auxi auxi Cuadernos de Información n° 10, 1995 auxi auxi
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Al ritmo de las noticias

Conceptos como ritmo y compás no sólo se aplican a la ejecución musical. También tienen que ver con el mundo informativo. Mientras algunos ritmos adormecen, otros pueden despertar e interesar al público.

Hugo Miller
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Ritmo es tal vez la palabra más manoseada en los medios, en las artes y hasta en la simple conver¬sación y, sin embargo, a la pregunta de «¿qué entiendes por ritmo?» lo más probable es ob¬tengamos un surtido de respuestas, que pueden ir desde un «Eh, hum... no sé» a «Bueno... es la rapidez del asunto, ¿no?». No.

Entonces, ¿qué es? Y ésta es -concedemos- una de las preguntas más espinudas que nos puedan hacer. Todos sabemos, o más bien intuimos, lo que es el ritmo. ¿Quién no ha tenido la experiencia de sentirse arrastra¬do por el compás irresistible de una salsa o una cumbia? ¿O cuándo es imposible no marcar los tiempos fuertes del 4/4 de una pieza de jazz, donde los músicos han acentuado justamente los tiempos débiles y para así llevar¬nos casi al paroxismo del... ritmo?

Es tal cual como respirar o como las contrac¬ciones peristálticas del intestino; no tenemos que pre¬ocupamos de ellas mientras no fallen. El problema co¬mienza justamente cuando lo hacen. Cuando se produce la falla o la carencia es cuando se hace necesaria la reflexión consciente. Una vez metidos en el proceso creativo, si tenemos suerte, el ritmo se produce de ma¬nera casi instintiva, inconsciente... ¿pero qué pasa si no se produce?

En ese caso -si no tenemos los elementos críti¬cos que nos permitan corregirlo- nos sentimos perdi¬dos, frustrados y, finalmente, impotentes. Este es el gran valor de la reflexión teórica: el valor crítico, que nos per¬mite abordar el problema de manera racional para inten¬tar solucionarlo.

 

Los "pulsos musicales"

Cuando hablamos de ritmo, la primera referencia lógica parecería ser la música, por alejada que nos parezca de nuestras preocupaciones más mundanas, como, por ejemplo, los noticiarios de televisión.

Habitualmente la música nos refiere al compás, cuando hablamos de ritmo. Todos recordamos -de nuestras clases de solfeo en el colegio- que el compás se ex¬presa con un fracción aritmética: 3/4. 6/8, 5/4... El numerador de esa fracción indica la cantidad de «pulsos» contenidos en cada compás y el denominador, la duración de éstos, que es relativa a la velocidad de ejecución.

La medida del compás se expresa al comienzo del pentagrama, donde está la clave en la que vamos a tocar. Después viene la expresión que indica la veloci¬dad a la que debe llevarse este compás. Decíamos que la duración de cada «pulso» es relativa a la velocidad.

Aquí la música despliega una deliciosa cantidad de expresiones que nos indican la rapidez del tempo. Son deliciosas porque contrastan una gran subjetividad a la precisión de la aritmética. Esta subjetividad da, por su¬puesto, una gran latitud de interpretación: andante, an¬dante maestoso, scherzando, etc. Y la velocidad precisa de un andante o de un allegro con brío es prerrogativa de la sensibilidad del ejecutante solista o del director de una orquesta.

 

Ritmos que despiertan, ritmos que adormecen

El compás, sin embargo, revela una parte muy importante de lo que será una adecuada comprensión del fenómeno y la posibilidad de aplicar este concepto a la entrega de noticias, que es el objetivo último de esta breve reflexión. La medida aritmética nos indica la itera¬ción de un fenómeno, que es una parte fundamental de él.

Sabemos que el acento, en música, cae natural¬mente en la primera nota del compás. Este acento es lo que se percibe como la iteración mediata y regular, que es lo característico del compás. Esta repetición de acen¬tos de compás o de simple combinación de notas es, sin duda, algo fundamental en la estructura de un ritmo pero no hay que confundirse: es sólo una parte; no es la totalidad de fenómeno.

Sin embargo, es la parte menos intelectual del ritmo. Es aquella a la que reaccionamos más visceral¬mente; es la que nos hace paramos de un salto para salir a bailar, la que nos impulsa a llevar el compás con las palmas de las manos o simplemente a tamborilear con los dedos el borde de la mesa. Esto parecería ser en esen¬cia el ritmo y su efecto: una iteración y una reacción emotiva, no racional, al estímulo.

¿Pero qué pasa con la reacción contraria, que también se produce? ¿Quién no recuerda las reacciones que se producen frente al hipnotizador que, a través de -también- un estímulo reiterado, nos hace primero ador¬mecernos y luego, en algunos casos, caer en profundo sueño? En ambos casos estamos frente a reacciones que se producen a causa de la repetición mediata de estímu¬los. La repetición la denominamos mediata porque algo media entre los acentos o estímulos: una pausa o un número de notas de igual longitud.

El mismo fenómeno de iteración se ha producido en ambos casos con un efecto totalmente diferente: en el primero, movimiento: en el segundo, sueño. ¿Por qué en un caso una reacción y en el otro una distinta? ¿Cuál es la diferencia?

La diferencia está en que el ritmo no es sólo un problema de compás. Es algo que tiene una complejidad mayor. Tal vez habría que buscar este algo distinto en la raíz de la palabra. El vocablo griego que da origen a ritmo es reo y esto significa «fluir». Aquí parecería estar la clave del asunto.

Esta idea de flujo, de algo que se mueve desde un punto hacia otro, es la idea dinámica que parece estar detrás de la aparente impasse. No basta, entonces, con la simple iteración mediata para que se produzca esta sensación que todos conocemos por ritmo; es necesario que se produzca un flujo; un traslado de algo hacia una parte distinta.

La sensación de movimiento, como es lógico, se produce en el sujeto paciente, en la persona que es impactada por la sensación visual o auditiva. En otras palabras y volviendo al comienzo: en nuestro público.

Es a este público al que se puede despertar o adormecer con el ritmo de las palabras, que son lo que fluye en el discurso periodístico en los medios audiovisuales.

 

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