Francisca Alessandri
Periodista y Magíster en Ciencias Políticas por la Pontificia Universidad Católica de Chile y profesora de la Escuela de Periodismo de esa universidad. [falessan@puc.cl]
El martes 11 de septiembre a las 8:47 AM, cuando se estrelló el primer avión contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center, no sólo se remecieron los cimientos de una de las construcciones más simbólicas de Nueva York, sino también las bases de una sociedad que se sentía segura e invulnerable. Con su acostumbrada eficiencia, los medios norteamericanos informaron al mundo entero de su propia tragedia. Se mantuvieron latentes, sin embargo, ciertas preguntas fundamentales: ¿por qué a nosotros?, ¿quiénes están detrás de los ataques?, ¿qué quieren?... Fue ante esas cuestiones que los norteamericanos, a través de sus medios, y el resto del mundo junto con ellos, levantaron la vista hacia otras realidades. El término de la Guerra Fría no implicaba el fin de los conflictos, ni del hambre, ni de la violencia, ni menos del terrorismo. Países como Afganistán habían estado sufriendo del abandono de Occidente por haber perdido su relevancia estratégica e informativa. La autorreferencia periodística –que había creado la falsa imagen de que lo que pasa lejos importa poco y que sólo debe preocupar lo inmediato y lo próximo– hizo aumentar la sorpresa y el shock.
Recuperados del impacto, los medios norteamericanos hicieron su mea culpa. «La falla (de los medios) fue avasalladora», sostiene Michael Parks en un artículo de Columbia Journalism Review que titula «Foreign News: What’s Next?»1 Al respecto, el autor cita al editor general del Manhattan Mercury y ex presidente de la American Society of Newspaper Editors, Edward Seaton, quien había dicho: «Podemos debatir si esta falla influyó en nuestra falta nacional de preparación (antiterrorista), pero no hay duda de que le fallamos a nuestros lectores». La crítica no apunta hacia la ausencia de informaciones referidas a los peligros del mundo de la postguerra fría, sino a la liviandad, atomicidad y parcialidad en el tratamiento de las noticias internacionales.
De hecho, mientras el público norteamericano percibía el terrorismo internacional como una amenaza real, la prensa insistía en minimizar los atentados contra los intereses estadounidenses, presentándolos como hechos aislados y lejanos. En una investigación publicada en Foreign Policy2 en 1999, se afirma que, si bien los norteamericanos se sentían «seguros, prósperos y confiados», respaldaban medidas antiterroristas. Frente a la pregunta por las posibles amenazas a los intereses vitales de Estados Unidos en los diez años siguientes, más del 80% de los encuestados señaló el terrorismo internacional como lo más importanre. Frente a la misma pregunta, sólo el 60 % de los líderes de opinión mencionó este tema. La amenaza de armas biológicas y químicas apareció en segundo lugar. ¿Qué fue lo que pasó entonces?
La pauta de los medios norteamericanos, y en cierto modo la de la mayoría de los medios del mundo, daba cuenta de una realidad empapada de la visión propia del «fin de la historia» de la que habló Francis Fukuyama3. De acuerdo con ella, el conflicto como elemento noticioso cede el paso a la emoción, la rareza, la curiosidad y la espectacularidad. La sección internacional se nutre, entonces, de noticias triviales que poco tienen que ver con lo que realmente pasa en el mundo. El acento informativo se pone en lo local, en un mal entendido acercamiento al público. Temas relacionados con la política internacional parecen irrelevantes, de difícil comprensión y aparentemente inocuos para el diario vivir. El infotainment, como bautizan los norteamericanos al periodismo en que prima el criterio del entretenimiento por sobre el de la información, copa primeras planas, portadas y titulares.
Un estudio realizado por el Committee of Concerned Journalists4 en 1997 dio cuenta del giro temático en la agenda de medios que solían cubrir ampliamente la realidad internacional. El análisis examina comparativamente los temas abordados por las cadenas televisivas CBS y NBC; la portada de los diarios Los Angeles Times, The New York Times y de los semanarios Time y Newsweek en 1977, 1987 y 1997. En todos estos medios se observa que el criterio de selección informativa evolucionó a través de estas tres décadas hacia la inclusión de noticias simples en lo factual, que apelan a la proximidad más que a las consecuencias del hecho, es decir a la emoción más que a la razón y a la curiosidad más que al conocimiento. En definitiva, la pauta informativa de los medios se «ablandó», dejando de lado aquellas noticias duras que obligan a la investigación acuciosa, a las fuentes confiables y a la transparencia a toda prueba, y optando por agendas de dudosa relevancia.
En el caso de CBS, mientras en 1977, el 6,7% de las noticias se referían a procesos políticos, en 1997, ninguna lo hacía. Sin embargo, las noticias sobre escándalos pasaron del 0,4% en 1977 al 12,1% en 1997, y las noticias «curiosas», de la ausencia total en 1977 al 4,7% dos décadas después. Similar fue la tendencia respecto de la calidad de vida, tema que se elevó de 2,5% a 9,8%. La situación de NBC fue parecida; de hecho, allí se encuentran porcentajes aún más altos de noticias referidas a curiosidades, escándalo e interés humano.
El panorama de los diarios no es distinto. Mientras en 1977, el 52,3% de las informaciones de primera página eran noticias duras, en 1997 sólo lo eran el 28,7%. En el caso de The New York Times, por ejemplo, se observó una baja importante en los temas políticos, mientras que las noticias relacionadas con escándalos, calidad de vida e interés humano aumentó de manera notoria.
Esta opción por la pauta blanda ha sido particularmente notoria en los semanarios. Time, por ejemplo, disminuyó su porcentaje de temas propiamente informativos de 49,8% en 1977 a 16,2% en 1997.
En este escenario en que se privilegia la proximidad, el periodismo internacional se ve seriamente postergado y disminuido. Aparentemente no hay ni desafíos ni amenazas de suficiente peso como para levantar la vista más allá del entorno inmediato.
Este «provincialismo post guerra fría» como lo llama James Hoge5, cunde en todos los medios, reduciendo el espectro de la información a una seguidilla de acontecimientos sin explicación, sin antecedentes ni marco de referencia. La información internacional que fluye luego del término de la bipolaridad deja traslucir una sensación de satisfacción, de autocomplacencia y suficiencia. Se muestra a aquellos que están más allá de las fronteras culturales como insignificantes o, al menos, irrelevantes. Es así como, por ejemplo, el remoto Afganistán desapareció de las pantallas y de los impresos casi en el mismo momento en que Mijail Gorbachov accedió a retirar a sus soldados de ese territorio hostil e indomable. Al terminar la confrontación este-oeste, los escenarios donde los valores occidentales parecían estar en juego, desaparecieron y por ende, no merecieron estar en pauta.
Esta autorreferencia temática de los medios occidentales queda graficada en un artículo de Columbia Journalism Review titulado «Foreign News: Who Gives a Damn?»6 Se cita allí al editor general de la prestigiosa revista US News and World Report quien había sostenido que «hay una disminución de la cobertura (internacional) simplemente porque los temas son menos relevantes». Y de hecho, según el mismo editor, las revistas que llevaban en su portada temas foráneos eran las menos vendidas.
Pero la historia prosigue para los afganos como para otros pueblos «olvidados» y, mientras los medios se copaban con la tragedia de la Princesa Diana y los escándalos del presidente Clinton, ellos continuaron haciendo noticia, aunque fuera evaluada como irrelevante. Es verdad, la prensa occidental falló en detectar el odio talibán, la vulnerabilidad frente al terrorismo, la fuerza del Islam. Antes éstas eran anécdotas; desde el 11 de septiembre, son actualidad.
Chile: reflejo de otras realidades
La tendencia mundial a la disminución del tiempo y del espacio dedicado a las noticias internacionales también se hizo presente en los medios nacionales. El 19 de mayo de 2001, por ejemplo, la falta de publicidad hizo que El Mercurio de Santiago cerrara el suplemento del sábado destinado a tratar hechos foráneos en profundidad. Los noticiarios centrales de la televisión abierta, por su parte, suprimieron o redujeron la extensión de este tipo de comentarios.
La pauta, muy dependiente de los servicios externos, también ha sufrido cambios en los énfasis de selección informativa. La exclusión de temas políticos complejos ha ido de la mano de la incorporación de noticias curiosas, hasta anecdóticas, y de más fácil comprensión para el público.
A lo anterior hay que agregar, como causa de una menor cobertura de los hechos mundiales, las reducciones presupuestarias que han afectado a la mayoría de los departamentos de prensa de los medios en el último tiempo. La disminución de los servicios informativos externos, de los corresponsales y enviados especiales ha contribuido a empobrecer y reducir la agenda de informaciones internacionales.
Un estudio de los noticiarios Teletrece de Canal 13 y 24 Horas de Televisión Nacional realizado en 2001 por profesores de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica7, reveló que las noticias internacionales ocuparon el 7,3% del total del tiempo de noticias emitidas en 24 Horas y el 5,6%, en el caso de Teletrece (una cifra muy por debajo de la cobertura de deportes y policía).
Pero también en Chile, los sucesos del 11 de septiembre obligaron a cambiar radicalmente la selección informativa de los medios. En el caso de los noticiarios mencionados, el cambio fue evidente. En ambos, el tiempo dedicado a las noticias internacionales aumentó al 35%, lo que se tradujo en un gran despliegue informativo sobre los acontecimientos en Afganistán y sobre lo que Estados Unidos ha presentado como «la guerra contra el terrorismo».
Acercar el mundo y darle sentido
Independientemente de la excepción informativa derivada de los actos terroristas ocurridos en suelo norteamericano, el cambio de agenda dejó en evidencia que hoy no puede volverse la espalda al mundo. Si quiere cumplir su rol social de conformador de la realidad, el periodismo tiene que asumir la globalización y la actual interdependencia del destino de los pueblos. Como señala Andie Tucher, «el periodismo tendrá obviamente que ser menos trivial, menos superficial, menos agitado...».8
Aunque suene a perogrullada, vivimos en una sociedad compleja, donde no cabe la visión simplista de buenos y malos, sino la conciencia de que las culturas se entremezclan, chocan y se retroalimentan, donde el subdesarrollo de muchos hace temblar el desarrollo de otros, donde la ideología es superada por los nacionalismos, las etnias y los credos. En fin, es un mundo que hay que mirar desde muchos ángulos.
No es fácil entonces la tarea de los informadores del área internacional. Como nunca antes, quizás, el periodista que quiere dar un sentido al caos informativo que llega a diario a las salas de prensa tiene que entender, primero, que aquel suceso del cual quiere informar se desarrolla en un entorno diferente al propio y al de su público; que es parte de un devenir que implica antecedentes y consecuencias y que seguramente forma parte de un rompecabezas que es más amplio que el hecho en sí. No se puede pretender que sea el lector, el televidente o el radioescucha quien junte las piezas en busca de un significado.
En segundo lugar, el periodista está obligado, cada vez más, a entregar una visión interdisciplinaria, donde las miradas se entremezclen para conseguir explicar, en su debida dimensión, la noticia. Esta interdisciplinariedad debiera conducir a una revisión de los criterios de pauta de los medios, especialmente de la prensa escrita, a veces tan rígidos que obligan al lector a saltar de sección en sección para armarse el cuadro completo que requiere la comprensión de un acontecimiento. ¿Quién puede desmenuzar la crisis argentina lo suficiente como para determinar qué parte es política, qué economía, qué sociedad? Aún más, ¿cómo separar en «nacional» e «internacional» su impacto en nuestra economía, y en definitiva, en nuestra sociedad?
Ante dichas complejidades, no cabe la improvisación sino la especialización. La única manera de que el periodista evite convertirse en simple transmisor de declaraciones y ejerza su papel de narrador de historias verdaderas y con sentido, es que adquiera autoridad sobre lo que informa y ello se adquiere con conocimiento y honestidad. La manera de no caer en el sesgo informativo, señaló la corresponsal de la BBC en el Medio Oriente Jana Beris en una visita a la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, es evitar la parcialidad que resulta de entregar «medias verdades, medias mentiras o por no saber, lo que es igual de grave».
Si el periodismo internacional quiere recuperar el sitial que le corresponde dentro de la pauta de los medios, debe ganarse su espacio acercando esas realidades a su público. A veces esto implica una labor de traducción o descifrado, pero siempre un procesamiento del flujo informativo que llega del exterior. Sólo así es posible integrar informativamente un mundo que se dice global en todo, pero que en lo informativo suele no serlo.
En una emotiva columna en recuerdo de Daniel Pearl, el periodista del Wall Street Journal asesinado en Afganistán, Lance Murrow9 afirmó que el reportero murió por su curiosidad, que es la más noble forma de energía intelectual. De esa curiosidad es de lo que tiene que vivir el periodismo internacional y esa curiosidad es la que debe ser despertada en el público, para que nunca más haya un editor que diga: «fallamos».
Notas
1. Parks, Michael (2002, enero/febrero). Beyond Afganisthan. Foreign News: What’s Next?, Columbia Journalism Review. Recuperado el 20 de agosto de 2002, de http://www.cjr.org/year/02/1/parks.asp
2. Rielly, John E. (1999, primavera): Americans and the World: A Survey at Century’s End, Foreign Policy, pp. 97 - 113.
3. Fukuyama, Francis (1992):
El fin de la historia y el último hombre. Buenos Aires: Planeta.
4. Committee of Concerned Journalists (1997): Project for Excellence in Journalism.
5. Hoge, James F. (1997, nov./dic.): Foreign News: Who Gives a Damn? Columbia Journalism Review. Recuperado el 20 de agosto de 2002, de http://www.cjr.org/year/97/6/foreign.asp.
6. Ibid.
7. Alessandri, Francisca & Puente, Soledad (2001, dic.): Diagnóstico y Evaluación del Departamento de Prensa de Canal 13, 2º estudio. El análisis comparó los datos obtenidos en una semana construida en abril y mayo del primer semestre y luego, en septiembre y octubre del segundo semestre del mismo año.
8. Tucher, Andie (2001, nov./dic.): Epilogue. Back to the Future. Columbia Journalism Review. Recuperado el 20 de agosto de 2002, de http://www.cjr.org/year/01/6/tucher.asp
9. Murrow, Lance (2001, 4 de marzo). The Gleam of a Pearl.
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