auxi auxi Cuadernos de Información n° 14, 2001 auxi auxi
auxi
Volver Enviar Imprimir
auxi
auxi

Libros

auxi

Albert Chillón

Literatura y Periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas

Aldea Global, Barcelona / Valencia, 1990, 490 págs.

No importa cuánto se cacaree, por esnobismo o por parecer «políticamente correcto», que el periodismo y la literatura son primos hermanos, que beben de una misma tradición o de lo que sea: la verdad es que en las Facultades de Comunicación –al menos la mayoría de las latinoamericanas y epañolas– se sigue pensando que ambas actividades son esencialmente diversas y hasta contrapuestas. Todavía es frecuente escuchar a profesores –aun los que se ocupan de la «redacción periodística»– que esto de estudiar el buen relato, sus claves de verosimilitud, la estructura argumental y temporal es, corto y claro, un lujo que no nos podemos dar; e incluso se considera sano que así sea. No vaya a ser que el alumno se ponga a fabular, a imaginar las historias que cuente. Mejor, entonces, que se quede con unas fórmulas repetidas y manoseadas, pero que aún se reimprimen en manuales que prometen convertir al lector en periodista –o al menos hacerlo escribir como uno– en unas cuantas lecciones.

En las Facultades de Letras, por su parte, el estudio de la no ficción brilla por su ausencia: no se la considera, así de simple.

Lo que esta academia hace no es más que repetir –¡aún en nuestros días!– un gastado canon que considera a la literatura como un conjunto de obras impresas, que pertenecen a una difusa categoría de «clásicos» y, sobre todo, que están escritas en clave de ficción.

La discusión y refutamiento de esta anquilosada concepción forma una de las piedras angulares del pensamiento crítico de Albert Chillón y tal vez sea ésta –de entre los enormes y valiosísimos aportes de este notable profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona– el original fundamento de todo su edificio argumental, a pesar de que se encargue en los primeros capítulos de discutir la que ahora llama «burda y consoladora» distinción entre ficción y no ficción. De todas formas, la consideración de toda la literatura –aquella cuyos personajes son de papel y esa otra cuyos habitantes lo son al tiempo del texto y de este mundo– como un modo de conocimiento de naturaleza estética que puede aprender y expresar por medio del lenguaje la experiencia es lo que ha permitido a Chillón y a sus seguidores desarrollar y continuar los estudios en este campo. Si aceptamos por verdadera esa premisa, se centra la atención entonces en lo esencial, y no en disquisiciones blandengues y resbalosas como aquellas que insisten en que habría algo a lo que podría llamarse «estilo literario», compuesto por algo así como figuras retóricas de toda índole, con la metáfora a la cabeza. ¡Como si esos tropos no estuvieran hasta en el más común de los comunes intercambios cotidianos!

Sigue a esta razonada primera parte un erudito recorrido, desde la tradición de la moderna novela realista –de la cual se han servido, en parte, los mejores autores de lo que Chillón llama narrativas facticias y que además coincide con el nacimiento del periodismo– hasta los nuevos periodismos norteamericanos, europeos y latinoamericanos.

Hay que decirlo de una vez: no existe en idioma castellano una entrega tan completa, informada e inteligente, y puede ser éste el antídoto que los que nos ocupamos de estos asuntos esperábamos para acabar con el impresionismo normativo que todavía innunda la mayor parte de los textos sobre escritura periodística. Revisando detenidamente las más de 500 páginas no hallará el lector ni una sola receta sobre cómo escribir, sino una buen y detallado análisis de cada autor y sus obras, desde Dickens hasta Rosa Montero, desde Hemingway a Tomás Eloy Martínez, desde Defoe hasta García Márquez y muchísimos otros que no podemos mentar aquí.

Lo que importa es lo que ya ha ocurrido con este magnífico texto: en Chile comienza a ser una suerte de prematuro clásico entre las nuevas generaciones de periodistas que, lejos de lo que habitualmente se piensa, ansían conocer aquello que se ha hecho antes, que se ha escrito antes, para poder fundar ellos mismos su pequeño quiebro en la tradición. Pero no un quiebro ignorante, no una rebeldía ingenua ante la imposición boba de los manuales (lo que podría justificarse, claro), sino un paso adelante, muy atento y muy consciente de la herencia del periodismo moderno.

Gonzalo Saavedra V.

 

Mitchell Stephens

The rise of the Image, the Fall of the World

Oxford University Press, New York, 1998, 260 págs.

Decir que estamos ante el ascenso de la imagen y la caída de la palabra puede parecer demasiado atrevido. El mismo atrevimiento con que este profesor de periodismo y comunicaciones de la Universidad de Nueva York titula su libro es el que lo lleva a afirmar que la televisión recién está en una etapa prematura de desarrollo, que no ha salido de ella por haberse quedado imitando formas antiguas de comunicación y que, una vez que lo haga, podrá curar parte importante de los males de la sociedad contemporánea, incluyendo la “crisis del espíritu”. La palabra escrita, mientras tanto, será, cada vez más, un producto de elite para pequeñas audiencias. “Nos daremos cuenta de que el modo impreso de analizar el mundo agotó su magia”, aventura Mitchell Stephens.

Postula que la humanidad vive hoy su tercera gran revolución comunicacional: la de la imagen móvil. Reconoce que ningún medio penetró tan rápido y masivamente como la televisión, pero dice que ella es sólo la primera etapa de desarrollo del “nuevo video”. Llama así al medio de las imágenes de corte rápido mezcladas con palabras y música, un producto que hasta ahora ha permanecido en una etapa experimental, vinculado a avisos comerciales, clips de MTV, algunos documentales de las grandes cadenas de TV norteamericanas, películas como Natural Born Killers y Trainspotting y otros filmes artísticos.

Gran parte del poder de este medio que está en ascenso, explica Stephens, reside en la yuxtaposición de imágenes. Los acelerados cortes entre una y otra sugieren una estructura más cercana a la música que a la prosa, con capas de ideas superpuestas y el ritmo como principio organizador. Ya surgirán, aventura, los equivalentes visuales a la armonía, el contrapunto, la variación y el acento. El resultado será un amplio léxico de imágenes subordinado a una lógica ya no necesariamente narrativa, sino de momentos discontinuos.

Sorprende la capacidad persuasiva del libro. Su pura presentación es un poderoso argumento respecto del poder de las imágenes. Una selección provocadora de ellas, asociada a textos breves e inquietantes, introduce cada capítulo. Algunas, luego, reaparecen estratégicamente salpicadas en los márgenes del texto.

Pero la fuerza argumentativa de Stephens está sobre todo en el ingenio con que recoge y contextualiza datos que podrían parecer simplemente curiosos. Cuando se remite a los orígenes de la primera revolución en las comunicaciones, por ejemplo, relata la encantadora historia del dios egipcio Thoth, quien quiso dar a los hombres memoria y sabiduría. Inventó los números, la aritmética, la geometría, la astronomía y la escritura. Como toda nueva forma de comunicación, este último invento de Thoth tuvo partidarios y detractores. En un primer período, sirvió para registrar transacciones económicas y administrativas, rezos e inundaciones; pero ni los mitos, ni las leyendas, ni las épicas eran estampados en las tablas de arcilla. El desarrollo y real aprovechamiento de las nuevas formas de comunicación, se concluye, supone un conflicto contra la sabiduría tradicional.

El libro se detiene luego en la segunda revolución –la de la imprenta—y recorre todas las posteriores innovaciones mediales incluyendo la fotografía, el cine y la televisión. En cada paso se encuentran similitudes con el surgimiento de la imagen móvil, la que, sin embargo, ha merecido aún más críticas que los medios anteriores. Stephens reconoce que “el video no es sólo sospechosamente nuevo e inmaduro; está contaminado por su dependencia en imágenes fáciles, superficiales y malditas”. Pero lo defiende: dice que las imágenes superan a las palabras en consición, capacidad para incitar las emociones y accesibilidad.

En lo que él mismo define como los párrafos más deprimentes de su libro, el autor reconoce el sentimiento de pequeñez, soledad e ineptitud social que dejan en nosotros las largas horas de exposición al televisor. “Ningún patrón social anterior […] puede acomodar las vastas cantidades de tiempo solitario y silencioso que pasamos frente al tubo”, dice. Pero fiel a la declaración de que el suyo es un libro optimista, asegura que si las imágenes dejan de ser un esfuerzo de replicación de la vida y, en lugar de eso, la reimaginan, pueden tener un efecto sofisticador sobre el ojo del hombre y convertirse en un verdadero aporte a su vida.

La mentada convergencia medial aparece como catalizador de este efecto benéfico. Las nuevas tecnologías serían parte de la revolución de la imagen en movimiento pues le permitirían superar sus limitaciones. Stephens hace aquí lo que él llama una “predicción temeraria”: “Algún día la revolución de la computación será entendida en gran parte como una etapa, una etapa crucial, en el proceso de aprovechamiento del potencial del video y, por lo tanto, en todavía otro golpe a la palabra”. Gracias a la convergencia, dice, se podrá tener acceso a una generosísima oferta audiovisual (como de libros en una buena biblioteca) y se facilitará la comunicación en doble sentido (cada uno podrá no sólo ver, sino producir video). Otras dos ventajas que dejará de tener la palabra sobre la imagen son: la posibilidad de relectura y la portabilidad.

Según Stephens, este medio de la convergencia, el del futuro, supera en sus efectos a los demás medios de comunicación. “Malentendemos las imágenes móviles cuando pensamos en ellas simplemente como formas de comunicación un tipo de entretenimiento, un medio de información o una forma de arte. Quizás los libros, periódicos o la radio pueden comprimirse bajo dichos títulos. Las imágines móviles con sonido, por ocupar nuestros dos mayores sentidos, no pueden. Son más que eso. Son un lugar donde ir”, dice. Ir a este lugar, según él, será una experiencia surrealista que transformará la naturaleza de nuestra información, ideas y experiencias y robustecerá nuestro pensamiento.

Isabel Awad C.

 

Gabriel García Márquez

Por la libre

Sudamericana, Buenos Aires, 2000, 336 págs.

Conforme a un sistema ya inoperante, durante años a los cubanos se les asignó, a través de una libreta de racionamiento, un conjunto de productos básicos de consumo. Acostumbrados como están a vérselas con la adversidad y rendidos frente a la evidencia de la escasez, inventaron una modalidad paralela que llamaron «por la libre», que les permitía comprar más cosas pero, claro, a un precio mucho más alto.

Así mismo, por la libre, y sin más orientación que sus convicciones y su estilo, Gabriel García Márquez demuestra, no que ha vuelto a las andadas periodísticas, sino que nunca ha salido de ellas.

La notas incluidas en el volumen, publicadas entre 1974 y 1995 en distintos medios colombianos –Alternativa, El Espectador, Semana– y del resto del mundo –los norteamericanos The Washington Post y Time; Excelsior, de México y El País, de España–, no son las antecesoras periodísticas de Noticia de un secuestro, la aterradoramente fascinante investigación sobre uno de los episodios más duros de esa tragedia que es el narcotráfico colombiano. Más bien, encuentran parentescos con las anteriores compilaciones de artículos. Concretamente, con Textos costeños y Entre Cachacos, publicados en la misma editorial. El primero reúne una serie de notas aparecidas en El Universal de Cartagena y en El Heraldo de Barranquilla, a fines de la década del 40 y comienzo de la del 50, que bien podrían definirse como comentarios humorísticos.

El segundo, cuyo título alude a la forma en que los colombianos llaman a los habitantes de la capital, concentra la producción de García Márquez en su paso por El Espectador de Bogotá. Pese a que en sus páginas también hacía crítica de cine, fue allí donde se perfiló el reportero de tomo y lomo, que investiga y cuenta de ese modo tan particular que llega a constituir un estilo.

En este Por la libre hay, pues, un ejercicio sin complejos de la opinión, que en parte remite a las notas reunidas en Textos costeños. La selección de los temas es ya bastante elocuente de la vocación de izquierda de su autor: la revolución de los claveles en Portugal; el golpe militar en Chile; el asalto sandinista al palacio nacional de Managua; la desaparición de Jaime Bateman, máximo líder del M19; algunos retratos y entrevistas, como los de Mario Firmennich, Carmen Castillo, y Régis Debray y, sobre todo, las vicisitudes de la revolución cubana, de la cual es admirador confeso, que son objeto de la mayor cantidad de notas.

García Márquez no ejerce, por suerte, esa pacatería que mal llaman objetividad y que consiste en simular estar por encima de todo, sino que hace su propia «confesión de fe». Siempre frente a los lectores –como cuando afirma que los cubanos han insertado la dictadura del proletariado en sus tradiciones y reta: «no me lo crean a mí, qué carajo. Vayan a verlo»–, y a veces frente a sus entrevistados, como cuando le enrostra a Firmennich la carencia de un ideario político en el movimiento montonero.

Eso lo lleva en ocasiones al peligroso campo donde las profecías se confunden con los buenos deseos, lo cual, desde luego, deja incólume la honestidad de publicarlas ahora, cuando el agua ya corrió bajo el puente y la realidad le torció la mano a los augurios.

El recurso a la opinión se explica –y también se justifica– porque hace mucho rato que García Márquez, aun oficiando de periodista, suele ser un actor de los acontecimientos que cuenta. Pruebas al canto: el divertidísimo episodio de la audiencia con Juan Pablo II para exponerle el tema de los desaparecidos en Argentina, luego de que se la solicitara al cardenal brasileño Paulo Evaristo Arns y éste le respondiera con un sorprendente «Venga conmigo a Roma y hable el asunto con el Papa»; la narración de una cena con Felipe González y la referencia a su encuentro con un emisario de Pablo Escobar en México para intentar un acuerdo con el gobierno colombiano.

La expresión de las convicciones personales convive perfectamente con otros rasgos del periodismo del autor, ya revelados en las notas compiladas en Entre cachacos. Por de pronto, esa precisión descriptiva que, lejos de agobiar, seduce, y de la cual dan buena cuenta la «Crónica del asalto a la casa de los chanchos» y «Bateman: misterio sin final».

También se distingue esa otra marca de fábrica que es la utilización de elementos cotidianos, la cual en ocasiones pasa por la humanización de los personajes o por la denuncia del absurdo. Allí está para demostrarlo el retrato entrañable del presidente Agostinho Neto en «Angola un año después», un relato sobre la epopeya que es construir un país sobre la base de los escombros de una colonia. O el personalísimo «Torrijos, cruce de mula y tigre». Y, por supuesto, la figura de Clementina Cayón, la madre de uno de los más buscados revolucionarios colombianos, quien acostumbraba ofrecerle silla, jugo de guanábana y un plato de sancocho al agente encargado de vigilarla, lo que hacía que al cabo de un tiempo tuvieran que cambiarlo porque ya se sentía como de la familia.

Más allá de sus virtudes periodísticas, cualquiera que sea la forma en que el lector se pare en el ruedo de la política, el libro da muchas luces sobre algunos de los fenómenos más sobresalientes de la América latina de los 70 y los 80. La misma América cuyos destinos, sin ahorrar esa soltura para sintetizar cualquier situación en una frase, García Márquez explica así en «Por un país al alcance de los niños»: «Muchos de ellos (los indígenas) murieron sin saber de dónde habían venido los invasores. Muchos de éstos murieron sin saber dónde estaban. Cinco siglos después, los descendientes de ambos no acabamos de saber quiénes somos».

Eliana Rozas O.

 

Rolf Jensen

The Dream Society

McGraw-Hill, New York, 1999, 224 págs.

Mientras por estos lados del mundo todavía se habla del paso de la era industrial a la de la información, en Escandinavia ya se teoriza sobre el advenimiento de una que va más allá. «El sol se está poniendo sobre la era de la información incluso antes de que como individuos y compañías nos hayamos acostumbrado a sus demandas. Estamos de frente al quinto tipo de sociedad: la de los sueños», dice el estratega de negocios y director del Instituto de Copenhague de Estudios del Futuro Rolf Jensen en The Dream Society.

A través de la historia, escribe el autor, la humanidad ha pasado por cuatro etapas de actividad económica y desarrollo: caza y recolección de alimentos, agricultura, industria e información. La que se avecina ahora es una era en que no se comprarán productos o servicios por sus cualidades intrínsecas, sino más bien por las emociones, sensaciones y estilo de vida que evocan; por las «historias» que los envuelven. Por ejemplo, tanto un Rolex de US$10.000 como un reloj de marca desconocida de US$20 pueden marcar la hora con precisión. ¿Por qué alguien preferiría el más caro? Porque en este caso la medición del tiempo no es lo esencial, señala Jensen, sino los sueños, el estilo de vida, la sensación de aventura al aire libre que despierta el Rolex.

Este principio no se aplicará sólo sobre artículos de lujo, como principalmente ocurre hoy en día. Algo similar ocurrirá en los ámbitos político, cultural y social a medida que el progreso tecnológico haga que el mercado sea más amplio y los productos, más genéricos. Los consumidores del mañana, entonces, no tomarán sus decisiones de compra sólo por los beneficios intrínsecos de los productos y servicios, sino cada vez más en base a su valor agregado, a los extras que satisfacen sus necesidades emocionales. Las compañías ya no capitalizarán sus negocios en el lanzamiento de la última tecnología o del producto más novedoso, sino en el ángulo psicológico de lo que ofrecen.

En la conferencia anual de la Society for News Design, realizada en septiembre de 1999 en Copenhague, otro investigador del mencionado centro de futurología danés, Jesper Bo Jensen, dijo que la disponibilidad de información periodística sobre los principales acontecimientos será cada vez más fácil y universal gracias al desarrollo y expansión de la internet, fenómeno que ya se observa en Europa y América del Norte. «Las noticias serán commodities; el valor agregado provendrá de la marca del medio», explicó.

Sostuvo que las personas elegirán informarse a través de uno u otro periódico, canal de televisión, estación de radio o sitio web, según el prestigio, seriedad y visión de mundo del medio, según la «historia» detrás de las noticias que ofrezcan. Ya no será el contenido noticioso lo determinante, sino quién lo cuente.

The Dream Society, advierte que «las empresas necesitan imaginar su futuro tal como los buenos novelistas imaginan sus historias». Agrega que en el futuro habrá seis mercados emocionales; aventura, amor y amistad, cuidado, propia identidad, tranquilidad mental, y fe o creencias. «La compañía con la mejor historia gana; los consumidores pagarán por la historia que encienda su imaginación, que refleje cómo nos vemos y cómo nos ven los demás», afirma. Algunas compañías ya lo han entendido así, y en parte eso explica el éxito económico de The Walt Disney Company (entretención), Nike (estilo de vida), Marlboro (aventura) y el nuevo Escarabajo de Volkswagen (nostalgia).

Según Jensen, en la actual era de la información, valoramos a quienes pueden manejar datos con destreza cerebral, como Bill Gates de Microsoft, Jeff Bezos de Amazon.com, y el inversionista internacional George Soros. Sin embargo, en la sociedad de los sueños, los triunfadores serán quienes logren que esos datos apelen a nuestras emociones –al corazón–, a través de las historias con que vistan sus productos y servicios. Las compañías, desde medios de comunicación a fabricantes de ropa, orientarán sus productos y servicios hacia la satisfacción de esas necesidades, lo que traerá cambios tanto en la forma y lugar de trabajo, la casa y la ciudad, como en la relación entre individuos, entidades y países.

Además de entregar su visión de las implicancias para la vida humana y los desafíos que implica el advenimiento de esta nueva era, a lo largo del texto, Jensen da ideas para que las personas y compañías puedan adaptarse y aprovechar los cambios. Sin embargo, ahí mismo radica el gran defecto de este libro. Al igual que otros del género de la futurología, en The Dream Society el futuro se plantea como algo previsible, aunque por definición es solo una idea y no una realidad. Esta actitud lleva al autor a reiterar su postulado incesantemente, lo que resta fluidez y encanto a la lectura.

Si bien el libro plantea una idea muy interesante sobre el futuro, también recuerda otras menos felices, como por ejemplo, que cerca del 80 por ciento de la población mundial todavía carece de acceso al teléfono, y una proporción aún mayor, a una computadora, instrumento clave de la era de la información. Por eso, no es posible que los beneficios de la sociedad de los sueños lleguen a todo el mundo, o al menos no al mismo tiempo. Algo similar ocurrió con al comienzo de la industrialización en Inglaterra y Alemania, ya que buena parte del mundo de mediados del siglo XIX seguía –y de hecho, todavía sigue– en la era agrícola.

El gran mérito de la hipótesis de The Dream Society es servir de motor de arranque para ideas sobre el futuro. Una lectura no literal permite mirar hacia adelante con optimismo sin creer, como lo advierte en un comienzo el propio autor, que la sociedad de los sueños es la sociedad soñada, sino que, en ella, la materialización de los sueños es el móvil de desarrollo humano.

Cristóbal Edwards C.

 

Bruce Owen

The Internet Challenge to Television

Harvard University Press, Cambridge MA & London, 1999, 372 págs.

Un alivio para el lector abrumado y confundido por los actuales profetas y vendedores de ciberutopías, que suelen mezclar tecnicismos inescrutables con loas al nirvana digital que aseguran se nos viene encima. Este economista norteamericano, que estuvo con nosotros en 1999, analiza el nexo entre la internet y la influyente televisión con un lenguaje directo al grano y un saludable escepticismo. Un antecedente importante es su riguroso estudio económico de la industria televisual, Video Economics, escrito junto a Steven Wildman en 1992 (Harvard University Press, Cambridge MA). Aunque esta vez su análisis se limita a EE.UU., el enfoque sirve para otros escenarios.

Owen no manosea conceptos ambiguos y archirrepetidos como «Sociedad de la Información», «globalización», «aldea global» u otros que conforman el llamado lenguaje hype. Sin rebuscamientos, examina y compara los fundamentos económicos y técnicos de las tecnologías de comunicación «tradicionales» y «nuevas», centrado siempre en las dos del título del libro. Describe así las dinámicas de oferta y demanda en el desarrollo y estado actual de la radio, la televisión abierta, la TV por cable, los satélites, las redes telefónicas, la internet y otras formas híbridas de transmisión de datos por vía electrónica u óptica. Eso de por sí es un mérito.

En el libro traslucen tres argumentos centrales. El primero es que internet es incapaz de distribuir TV convencional. Esta última es demasiado «pesada» para el limitado ancho de banda que la red necesita para su principal atractivo, la interactividad. Usando la metáfora del camello demasiado grande para pasar por el ojo de la aguja, Owen estima que «no hay razón para suponer que una red optimizada para llevar mensajes de banda angosta en tiempo no real (por ejemplo, e-mail) se preste para transmisiones en tiempo real de banda ancha […] La internet tiene la estructura de red equivocada, y las cañerías de la internet son muy angostas para llevar televisión» (p. 328). Esta reflexión no surge de la teoría abstracta, sino de un análisis comparado y descarnado de la demanda efectiva por estas tecnologías. Aunque el autor no descarta que este inconveniente técnico sea superado en el futuro, los patrones de uso de uno y otro medio son tan distintos que la convergencia entre ambos no parece inevitable.

De allí surge el segundo gran argumento. Toda tecnología de comunicación exitosa representa, desde el punto de vista del consumidor, el mejor equilibrio al menor precio posible entre tres factores esenciales: capacidad para procesar los datos, capacidad para almacenarlos y ancho de banda necesario para transmitirlos. Si escasea uno, los demás deben compensarlo a un precio razonable para el usuario. De otro modo, la tecnología fracasará en el mercado porque nadie pagará por ella. Ello se aplica incluso a medios convencionales como prensa escrita y la cinematografía, pero muchos de los llamados «nuevos medios» aún no consiguen el equilibrio adecuado.

El tercer argumento, el más opinático/normativo de los tres, es que el gobierno cumple un rol indeseable al intervenir en el desarrollo de cualquier tipo de medios de comunicación, una postura muy norteamericana. Para Owen, el regulador del audiovisual estadounidense, la FCC, no ha hecho sino dejarse influir por los poderosos consorcios de telecomunicaciones y de radiotelevisión. De esa manera, la TV apenas cambió en medio siglo en detrimento del consumidor y para beneficio de las grandes cadenas. Deslumbrada por el obnubilante lenguaje hype, hoy la FCC estaría dedicada a promover la TV digital e internet para todos como sea, aún en contra de las señales del mercado. La receta de Owen es dejar a éste operar sin trabas para que resuelva la cuestión. El problema es que hay pocos países más favorables al libre mercado que la patria del autor, ni tampoco muchas otras democracias más maduras, transparentes y prósperas. Si en ese contexto el consumidor ha salido supuestamente tan perjudicado, ¿qué nos queda al resto?

Aunque uno discrepe de una o todas las tajantes conclusiones de este economista, el libro ya vale la pena por el glosario de términos técnicos al final del volumen: constituye una excelente referencia para estos tiempos de hype.

Sergio Godoy E.

 

André-Jean Tudesq (Dirección de)

Les médias acteurs de la vie internationale

Editiosn Apogée, Rennes, 1997, 180 págs.

Partiendo del supuesto de que el rol de los medios como actores de la vida internacional es evidente, se presentan un conjunto de 8 estudios destinados a dar cuenta de esa situación. Y ello mediante cinco aproximaciones problemáticas y tres estudios de casos.

Pierre Albert presenta una aproximación histórica al caso de la corrupción de los diarios franceses por los países extranjeros bajo la III República. Ahí da cuenta de los esfuerzos que se hicieron desde Italia y desde Alemania para influenciar la prensa francesa en favor del Piamonte y de Prusia en tiempos de los respectivos procesos de unificación nacional, y también de las múltiples tentativas de corrupción durante la guerra de 1914-1918. Esa situación se habría mantenido en el período de entreguerras a tal punto que la prensa francesa fue considerada, en 1939, por Time como «la más venal del mundo» (p. 26). Los mecanismos usados para conseguir esos efectos fueron variados: subsidios directos a periodistas y diarios, sobrepago de publicidad, recepciones fastuosas a los periodistas, conferencias exclusivas de los Jefes de Estado, etc.

El autor distingue dos tipos de objetivos en los países corruptores: los de aquellos que querían hacer valer sus reivindicaciones entre el armisticio y la firma de los tratados de paz dado que París era el centro de las negociaciones, y el de aquellos que implementaron empresas de propaganda como el caso de la URSS que, no contenta con financiar a los órganos del Partido Comunista francés, entregaba también ayudas clandestinas a diarios «burgueses». Otro tanto sucedía con la Alemania nazi y la España franquista.

Jacques Semelin realiza un esfuerzo más teórico en «Tres aproximaciones a los medios y a las Relaciones Internacionales» en donde distingue, en primer lugar, el papel de los medios como instrumentos al servicio de la política exterior de los Estados destacando como ejemplo el de los diarios, radios y canales de televisión estatales tanto en Occidente como en los países socialistas. Enseguida distingue a los medios de expresión de los individuos, grupos, movimientos de protesta y organizaciones no gubernamentales ejemplificándolo con la importancia que Ho Chi Min daba, en el marco de la estrategia guerrillera, al «frente informativo», y con las impensables dimensiones que puede alcanzar Internet para efectos de esos intereses. Y concluye con una reflexión sobre los medios como «perturbadores» del juego político internacional al poner en el tapete situaciones como las depuraciones étnicas en Yugoslavia o el genocidio de Rwanda, conocidos por el mundo precisamente en virtud de la información entregada por los medios.

El tercer trabajo, de Michaël Palmer, se refiere a «Las agencias de información: informantes y actores de la actualidad internacional». Analiza el caso de Reuters cuyo servicio comprende la cobertura mundial de informaciones generales, políticas, económicas y deportivas para lo cual dispone de más de 120 oficinas ligadas a cuatro centros regionales (Londres, Nueva York, Hong Kong, Nicosia). La versión en inglés de su informe comprende cerca de 150.000 palabras diarias y además hay versiones en francés, alemán, árabe y español. Desde 1980 tiene también servicios en japonés y chino mandarín. El estudio hace presente además que las agencias «despliegan redes técnicas y humanas a través del planeta y su logística está dispuesta para prever, en la medida de lo posible, los actores y los acontecimientos que es necesario cubrir».

El cuarto estudio, de Claude-Jean Bertrand tiene por título «De la influencia posible de los periodistas sobre la actualidad internacional». La constatación inicial es que, como Woodward y Bernstein y su caso Watergate, sin dejar de ser periodistas, pudieron influir en la evolución política de un país, así también puede suceder en la era de la globalización pues los asuntos «internos» y los asuntos «externos» se imbrican cada vez más. Por lo demás gran parte de la globalización se debe precisamente a las telecomunicaciones.

Los medios tienen impacto inmediato desencadenando emociones y movimientos de opinión: es el caso de la NBC al dar a conocer en los años 80 los documentales sobre la hambruna en Etiopía, o la caída del dictador Marcos en Filipinas precedida de un movimiento general de indignación después de que la televisión mostrara las colecciones de zapatos de su esposa Imelda.

En cuanto a la participación personal de periodistas, esta influencia puede retrotraerse hasta 1853-1856 en que los editoriales de Delane en el Times hicieron caer el gobierno durante la guerra de Crimea, al señalar los sufrimientos inútiles de las tropas, para llegar hasta el movimiento generalizado de indignación mundial que provocó la matanza de Tiananmenm en Pekín en 1989, en virtud de la presencia abundante de periodistas.

El autor concluye que el crecimiento de los medios, en número y tamaño, en rapidez y en accesibilidad tiene una indudable influencia en la vida internacional, en tanto que el rol de actores de los periodistas le parece mas débil, accidental, excepcional, indirecto y las más de las veces, colectivo.

El quinto trabajo, de G. Chatillon, se refiere a «Internet como actor de la vida internacional». El autor desarrolla su tesis de la importancia de internet como actor de la vida política internacional sobre la base de tres ideas. En primer lugar, que los lazos humanos ligados por las redes informatizadas trazan el marco de un «nuevo mundo» caracterizado precisamente por esta «red de redes», autorrutas de la información y más de sesenta millones de páginas web, con un crecimiento de más de 600 servidores por mes, lo cual da lugar a una «conectividad universal».

En segundo lugar, el autor desarrolla la idea de que este nuevo mundo, imbricado con el antiguo, hace de Internet un actor, de hecho, de la vida internacional y modifica los datos de la democracia política. Ello por cuanto la red está «fuera de la ley» y sin embargo actuante en la vida internacional, escapa a los derechos nacionales y puede llegar a ser «sujeto de derecho internacional» en vistas de los intentos nacionales e internacionales por regularla. Desde otro punto de vista, la web revitaliza la democracia en la base pues permite la circulación libre de la información, poniendo incluso en jaque al antiguo modelo político de la difusión de la información, al sustituirlo por el de la red de información de libre acceso.

En tercer lugar, sostiene que el desarrollo de la red de redes entraña la emergencia de un derecho universal de la comunicación y de nuevas libertades económicas a escala planetaria, prefigurando así eventuales transformaciones de los poderes existentes. Se trataría de un derecho universal de la comunicación de tipo impersonal, publicitario, comercial o financiero, que implicaría en un segundo momento libertades económicas nuevas a escala planetaria y con insospechadas consecuencias.

Los «estudios de casos» que constituyen la segunda parte del libro están referidos, el primero de Jean-Jacques Cheval, a «los medios regionales y las relaciones franco-españolas: ejemplo de implicancias cruzadas en Aquitania y el País Vasco español» en el que concluye que si bien el discurso de los medios no puede ser totalmente asimilado a las opiniones públicas, constituye uno de sus componentes, y se puede postular que esa opinión pública se forma, en parte, en tono a ese discurso.

El segundo estudio de casos, de Tristan Mattelart se refiere «la cortina de hierro en peligro por las radios internacionales» y muestra cómo las emisiones tanto de la BBC, como de la Voice of America o la Deutsche Welle generaron, ya a partir de 1946, la práctica de la auto-información y el surgimiento de lo que llama «opiniones privadas en la esfera pública», desarrollando así una contracultura entre las generaciones jóvenes que no funcionó sobre la base de los principios de la ideología oficial, sino que imitó los ritmos de las modas capitalistas que, con un atraso variable, se infiltraron en el Este.

El último estudio de casos, debido a Théophile Vittin está referido a «Las radios internacionales: actores de la vida política en África negra» y en el que se destacan las permanencias y mutaciones de la influencia política de las radios internacionales, especialmente la de Radio France Internationale, en los territorios de la África francófona, concluyendo que las radios son, en distintos grados según las estaciones y los países de destino, actores de la vida política en África negra donde, al desempeñar un inequívoco papel político, son capaces simultáneamente de perfilar los Estados, jugar un papel de referente en materia de información y alimentar un espacio público crítico.

No obstante el peso desigual de los artículos, el conjunto presentado permite concluir que aún cuando los medios informativos no son propiamente los motores de la marcha del mundo, constituyen un lubricante indispensable para el buen funcionamiento de las instituciones y para la acción de las fuerzas políticas, económicas o ideológicas que conducen la vida de las naciones y de las personas.

Matías Tagle D.

 

Teun A. Van Dijk

Ideología. Una aproximación multidisciplinaria

Gedisa, Barcelona, 1999, 473 págs.

El propósito del profesor de Estudios del Discurso de la Universidad de Amsterdam al escribir esta obra es plantear una propuesta multidisciplinaria para estudiar las relaciones entre ideología y comunicación. Las razones que le impulsaron a ello es la consideración de que la mayoría de estudios sobre ideología tienen su raíz en las ciencias sociales pero se les ha concedido menos atención a las dimensiones cognitivas y discursivas. Por ello propone un marco teórico que se puede resumir en el triángulo formado por los conceptos de Cognición, Sociedad y Discurso (a quienes dedica respectivamente cada una de las tres partes en que se divide la obra) para explicar de qué manera exactamente la ideología moldea el texto y la conversación, e, inversamente, cómo la misma se forma, adquiere o cambia por medio del discurso y la comunicación.

Una de las dificultades del estudio fue clarificar y definir el mismo significado del concepto «Ideología». Van Dijk explica que el término ha tenido un uso habitualmente peyorativo. Fruto de ello es que se considera que a) son creencias falsas; b) esconden las relaciones sociales verdaderas y sirven para engañar a otros; c) son creencias que tienen los otros (lo nuestro es la Verdad, lo de ellos es Ideología); y d) presuponen definiciones de verdad y falsedad cuya naturaleza sirve social y políticamente a sus propios intereses. Sin embargo el autor recupera algunas de las nociones que las últimas décadas y define a las ideologías como la dimensión «mental» de una sociedad y la base de las representaciones sociales compartidas por los miembros de un grupo que tienen la función de organizar o legitimar sus acciones. Eso significa que las ideologías les permiten a las personas, como miembros de un grupo, organizar la multitud de creencias sociales acerca de lo que sucede, bueno o malo, correcto o incorrecto según ellos, y actuar en consecuencia.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es, precisamente, el que perfila las diferencias entre cognición y creencias. Explica que en el lenguaje diario el concepto de «creencia» se usa sobre todo como el opuesto de «conocimiento». Las creencias, en ese sentido, son subjetivas y por tanto pueden ser erróneas, infundadas o desviadas. El conocimiento, por el contrario, es el producto del pensamiento que se considera verdadero. Sin embargo van Dijk opta por considerar a las creencias como «los ladrillos del edificio de la mente». El conocimiento, entonces, es solamente una categoría específica de creencias, a saber, aquellas creencias que «nosotros» (como grupo, comunidad, cultura, caso particular o institución) consideramos «creencias verdaderas», de acuerdo con ciertos fundamentos o criterios (de verdad), es decir que reúnen los estándares de verdad socialmente compartidos. Las ideologías son, pues, conjuntos de creencias en nuestra mente y están constituidas por creencias generales socialmente compartidas que incluyen las opiniones sociales de un grupo.

Sin embargo, el autor distingue entre las creencias culturales (o sociales, o simplemente, creencias comunes) y creencias grupales. Hay que diferenciar entre creencias generales, dadas por sentado, de toda una sociedad o cultura, y las creencias más específicas, a menudo sectarias, de varios grupos sociales dentro de tal cultura general. Las ideologías pertenecen al segundo tipo de creencias, y a ello deben, en parte, su reputación negativa. Sin embargo juegan un papel importante a la hora de establecer los criterios de pertenencia a un grupo y definir, junto a otros, su identidad social. Podríamos decir que la identidad de grupo se funde con la ideología de grupo. En ese sentido puede afirmarse que las ideologías no son en primer lugar sobre aquello que es verdadero o falso, sino cómo representan las personas sus creencias sobre sí mismas y sobre el mundo social, verazmente o no, para servir a sus intereses. El criterio no es la verdad, sino la pertinencia.

Hay un hecho claro: las ideologías pueden ser o aparecer tan «naturales» que la gente ni siquiera se da cuenta de que las tiene. Se dan por sentadas y son parte de la vida cotidiana. Y aquí entra en juego la comunicación. Los miembros de un grupo necesitan y utilizan el lenguaje, el texto, la conversación y la comunicación para aprender, adquirir, modificar, confirmar, articular, y también para transmitir persuasivamente las ideologías a otros miembros del grupo, inculcarlas en novicios, defenderlas contra (u ocultarlas de) miembros ajenos al grupo o propagarlas entre quienes son (hasta ahora) los infieles. En ese sentido el discurso (a quien van Dijk define como «un evento comunicativo específico») es fundamental para la formulación y la reproducción social de las ideologías: Tanto los mensajes de los medios de comunicación como la propaganda, etc. se construyen para asegurar que los miembros aprendan a percibir la base ideológica de su pertenencia al grupo.

Van Dijk no puede olvidar sus orígenes en el campo de la Semiótica y la Lingüística a la hora de abordar la tercera parte de su libro que trata sobre el Discurso. Temas como las estructuras del discurso, el contexto, la persuasión, la legitimación o la reproducción son tratadas preferentemente desde esa perspectiva, lo cual incide en la densidad teórica (a veces excesiva) de un texto que pretende un enfoque multidisciplinario. Sin embargo consigue aterrizarlo en la práctica cuando muestra un ejemplo concreto al analizar la ideología y el discurso del racismo moderno, un tema al que ha dedicado parte de sus últimas investigaciones.

Es una obra que, a pesar de su extensión, tiene muchos interrogantes y pocas respuestas. Y esto se hace de forma consciente en aras del rigor científico. El propio autor afirma que se trata de un esbozo y que debiera contemplarse más bien como un bosquejo para un programa de investigación que como una teoría completa de la ideología. En la última página plantea una serie de preguntas que pueden servir de punto de partida para futuros estudios: ¿Cómo algunos grupos usan (y abusan de) el discurso de modos muy específicos? ¿Qué tipo de discurso ideológico es característico de qué grupos, cuáles son sus propiedades y cómo, a su vez, ese discurso se inserta social e institucionalmente? ¿Cómo se expresan y reproducen las ideologías discursivamente en dominios sociales importantes como la política, los medios y la educación?

Confieso que lo que en un principio me impulsó a leer este libro fue la necesidad de conocer los resultados. Habrá que esperar.

Mar de Fontcuberta

 

Sergio Godoy Etcheverry

Gestión de radio y TV

Ediciones Pontificia Universidad Católica de Chile, 1999, 216 págs.

Tal vez la mayor gracia de este texto, y del propio Sergio Godoy, como autor, sea la capacidad de poner organización y método en una materia en la que suelen imperar la improvisación y el olfato como herramientas favoritas.

Del mismo modo, para quienes hemos llegado por opción o casualidad a la gestión profesional de medios de comunicación, es de enorme utilidad el ejercicio de enfrentarnos a la sistematización de conceptos que damos por sabidos, de experiencias que de tan cotidianas se nos hacen invisibles y de métodos de resolución de problemas que hemos ido construyendo sobre la base de la experiencia y el esfuerzo.

A lo largo de los años, la profesionalización de los medios se ha hecho imperativa en las áreas de la gestión comercial o propiamente administrativa. Sin embargo, el proceso de reflexión y análisis de lo obrado en las materias de contenidos o propiamente editoriales o de programación es más bien una opción de cada ejecutivo o grupo de tales y no una obligación de los mismos.

Así, hasta hace poco, a la programación de radio y televisión se le asignaban características a medio camino entre la artesanía y la magia. Se suponía que había talentos en el tema, que se construyen entre la experiencia y la intuición y que, por lo tanto, casi pueden traspasarse sólo por vía oral. Es evidente, en ambas industrias, que tales paradigmas han ido modificándose. Este texto es precisamente una confirmación del mismo proceso.

Desde el título, Godoy señala su preocupación por los medios electrónicos, aunque hay algunos asuntos que perfectamente pueden extenderse, o más bien adaptarse, a cualquier medio de comunicación; y de cualquier tamaño, vocación o alcance. En efecto, los conceptos del capítulo 1, donde se plantean las técnicas generales de la gestión de empresas, pueden ser interpretados para cualquier medio. Cada uno requiere, en su propio nivel y con sus particularidades, de habilidades gerenciales, de una visión, de una política planificada de marketing y de recursos humanos, etcétera.

Ya en ese capítulo, el autor enarbola otra de las características que hacen valioso este trabajo, particularmente en el análisis académico, entre los estudiantes y observadores del mundo local de medios. Se trata de su capacidad para leer, en la realidad, los ejemplos precisos que ilustran conceptos complejos como matrices de crecimiento o ciclos de vida.

Otro aporte importante está en la sistematización de cualidades que parecen obvias pero que sugieren o provocan algunas reflexiones particulares a la hora de introducirse en los medios propiamente tales. Para ser franco, en mi época de estudiante universitario, y con toda la arrogancia disponible para estudiantes universitarios, consideraba que descripciones de las especificidades del negocio audiovisual como la que hace Godoy en el capítulo 2, pecaban de obvias y, por sobre todo, de inútiles. A la luz de algunos años y de alguna experiencia, puedo vislumbrar cómo un conocimiento acabado de descripciones agudas y complejas pueden preparar la práctica de una manera mucho más comprehensiva. En efecto, si un estudiante o un profesional joven se apersonara en mi oficina recitando cosas como «nuestro medio debe buscar economías de alcance debido a su demanda incierta, a la inmaterialidad de su valor de uso y a la perecibilidad de su producto», haría una de dos cosas: no lo contrataría o redactaría de inmediato su finiquito. Sin embargo, presumo que la comprensión acabada de este tipo de conceptos o, todavía mejor, del cuadro de características generales que propone el libro, es una herramienta muy útil a la hora de asesorar o tomar decisiones en el campo de los contenidos en un medio de comunicación, particularmente en el área sensible de la programación, precisamente el tema del siguiente capítulo, donde se describen conceptos informativos de formato, datos y ejemplos de toma de decisiones en un mundo apasionante y complejo.

Los capítulos 4 y 5 presentan un panorama bastante completo del así llamado estado del arte en las áreas de estudios de audiencia (un campo singularmente controvertido en la televisión) y medios audiovisuales, entregando valiosa información de referencia sobre las distintas industrias, sus principales actores, algunas de sus cifras económicas, etcétera.

Enseguida, en el capítulo referido a la producción audiovisual, se realiza un interesante ejercicio de sistematización de lo que muchas veces en la práctica se hace sin sistema, o con un sistema intuitivo. Aunque es evidente que nuestros medios no podrían vivir sin planificación, mi propia experiencia me advierte que para muchos profesionales de ambas industrias (particularmente de la de radio), ésta se convierte en una barrera que, por implicar un esfuerzo inicial considerable, es evitada, no importando que simplifique la toma de decisiones ni el desarrollo posterior del producto.

El último capítulo es una aproximación más que razonable e ineludible a un área que muchos de los profesionales del mundo de los contenidos consideran anatema: las finanzas. Aunque no recuerdo haber recibido ninguna noción del tema durante mis estudios universitarios (puede ser, francamente mi responsabilidad; hay varias cosas que he olvidado), me ha dado por pensar en lo francamente útil que resulta que los periodistas y trabajadores de la comunicación tengan alguna sensibilidad en el asunto. Esto porque, lo quieran o no, sus vidas profesionales dependen en parte del área de finanzas y administración. Los recursos que involucran su desempeño, el bienestar del medio de comunicación y su capacidad para soportar las presiones comerciales y financieras, el desempeño empresarial en el mediano y largo plazo, son ítems vitales en la ejecución laboral, para no entrar en el obvio campo de las remuneraciones. Pues bien, el entendimiento general del área finanzas, de sus implicancias, del manejo de presupuestos, de la planificación laboral, es un aspecto que contribuye a acercar el periodismo y las otras áreas que manejan contenidos al ámbito profesional y a sacarlo de esa especie de limbo, de santuario, en el que algunos pretenden enclaustrar el ejercicio, entre las cuatro paredes de la libertad de expresión y la actividad pseudo-artística.

En efecto, tal como lo plantea Sergio Godoy, un puente razonable entre el departamento encargado de los contenidos y el de los recursos, es un canal de comunicación que sólo puede contribuir a la profesionalización del ejercicio y a la mejoría del producto. Es imposible que el conocimiento de las duras realidades de la vida empresarial afecte el ejercicio profesional del medio de comunicación; asunto distinto es que los propietarios de un medio de comunicación ejerzan presiones ilegítimas en función de la crudeza de esas mismas realidades. Pero me gusta pensar que ése es el campo de la excepción. En régimen normal, la capacidad de los profesionales del periodismo para manejarse con alguna soltura en materias de gestión y financieras, es un plus, un valor agregado, una ventaja comparativa y una habilidad valorada y valorable.

Más todavía lo es cuando los profesionales de los medios somos capaces de comportarnos como eso, como profesionales, y no rehuimos un campo de la actividad que solemos dejar, por comodidad, en manos de ingenieros comerciales y otros profesionales. El área de gestión de los medios de comunicación, que para algunos puede devenir en vocación y para otros en simple pero gratificante casualidad, es un área que puede explorarse razonablemente bien y en la que no hay excusa para no tener un comportamiento ciento por ciento profesional.

En ese sentido, el libro que comentamos es un aporte real y concreto en un tema, para mi gusto, poco sistematizado y poco explorado.

Iván Valenzuela U

 

Francisco Mouat

El teniente Bello y otras pérdidas (crónicas y entrevistas)

Ediciones Carlos Porter, Santiago, 1998, 233 págs.

Una muy buena idea tuvo el periodista Francisco Mouat al dejar en formato perdurable algunas de las crónicas y entrevistas que ha realizado en su no tan larga como destacada carrera profesional. Este libro, El Teniente Bello y otras pérdidas, retrata a veinte personajes chilenos poseedores de historias únicas, algunas adorablemente peculiares que, sin duda, vale la pena conocer.

Para narrar los destinos insólitos de los protagonistas de este libro, Mouat actúa como un gran biógrafo: en ocasiones ordena los episodios más destacados de sus retratados y, en otras, los deja hablar libremente para que sea el lector quien aprecie las insólitas personalidades e historias de los veinte nombres entre los cuales están, por ejemplo, tres célebres colegas suyos: Luis Hernández Parker, Lenka Franulic y Tito Mundt.

A través de Mouat, muchos jóvenes periodistas podrán enterarse del triste fin de uno de los reporteros chilenos contemporáneos más destacados de la segunda mitad del siglo veinte: Mundt, quien un día 10 de junio de 1971 se reunió en el céntrico Sportman con tres de sus buenos amigos a desentrañar el reciente asesinato de Edmundo Pérez Zujovic, ministro del Interior en el gobierno de Eduardo Frei Montalva. En la sobremesa, se asomó a la terraza y empezó a hacer piruetas hasta que algo anduvo mal y cayó al vacío desde el duodécimo piso.

También resulta impresionante para un periodista enterarse de la conmoción nacional que significó la medida dictada por el general Ibáñez en contra del entonces cronista político conocido como el mejor informado de Chile: Luis Hernández Parker, HP. Por estar «envenenando el ambiente», el mandatario decidió relegarlo en Aysen, medida que se redujo a sólo cuatro horas de detención en Santiago gracias a la cadena de parlamentarios, políticos y profesionales que se movilizó como ante el anuncio de catástrofe nacional. Las presiones obligaron a Ibáñez a desistirse de su medida. Emocionado, HP abrió su espacio radial al día siguiente diciendo: «Chile es un grupo humano compacto, que quiere saber la verdad y que no permitirá que triunfe ni la mentira ni el error ni la tiranía».

Mouat también le sigue la pista al Teniente Bello, el Capitán Araya y el Doctor Cariño, tres míticos personajes de nuestra cultura popular. Sobresale la perseverancia del autor en sus investigaciones periodísticas. En el caso del capitán Araya, por ejemplo, expone cinco versiones sobre su real identidad, en un rastreo que involucró a muchas y destacadas personas de los sectores donde supuestamente había caído el despistado piloto.

Otro grupo de crónicas se refiere a personalidades extraídas del mundo cotidiano pero cuyas vidas bien podrían inspirar la mejor de las novelas. Tal es el caso de Sergio Gaete, un empleado bancario quien, a los veinte años, tenía tantas las ganas de conocer Europa que decidió enrolarse en el Ejército aliado y partir en junio de 1942 a la segunda guerra mundial. Entre sus compañeros del banco era conocido como un hombre soñador, idealista y horrorizado con las maniobras del nazismo en Europa. Después de su peculiar viaje, volvió a Chile con la memoria cargada de increíbles narraciones que abarcaban no sólo el viejo continente, sino también lugares como Trípoli, Chad, Túnez y Marruecos. El joven y patiperro Gaete estuvo bajo las órdenes directas del famoso general Patton y vivió en su propia carne y huesos el famoso día D, uno de los más importantes de la historia universal. El éxito de esta gran maniobra aliada no hizo de ese día uno glorioso para el aventurero chileno: más de la mitad de sus amigos pasó a formar parte de la triste y larga lista de heridos, muertos y desaparecidos. El idealista aprendió que en la guerra “todo está permitido: flagelar, robar y matar”. Aprendió también a pagar con la misma moneda: «Cuando entramos a París hicimos lo mismo que habían hecho antes los alemanes. Saqueábamos muertos. ¿Para qué quería un muerto una condecoración o las botas que eran preciosas? Se las sacábamos. Arrastrábamos los cadáveres estirándolos, hasta que les sacábamos las botas”. Así fue como este empleado del Banco de Londres en Chile se hizo de souvenirs tales como brillantes medallas de guerra, estupendos relojes y cotizadas botas Chantilly.

El Teniente Bello y otras pérdidas es un libro que demuestra cómo el periodismo puede realmente ser ingenioso. Hay ingenio en Mouat al escoger los temas, al preguntar, al investigar y salirse de la cotidianeidad que a veces tanto ahoga a la profesión. Hay ingenio en este exitoso esfuerzo por probar que la literatura de no ficción puede ser igualmente fascinante que la literatura que nace de la imaginación de algún escritor.

Angélica Heredia E.

 

Ernesto Villanueva

Derecho comparado de la información

Universidad Iberoamericana, México D.F., 1998, 541 págs.

 

Sociedad Interamericana de la Prensa

La libertad de prensa y la ley

Colonial Press Internacional, Inc., Miami, Florida, 1999, 565 págs.

Es bien sabido que la legislación referente a la prensa y al periodismo constituye en el mundo de nuestros días un serio obstáculo para la libertad de expresión. Atendida su naturaleza política y, por ende legal, no cabe profundizar en el tema respecto de los regímenes totalitarios y autoritarios. Lo preocupante son los democráticos, los que, a pesar de esa característica, persisten o aún auspician trabas a un derecho humano esencial en sí mismo y básico para la defensa de otros.

1999 fue un año en que la libertad de prensa –subsidiaria de la de expresión– mejoró algo en el mundo. Los periodistas asesinados, una treintena, fueron menos, pero siguió existiendo impunidad respecto de los criminales. A su vez, los encarcelados en 26 países bordean el centenar.

Hay un segundo ámbito preocupante: la dictación o no derogación de leyes liberticidas en distintos grados. La existencia de figuras constitucionales o penales como el “desacato o insulto», la «traición a la patria», «dañar al país» y la «desmoralización de las Fuerzas Armadas» han adquirido amplia existencia internacional. En ambos libros ello se pone de relieve elocuentemente.

La compilación del profesor Ernesto Villanueva abarca cuatro rubros: la normativa constitucional relativa a las libertades de opinión e información en 189 países; el régimen de la televisión privada en Europa e Iberoamérica; el sistema de subsidios estatales a la prensa y la protección del secreto profesional del periodista.

Respecto de Chile, las trascripciones son parciales en lo relativo a la Carta Fundamental de 1980 y reformas subsiguientes. Sólo se hace referencia a los números 4º y 12º del artículo 19 de la Constitución. No están considerados diversos otros preceptos atinentes ni el tema de la televisión privada y aportes estatales, por la ausencia de legislaciones específicas. En lo relativo al secreto periodístico, hay una inexplicable omisión a la normativa chilena basada en la Constitución, el Código Penal y, en otro ámbito, el Código de Etica Periodística, pese a que ésta ha sido exitosa para los profesionales de la información.

La recopilación del profesor Villanueva resultará particularmente útil en los medios académico y periodístico porque abarca países africanos y asiáticos respecto de los cuales existen pobres antecedentes.

Por su parte, la antología de la Sociedad Interamericana de Prensa, organizada por el abogado Jairo Lanao, está focalizada sólo en nuestro hemisferio. A partir del Acta de Chapultepec que suscribieron numerosos jefes de Estado (1994), la organización comenzó a identificar los problemas generales mas serios relativos a la libertad de expresión en el continente y, en 1998, profundizó su decálogo de principios en San José de Costa Rica, sede de la Corte Interamericana de Derechos Humanos dependiente de la Organización de Estados Americanos.

Lanao perfiló un gráfico diagnóstico originado en legislaciones domésticas. Clasificó como materias conflictivas: el acceso a las informaciones públicas (que en muchos países es inexistente y que, en Chile, se consagraría de aprobarse un artículo específico del proyecto de ley de prensa), el derecho a réplica, el desconocimiento del secreto profesional y la colegiatura periodística, cuya obligatoriedad está felizmente en derrumbe continental (nuestro país la desestimó hace veinte años, no obstante haber suscrito ya en 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas que contempla la libertad de afiliación).

La trascendencia de ambas recopilaciones es notaria porque dan un cuadro de conjunto mundial y americano de la legislación que gravita sobre la prensa y el ejercicio periodístico. En ambas, hay pormenores muy concretos para instar a reformas sustanciales con el fin que el siglo XXI cuente con una legislación moderna y estable que permita el ejercicio legítimo de una libertad crucial.

Tomas P. Mac Hale.

 

Ives Mamou

C’est la faute aux médias! Essai sur la fabrication de l’information

Éditions Payot, Paris, 1991, 238 págs.

«Las fuentes informativas tienen una influencia directa y determinante en la pauta de los medios». Ésta y otras conclusiones de igual importancia arrojadas por el estudio sobre calidad informativa que el capítulo chileno de la AIPEF (Asociación de Periodistas de Economía y Finanzas) encargó al Centro de Estudios de la Prensa de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica reactualizan el provocativo ensayo sobre la fabricación de la información escrito hace casi una década por el entonces responsable de la sección Finanzas del diario Le Monde, Yves Mamou.

La mentira, la desinformación, la omisión y, en consecuencia, la instrumentalización de los medios de comunicación por parte de las fuentes son el tema principal de este texto que procura adentrarse e iluminar «el espacio oscuro y desconocido que precede la difusión de una información». La interrogante que acompaña a Mamou durante los siete capítulos del ensayo está centrada en las razones por las cuales se fabrica una información. A su juicio, la pregunta más importante que debe formularse el periodismo al cubrir los pequeños o grandes conflictos de cada día es con qué propósito alguien, en un momento predeterminado, toma la decisión de divulgar –a cara cubierta o descubierta– un contenido o un hecho a uno o varios reporteros.

Utilizando ejemplos numerosos, extensos y documentados, extraídos principalmente de los ámbitos políticos y de negocios, el autor da vida y cuerpo tangible –mencionando nombres, cargos, instituciones, situaciones e intenciones– a su principal hipótesis: en períodos de crisis, la información es «una apuesta», un elemento, entre otros, «dentro de un complejo juego de poder». En él, «quien controla la información sobre sí o sobre los demás se atribuye un triunfo decisivo para la victoria». Se trata de un control, previene, que raramente pasa por la censura.

Interesante es la postura que Mamou asume a partir de la realidad de Francia, pero que en ningún caso queda restringida a ella. Siguiendo a Michel Crozier (La sociedad bloqueada, 1968), explica que desde 1958 las crisis son el principal instrumento de evolución de la sociedad francesa. La novedad reside en el rol que desempeñan actualmente los medios de comunicación. Dado que la prensa se ha instalado en las grandes encrucijadas de la sociedad, la resolución de las crisis pasa igualmente por ella (toda crisis es una crisis mediática).

Advierte, sin embargo, que cuando hay desestabilización los medios no son actores, «como les gusta creer», sino instrumentos y en calidad de tales son usados intencionalmente por políticos, empresarios y abogados, entre otros, para regular conflictos, romper equilibrios, debilitar adversarios, modificar decisiones y preservar una imagen. Hacen todo ello en función de intereses generalmente «muy privados».

En este ensayo, la manipulación de la prensa encuentra su sustento en el contraste entre una producción de la información cada vez más organizada por parte de las fuentes, a la cual se opone el ejercicio de un periodismo que permanece en estado artesanal. Si bien, aclara, han mejorado las tecnologías de transmisión de la información, el reporteo y la verificación de los hechos no han sufrido modificaciones significativas.

Tan preocupantes como las características que adquiere este fenómeno y que se describen agudamente en el libro, son los efectos que acarrea sobre los medios de comunicación: su pérdida de status como informadores sociales y lo que ello implica.

Las sociedades de crisis –afirma Mamou- terminan generando una prensa de crisis. La audiencia se revela ante ella cuestionando la independencia de los periodistas, culpando a los medios por sus desbordes e inexactitudes, e identificándolos, finalmente, como parte del origen de los problemas. C’est la faute aux médias! (¡Es culpa de los medios!) es la acusación que alza la opinión pública francesa (y, por cierto, la de gran parte del mundo desarrollado y no desarrollado también). El resultado: un lector entre dos señala que no cree lo que dicen los medios y los ciudadanos ubican al periodismo al final de la lista de las profesiones más prestigiosas, justo antes de las prostitutas y de los diputados.

¿Pero qué hacer cuando el engaño a la prensa puede ser catalogado como «un deporte nacional reprensible», pero en ningún caso un hecho penado por la ley? ¿Cuando los periodistas no cuentan con la capacidad de presión de un juez ni la de investigación de un policía y, por lo tanto, deben enfrentarse diariamente —en el mejor de los casos— a verdades que son sólo selectivas?

Lamentablemente el ensayo no otorga muchas respuestas. Si bien argumenta que la independencia de los medios pasa por la capacidad de los periodistas «de resistir individualmente a las seducciones, intimidaciones y manipulaciones de las fuentes» —para lo cual debe contar con un estricto código ético—, por «una reflexión de la profesión en torno a sí misma» y por la «instauración de reglas claras a las que todos los actores se sometan», ellas son buenas intenciones que también han surgido en otros autores pero que hasta ahora –por su escasa formulación en términos de un proyecto concreto y de responsables específicos— no han encontrado eco suficiente para su implementación conforme a lo radical del desafío.

Lo anterior en ningún caso desmerece el libro, cuya gran virtud es precisamente aquella de presentar el problema con sus diferentes aristas y complejidades, sin condescendencia hacia ninguno de sus protagonistas, y con la profundidad que puede otorgarle quien ha analizado y reflexionado en torno al tema desde dentro y a partir de un conocimiento experto y agudeza.

Mamou tiene clara conciencia de que el «yo te amo, yo tampoco», entre la prensa y su público, tiene un costo. Sabe que en una sociedad democrática la información es un lazo social, y que por lo tanto, nadie debiera tener interés en transformar ese espacio público en una cloaca, salvo «porque un día u otro el mundo tendrá necesidad de decir la verdad y de ser creído».

Paulina Gómez L.

auxi
auxi auxi Volver auxi Subir
auxi auxi auxi auxi auxi