.
-No, es una cuestión enteramente típica chilena. Yo creo que se debe a que este país, el cual ha sido normalmente pobre y aporreado, goza de un instante -que por desgracia temo no se prolongue- de cierta satisfacción y bienestar. Incluso las fórmulas y los planteamientos políticos son más laxos. Pero eso no significa que esto ocurra en otros países
-Dice que existe una verdad única. ¿Está, entonces, de acuerdo con Eugenio Tironi en que en pro del consenso fueron sacrificadas la originalidad, la creatividad?
-La información no depende del consenso y el periodista no puede estar sometido a él. Cuando a uno le dicen que calle para no perjudicar un acuerdo, hay que hablar. La verdad tiene que ser compatible con el consenso y si se basa en una mentira, es frágil.
-Considerando este diagnóstico suyo, ¿cuáles diría que son los desafíos de los medios para esos “nuevos tiempos”?
-No todo depende de nuestra voluntad, porque puede que un golpe de mala suerte abra muchos ojos. Ahora, lo que a mí me hace falta, aunque creo que en las universidades eso está cambiando, es la preocupación por la persona concreta, pero la verdad detallada, minuciosa, profunda. Hoy, en cambio, las noticias se vulgarizan, se homogenizan. Todavía veo mucha delectación con las ciencias sociales, con las técnicas, con las experiencias de la sociología y de la teoría de las comunicaciones. Por eso pienso que las universidades deben dar una gran formación humanística y no pretender entregar todos los saberes técnicos. En definitiva, un conjunto de conocimientos sólidos y flexibles que permitan al informador conectarse con sus semejantes.
-Cada día más se está acusando a los medios chilenos de ser excesivamente tradicionalistas. ¿Es ello así y puede ser desafiado por los productos extranjeros?
Ese es exactamente el gran problema de los medios. Ni conviene la cerrazón integrista, que yo creo no conduce sino a satisfacer a un pequeño grupo, ni la apertura servil hacia los valores ajenos. Lo interesante sería tener actitud honesta con lo que se cree, pero también con lo que cree el otro; es decir adoptar un lenguaje y desarrollar un contenido que puede entender cualquier persona.
La globalización tiene su vértice en las comunicaciones pero se produce en todos los ámbitos. Es un asunto que nosotros no podemos rehuir; si nos quedáramos afuera seríamos una especie de Albania informativa.
Los medios pueden acentuar su personalidad a través de la búsqueda de sus propios caminos, incluso en el extranjero.
Un país chico como el nuestro no tiene más remedio que mantener, no la cueca y el volantín, pero sí un idioma, un lenguaje, una actitud, una moral íntima que desafíe las mediocridades infelices que muchas nos llegan. Entonces, que venga la apertura, pero la inteligente. Yo no soy habitual de la BBC, pero los pocos programas que he visto me parecen de más calidad que, con todo respeto, los mexicanos, quienes también producen cosas buenas. Pero muchas veces ocurre, no solamente en comunicación, que se exporta lo que sobra. Por eso, habría que importar algo mejor; que la globalización se hiciera en los términos más exigentes para crear excelencia.
Sucedáneo de la Justicia
-¿Cómo evalúa el desarrollo del Consejo y la aceptación que ha tenido por parte de los medios y del público?
-El Consejo de Ética es una iniciativa nueva en todo el mundo. Los ingleses tienen una instancia parecida, con diferencias, pero en la línea de la autorregulación. Pero en América Latina, por ejemplo, hay mucha gente que está estudiando el sistema nuestro porque todavía tienen sólo el control del propio medio y el del Estado. Pero no había esta idea de hacer una cosa cooperativa.
Entonces, como con todo lo nuevo, cuesta que la opinión pública lo conozca y lo aprecie. De parte de los medios -los que están afiliados a las asociaciones nacionales de la Prensa, la Radio y la Televisión- ha habido una recepción muy leal. Me llena de satisfacción el hecho de que tomen en serio los litigios y se defiendan como corresponde, alegando sus causas y acatando las sanciones si les llegan, aun cuando ellas son morales y las denuncias carecen de carácter económico, en su mayoría. Lo interesante para mí es que el Consejo tenía el riesgo de convertirse en un árbitro entre medios. La gracia de esto otro es que puede ser una protección para el público, que recién ahora ha comenzado a fluir como recurrente.
-En la recopilación de fallos recientemente publicada se advierte que casi todas las denuncias provienen de personas que han sido objetos de una información. ¿No cree que están recurriendo al Consejo como un «sucedáneo» de los tribunales de justicia?
-Siempre hemos planteado que la acción presentada ante este Consejo para nada enerva todas las acciones que pueda tener el afectado ante la justicia ordinaria. De hecho, hay muchos casos en que se ha registrado intervención simultánea y no siempre ha habido coincidencia. Son puntos de vista distintos.
-Sí, pero en muchos de estos casos, sobre todo en los que dicen relación con el honor, la persona afectada busca fundamentalmente una reparación moral. Y es obvio que el procedimiento del Consejo es más ágil que el de los tribunales y no supone gastos para el demandante.
-Si solamente se buscara la reparación moral, podría llegarse a la situación que usted plantea. Pero en las cuestiones relacionadas con el honor se busca una sanción corporal y una indemnización por daño moral. En la medida en que este tema sea más recurrente, los tribunales se van a ver inclinados a valorizar lo que significa ese aspecto pecuniario.
-En esa misma recopilación de fallos hay sólo una petición de un medio -Televisión Nacional, a través de su director, Jorge Navarrete- para que el Consejo se pronuncie acerca de su actuación informativa. ¿Lo excepcional de esa actitud no lo hace pensar que los medios perciben al Consejo de Ética como una especie de policía que los puede sorprender?
-Es natural que sea así. Por las condiciones en que ha surgido el Consejo y por el tipo de problemas que se le han planteado siempre aparece como un factor limitante, y en realidad debiera ser estimulante porque el primer valor que la ética periodística defiende es el de las libertades de información y de opinión. La gente cree que el Consejo es el que tiene que estar viendo dónde atajar al periodista, en circunstancias que él tiene toda la libertad del mundo. Lo único que se le pide es respeto a las personas y a la verdad. Pero está muy lejos de la intención del Consejo ser un fiscalizador en lo moral, porque incluso sólo tenemos atribuciones respecto de los espacios informativos.
-¿Por qué cree que ha debido crearse esta instancia supra-medial para entrar a tallar en el tema ético y no ha sido posible enfrentarlo internamente en los medios, por ejemplo a través de la existencia de un ombudsman ?
- La fórmula que se ha buscado está relativamente alejada de los medios y eso es bueno, ya que no hay un conflicto profesional. Porque el problema que tienen estas instituciones, como todos los tribunales de disciplina de carácter gremial o los ombudsmen , es que puede haber o se puede sospechar que haya en la denuncia una intención competitiva, un conflicto pendiente, un proceso pasado o un agravio. En cambio el Consejo no tiene ningún compromiso con las directivas gremiales, que han sido absolutamente respetuosas y jamás nos han hecho ni la más leve insinuación en ningún asunto.
Creo que la institución del ombudsman es demasiado difícil de mantener entre los latinos. Yo no lo aconsejaría en ningún campo en Chile porque no va con nuestra mentalidad; no creo que sea eficaz. Hay que tener cuidado con las recetas importadas.
-¿Y no habrá también en los medios una cierta autocomplacencia, una dificultad para hacer autocrítica?
-No, aunque creo que en casi en todas las profesiones hay este aspecto de autocomplacencia. Entre colegas siempre existe un respeto casi excesivo y una consideración que a veces llega sin quererlo hasta la complicidad.
-Usted ha dicho que los fallos del Consejo constituyen una cierta jurisprudencia ética. ¿Hasta qué punto son precedentes para la conciencia de los informadores y no simplemente para las empresas periodísticas? ¿No pueden correr el riesgo de transformarse en una especie de «se acata pero no se cumple» colonial?
-Evidentemente que cualquier tipo de fallo de carácter moral corre ese riesgo. Si ya lo corrió el Consejo de Indias, mucho más un tribunal que carece de imperio, que no puede hacer cumplir sus resoluciones por la fuerza. Incluso peor: su publicidad depende de la que hemos avanzado bastante. En la medida en que esto se haga una cosa caudalosa y en que los asuntos tratados tengan verdadera importancia, van a ir influyendo en las empresas, en los directores de medios, en las escuelas de Periodismo.
-Más allá de las denuncias que ustedes reciben o de la actuación de oficio que puedan realizar, cíclicamente en Chile se pone en entredicho el comportamiento ético de los medios a raíz de casos policiales, por ejemplo. ¿Por qué cada cierto tiempo se producen estas especies de estados mediales de cuestionamiento ético o estados mediales éticamente cuestionables?
-Yo voy a ser condenado por todos los medios de comunicación, pero me parece que tal vez como reflejo del régimen militar, la voz de la autoridad tiende a no ser cuestionada. Además, no estamos preparados para los imprevistos y, en consecuencia, cuando llega uno y hay alguien que tiene cierto manejo de la situación por algún motivo, y quiere salvar o perjudicar a alguien, empieza a filtrar información. Naturalmente la influencia de los que saben, que es oficial, va orientando suavemente la información y generando, lo que no solamente pasa en los medios, sino con toda la opinión pública chilena: la gente acepta lo que le dicen, sin prueba alguna.
- ¿No estamos bien preparados para investigar?
-Claro. Frente a una cosa nueva hay que cambiar los instrumentas y los procedimientos de investigación; hay que buscar otras fuentes. Yo no soy de los que pueda dar lecciones porque también me he equivocado. El periodismo es una de las profesiones más difíciles del mundo. La gente no lo sabe y lo considera muy liviano, pero en realidad es una cirugía tan peligrosa como la del médico, sólo que hay que hacerla sobre una enfermedad y un organismo que no se conocen, con instrumentos que a veces apenas se dominan y en medio de gran resonancia-. Por eso creo que es muy admirable la tarea de un periodista cuando está frente a un imprevisto.
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