Abel Alexander, Margarita Alvarado, Karen Berestovoy, Andrés Díaz, José Luis Granesse y Juan Domingo Marinello
Historia de la Fotografía en Chile: Rescate de Huellas en la Luz
Santiago: Centro Nacional del Patrimonio Fotográfico, 2000, 142 págs. (con ilustraciones).
Quince años después de la publicación del trabajo de Hernán Rodríguez Historia de la Fotografía en Chile - Registro de daguerrotipistas, fotógrafos, reporteros gráficos y camarógrafos 1840-1940, publicado en el Boletín de la Academia Chilena de la Historia en 1985, y cuarenta años después del trabajo pionero de Eugenio Pereira Salas El centenario de la Fotografía en Chile 1840-1940, publicado en el mismo Boletín en 1940, aparece este nuevo intento de historiar el pasado, en Chile, de la «construcción de las imágenes» o del «espejo con memoria» que constituye la fotografía, tal como la llama uno de los autores.
Se trata de seis artículos sobre tópicos muy diferentes que están precedidos por una presentación del propio Hernán Rodríguez en la que destaca que «un libro sobre antiguos fotógrafos en Chile ayuda a conocernos. Agrega veracidad, materialidad y aliento a muchos textos. Utiliza imágenes realizadas por autores, conocidos o anónimos, que en un momento ya desaparecido, detuvieron su vista sobre un motivo que hoy podemos hacer nuestro».
El primer artículo pertenece a Abel Alexander y está dedicado a «Robert H. Vance, Pionero del Daguerrotipo en Chile». Robert H. Vance arribó a Valparaíso en febrero de 1847, dándose a conocer inmediatamente como retratista. En abril del mismo año se instaló en Santiago y «en poco tiempo y gracias a una inteligente campaña periodística, desfilaba por los salones de Vance y Hoytt [su socio] la mejor sociedad de Santiago, funcionarios de gobierno, sacerdotes, abogados, militares, comerciantes, terratenientes y por supuesto respetables damas con sus niños... la fama del atelier se extendió más allá de la capital y sus ecos llegaron hasta las ciudades de provincia».
Vance dejó Chile y se trasladó a California en agosto de 1950, a los 25 años de edad, siendo ya un veterano en la profesión. Su gran aporte, y lo que lo proyectó a la fama, fue su exposición de 300 daguerrotipos de vistas de California, y por ello su nombre figura en forma destacada en la historia de la fotografía de Estados Unidos.
En un catálogo publicado en 1851 figuraban, junto a otros registros de América del Sur y Central, tres vistas chilenas referidas a Valparaíso y ellas parecen ser el comienzo de la idea que se plasmó definitivamente en la exposición sobre California.
El segundo de los trabajos incluidos en el volumen es «La huella luminosa de los fotógrafos de la Frontera». Margarita Alvarado presenta aquí a un grupo de fotógrafos –a quienes llama «Los fundadores»: Christian Enrique Valk, Gustavo Milet y Obder Heffer– que establecieron las bases de lo que más tarde se ha conocido como la «fotografía étnica».
Valk se establece en Valdivia a partir de 1852, convirtiéndose en uno de los primeros fotógrafos reconocidos del sur de Chile. «Su amplia producción destaca extraordinariamente por sus contenidos estéticos y sociales, pero es en el retrato de la sociedad de la época donde alcanza su mejor realización como fotógrafo». Busca crear una atmósfera que muestre al mapuche practicando sus costumbres y prácticas sociales, de tal manera que sea posible reconocer que los individuos retratados pertenecen a una cultura diferente.
Gustavo Milet nació en Valparaíso y es de origen francés. Aparece en la ciudad de Lebu en el año 1886 desde donde se traslada a Traiguén alrededor de 1890. Milet «despliega su temática con una intención claramente retratista (...), pero es indudable que en lo que alcanza mayor notoriedad es en los numerosos retratos de ‘Araucanos’». Destacan dos elementos: el escenario y los actores. El escenario es su estudio, con telones pintados, columnas, arcos y jardineras. «En medio de esta escenografía, los sujetos mapuche fotografiados aparecen como actores representando su propia identidad».
El tercero de los fotógrafos fundadores, Obder Heffer, nació en Canadá y llegó a Chile en 1886 contratado para trabajar en la prestigiosa Foto Garreaud. A partir de 1910 creó su propio estudio. Su obra fue bastante prolífica incluyendo vistas urbanas de Santiago, paisajes de la cordillera y del sur del país. «Pero, sin duda, uno de sus aportes más significativos a nuestro patrimonio fotográfico lo constituyen las numerosas tomas del mundo mapuche que realizó en sus viajes al sur...».
De los tres autores mencionados, Heffer es el que reúne la mayor cantidad de fotografías del mundo mapuche reconocidas sin duda en su autoría. El conjunto de los trabajos de los tres fundadores, sin embargo, da cuenta de que muchas de estas fotografías no son el referente de una realidad étnica, son más bien una construcción estética y cultural, que obedece a los paradigmas europeos de conformación de la imagen fotográfica vigente a fines del siglo XIX.
El tercer artículo del libro pertenece a Karen Berestovoy. En «El fotógrafo Marcos Chamudes» habla de este artista nacido en Chile en 1917, quien fuera dirigente estudiantil, diputado, fotógrafo, periodista, corresponsal de guerra y un gran viajero. Su experiencia como fotógrafo abarcó casi «veinte años en los cuales registró escenas cotidianas de la vida de Nueva York, las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y a protagonistas de la cultura, intelectual y popular, especialmente de Chile y Bolivia».
Expulsado del partido comunista, Chamudes emigró a los Estados Unidos, y se dedicó a la fotografía. «La actividad fotoperiodística se engrandeció debido a la comercialización de la cámara Leyca, de pequeño formato, (que poseía Chamudes) que permitía un fácil traslado y manipulación respecto de las cámaras anteriores (de mayor peso y tamaño)». Cuando EE.UU. se incorporó a la guerra mundial, el fotógrafo se enroló en el ejército como soldado-fotógrafo. De esta época data su famoso reportaje sobre el general Patton. En 1947, ingresó a Naciones Unidas donde se desempeñó como reportero gráfico oficial de la Comisión Investigadora de los Balcanes. Cuatro años después, regresó a Chile y se dedicó a difundir su experiencia gráfica. Continuó su labor como fotógrafo por unos pocos años, dedicándose después al periodismo escrito.
El cuarto artículo pertenece a Andrés Díaz Caballero. «Los secretos de la cámara oscura» es una pequeña reseña de la técnica del daguerrotipo, sus potencialidades y limitaciones, y todo ello referido al trabajo estético del autor. En verdad, aspira a presentar lo tradicional y primitivo como nuevo, situándose «en una categoría muy distinta a las de las imágenes fotográficas tradicionales».
Con el trabajo de José Luis Granese, «Los 206 días de Harry Grant Olds en Chile», el lector se introduce en la parte más histórica del libro. Este texto da cuenta de la reconstitución de la historia de Harry Olds en Chile, quien a su paso por el país realizó una colección de 40 placas sobre el Valparaíso de fines del siglo XX, que, en una edición del propio Granese, fueron publicadas en 1999 bajo el título «Valparaíso 1900: Fotografías /Harry Olds».
El autor enriquece el artículo con una veintena de cartas enviadas por Olds desde Chile a distintas personas de su familia. Junto con relatar y comentar la vida cotidiana, Olds va dando cuenta allí de su desarrollo profesional entre agosto de 1899 y marzo de 1900, antes de establecerse en Buenos Aires. El conjunto de la correspondencia casi nos pone en presencia de un diario de viaje, útil para graficar la visión de un extranjero que asiste al criollo cambio de siglo.
Por último, el trabajo de Juan Domingo Marinello, «Fotógrafos de prensa. Testigos directos y espejos de identidad», está dedicado a resaltar la importancia de la fotografía de prensa. El autor considera que «en el aspecto histórico de un país, la fotografía de prensa constituye, en muchos casos un lenguaje precioso. Para su reinterpretación se requiere cultura y método para descifrarlas desde su contexto de aparente desechabilidad».
Marinello se refiere a los protagonistas del fotoperiodismo del siglo XX. Éste se inició en Chile en 1897, en La revista Ilustrada. Luego, en los inicios del siglo XX, Zig-Zag incorpora la fotografía como elemento básico de la información. Esta etapa inicial, o fundacional, es seguida hacia 1920 por la consolidación y por el interés asociativo de los cultores del periodismo gráfico, lo que contrasta con la omisión que las publicaciones hacen de sus nombres. En los 30, un nuevo aire sacude al periodismo gráfico con la aparición de revistas de cine, Ecran, o femeninas, como Eva, Margarita o Rosita. Y en enero de 1938 se funda la Unión de reporteros gráficos de Chile. En los años 40, es el deporte, a través de la revista Estadio, el que se incorpora a la técnica informativa visual, en tanto que los años 50 y 60 son «particularmente activos y brillantes para el fotoperiodismo».
El autor completa su recorrido por el desarrollo de este quehacer informativo aportando numerosos nombres de fotógrafos importantes. Es difícil, sin embargo, conocer la cuantía de la obra de la mayoría ellos, porque publicaron en tiempos en que no se «usaba» destacar al autor. Con ello, queda planteado un grave vacío y un tremendo desafío historiográfico.
El conjunto de los artículos contenidos en Rescate de Huellas en la Luz es desigual. Se trata de trabajos de naturaleza diferente, de metodologías diversas, y de profundidades distintas. Hay también algunos problemas de redacción y de edición, que contrastan con el cuidado, pertinencia estética e intelectual, así como seriedad técnica en la selección del profuso e interesante material gráfico. Sin duda que el Centro del Patrimonio Fotográfico de Chile contribuye con esta publicación a la difusión y consolidación de la historia de nuestro patrimonio fotográfico.
Matías Tagle D.
Tahar Ben Jelloun
Sufrían por la luz
Barcelona: RBA Libros, 2001, 191 págs. (Traducción Manuel Serrat Crespo)
Tazmamart, el horror convertido en prisión en mitad del desierto marroquí. Éste es el escenario de Cette aveuglante absence de lumière (original en francés, Seuil, 2001), última novela del reconocido poeta y escritor magrebí Tahar Ben Jelloun, nacido en Fez en 1944, emigrado a Francia en 1955, y quien comparte hoy su vida entre Tánger y París.
Hanouda (1973), La Prière de l’absent (1981), Enfant de Sable (1985) y la Noche Sagrada, que le valió el Premio Goncourt en 1987, son algunos de los títulos publicados a lo largo de una trayectoria que Tahar Ben Jelloun inició como periodista en 1971 en diversos diarios marroquíes. Hoy ejerce como colaborador esporádico de Le Monde y haextendido su oficio también a la poesía, con Poésie Complète (1995).
En sus escritos, mezcla las referencias a la cultura magrebí y a sus tradiciones ancestrales (mitos, leyendas y ritos) con el tratamiento de problemas sensibles en la sociedad (El racismo explicado a mi hija, 1999). En ellos otorga la palabra a seres tabúes o excluidos (inmigrantes, locos, prostitutas), lo que le valió, en sus comienzos, cierta reticencia por parte del público más conservador.
En Sufrían por la Luz, Tahar Ben Jelloun novela, a través del relato de Salim, la historia de veintitrés prisioneros en Tazmamart, una cárcel construida bajo tierra. El lugar ciega a sus habitantes; el frío congela sus venas; cucarachas y escorpiones (invisibles para quienes ocupan las celdas de 3 por 1,5 metros) se pasean infectando con sus huevos la ración diaria e invariable de féculas y pan y amenazan con picaduras dolorosas y mortales que obligan a no dormir.
Se trata de una cárcel oculta, donde todo ha sido muy bien estudiado para conferir no una muerte rápida, añorada, demandada y suplicada en silencio o a viva voz por los suboficiales participantes en la rebelión de 1971 contra el rey de Marruecos, sino un morir lento, lento, muy lento, luego de un padecimiento permanente, de que los miembros se pudran uno a uno y de que la locura se apodere de las mentes, si hay suerte. «No. Nada de favores. La muerte prometida, claro, pero no enseguida. Había que soportar, vivir minuto a minuto todos los dolores físicos y todas las crueldades mentales que nos hacían sufrir» (p. 26).
Impresiona en esta novela la orientación y el lenguaje escogidos por el escritor para dar cuenta del espanto y de la violencia de un régimen. En vez de inundarlo todo con los horrores y las desgracias de estos prisioneros, Tahar Ben Jelloun convierte su historia en un homenaje a la resistencia del hombre. Durante su desarrollo, observamos cómo se va despertando una voluntad inquebrantable por sobrevivir al interior de Salim, una voluntad que está mucho más allá del propio instinto y que, inundada por la fe, permite al espíritu desasirse de los dolores del cuerpo, estar más allá de la esperanza y el odio, más allá de todo. Nos hace olvidar por ratos su despiadada realidad: los hedores, los muertos, los guardias, la cárcel, Marruecos, el rey, 1os 18 años que durará la desventura y que tendrá sólo algunos sobrevivientes. «Aprendí a renunciar a mi cuerpo. El cuerpo es lo visible. Ellos lo veían, podían tocarlo, cortarlo con una hoja al rojo vivo, hacerle pasar hambre, exponerlo a los escorpiones, al intenso frío, pero yo me empeñaba en mantener mi espíritu fuera de su alcance. Era mi única fuerza. A la brutalidad de los torturados, oponía mi reclusión, mi indiferencia, mi ausencia de sensibilidad» (p. 106).
Gracias a la precisión en el lenguaje, la novela adquiere una especial fuerza. No hay metáforas, no hay excesos, no hay lirismo, no hay lugares comunes en las palabras utilizadas por el escritor para relatar lo innombrable. Incluso su poesía parece haberse callado. La exposición es justa, descriptiva, con una exactitud que vuelve a veces insoportable la lectura. Nada en ella aparenta ficción.
Para quien se acerca a este libro desde el periodismo, la historia que narra Tahar Ben Jelloun adolece de muchos vacíos: fechas, nombres, antecedentes, respuestas frente a cómo y por qué. Exhibe, sin embargo, el gran mérito de permitirnos vislumbrar cómo es posible adentrarse (incluso así) en la profundidad de ciertos acontecimientos, una profundidad que trasciende con mucho el mero relato de los hechos. Su estilo, conciso y firme a la vez, nos da cuenta de la fuerza del propio lenguaje, de las palabras escogidas en el momento justo, del valor de una adecuada selección, de la necesidad de avanzar en la purificación de los textos y en la redacción de las noticias para que éstos –como en el libro– nos revelen su auténtico poder.
Paulina Gómez L.
Bill Kovach y Tom Rosenstiel
The Elements of Journalism
What Newspeople should know and the public should expect
Nueva York: Crown Publishers, 2001, 205 págs.
Llovía, recuerdan los autores, el sábado de junio de 1997 en que comenzaron a escribir este libro. Tan sombrío como el día parecía ser la situación del periodismo. Al menos así lo percibían los 25 periodistas que se reunieron en el Harvard Faculty Club. Editores de los principales diarios norteamericanos, influyentes profesionales de radio y televisión, destacados profesores y autores se sentaron en torno a una mesa para poner atajo a la «crisis de convicción» que estaba afectando al periodismo y que amenazaba con hacer desaparecer a la profesión.
La creciente pérdida de confianza hacia los periodistas por parte del público, las presiones comerciales que han fomentado más la entretención que la información, la pérdida de valores éticos, todo ello hacía urgente repensar el periodismo. Y para esto, el denominado Committee of Concerned Journalists inició una serie de investigaciones agrupadas en torno al Project for Excellence in Journalism. Dentro de ese marco se ubica la obra de Kovach y Rosenstiel. No pretenden reinventar la profesión, sino redescubrir y revalorar el rol social de la labor informativa.
La pregunta que se hacen los autores y que actúa como núcleo de la obra es: ¿Por qué el público cada día nos cree menos? La respuesta la buscan en la pérdida del sentido social de la profesión. El público se ha convertido en una abstracción sobre la cual se informa, pero no a la que se informa, lo que se traduce en un periodismo que no pretende formar comunidad, sino que difunde lo que el periodista cree que el público debe ser. El profesional adopta entonces una postura pasiva. «Es como si pensara», dicen Kovach y Rosenstiel, «que la verdad surge por sí sola como el pan amasado». Sostienen que la verdad periodística es más que una mera rigurosidad, «es un proceso de selección que se desarrolla entre la historia inicial y la interacción del público, los actores de las noticias y los periodistas». Afirman que no basta con ser riguroso. Hay que entender la verdad periodística como un proceso «un viaje continuo hacia la comprensión» de la realidad.
Los autores van más allá y critican la tendencia a reemplazar el concepto de verdad por los de fairness y balance. Éstos no sólo son difíciles de medir, sino que han fomentado la tendencia a incluir en todas las informaciones periodísticas dos puntos de vistas de un hecho para cumplir con una supuesta objetividad y sin importar si son verdaderos o falsos.
Para Kovach y Rosenstiel, la discusión sobre la objetividad también ha perdido sentido. «No es el periodista el que tiene que ser objetivo, sino su método», dicen. Y en la medida que este método sea transparente –como lo es el método científico– y que el público tenga conocimiento de él, se le creerá a los periodistas. Es necesario entonces, informar al receptor cómo se obtuvo una información, cómo es que el informador sabe aquello que sabe y por qué es creíble. Se propone lo mismo respecto de las fuentes. La recomendación al reportero es: «aléjate lo más posible de las fuentes y pregunta por todos lados...» Hoy –según The Elements of Journalism– se da lo contrario: «los periodistas seleccionan fuentes para expresar su propio punto de vista y luego usan su voz neutral para que parezca objetiva y se involucran de una forma decepcionante». El resultado es pérdida de credibilidad en los medios.
Para recuperar la confianza del público, hay que hacer un trabajo creíble. Y para lograrlo, es necesario recuperar el clásico papel de watchdog o perro guardián, que se guía únicamente por el interés informativo que sirve a la comunidad. El problema que se cita en la obra es que la prensa ha pasado a actuar como en el cuento del lobo, porque realiza muchas denuncias pero todas triviales, es decir, son «denuncias entretenidas», que dejan de lado todo sentido fiscalizador.
El gran desafío que se plantea en este libro, entonces, es recuperar el periodismo con sentido. La cuestión es que el periodista sepa encontrar la información que resulta importante para la vida de las personas y luego pueda procesarla para hacerla significativa, relevante y comprometedora. Este periodismo con sentido es el periodismo del nuevo siglo, dicen los autores. En ese contexto, el periodista ha de ser un «sense maker», es decir, un profesional que entrega información sintética, verificada y con total independencia. Ésta es la única manera, se concluye, en que el periodismo puede sobrevivir y sobreponerse a las presiones comerciales.
La revaloración de los elementos del periodismo se presenta también como la forma en que el departamento de prensa podrá recuperar «la última palabra en materia noticiosa frente a la administración del medio». Esta relación negocio-noticia es uno de los temas más sensibles de la profesión. Los autores citan a Max King, entonces editor del Philadelphia Inquirer: «En la sala de prensa ya no hablamos de periodismo. Estamos consumidos por las presiones comerciales y el balance presupuestario». La tendencia a invertir cada vez más en marketing y a reducir los recursos de prensa, ha ido perjudicando la calidad periodística en general, según Kovach y Rosenstiel. El resto lo han hecho los periodistas.
El valor de este libro es que, pese a basarse en la experiencia de los medios norteamericanos, plantea problemas y desafíos que son comunes al periodismo de hoy en el mundo entero. Por cierto también al de Chile. Los avances tecnológicos, el auge de internet y la globalización han originado un debate en torno a la necesidad de reinventar la profesión. Kovach y Rosenstiel retoman las raíces del periodismo original para plantear nuevas tareas al periodista del siglo XXI. La primera, y la más urgente, es lograr que el público crea de nuevo en los periodistas. La segunda es que éstos crean en su profesión. En este sentido es recomendable revisar esta obra. En sus páginas vemos reflejados muchos de los males de nuestro periodismo. Al recorrerlas, se puede leer entre líneas: «al que le venga el sayo, que se lo ponga».
Francisca Alessandri C.
Claudia Fernández y Andrew Pasman
El Tigre: Emilio Azcárraga y su imperio Televisa
México: Grijalbo, 2000, 524 págs.
No es un libro que se lea de una vez –son más de quinientas páginas de información– sin embargo, es fácil de leer. No es un libro cargado de diálogos para hacer más fluida la lectura –más bien está organizado sobre la base de una serie de párrafos continuos– pero vale la pena cada frase, cargada de información. No es un libro sobre la empresa televisiva chilena –sino sobre la mexicana y sobre uno de sus próceres– pero su historia es tan apasionante y tan ligada a la de la televisión en Latinoamérica que leerla es un proceso de aprendizaje que, en esta época globalizada, va más allá de las fronteras nacionales.
La historia de «El Tigre» fue escrita por dos periodistas, uno mexicano, Claudia Fernández, y otro inglés, Andrew Pasman. Ambos, con poco más de 30 años, fueron capaces de convertir una exhaustiva investigación periodística en un libro que, si bien por momentos puede parecer tedioso por la cantidad de información sobre medios y personas relacionadas con la realidad mexicana, es un texto de estilo ameno y, por lo tanto, fácil de seguir.
La forma de organizarlo, cronológicamente, así como la narrativa utilizada por sus autores, sin pretender lucirse como escritores pero sí como narradores de no ficción, es un aporte para todos aquellos periodistas que valoran el trabajo bien hecho, con rigor, con información recogida de las más variadas fuentes (desde entrevistas hasta textos y pequeños trozos de periódico o libros). Entre otras cosas, se reconstruyen diálogos, se da cuenta de los entretelones de importantes decisiones para México y para la televisión en el mundo de habla hispana y se narra la vida de un excéntrico hombre de negocios. Todo, a través de lo que fue la creación de uno de los más grandes imperios de comunicaciones que ha conocido Latinoamérica. Mal que mal el Tigre, hijo del León (Emilio Azcárraga Vidaurreta), fue el gestor de una manera de hacer televisión y de una manera de hacer negocios: es el ideólogo de las relaciones entre el fútbol y las transmisiones deportivas por televisión, de la creación de la telenovela de exportación, de las primeras transmisiones vía satélite, de grandes sellos y medios escritos ligados a sus productos, de las cadenas de TV latina en Estados Unidos y, luego, de una de noticias para los de habla hispana a la manera de CNN. En síntesis, creó la primera empresa multimedia en la zona.
Aparte de sus logros profesionales está la personalidad de Azcárraga, la de un hombre que tuvo que abrirse paso ante la arrolladora personalidad de su padre, un gran visionario de las comunicaciones como negocio, primero en la radio y luego en la televisión. Al padre se le ocurrió comprar cadenas de radio primero, para venderlas antes de que perdieran su valor e invertir lo que tenía en el naciente negocio de la TV. También fue quien tuvo la idea de comprar una pequeña cadena en EE.UU. para ampliar las posibilidades de sus productos. No fue hasta el retiro y posterior muerte del León que el Tigre mostró sus garras. No era un hombre fácil ni simple. No era ni bondadoso ni malo, ni genial ni imbécil. Era sí un hombre fuerte, atrevido y muy poderoso.
Otro valor del texto es que, como muchos de los episodios que se narran son reconocibles por los lectores, nos provee de perspectivas nuevas y más completas para analizarlos.
Pese a que el trabajo de Fernández y Pasman intenta dar una visión realista de el Tigre, no cabe duda de que los autores terminaron encariñándose con su personaje (y, a pesar de su falta de criterio, el lector tiende a sentir lo mismo). Describen sus relaciones con el poder político, sus planes de crecimiento económico, la interacción con sus subordinados, sus ideas logradas y fallidas, hasta sus encuentros y desencuentros amorosos y familiares. Por momentos, pareciera que la gran cantidad de detalles, cifras e información es irrelevante para alguien que no es mexicano, pero es una sensación momentánea. Uno no puede dejar de sentirse testigo referencial de lo que ha sido la historia de la TV y las comunicaciones en los últimos años.
Soledad Puente V.
Alejandra Sepúlveda y Pablo Sapag
¡Es la prensa, estúpido, la prensa!
Cuando Chile fue noticia, por la razón...o la fuerza
Santiago: Ediciones Copygraph, 2001, 285 págs.
En 285 páginas, incluyendo una cronología mediático-judicial, esta crónica parafrasea en su título el eslogan con que Bill Clinton ganó la campaña presidencial a Bush padre: «¡Es la economía, estúpido, la economía!». En esta ocasión, lo que realmente importa es la prensa.
Como corresponsal de El Mercurio en Madrid, desde 1996 hasta enero del 2001, a Alejandra Sepulveda le tocó cubrir los prolegómenos, desarrollo y desenlace del caso Pinochet en Europa. Su compatriota y colega Pablo Sapag, con larga experiencia en periodismo internacional, incluyendo corresponsalías en Medio Oriente y Kosovo, escribió más de doscientas crónicas para un canal madrileño sobre el conflicto que estalló en Londres el 16 de octubre de 1998 con la prisión del general. Decimos «estalló» porque está claro que el anciano militar se había convertido en «una estrella más del firmamento mediático» desde aquel lejano 1973 en que los europeos archivaron en su disco duro esa primera imagen con los brazos cruzados, mentón para afuera y lentes ahumados que recorrió el mundo junto a la emblemática fotografía de La Moneda ardiendo tras el bombardeo de los hawker hunters.
Ambos autores sufrieron en carne propia la ausencia de una estrategia comunicacional coherente por parte del gobierno chileno. Las argumentaciones se debatían entre la defensa de «principios y no personas» de Frei hasta «la tarjeta amarilla» a nuestra transición de parte de las democracias occidentales, según Lagos. Sepúlveda y Sapag le dan credibilidad a su ágil crónica sobre el caso –sindicado en España como la peor crisis en la historia de las relaciones bilaterales con Chile–, mostrándose independientes, no alineados con ninguna de las partes y, en estos tiempos, «políticamente incorrectos».
«Con diferentes motivos y protagonistas, la crisis podría repetirse», advierten antes de sindicar uno los desaciertos y traspiés en materia de comunicación política: «Se ha vendido mucha economía, pero muy poca política. Por eso casi nadie en Europa conoce la movilización popular que llevó a la victoria del ‘No’ en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, el Informe Rettig, Punta Peuco y otros tantos detalles de nuestra transición».
Grandes «detalles» ausentes en la prensa europea y específicamente española, son analizados implacablemente por los autores en lo que a objetividad se refiere. De todos los espectros políticos, incluyendo el derechista y monárquico ABC que el 2 de noviembre del 98 titulaba «España Salva a Chile de Pinochet», los profesionales españoles habrían demostrado no sólo desconocimiento de la situación chilena, sino también errores factuales (una abultada cifra de desaparecidos que incluía el total de muertos del Informe Rettig, entre otros) y un paternalismo inaceptable.
Todo ello, frente a una ausente Embajada de Chile («no sabe, no contesta» era la respuesta mientras afuera granizaba) y una estrategia muy bien engrasada por el ex asesor de Allende, el perseverante y cerebral Joan Garcés, y un Baltasar Garzón manejando la prensa a su antojo al punto de no dudar «en sacar del bolsillo su teléfono celular para fingir ahí mismo una conversación», si se trataba de reporteros chilenos con preguntas difíciles.
En el caleidoscopio de figuras públicas que van y vienen en esta suerte de pantomima mediático-judicial, el que definitivamente queda muy mal parado es el periodista argentino Ernesto Ekaizer, uno de los directores adjuntos de El País, galardonado por su cobertura del caso en abril del 2000 con el Premio Ortega y Gasset, del propio Grupo PRISA, nada menos que propietario del rotativo. Entre los periodistas españoles entrevistados que ven al argentino como «el instrumento del juez para filtrar a la prensa lo que le interesase» está Miguel Ángel de la Cruz, biógrafo del magistrado y de aquéllos a quienes, llueva o truene, espera siempre en la puerta de los juzgados: «[A] Garzón lo que le interesa es tener un medio de su lado de una forma férrea, fiel. Se lo está dando a El País a través de la herramienta de Ekaizer (...) La línea de Ekaiser era ésa: fidelidad a muerte y respaldo a todo lo que hacía Garzón». El resto del periodismo hispano, incluyendo el otrora contestario El Mundo se alineó pasivamente detrás del mayor consorcio periodístico español.
La primera medida acertada del gobierno chileno, según los autores, fue el boicot a la Cumbre Iberoamericana de La Habana, golpe en el blanco que consiguió al menos inquietar, preguntándose si lo habían hecho tan bien, a un pueblo que utilizó el caso como catarsis respecto a las nunca investigadas violaciones a los derechos humanos de la dictadura franquista. La ausencia de Chile y una Argentina solidaria en La Habana era un traspié sin precedentes para una España que sigue reservándose un papel tutelar sobre sus antiguas colonias (a las que en algunos casos demoró más de 40 años en reconocer como independientes, recalcan los autores) y que insiste en llamarlas con el apelativo imperialista de «Hispanoamérica».
Con motivo de la Cumbre, El País publicó una decidora encuesta del Instituto Demoscopia según la cual, a un año de la detención de Pinochet por orden de Garzón, un 70% apoyaba la medida. Pero según el mismo estudio, el 56% de los españoles era incapaz de citar el nombre de un solo cantante latinoamericano y el 35% tampoco conocía el de ningún mandatario del continente, al que una mayoría de opciones relacionaba con pobreza. Las respuestas eran incluso contradictorias: Chile aparecía entre los países que estaban en «mejor» y «peor» situación a la vez. Y es que las prioridades iban por otro lado: un 48% estaba a favor de reforzar los lazos con Europa antes que América Latina y sólo un exiguo 20% quería lo contrario.
Frente a un canciller Matutes vacilante y manipulador, que decía a cada cual lo que quería escuchar, aparece como la figura más destacada de nuestro país en el caso, el ex canciller Juan Gabriel Valdés, también ex embajador en España y conocedor de los entretelones de su política. Valdés entró en escena con una propuesta de arbitraje, calificó de «patética» la resolución de la autoridad hispana de «no intervenir» y acusó de «mentir» al ya desprestigiado Matutes. Expresándose en perfecto inglés frente a las cámaras, desde las Naciones Unidas, el ex canciller les habló en su mismo tono, «duro y golpeado». Aún hoy es tildado de «grosero, insolente, sudaca patudo».
Ya conocido el desenlace, para los autores la crisis ha culminado en sus detalles, pero no en lo sustancial: «A ojos de muchos, Chile demostró antes, durante y después del caso que no tiene personalidad exterior». Todo ello aderezado con desaciertos como los dimes y diretes entre La Moneda y los militares que culminaron con la irrupción masiva de la televisión a la losa del aeropuerto Pudahuel para difundir, orbi et orbe, la llegada del enfermo general levantándose de su silla de ruedas y paseando al son de «Los Viejos Estandartes». Esta ausencia de estrategia comunicacional –o falta de coherencia– ha permitido que el mundo siga anclado en las imágenes en blanco y negro de La Batalla de Chile, de Patricio Guzmán.
En suma, se trata de una crónica bien narrada, aunque hacia el final algo repetitiva, con interesante información de trasfondo que permite entender por qué una causa con una débil argumentación judicial ganó en el omnipresente ‘tribunal mediático’, que hoy por hoy va configurando nuestra percepción de la realidad.
Consuelo Larraín A.
Andrés Oppenheimer
Ojos vendados
Estados Unidos y el negocio de la corrupción en América Latina
Buenos Aires: Sudamericana, 2001, 318 págs.
En esta oportunidad, Oppenheimer se aleja un poco de los vericuetos políticos e institucionales de sus anteriores investigaciones periodísticas – La hora final de Castro y México: En la frontera del caos– para adentrarse en las menos navegadas aguas de la empresa y la banca privadas. A partir del mínimo común denominador de la corrupción (¿puede decirse, en realidad que ése no sea también un tema político?), expone tres casos que si no fueran, por reales, tan trágicos como vergonzosos, podrían considerarse una buena base para un thriller apasionante.
Número 1, el de Amado Carillo Fuentes, el desaparecido «señor de los cielos», jefe del cartel de Juárez, y sus movimientos en Chile, Uruguay y Argentina, país desde donde, a través de un «banco corresponsal», transfería fondos a su cuenta en el Citibank de Nueva York, donde quedaban finalmente lavados.
Número 2, el de IBM y su contrato por 250 millones de dólares con el Banco de la Nación Argentina, para modernizar su sistema de computación, que involucró, como recuerda el autor, una serie de intrigas políticas, otras tantas golpizas y hasta una muerte jamás aclarada. Ese caso motivó la declaración de dos funcionarios del gobierno argentino en el sentido de haber recibido sobornos de una transnacional y el inicio de una investigación en Estados Unidos para determinar si los ejecutivos de la casa matriz de IBM habían aprobado dichos pagos.
Número 3, el de Raúl Salinas, hermano del ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari. Aquí, Oppenheimer conduce al lector por el hilo de la madeja que comenzó a desenrollarse en 1995, después de que el primero fuera arrestado por el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del entonces gobernante PRI y comenzaran a descubrirse los rastros de los millones que el hermano del ex presidente había desviado al extranjero. El libro se adentra sólo en las transferencias a su cuenta en el Citibank de Nueva York, que entre 1992 y 1995 llegaron a los 100 millones de dólares.
Ojos vendados es, sin duda, el más ético de los libros de Andrés Oppenheimer. El autor no se circunscibe, como en sus investigaciones anteriores, a la explicación de un fenómeno político complejo, sino que junto con enfatizar el tono de denuncia, sugiere rumbos para comenzar a andar el camino de la transparencia o de remontar la caída por la abrupta pendiente de la corrupción. En primer lugar, por la vía de no poner todos los huevos en el canasto de los controles gubernamentales como si la única corrupción fuera la oficial, sino también investigar –y legislar– para detener los manejos corruptores de las grandes corporaciones privadas. Una responsabilidad para Estados Unidos, que, a juicio del autor, no puede seguir presentándose como el adalid de la lucha anticorrupción si no adopta «medidas severas para poner en orden su propia casa». Sobre este punto y a propósito del escándalo IBM-Banco Nación, uno de sus entrevistados de la fiscalía de Nueva York se hace una pregunta nada despreciable: «Una cosa es si una compañía norteamericana verdaderamente no tiene ninguna participación en la conducta de sus ejecutivos extranjeros. ¿Pero qué pasa cuando la casa matriz crea una estructura corporativa que le permite esconderse detrás de esa defensa territorial?»
El columnista de The Miami Herald y co ganador del Pulitzer, echa mano de la buena amalgama que es él mismo –un periodista argentino, especialista en la cobertura de temas latinoamericanos para medios estadounidenses– para abordar un fenómeno que pone en cuestión la transparencia de los aparatos gubernamentales de varios países de América Latina, pero también de los procedimientos de empresas y bancos norteamericanos para invertir en la región o para recibir fondos provenientes de ella. ¿Por qué escoge específicamente las entidades que aparecen en el libro? No porque sean más corruptas, sino simplemente porque, por el hecho de estar sometidas a legislación antisobornos y antilavado, su participación en los escándalos de corrupción ha sido investigado por agencias gubernamentales en Estados Unidos.
No vaya, pues, la argentinidad del autor a llamar a engaño a nadie. Oppenheimer no exculpa a América Latina en el fenómeno: «No cabe duda de que son los países latinoamericanos los que tienen la mayor responsabilidad en esta lucha y que son ellos los que deben adoptar nuevas leyes superando conflictos de intereses, exigiendo mayores rendiciones de cuentas y sistemas de pesos y contrapesos para evitar la impunidad. Sin embargo, aunque uno sea optimista y piense que estas medidas serán adoptadas e implementadas debidamente, tal vez no alcanzarían. La lucha contra la corrupción no será ganada en el futuro próximo sin cambios en las leyes de Estados Unidos y Europa para imponer mayores controles a sus corporaciones multinacionales y bancos».
El autor no es original en este punto, ni pretende serlo: tan culpable como el que paga con dineros mal habidos, es el que los recibe a sabiendas; y mirar para el lado puede ser una efectiva manera de cooperar con el delito.
Eliana Rozas O.
Imágenes 70 años
1931 - 2001
Santiago: 2001, 215 págs.
La aparición del diario La Segunda, el 26 de julio de 1931, fue originada por la caída del entonces Presidente de la República, Carlos Ibáñez del Campo, quien –elegido democráticamente en 1927– optó luego por una tendencia dictatorial que provocó su caída. Sin perjuicio de ello, el electorado lo prefirió en 1952, pudiendo concluir un mediocre período en 1958.
La Segunda fue primero un vespertino de Las Últimas Noticias, fundada en 1902. Igual que El Mercurio de Santiago, nacido dos años antes, estos periódicos surgieron gracias al pionero de la prensa moderna chilena, Agustín Edwards Mac Clure. Era evidente que un cambio de gobierno verificado en la mañana de un día políticamente significativo requería entregar información inmediata a la opinión pública santiaguina. Y una vez pasada la coyuntura incruenta, el propietario de la empresa periodística optó por la permanencia regular de La Segunda.
70 años de vida han permitido trazar un itinerario de la trayectoria del medio. Este trabajo, coordinado por el historiador Gonzalo Vial Correa, tuvo a la periodista María Eugenia de la Jara a cargo de la edición, mientras el actual director del vespertino, Cristián Zegers Ariztía, escribió el prólogo. Tal como los primeros cien años de El Mercurio originaron un álbum de las principales «páginas de un siglo», el de La Segunda combina aquéllas con una vivaz crónica, una rica iconografía y entrevistas especiales de testigos de la época.
El comienzo de la década de los años treinta estuvo marcado por asonadas militares, pero, a partir de 1932, Chile se caracterizó por su adhesión al régimen democrático, salvo en el interregno 1973-1990. Ello favoreció la actividad de los partidos, de la Iglesia Católica, de la cultura y el periodismo en sus diferentes expresiones, de la industrialización del Estado, del profesionalismo castrense, de la inserción del país en el ámbito internacional.
Sin embargo, a lo largo de 70 años aparecieron también –y de ello da cuenta puntual la obra– rebeliones estudiantiles, el nacimiento del incipiente terrorismo urbano, desafíos a la jerarquía católica, el inicio de un marxismo que sucumbió pronto y los signos de una redemocratización como consecuencia del triunfo del «no» en el plebiscito de 1988.
Es evidente que el propósito de este libro-álbum no fue historiar día a día a La Segunda por siete décadas, en cuanto, por ejemplo, a su posición editorial (pasando de ser un órgano «de trinchera» a uno pluralista, como queda claro en el editorial del día aniversario, publicado el 28 de julio 2001). Ello habría exigido una mucho mayor extensión. De todas maneras, constituye un volumen de consulta útil para los alumnos de las escuelas de periodismo. A nivel universitario –y no sólo en Chile, sino en el mundo– hace gran falta poner más énfasis en la historia de la profesión, sujeta a poderosos fenómenos como la globalización de los medios informativos e internet; así como a una escalada de censuras y restricciones que afectan gravemente a la libertad de expresión.
Tomás Mac Hale E.
María Olivia Monckeberg
El Saqueo de los grupos económicos al Estado chileno
Santiago: Ediciones B, 2001, 269 págs.
La temática e implicancias de este libro obligan a que este comentario no se limite a la usual enumeración de sus cualidades y defectos como pieza literaria y periodística.
En primer lugar, y sin entrar a comentar aún la veracidad o no de los hechos allí descritos, creo que El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno confirma la inconveniencia de censurar libros y otros productos culturales. El mundo no se acabó con la publicación de este texto, a diferencia de lo ocurrido con obras poco rigurosas o francamente malas y que, por estar vetadas, han recibido una publicidad exagerada y quizás inmerecida, como Impunidad Diplomática, de Francisco Martorell. En el ámbito de la ficción, y pese al escándalo generado por su versión fílmica, La Última Tentación (de Cristo) de Nikos Kazantzakis circula desde hace años libre y calladamente en Chile, pese a que sus herejías son tan o más patentes que las filmadas por Martin Scorsese. Lo más probable es que, a la larga, la sociedad se beneficie más con una mayor transparencia que con un mayor recato, dado que el secreto y el silencio son los mejores aliados de las maniobras antiéticas o francamente ilegales de los poderosos... y de los no tan poderosos.
Segundo, María Olivia Monckeberg trata un tema tan antiguo como el hilo negro: las implicancias jurídicas, sociales, políticas, económicas, pero sobre todo éticas de un viejo y universal afán: el de «privatizarse» beneficios conseguidos en el ejercicio de altas funciones públicas. Insisto que esto no quiere decir necesariamente que así hayan procedido los aludidos (este comentario no es el lugar para resolverlo), pero es obvio que se trata de un tema de suma importancia que es bueno que sea debatido de manera seria y de cara a la sociedad.
Es que el «saqueo» al Estado para beneficio privado no es exclusivo de ningún sector ideológico particular, ni de un país, ni de una época específica. Baste recordar los elefantiásicos consorcios rusos hoy en manos de ex jerarcas soviéticos, o la sospechosa coincidencia ideológica entre vendedores y compradores de activos estatales durante los gobiernos de la conservadora Margaret Thatcher, del socialista Felipe González o del PDC italiano y alemán... Para qué seguir; el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.
Dicho esto, ya podemos abocarnos al libro mismo. Pese al mérito que tiene, por su naturaleza, exponer este tipo de problemáticas, el libro posee tres problemas importantes.
Primero, es bastante tedioso. Esto en sí mismo no tiene por qué ser malo. Si lo que se busca es la seriedad y el desapego en el relato de los hechos narrados, el autor puede exculparse (hasta cierto punto) señalando que no conviene ejercer malabares retóricos para embellecer artificialmente la «realidad» narrada. La gravedad y seriedad de muchos de los casos expuestos parecen justificar un tratamiento descarnado, de manera que no puedan impugnársele las subjetividades y desafortunados floreos retóricos que sí se le pueden enrostrar al prohibido Impunidad Diplomática. Pero la experiencia de autores chilenos comparables, casi puras mujeres (notablemente Patricia Verdugo), sugiere que tratar temas contingentes y espinudos no tiene por qué ser aburrido ni tedioso.
El segundo problema tiene que ver con la oportunidad en que este trabajo fue publicado. Es fácil decirlo desde el cómodo sillón del comentarista, pero es evidente que éste era un libro para haber sido publicado y debatido en 1990. Mucha de la información data de los años 1980, y está bien documentada dentro de las dificultades obvias. En varios aspectos, el libro complementa lo relatado (con cierta admiración, claro) por Arturo Fontaine en La historia no contada de los economistas y el presidente Pinochet (Zig Zag, Santiago, 1988). Quizás en 1990 «el horno no estaba para bollos», pero nuevamente la experiencia de Patricia Verdugo y sus símiles sugiere que este libro pudo publicarse entonces. No es feliz que haya aparecido diez años más tarde, justo cuando la oposición criticaba las indemnizaciones a ex ejecutivos estatales del gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
El tercer problema del libro, y quizás el más importante, es que promete más de lo que ofrece. Es cierto que las privatizaciones de los años 1980 ameritan y ameritaban un debate, tanto ético como legal, que nunca se dio. Es esperable oír hablar de saqueo en un debate así, al igual que cuando se discute la reforma agraria. El problema es que Monckeberg sigue la trayectoria de estos nuevos magnates (y otros no tan nuevos) a partir de 1990, intentando demostrar una maquinación ideológica fríamente calculada, forjada al amparo del régimen militar. En otras palabras, este libro debiera llamarse Conspiración UDI para controlar la mente y los bolsillos de los chilenos. La conspiración, según la autora, fue iniciada por un puñado de ex funcionarios que se enriqueció de manera ilegítima gracias a sus altos cargos públicos entre 1973 y 1989, y que hoy controla AFPs, Isapres y universidades. Pero eso esarina de otro costal, muy difícil de demostrar, incluso si fuera efectivo.
Como sugiere la experiencia de ciertos ex-revolucionarios que hoy son prósperos hombres de negocios, incluso socios de algunos de los aludidos en este texto, la ideología pasa fácilmente a segundo plano ante el vulgar afán de ganar dinero. Eso sí es demostrable a partir de 1990. Por lo demás, el lector común y corriente tiene el derecho de preguntarse por qué la Concertación, en el poder desde entonces, nunca hizo nada por denunciar las privatizaciones de hace dos décadas. ¿Acaso hubo complicidad? De ser así, el dedo acusador debiera apuntar a todo el espectro político.
Sergio Godoy E.
Núria Vouillamoz
Literatura e Hipermedia
La irrupción de la literatura interactiva: precedentes y crítica
Barcelona: Paidós, 2000, 207 págs.
Lluis Codina
El libro digital y la www
Madrid: Tauro Producciones, 2000, 274 págs.
En su libro Ser Digital, Nicholas Negroponte afirmó que era una paradoja hablar sobre tecnologías de la información, bits y bytes en algo tan antiguo como un libro. Lo mismo se podría pensar al leer Literatura e Hipermedia. Sin embargo, el foco de la autora no está en la red y las tecnologías como soporte, sino en el lenguaje y los nuevos desafíos que enfrenta el discurso lineal de la literatura cuando se presenta la oportunidad de abordar un mismo tema desde diversos puntos de vista y a través de una variedad de medios.
En su primer capítulo, Vouillamoz aborda los antecedentes de la tecnología hipermedia en literatura. Aquellos que hayan leído a otros investigadores de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), como Negroponte, Landow y De Kerckhove, reconocerán la cronología que esta autora hace de ellas y la terminología que usa. Como especialista en la convergencia entre literatura e informática, Vouillamoz presenta una particular visión de las tecnologías de la información y la comunicación que unen ambas áreas. «Definir la hipermedia como la conjunción de diseños funcionales hipertextuales y herramientas multimedia es hablar de paradigmas de conocimiento que se abren a un nuevo espacio de actuación aplicable a todas las disciplinas de la actividad humana», afirma la autora y añade que el laberinto es la mejor manera de entender los sistemas hipermedia. El laberinto invita a ser explorado, a ser recorrido sin mapa ni pista previa y obliga a quien entre en él a realizar un recorrido sin caer en una infinita circunvalación. En este sentido, reconoce las ventajas del hipermedia como un sistema asociativo que emula a la mente humana, pero no se queda en ello. También considera los aspectos negativos como la desorientación del usuario en un sistema que use hipertexto, la lentitud en el acceso a los datos y el desbordamiento ante los ingentes volúmenes de información.
La intención de no caer en conceptos radicales revolucionarios o apocalípticos es una característica del libro que se manifiesta también más tarde, al entrar en el tema principal. Para ello cita un cuento de Jorge Luis Borges titulado «Pierre Menard, autor del Quijote». Pierre Menard era un francés del siglo XIX que consiguió escribir línea por línea dos capítulos del Quijote. Y no los copió, sino que se propuso componer el Quijote teniendo en cuenta todo el contexto de la época de la obra, y el resultado fue igual a la obra de Cervantes. Con ello, Borges introduce uno de los temas determinantes en la estructura hipermedia que tiene internet y las redes: la autoría por parte del lector. Al tener múltiples accesos a una historia, el lector se convierte en autor de esa historia. Por medio de los enlaces que va recorriendo, va estructurando su propia narración. En cierta manera, se convierte en el Pierre Menard de Borges, que se internó tanto en el mundo de Cervantes que fue capaz de escribir los mismos capítulos que brotaron de la pluma del Manco de Lepanto.
En su segundo capítulo, Vouillamoz entra completamente en el tema de la literatura electrónica, un campo que –pese a que parece nuevo– la autora se encarga de corregir y situar cronológicamente en la década de los ochenta. Asimismo, adopta una visión polisistémica para investigar la literatura electrónica y que se concreta en los siguientes puntos: cómo cambian el producto literario y el repertorio literario, hacia dónde evolucionan los conceptos de consumidor y de productor, cómo varían la estructura institucional y las conductas del mercado.
Vouillamoz responde cada una de esas interrogantes en el último capítulo. Plantea también allí diversos desafíos. Primero, desde el punto de vista del producto, distingue entre las obras originales compuestas para sistemas hipermedia y aquellas que han tenido que digitalizarse y traducirse a formato hipertextual y multimedia, lo cual implica una nueva capacidad retórica. En segundo lugar se refiere a una transformación de la manera de acercarse a la obra por parte del lector, incluso por medio de sensaciones físicas con el consecuente cambio en el esquema cognoscitivo. Y, el tercer desafío se centra en la figura del productor de la obra, quien deberá asumir más funciones de técnico que de escritor y necesitará de otros profesionales para concluir su producto.
Lamentablemente, algunos de los múltiples casos que aparecen citados en el libro son difíciles de encontrar. La descripción que hace la autora de ellos, sin embargo, da pistas que sirven para analizar textos y obras hipermediales que se pueden hallar en Chile y a través de la World Wide Web.
El propósito de Lluis Codina en El libro digital y la www es más amplio que el de la obra de Vouillamoz, aunque no por ello, menos exhaustivo. Igual que en Literatura e Hipermedia, Codina considera necesario hablar de los fundamentos de las tecnologías de la información y la comunicación, con la clara intención de dejar claros algunos puntos antes de entrar en otras honduras.
En sus primeras páginas, se apura a aclarar que electrónico no es sinónimo de digital: «el problema es que, si bien, todo documento digital es un documento electrónico, en cambio, lo contrario no es cierto». A partir de entonces comienza una clara y profunda descripción de las características de los documentos analógicos versus los documentos digitales, la cual resulta muy útil como un primer análisis del contenido de los medios digitales. En libros sobre las tecnologías de la información no es común encontrar detalles tan básicos, pero necesarios, para entender tanto el proceso de digitalización, como la manera en que se almacenan unos y ceros en el disco duro de un computador o en los distintos soportes de información digital.
Como Vouillamoz, Codina afirma que no es acertado comparar los multimedia interactivos con los libros impresos. Un multimedia interactivo podría llegar a ser un buen complemento de un libro, sin embargo el primero tiene más información que el soporte papel; tiene también audio, video, imágenes, etc. Son medios distintos, pero no se contraponen, como tampoco uno reemplazará al otro. Para el autor, la letra impresa con toda su linealidad seguirá existiendo como lo ha hecho durante siglos: «El texto en los libros analógicos convive con toda clase de objetos icónicos, tales como grabados, fotografías, dibujos gráficos, ilustraciones, etc., desde hace, no años, sino siglos, sin que haya parecido nunca que esto amenazaba la supervivencia de la letra impresa», explica Codina. Y una vez aclarado este punto se lanza hacia una de las partes fundamentales del libro: el estudio del hipertexto.
Considerando que muchos libros que tratan acerca de internet y el hipertexto se limitan a las definiciones de Vannevar Bush o de Ted Nelson, Codina analiza hipertexto desde cuatro puntos de vista: como estructura de información, como estrategia narrativa, como docuverso (sistema universal de diversos computadores que permitiría la creación de textos, combinando los aportes de diversos autores) y como sistema de edición e hiperdocumentos. De estas cuatro aristas se deriva el apartado siguiente. El autor se dedica allí a la composición del hipertexto y destaca los conceptos de nodo, enlace y anclaje. Con ellos explica la navegación hipertextual y sus dos características principales: (1) la sensación de desplazamiento entre puntos muy alejados del ciberespacio, aunque esté limitado a las dos dimensiones del monitor del computador, y (2) el desbordamiento cognitivo o sensación de incapacidad de procesar toda la información que se tiene al alcance, lo cual puede provocar desinterés por la lectura y una cierta sensación de ansiedad.
El libro de Codina destaca sobremanera por la calidad y precisión de sus cuadros y esquemas. En ellos sintetiza los conceptos e ideas de varias páginas. Cada casilla se transforma en un verdadero link hacia el contenido del texto. Junto con ello, y tal como si fuera el bonus track de un CD de música, entrega cinco anexos muy útiles para hacer más eficientes las búsquedas en la World Wide Web y aplicar los conceptos del resto del libro. En definitiva, es prácticamente un manual para comprender cómo se estructura este enorme océano de información que es internet.
Francisco Javier Fernández M.
Christian Delporte
Les journalistes en France 1880-1950
Naissance et construction d’une profession
París: Editions du Seuil, 1999, 450 págs.
Con más de una década de trabajos y publicaciones sobre historia de los medios, el autor se pregunta esta vez por la naturaleza de la profesión de periodista que «provoca arrebatos pasionales tan intensos». No le interesa tanto la prensa («objeto de múltiples investigaciones») como «aquellos que la construyen cotidianamente». La primera constatación que realiza es que las fuentes son difíciles de encontrar: frente a una masa inclasificable de artículos de prensa, los archivos escasean. Los propios periodistas «aficionados precoces del teléfono, han dejado poca correspondencia». Los archivos públicos son manifiestamente insuficientes, y para acceder a los privados es necesario vencer muchas reticencias.
Lo anterior determina el método de trabajo: «no se puede aprehender la evolución de la prensa y de la cadena de la información sin conocer a los hombres que las han hecho, pero es necesario también hacer una historia global de los periodistas, privilegiando la aproximación colectiva...» En fin, el propósito es «estudiar el proceso de emergencia, edificación y de legitimación de la profesión del periodista, en el período comprendido entre los años 1880 y el umbral de los años 1950, contribuyendo así, modestamente, a la historia sociocultural de Francia de fines del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX» (p.13).
Para conseguir lo anterior el autor distingue tres períodos. El primero, que arranca en 1880 llega hasta la primera Guerra Mundial, fija el marco de las transformaciones futuras, redefine las prácticas profesionales, fija el rol social del periodista y muestra las inflexiones de las referencias culturales y de identidad fundamentales. Es la época de los primeros pasos que van de lo individual a lo colectivo. La toma de conciencia de pertenencia a un grupo produce el reflejo de autodefensa y sus manifestaciones corporativas, sobre todo a partir de los miedos producidos por la revolución de la prensa (expresada en su masificación) y de las experiencias vividas en ese proceso.
Es también el período en que, aunque no admitiéndolo abiertamente, los periodistas se separan de los medios literarios y políticos, con los cuales convivían desde hacia tiempo, en una gran simbiosis. Las prácticas nuevas del periodismo de masas, caracterizado por la información y el reportaje en todas sus formas, identifican a la profesión, hasta entonces dominada por los escritores y los oradores. Y del reportaje se transita, en muchos casos y rápidamente, al sensacionalismo y a los «hechos menores», cuya expresión máxima lo constituyó la columna permanente que Le Journal des Débats estableció a partir de 1908 con el nombre de «El asesinato del día» (p. 65).
También es posible observar un fenómeno de despolitización de la prensa. Si bien éste proceso es común a todas las democracias modernas, en Francia es más tardío en razón de las convulsiones de su historia política. Ello no implica, sin embargo, que las nuevas formas del periodismo hundan sus raíces en prácticas y problemas típicamente nacionales.
Este primer período fija también los límites a menudo ambivalentes del espacio profesional. La ola de recién llegados a los medios, obliga a definir una frontera hasta entonces imprecisa. Se trata de un límite que pretende alejarse de los amateurs y que se esfuerza por hacer reconocer una calificación profesional que no se adquiere en las escuelas, sino en la práctica. Con todo, los periodistas franceses del período permanecen atados a una profesión abierta, que exalta los dones de la experiencia, y niega todo otro antecedente para consagrarse a su actividad. Sin embargo, ello se complica por dos razones. Por un lado, rechazan la lógica del asalariado o la sumisión que forma parte del modelo social y moral de las profesiones liberales, exigiendo que les sea reconocido el derecho al secreto. Y por otro, no aceptan reglas de funcionamiento o intentos de regulación y control profesional, las que perciben como atentados a la libertad y a la dignidad del periodista.
El segundo período que distingue el autor se sitúa entre las dos guerras mundiales. En esa época se prolongan, clarifican y entregan respuestas a las preguntas planteadas en el período precedente. Es la fase activa de la construcción profesional y, en ese sentido, la más importante de la historia del periodismo contemporáneo. Es el tiempo del triunfo de la información. No obstante que los periodistas siguieron ligados a la polivalencia de su actividad y a la escritura, se les obligó también a reconocer ciertas formas de especialización e incluso a admitir que, en razón del carácter cada vez más complejo del proceso de información –marcado en especial por la consolidación de nuevos modos de expresión (imagen y sonido)–, la profesión de periodista era esencialmente plural.
En efecto, se aprecia una importancia creciente de la caricatura y la fotografía. Esta última pasa a ser un complemento que permite la verificación de la información. La inflexión sin embargo, está marcada por la radio y los informativos radiales pues a partir de 1920 las noticias también pasan a ser parte de la radiofonía. Ello se da en estrecha vinculación con la prensa escrita, pues los periodistas radiales proceden de ella y no son pocos los medios escritos que ponen en funcionamiento sus propias radioemisoras (p. 250).
En el período, se advierte también un cese de la expansión de la prensa escrita, estabilizándose el número de publicaciones, las tiradas y la recluta de periodistas. Es, además, el momento de la discusión sobre la enseñanza del periodismo, cuestión que en 1920 muchos perciben como una ironía pues es un oficio que se aprende sólo con la práctica. Llama la atención este rechazo a la enseñanza del periodismo pues en esa misma época ésta era una actividad corriente en Alemania y en Estados Unidos. Pese a que en 1939 la Academia Francesa autorizó la creación de un «Instituto de Ciencias de la Prensa», la Escuela Católica de Periodismo ligada a la Universidad de Lille y creada en 1924, será la más importante en Francia hasta la segunda guerra mundial.
En el plano corporativo, en este período se establecen las reglas de funcionamiento que, hasta nuestros días, organizan la profesión: el estatuto de 1935 y la carta de identidad profesional, cuestiones ambas que implican tanto un reconocimiento político, como uno social y, finalmente, el reconocimiento de una competencia específica.
No faltan, eso sí, las instancias corporativas que atribuyen, a la carta profesional, poderes diversos en materias de ética profesional. Todos los debates del período de entreguerras muestran la desconfianza a propósito de las medidas autoritarias y al rechazo de las coacciones colectivas. Esas censuras se harán presente en Francia en febrero de 1939, en vísperas de la guerra, y definitivamente después tanto en los territorios ocupados por Alemania como en la región sobre las que ejerce el poder el gobierno de Vichy.
No es extraño, por tanto, que el tema de la necesaria moralización para el ejercicio profesional domine la escena del último período que cubre los años 40. Y ello, en virtud de las profundas diferencias de conducta que fue posible observar entre los periodistas durante la guerra. Por un lado existe una «pleyade» de colaboracionistas, en tanto que otro grupo importante padece la censura, la prisión o el exilio. Mientras tanto, entre los miembros de la resistencia surgen muchos aficionados que trabajan tanto en propaganda como en la redacción de hojas clandestinas –a veces ligadas y patrocinadas por los antiguos medios tradicionales– y que, después del conflicto, reconstituyen el aparato de los medios informativos en una medida bastante influyente.
La liberación aparece a la vez como una ruptura y como el fin de un ciclo. Ruptura pues se trata, para algunos, de volver a cero en el sistema de información francés, y fin de un ciclo, pues esa ruptura descansa en los fundamentos críticos que remontan al nacimiento del periodismo moderno: todos los nuevos proyectos se refieren a la función moral de la prensa, la que se vuelve a definir en los mismos términos que en 1880, como ha quedado dicho más arriba.
Este proceso va acompañado, en primer lugar, de una profunda depuración del ejercicio profesional. En total, unos 700 periodistas son sancionados con penas de preferencia de entre 6 meses a 2 años de suspensión del ejercicio profesional. En segundo lugar, por una vuelta a la idea de un periodismo que «guíe, instruya y eduque» a los lectores (p. 384).
Así, en los inicios de los años 50 se da vuelta una página en la historia del periodismo francés. A pesar de las transformaciones de los diarios y de sus contenidos, el ideal profesional permanece fundado en una alta idea del rol social de la prensa y del rechazo a considerar la información como un puro producto de consumo.
El trabajo de Delporte constituye –no obstante la a ratos farragosa abundancia de datos y la inexplicable omisión de consideraciones sobre la prensa audiovisual– un aporte contundente a la historia del periodismo y a la historia social de la Francia contemporánea.
Matías Tagle D.
François Heinderyckx
L’Europe des medias
Bruxelles: Editions de l’Université de Bruxelles, 1998, 273 págs.
La preocupación que dio origen a esta contundente investigación, puede resumirse más o menos de la siguiente manera: la evolución del panorama mediático anuncia el desprecio o la desaparición de los medios nacionales, y los medios transnacionales no serán sino (y siempre) ghetos temáticos.
La relación del fenómeno mediático con el fenómeno nacional no es nueva. Pero sin duda cobró una significación particular, en los inicios del siglo XX, con la configuración de la sociedad de masas, lo que, por lo demás, coincidió históricamente con el advenimiento de los movimientos comunista, fascista y nazi, todos a su vez fundados en el fenómeno masivo.
El texto se refiere exclusivamente a los que el autor llama «medios de información». Los define como aquellos que «consagran una parte ostensiblemente preponderante de su contenido a la actualidad», incluyendo el consumo tanto de prensa cotidiana, como de radio y televisión. Heinderyckx utiliza como fuente primera de datos la más antigua de las encuestas periódicas sobre el tema: el Eurobaromètre Standart que se realiza dos veces al año, y que incluye un número importante de preguntas sobre el consumo mediático. Es de destacar que para la muestra particular que usa –recogida en el invierno de 1995-1996– se interrogó a más de 65.000 personas representativas de los europeos mayores de 15 años, una muestra excepcional que permite una reducción de los márgenes de error. Todos estos datos se expresan en el texto en la impresionante cantidad de 110 gráficos, 81 cuadros, 9 figuras, 5 mapas y 15 anexos estadísticos.
Articulado sobre la base de tres capítulos claramente diferenciados, éste es un trabajo altamente exhaustivo y coherente. El primer capítulo, «Los europeos frente a los medios», se refiere al análisis del consumo en Europa de los informativos televisados, de radio y de prensa cotidiana, por sexo, por grupos de edad, por nivel de ingresos, por profesión y actividad, y por regiones de cada uno de los estados miembros de la Unión Europea (UE).
De las muchas consideraciones que es posible advertir, las más significativas parecen ser: que los mayores de 55 años son quienes consumen más informativos televisivos (más de 90 %); que los estudiantes son los menores consumidores de noticias televisadas; que los alemanes son los mayores auditores de informativos de radio; que los suecos son los mayores consumidores de prensa escrita; que los autríacos aparecen como los más mediáfagos, con un 93% de grandes consumidores de los tres medios en conjunto; y que los griegos son los más mediáfobos, con sólo un 55% de grandes consumidores de los tres medios, mientras la media europea es de 77%.
Tanto el análisis de cada uno de los 15 casos nacionales, como el de las 79 regiones resultan igualmente sugerentes, y consultan las mismas variables antes señaladas.
Si, como ha quedado dicho, en el capítulo primero el autor se centra en el consumo medial, en el segundo, su mirada se dirige, con igual profundidad y acopio de información, a la oferta mediática. Para ello, Heinderyckx analiza primero los «diarios de calidad», los «que, en cada país, aparecen como los más apreciados e influyentes por los cuadros dirigentes» (p.106). Se trata en total de 18 diarios de 10 países. De cada uno de ellos se estudió una semana, en base de la técnica de semana construida (una edición de cada día de la semana, en semanas distintas, evitando ediciones consecutivas). Ello arrojó un total de 103 ediciones en las cuales distingue la forma y el fondo. El análisis de fondo está dirigido a las porciones de «actualidad», por oposición a la «no actualidad», que incluye opiniones, decorado, servicios y publicidad. En «actualidad» en cambio, se distingue la nacional y la internacional, y en cada una de ellas, la política, la economía, lo social, los «hechos diversos», la cultura, los deportes y «otros» no clasificables en ninguna de las anteriores (como salud o medio ambiente). El análisis de las formas apunta a las características físicas, tales como superficie de papel por ejemplar (m2), caja de impresión (%), superficie impresa (m2), superficie por página (m2) y número de páginas. Pero en el ámbito de las noticias de actualidad, se distinguen, además los porcentajes de texto y títulos, de fotos y dibujos, y de tablas o infografías.
El mismo análisis, con las mismas variables e igualmente exhaustivo se lleva a cabo enseguida para los efectos de 9 diarios económicos procedentes de 8 países.
Tanto de los diarios de calidad como de los diarios económicos, el análisis da cuenta de sus contenidos, la presentación, el precio y el tiraje. Concluye que, los diarios de calidad comparten bastantes rasgos de carácter conservador, sin alejarse de la tradición del periodismo impreso, y que no dan cuenta de «una audacia desmesurada ni en su concepción periodística ni en la trayectoria redaccional que los sostiene» (p. 132). En el caso de los diarios económicos –los que tienen «una concepción general conformista pero variada»– el contenido temático, no obstante su homogeneidad, les permite ciertas diferencias. Más que constituir cada uno una singularidad, comparten un género tipo.
El libro incluye el análisis de 17 noticiarios de televisión, difundidos por 16 cadenas, de ocho países, y en seis idiomas. Este estudio también considera un análisis de los aspectos de fondo, entre los que destacan los contenidos de carácter nacional y los internacionales (ya sea referido a países o instituciones de la UE; o a países no pertenecientes, relacionados o no con la UE). En cuanto a los contenidos de las secuencias de los noticieros, se distinguen las categorías: política, economía, social, hechos diversos, cultura y deportes. En materia de forma, el análisis cronométrico distinguió: noticias sin imágenes, con imágenes fijas y con imágenes animadas. La conclusión es también contundente: «presentan un importante tronco común, tanto en la forma como en el fondo. Generalidad, titulares, actualidad nacional e internacional, alternancia estudio-reportajes, en fin: el conformismo domina la producción de este elemento pivote entre la programación de ‘media tarde’ y de ‘tarde’, entre access prime time y prime time». Además, «el conformismo de la forma y la concentración de las fuentes» los hacen homogéneos con «sello nacional, consecuencia de la necesidad de contar la actualidad de manera de hacerla inteligible al auditorio nacional» (pp.187 y 188).
Un tercer capítulo está dedicado a los medios transnacionales entendidos como aquellos que «difunden explícita y deliberadamente y para uno o múltiples públicos repartidos en un área geográfica que trasciende las fronteras nacionales». Naturalmente ello tiene que ver también con la existencia de «públicos transnacionales». Para dilucidar esta cuestión, el autor dedica algunas páginas a una discusión politológica de gran contenido, donde da cuenta de la dimensión geográfica, sociodemográfica y lingüística del problema de los medios transnacionales. Destaca a CNN como «la figura emblemática» de la transnacionalización medial, a la que es necesario agregar periódicos especializados en materia económica como el Wall Street Journal Europe, el Financial Times y el International Herald Tribune, y experiencias radiales como France Info Europe. Naturalmente Heinderyckx debe dedicar también algunas reflexiones al análisis del fenómeno de los medios en el campo regional, la otra cara de la medalla de la problemática política y medial en la Europa de fin de siglo.
De todo lo anterior, se concluye que «detrás de las apariencias semejantes y de esquemas de construcción heredados de una tradición común, los medios de información de Europa occidental manifiestan una incontestable diversidad tanto a nivel de la forma como del fondo». Según Heinderyckx, existe «la imposibilidad de organizar, en el marco de los medios tradicionales, un soporte mediático de contenido no temático que pueda ser destinado al conjunto de la población europea». A su juicio, «la barrera de la lengua es unánimemente reconocida como la mayor traba para la difusión mediática transnacional». Más allá de las apariencias –y retomando la pregunta original– está convencido de «la persistencia obstinada de la nación como espacio de referencia en materia de medios de información».
Con rigurosidad y metodología incuestionables, el autor pone en el tapete, uno de los temas más importantes y que preocupan a la Europa en expansión.
Matías Tagle D.
Jenny Baxter y Malcolm Downing (eds.)
The BBC Reports on America, its Allies and Enemies, and the Counterattack on Terrorism
The Overlook Press, Peter Mayer Publishers, Inc.
Woodstock, Nueva York, EE.UU. 2002
«For substance, flip to the BBC.», comenta el periódico norteamericano The Wall Street Journal en su crítica de este libro, escrito a pocos meses de ocurridos los ataques terroristas contra Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001. Se trata de un compendio de quince informes de diferentes aspectos del reordenamiento del mundo desde esa fatídica fecha, escritos por corresponsales de la British Broadcasting Corporation (BBC). Los autores son algunos de los más respetados corresponsales de una de las organizaciones periodísticas de más prestigio en el mundo. Tal vez, la de más prestigio.
Desde que fue fundada como compañía, en 1922, la BBC se ha destacado en el mundo del periodismo radial, televisivo y, más recientemente, de internet por entregar entretención, educación, información, innovación y enriquecimiento intelectual, los pilares de este servicio informativo. Con un equipo de casi 90 corresponsales en todo el mundo, la BBC trasmite cerca de 800 horas semanales de noticias por radio y televisión, además su entrega en internet, a más de 100 países en cerca de 40 idiomas. Dos de estos idiomas son el pashtu y el dari, los más hablados en Afganistán. En este país, que ha sido uno de los centros de la noticia mundial después del 11 de septiembre, y uno de los temas principales del libro The BBC Reports, no es casualidad que el medio de comunicación más confiable sea BBC Radio. No sólo hay pocos medios de comunicación en ese país de Asia Central, sino que además se dedican principalmente a la propaganda del bando político al que sirven.
El generalizado apoyo mundial al combate contra el terrorismo liderado por Estados Unidos y Gran Bretaña ha llevado consigo una cierta unilateralidad en la información de parte de los medios de comunicación. La única excepción notoria ha sido la estación televisiva qatarí Al Jazeera, que ha trasmitido videos de Osama bin Laden y sus seguidores. Pero hay toda una variedad de grises en la forma de informar e interpretar los acontecimientos que no ha tenido igual difusión. El libro rescata muchos de ellos.
Si bien buena parte de la información contenida en los informes ya ha sido difundida en los medios del mundo, el libro va más allá: cada informe entrega información contextualizada que difícilmente pudo ofrecer un medio periódico. Tal vez la premura por entregar información y la falta de datos relevantes ha restado perspectiva para entender, o intentar explicar, las motivaciones de los actores de los atentados, las políticas, los movimientos del mercado y el reordenamiento general del mundo. Pero la BBC también trabaja contra el tiempo. Tal vez la explicación de la calidad de la información y el análisis del libro radica en el alto grado de expertizaje en los temas tratados de parte de sus autores, todos pertenecientes al servicio noticioso mundial de la BBC, todos expertos en las regiones y los temas que cubren. El nivel, profundidad y variedad de puntos de vista sobre cada uno de los temas que tratan los quince informes, ayuda a comprender mejor las situaciones, los procesos y los personajes, que aunque son de relevancia para todo el mundo, son también, en general, complicados y a veces mal comprendidos o ignorados.
Por un lado están los asuntos que suelen hacer noticia en los medios de todo el planeta, como el recrudecimiento del conflicto árabe-israelí y los intentos de lograr la paz en la región del Levante, los efectos de los atentados en la economía mundial y los cambios a partir del 11 de septiembre en la política interna y externa del gobierno del presidente George W. Bush. Pero el libro también se aventura tanto en las razones que tiene la mayoría de los musulmanes para desconfiar o simplemente odiar a Estados Unidos, como en la formación y la expresión de la mente del terrorista islámico, la compleja estructura y la sofisticada forma de operación del grupo terrorista Al Qaeda (‘la base’), y las razones de la lucha política interna y la precariedad de la vida en Afganistán. Asimismo, el libro examina las motivaciones del presidente pakistaní, el general Pervez Musharraf para influir en Afganistán, las del jerarca ruso Vladimir Putin para formar parte de la coalición antiterrorista encabezada por Estados Unidos, y las razones del primer ministro británico Tony Blair para jugar un rol protagónico junto con el presidente Bush.
El libro se lee con agilidad, claridad e interés ya que está estructurado en capítulos independientes, aunque complementarios. Además, no hay que olvidar que sus autores son periodistas experimentados en dar a conocer asuntos actuales, trascendentes y muchas veces complejos, en forma rápida y atractiva. Cada uno entrega su propia visión de acuerdo con su experiencia en la cobertura de eventos relacionados. Cada uno de ellos ha sido corresponsal en varios de los principales centros mundiales de la noticia política, económica y bélica.
El estilo de redacción entre los informes es algo dispar –algunos caen en un cierto grado de reiteración al hacer excesivo énfasis en la tesis planteada. Pero nunca ofrece elaboraciones de lenguaje florido ni inverosímiles para hacer resaltar ciertos personajes o eventos, ni en elucubraciones alambicadas para señalar las motivaciones de los actores clave de los acontecimientos descritos. Todo lo contrario: los informes están bien reporteados, escritos y editados. Además, el libro incluye al comienzo un mapa con el trayecto de los aviones secuestrados y estrella–dos contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, en las afueras de Washington, y el caído en una zona rural del estado norteamericano de Pennsylvania. Asimismo, hay un mapa del Levante y otro de Asia Central. Todos los lugares mencionados en los informes pueden ser encontrados en ellos. Además, hay un completo, pero no excesivo cronograma de los principales acontecimientos ocurridos el 11 de septiembre y los días siguientes.
Definitivamente es un libro útil para poder explicar y relacionar eventos aparentemente tan disímiles, sorpresivos y desconectados entre sí, y también para tener un registro histórico de los hechos que probablemente se convertirán en una de las principales noticias del siglo.
Cristóbal Edwards.
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