Hugo Miller B.
Director artístico con mención en teatro y televisión, ex director de la Escuela de Artes de la Comunicación de la Universidad Católica de Chile y profesor de la Escuela de Periodismo de la misma universidad. [hmiller@puc.cl]
Cuando los editores pensaron en observar el fenómeno Internet desde algunas de las grandes ideas del sistema que constituye la cultura occidental, lo primero que uno pensó fue: ¿y de qué otra manera podemos ver un acontecer sino es precisamente así? ¿Cómo salirse de la propia cultura para contemplar algo? Es una imposibilidad. Así es, pero no poder escapar de la propia cultura es algo que hacemos inconscientemente ¿Qué pasaría si este mecanismo inconsciente lo hacemos consciente? ¿Si la contemplación, la crítica o la evaluación la hacemos con la clara conciencia de que las grandes ideas están siendo ocupadas para este fin? ¿Podría tener un color nuevo o interesante? ¡Veamos!
Tomemos, por ejemplo, la idea de unidad/variedad y veamos qué nos sugiere. Si omamos la idea unidad/variedad desde el tópico de la tensión permanente que existe entre las dos, se nos aclara que Internet es el más formidable regalo que nos puede haber llegado en los últimos tiempos.
Aquí hay un nuevo medio para comunicarnos instantáneamente, o casi, con cientos de miles de fuentes ubicadas en cualquier parte. Nos permite a nosotros, entes individuales y varios, unirnos mediante esta red con una común unidad de proporciones mayores que la que hemos imaginado en nuestras ensoñaciones más locas.
Esto inmediatamente nos recuerda la paradoja aparente: que el el hombre nunca es tan individual, nunca es tan él mismo, como cuando participa de la comunidad donde su personalidad individual puede encontrar expresión. Aquí hay una comunidad flexible, tiene el tamaño que uno quiere, el que a uno le acomoda, en un momento dado; desde la comunicación persona a persona, hasta un bulletin board que se abre al universo. No hay duda de que aquí la tensión unidad/variedad encuentra un nuevo campo de insospechada riqueza.
Tomemos otra idea: progreso. Si tomamos la definición tópica –movimiento hacia la perfección– no hay duda de que en esto hay un claro progreso en el arte de comunicarse.
Hay un campo nuevo que todavía está en los primeros balbuceos retóricos de la comunicación electrónica; todavía no salimos del telegrama. Esto es claramente una exageración, pero valga la hipérbole para hacer sentir el enorme ámbito de exploración que tenemos por delante, la nueva frontera que recién estamos cruzando. Está toda la novedad lingüística que el nuevo medio nos ofrece: aquí hay un nuevo lenguaje por crear, por explorar, por enriquecer. ¡Un mundo nuevo! Un progreso por realizar. La tecnología abre un camino, el tránsito por esta nueva vía es un problema de inteligencia, imaginación y sensibilidad; de talento. Y está ahí a nuestra disposición. Sólo falta transitarla cada vez más; familiarizarse con ella hasta que podamos crear; hasta que la dominemos totalmente y se convierta en una herramienta al alcance de todos y no como es en el presente: una herramienta de los ricos, los educados, los que hablan inglés. Esto ocurrirá muy rápido, con esa rapidez de cambio que empieza a ser una de las características más mareadoras de nuestra cultura. Visto como progreso este fenómeno es, posiblemente, el mayor cambio de las últimas décadas. Si esto es un paso hacia la perfección, está sujeto a debate, pero yo soy optimista y me parece que la respuesta debe ser un sonoro sí, superlativamente afirmativo.
No podemos, en este artículo, dejar de mirar el asunto desde las ideas llamadas trascendentales en filosofía, pues son las ideas indispensables para formar y emitir un juicio: verdad, belleza y bondad. Intentemos contestar las preguntas que surgen de esto.
¿Es Internet verdadera? Que existe como realidad no hay duda pues la prueba empírica nos golpea cada vez que encendemos una computadora y sabemos que algo es verdadero cuando resiste la prueba práctica o el razonamiento irredargüible. Podemos, entonces, quedarnos tranquilos: Internet existe y es verdadera.
La segunda pregunta es muchísimo más espinuda: ¿Es Internet bella? Internet es sólo un medio formidable. En sí mismo, no puede ser bello ni feo, pero es capaz de transmitir belleza; también puede, con la mayor facilidad, transmitir fealdad. Esto desplaza la posible belleza al contenido y la responsabilidad al sujeto emisor.
Pero si nos atenemos a la definición de belleza de Santo Tomás –qui vissum placet, aquello cuya contemplación da placer– más de alguno argüirá que la contemplación de esta magnífica conquista humana da, en sí misma, placer, y no hay duda que para los usuarios y creadores esto es así. El resto de la gente, si se aproxima al fenómeno, no podrá evitar, por lo menos, un sentimiento de asombro y admiración. Sin arriesgarnos mucho, podemos decir que la contemplación de Internet sí da placer, por lo tanto es bella, si seguimos la definición tomista.
Ahora examinemos qué pasa si miramos a Internet desde la tercera trascendental. ¿Es Internet buena? Si tomamos bueno y malo como los define Aristóteles cuando indica que lo bueno es hacer lo que dicta una recta conciencia, hay que confesar que esta definición de la Ética Nicomaquea no nos ayuda mucho, pues no define cuál es la recta conciencia. Pero con buena voluntad y sin ahondar mucho todavía en el pensamiento ético y moral de Aristóteles podríamos decir que Internet es una herramienta y, como tal, no tiene conciencia. Los que sí la tienen son los que operan Internet. No es satisfactoria esta respuesta. No hay todavía una definición de «recta conciencia».
Si recurrimos a Kant, la cosa empeora. El imperativo categórico que nos debe hacer desear lo correcto tampoco nos ayuda mucho, pues no hay nada que nos guíe para descubrir qué es «lo correcto», salvo este imperativo categórico que tendríamos grabado a priori en nuestras conciencias.
Con Hume nos iría peor todavía, pues para este autor la ética cognitiva no existe. El bien y el mal son sólo cuestión de opinión y nuestro juicio queda reducido a eso, a ser solamente una opinión.
Tampoco nos solucionan el problema Epicuro ni John Stuart Mill con su posición hedonista respecto del bien y el mal. Si lo bueno es deseable esto no significa que lo único deseable sea el placer, pues si esto fuera así ni la riqueza, ni la amistad, ni la salud, ni el conocimiento, ni la sabiduría serían deseables y por lo tanto no serían buenos.
El hedonismo simple no se sostiene y tampoco nos ayuda a descubrir qué hace que algo sea bueno o malo.
Spinoza nos acerca cuando nos dice que lo que deseamos nos parece bueno porque lo deseamos y no al revés. No siempre deseamos algo porque es bueno para nosotros.
Esta discusión es larga, compleja y fascinante pero debo encapsularla para llegar al juicio que andamos buscando ¿Es buena Internet?
Debemos volver a Aristóteles y a su Ética Nicomaquea, libro sexto, cuando afirma que sus juicios prácticos respecto de la acción contienen una verdad de tipo diferente. Este breve pero crucial pasaje es olvidado por los filósofos posteriores.
A lo que debemos llegar es a diferenciar entre necesidades y ganas. Las necesidades son connaturales a toda la humanidad y con respecto a ellas es imposible cometer excesos. Las ganas, en cambio son aprendidas y adquiridas y son diferentes de individuo a individuo. Las necesidades son deseables y deseadas, y lo deseado determinado por necesidad es siempre bueno para nosotros. Las ganas no siempre satisfacen necesidades y a menudo no son buenas para nosotros pues van en contra de alguna necesidad. Podemos desprender que lo bueno es aquello que es deseable y necesario.
La argumentación está obligatoriamente reducida por razones de espacio y porque éste no es un ensayo sobre los valores morales.
Volviendo a la pregunta ¿Satisface Internet alguna necesidad que la haga deseable? Sí, claramente, la del conocimiento y el saber es una necesidad, sin duda; es por el conocimiento que podemos vivir mejor por más tiempo. Se desprende que Internet es buena.
La tentación de seguir explorando Internet a la luz de las grandes ideas de la cultura occidental es casi irresistible. ¿Cómo es Internet a la luz de, por ejemplo, las siguientes ideas: justicia, libertad, Estado, retórica, imaginación, religión, ciencia, arte, virtud y vicio y tantas otras?
No me cabe duda de que se escribirán cientos de artículos sobre Internet en los cuales estas ideas y sus múltiples tópicos serán tocados. Para nosotros nuestro ejercicio periodístico ha terminado pues no tenía otro fin que el de la pregunta inicial: ¿Cómo es Internet a la luz de algunas de las grandes ideas? Respuesta: progresista, comunitaria, verdadera, bella y, finalmente, buena.
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