Patricio Bernedo
Doctor en Historia, profesor de la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile. [pbernedo@uc.cl]
William Porath
Periodista y doctor en Ciencia Política, profesor de la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile. [wporath@uc.cl]
El 11 de septiembre de 1973 es la fecha más simbólica de toda la historia del Chile republicano, pues representa el día del quiebre del régimen democrático y el comienzo de una dictadura militar que se mantuvo en el poder durante 17 años. A tres décadas del golpe de Estado, nuestra sociedad todavía evidencia las profundas heridas que dejaron el exilio, la tortura, los asesinatos y los miles de casos de detenidos desaparecidos.
La fecha también corresponde a la culminación de un deterioro social, político y económico, de otra crisis histórica, más profunda, marcada por la intolerancia, el sectarismo, la sobreideologización, la violencia y la polarización por parte de todos los actores políticos y sociales. Este proceso se venía incubando antes de que Salvador Allende resultara elegido Presidente de la República, el 4 de septiembre de 1970, aunque bajo su gobierno la exacerbación de las pasiones llegó a su punto prominente.
Como se advierte en las líneas que siguen, la prensa no fue la que desencadenó la polarización y la crisis terminal del sistema democrático, pero sí contribuyó abierta e irresponsablemente a tornarlas incontrolables.
El mapa de la prensa hacia 1970
Conforme a un criterio utilizado por Portales1, la prensa diaria de circulación nacional existente hacia 1970 puede ser clasificada de acuerdo con el tipo de propietarios. Entre los medios pertenecientes a grupos empresariales estaban El Mercurio de Santiago, Las Últimas Noticias y La Segunda, de la familia Edwards; La Tercera, perteneciente a la familia Picó; y Clarín, del empresario Darío Saint-Marie (hasta 1972). Entre los medios de propiedad de grupos político-empresariales y partidos políticos aparecen La Prensa, del Partido Demócrata Cristiano (DC); El Siglo, del Partido Comunista (PC); Noticias de Última Hora, del Partido Socialista (PS), y el mismo Clarín, vinculado al PS desde 1972. Finalmente, estaba el diario de propiedad estatal La Nación, con mínima circulación e influencia.2
De acuerdo a su estilo, estos diarios pueden ser clasificados entre prensa «seria» y «popular». 3 En la primera categoría caben los periódicos El Siglo (PC), La Prensa (DC) y Noticias de Última Hora (PS) que, a pesar de ser prensa de partido, podían ser influyentes entre las élites más allá del sector ideológico que representaban, pero en general eran de baja circulación. Sin embargo, ninguno de estos diarios fue capaz de competir con El Mercurio, en cuanto a su peso para formar opinión pública. Este diario representaba los intereses de la derecha e influía con su pauta la escena política del país sin mayor contrapeso. El Mercurio se entendía a sí mismo como un diario serio, que diferenciaba la información de la opinión, pretendiendo ser objetivo en la parte informativa, e independiente de los partidos políticos en la parte de opinión. Su circulación llegaba a los 100 mil ejemplares diarios en días de semana y a los 340 mil los domingos.4
En la categoría de prensa popular estaban los diarios La Segunda, Las Últimas Noticias, La Tercera y Clarín. En general, esta prensa utilizaba precisamente un lenguaje popular y privilegiaba temas vinculados a los crímenes, el sexo, los espectáculos, los deportes y la política.
Entre ellos, el fenómeno editorial en los años 60 había sido Clarín, un diario de corte popular que, explotando estos temas y utilizando fotos de desnudos que para su época eran atrevidas, se había transformado en uno de los de mayor circulación, al superar los 150 mil ejemplares.5 Durante el gobierno de Frei Montalva tuvo una posición más bien oficialista y, como veremos, en la campaña presidencial de 1970 se caracterizó por sus duros ataques al candidato Jorge Alessandri y su lenguaje mordaz respecto de la derecha política.
Su gran competidor en cuanto a circulación en este período fue La Tercera. A pesar de estar en manos de empresarios muy cercanos al radicalismo, este diario no era en ningún caso «prensa de partido». Utilizando un lenguaje popular e imágenes que no caían en los extremos de Clarín, superaba los 200 mil ejemplares a comienzos de 1971.
Toda la prensa, hasta fines de los años sesenta, se mantuvo en general fiel a los cánones de una convivencia política caracterizada por el respeto a las instituciones y a las reglas del juego democrático.
Sin embargo, en la medida en que la situación se fue polarizando y en que el desafecto al sistema democrático fue creciendo, la prensa comenzó a abandonar rápidamente su tradición, para hacer un tipo de entrega informativa maniquea, de barricada, de injuria, de insulto y de alto compromiso ideológico.
A las publicaciones ya existentes, se sumaron otras nuevas, creadas ex profeso para el enfrentamiento mediático que se preveía. Entre estas últimas se debe considerar, por ejemplo, al diario Tribuna, creado en marzo 1971 bajo el alero del derechista Partido Nacional; a las revistas Qué Pasa y Sepa, ambas de 1971, que también representaban a la derecha y al diario Puro Chile, tabloide popular claramente volcado a la lucha política, surgido en abril de 1970.
En consecuencia, el mapa de los periódicos y las revistas quedó configurado de la siguiente manera: en la derecha se encontraba un tipo de prensa denominada de «oposición seria», que contaba entre sus filas a El Mercurio y la revista Qué Pasa, y con una prensa de «combate y popular», representada por los diarios La Segunda, Las Últimas Noticias y Tribuna, y las revistas Sepa y PEC. Hacia fines de 1972, cuando el gobierno de Allende ya se encontraba con serios problemas de gobernabilidad, estos dos tipos de prensa continuaban manteniendo sus diferencias en la forma, pero en el fondo coincidían en sus afanes de desestabilizar al gobierno, buscando su reemplazo por medios extraconstitucionales.
En la izquierda, la prensa «seria» era representada fundamentalmente por el diario El Siglo, del Partido Comunista, y la de «combate y popular», por Puro Chile y Clarín, que adoptó una posición combativa pro gobierno aun antes de pasar a manos del PS. Al igual que la prensa de derecha, la de izquierda, más allá de las formas, coincidió finalmente en una visión revolucionaria, maniquea, violentista e intransigente.
En las líneas siguientes se analiza el comportamiento tanto de lo que Dooner 6 denomina «prensa de combate» y «prensa seria», descartando los medios cercanos a posiciones centristas o que intentaron mantener un cierto grado de independencia. Entre los medios que pueden ser clasificados como de oposición moderada al gobierno de la Unidad Popular (UP), estaban la revista Ercilla, con una tradición de muchos años y en esos momentos cercana a la DC, y los diarios La Prensa y La Tercera.
El análisis de los contenidos de la prensa, tomados fundamentalmente del ya citado trabajo de Dooner, se hace en el marco de un relato histórico de algunos de los acontecimientos más relevantes que se produjeron durante el gobierno de la UP.
Tras las descalificaciones, las amenazas
En los días inmediatamente anteriores y posteriores a la elección de Salvador Allende, el 4 de septiembre de 1970, las más bajas pasiones políticas alcanzaron casi de inmediato su clímax, expresadas en el uso de la descalificación personal soez, como queda reflejado en los siguientes titulares de la prensa, en los cuales prevalece el insulto por sobre la información.
El diario Clarín, por ejemplo, atacó al candidato de la derecha, Jorge Alessandri, y, a partir de su condición de soltero insinuó que era homosexual y lo apodó «La Señora»: «El viejito que es firmeza... duerme solo en una pieza»; «El viejito... ni siquiera se ha casado»; «La Señora ya está en los umbrales de la Casa de Orates»; «Es tan viejito... ¡No votemos por él!»; «Le tocaron el traste a La Señora y se rió» (1-4/09/70).
Luego del triunfo de Allende, Puro Chile, representante del Partido Socialista, tituló en primera página: «Les volamos la ra... ja-ja-ja-ja-ja-ja-ja»; y pocos días después de electo el Presidente por el Congreso Pleno: «¿Saben qué más? Todos ustedes, momios, son unos hijos de perra» (22/11/70).
El Mercurio se definió como un medio de oposición al gobierno de Allende, pero en su estilo serio no lo hizo mediante titulares y el uso de lenguaje ofensivo. Sin embargo, sus editoriales mostraron su tendencia hacia la semilealtad con el sistema democrático, representando el triunfo de la UP como una amenaza para todo el país: «Es indispensable que se comprenda por la ciudadanía que los verdaderos peligros para Chile no residen en el conjunto de los partidos o fuerzas que componen la Unidad Popular, sino en los comunistas que obedecen a la política de una superpotencia imperialista como la Unión Soviética y en los castristas que siguen las directivas de Moscú y pretenden seguir organizando y estimulando los movimientos guerrilleros en el continente americano» (18/10/70).
Como una clara señal del ambiente que predominó en la opinión pública chilena ya desde los inicios del gobierno de la UP, que estaría marcado por laviolencia política, el diario Puro Chile, manteniendo una línea que enfatizaba la lucha de clases, tituló en los días posteriores a la elección: «¡El pueblo les sacará la cresta! Que no se lamente la reacción si el pueblo les saca la cresta» (06/09/70). El Siglo, con un estilo menos estridente, pero no menos amenazante, comentó tras la elección de Allende: «el pueblo debe armarse para combatir las fuerzas reaccionarias que tratarán de impedir el ascenso del compañero Allende y del pueblo al poder» (06/09/70).
Con el correr de los meses, se fue consolidando una serie de grupos extremistas armados, como el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) y Patria y Libertad, por sólo mencionar a los más violentos de cada lado, pero a su vez cada partido político reforzaba sus «brigadas de choque» con entrenamiento en la lucha cuerpo a cuerpo. Mientras tanto, Allende trataba de controlar al ala radical de su coalición, que bajo el lema de «crear poder popular», y más tarde con la consigna «avanzar sin transar», insistió en demostrar su fuerza con violentas tomas de terrenos agrícolas y urbanos, y con un discurso revolucionario extremo.
En esta línea, especialmente controversial resultó el llamado efectuado por uno de los principales dirigentes del MIR, Miguel Enríquez, a abolir el parlamento y a reemplazarlo por una asamblea popular. La prensa de derecha reaccionó inmediatamente y sentenció: «Ultimátum UP: asamblea del pueblo o enfrentamiento armado» (PEC 02/07/71).
La mentira y el ridículo
El asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, ocurrido el 22 de octubre de 1970, a manos de un grupo de ultraderecha, dio pie para que más tarde, mientras se enjuiciaba a los autores del crimen, alguna prensa de oposición desinformara abiertamente a la opinión pública. Así, mientras la revista PEC tituló «Se confirma: un allendista mató a Schneider» (04/06/71), Tribuna planteaba «Presidio perpetuo para el socialista que baleó al general Schneider» (17/06/72).
Mientras tanto, la oposición, inicialmente dividida entre el Partido Nacional y la Democracia Cristiana, logró unirse en contra del proceso allendista, cuando en junio de 1971 un comando de ultra izquierda, denominado VOP (Vanguardia Organizada del Pueblo), asesinó al ex Vicepresidente de la República y ministro del Interior del gobierno de Frei Montalva, Edmundo Pérez Zujovic. El hecho de que Allende hubiese calificado, en los inicios de su gobierno, a los integrantes del VOP como «jóvenes idealistas» y que éstos fueran abatidos más tarde por la policía en un confuso enfrentamiento, levantó sospechas entre la oposición de que se estaba ante un complot organizado desde las altas esferas gubernamentales. Este hecho, no comprobado, sirvió de plataforma unificadora para la oposición.
Así, por ejemplo, Tribuna utilizó lo sucedido para destacar el objetivo común de ambos partidos de oposición frente al marxismo y tituló así la noticia: «Mataron al hombre que enfrentó al marxismo» (09/06/71).
Para Clarín, en cambio, el asesinato había sido cometido por la derecha y era entendido como una ejecución: «Pistolero vendido a la derecha ejecutó a Pérez Z.» (09/06/71).
Al aumentar la polarización y acercarse 1971 a su fin, se comenzó a gestar una crisis productiva y de abastecimiento que tuvo su origen tanto en la falta de incentivos económicos para comercializar los productos –a causa de la fijación de precios efectuada por el gobierno–, como en una política de desestabilización económica promovida por la derecha y Estados Unidos.
La crisis de abastecimiento y la consecuente aparición del mercado negro de productos básicos y de enormes filas para adquirirlos en el mercado formal, fueron atribuidas por la prensa de derecha al gobierno: «Primera etapa de la vía chilena al socialismo: racionamiento y hambre» (PEC 11/05/71); «Nuevo lema del gobierno: chileno, no comas. El ayuno es lo más alimenticio que hay» (PEC 30/07/71)7
En este contexto, en diciembre de 1971 la oposición organizó su primera movilización masiva en contra del gobierno con la denominada «marcha de las cacerolas vacías» como protesta por el desabastecimiento de alimentos, en la que participaron miles de mujeres en el centro de Santiago. Esta manifestación culminó en un violento enfrentamiento callejero con la policía y entre grupos de choque de la oposición y del gobierno, lo que llevó a las autoridades a decretar estado de emergencia en Santiago y toque de queda.
Ante esta marcha, la prensa oficialista reaccionó con mucha virulencia, usando nuevamente el lenguaje de la descalificación, a través de juegos de palabras con referencias sexuales, basada en que era una protesta organizada por mujeres: «Las viejujas reclaman por desabastecimiento de pencas»; «El toque de queda salvó a las pitucas. Ahora no podrán quejarse de tener los hoyos vacíos»; «¡Oye momia pituca, cocíname esta diuca!» (Clarín, 3-4/12/71).
A comienzos de noviembre de 1971, llegó a Chile Fidel Castro, en visita oficial a Allende. Aun cuando estaba programado que se quedara 10 días, su estada se alargó a 25, lo que le permitió recorrer el país y hacer encendidas intervenciones ante muchedumbres fascinadas con su discurso revolucionario. Aun cuando Castro no hizo ninguna referencia explícita a la posibilidad de generar en Chile una vía armada, su visita sirvió a la oposición para plantear a través de los medios de comunicación que se confirmaba a Chile como una nueva Cuba, con la consiguiente pérdida de las libertades cívicas.
Por esos días, Tribuna tituló: «Chile libre no olvida el paredón». Esta frase iba acompañada de una enorme foto con un hombre arrodillado frente a un sacerdote y, al fondo, un grupo de fusileros. El pie de foto decía: «Un sacerdote da extremaunción a un cubano condenado al paredón por uno de los siniestros tribunales populares creados por Fidel Castro, el ‘invitado de honor’ del gobierno de la Unidad Popular. Este sistema es añorado por los comunistas como solución para Chile» (02/11/71). El mismo diario, algunos días más tarde, volvió a titular: «Mañana a las 5 PM llega el tirano Fidel. Chilenos de verdad repudian la visita. Sólo comunistas quieren al creador del paredón» (09/11/71).
Durante la visita, Castro y Allende fueron tildados abiertamente de homosexuales por Tribuna: «Allende muy ofendido: Fidel no lo saca a bailar todavía» (17/11/71); «Picos cordilleranos impresionaron a Fidel. En Río Blanco lo deslumbró el macizo andino» (27/11/71).
La prensa de izquierda, por su parte, celebró la visita del gobernante con desbordante entusiasmo. Clarín tituló: «A su casa no más llega, compañero Fidel. Mañana, a las 5 arriba el héroe cubano» (09/11/71).
Las descalificaciones y las injurias también apuntaron a la fama que tenía el Presidente Allende de bebedor, especialmente de whisky. Ello fue aprovechado por la prensa de derecha hasta la saturación, en distintos momentos durante su gobierno: «Identificado agente de la CIA que quiere matar a Bigote Blanco [Allende]. Su nombre es Johnny Walker» (Tribuna, 11/11/72).
Legitimación de la violencia
Durante 1972 la situación del país empeoró progresivamente. Entre otras variables, ello se reflejó en una economía que ya no disponía de reservas, pues de los 346 millones de dólares iniciales que había recibido el gobierno al comenzar su gestión, sólo quedaban 45 millones; es decir, el Estado chileno estaba técnicamente en bancarrota.
Con ocasión de celebrarse el segundo aniversario de la elección de Allende, el 4 de septiembre de 1972, El Mercurio se refirió a la crisis económica con las siguientes expresiones: «Los ejecutivos del desastre nacional oficiarán de oradores revolucionarios y a la normalidad que Chile reclama, responderán con la palabrería amenazadora» (03/09/72). Y al día siguiente afirmó con grandes caracteres: «Aplastante fracaso económico de la UP. Si los países pudiesen quebrar, tendríamos que decir que el nuestro está quebrado» (04/09/72). El Mercurio comenzaba así a tomarse la libertad de abandonar su estilo de diario serio, con una primera página sobria, adoptando las técnicas de la prensa popular 8.
La prensa de oposición tampoco dejó pasar el hecho de que Allende era el primer Presidente de la República que empleaba escoltas armados y caravanas de vehículos que circulaban a gran velocidad por la ciudad. Esto fue interpretado como un signo de prepotencia por la prensa de oposición y fue destacado cada vez que se pudo. Por ejemplo: «Visita de Allende ya dejó un muerto. Uno de sus guardaespaldas mató a un profesor» (Tribuna 12/02/72); «Guardia de Allende mató a un niño» (Tribuna 21/05/72).
La escalada violenta que se vivía en Chile, que a esas alturas había cobrado cerca de una veintena de víctimas, fue atribuida por El Mercurio a la pasividad del gobierno frente a la acción de los grupos de extrema izquierda. En una página editorial, este diario hizo un velado llamado a la organización de grupos paramilitares antimarxistas, a los que denominó «comités de autodefensa»: «Son cada vez más extensos los sectores de la población que se sienten viviendo en un ambiente de franca ilegalidad. (...) [G]rupos cada vez mayores de chilenos están aprendiendo la lección que dan los propios partidos marxistas y se están organizando en comités de autodefensa» (14/09/72). Para la prensa de izquierda, la reacción que exhibía la oposición ante la supuesta ola de violencia era «paranoica» y sólo una excusa para organizar un golpe de Estado: «El pueblo marcha contra los golpistas paranoicos» (El Siglo 01/09/72).
Tras convocar a los gremios y a los partidos políticos a realizar una abierta oposición, El Mercurio comenzó a llamar, solapadamente, a las fuerzas armadas a intervenir: «La misión profesional de las Fuerzas Armadas es una misión de guerreros y de garantes de la institucionalidad. [En el día del ejército] la patria rinde homenaje a su Ejército y espera confiada que sus hombres sabrán cumplir con el noble contenido de su deber profesional de soldados chilenos» (19/09/72).
En el contexto del segundo aniversario del gobierno de Allende, El Siglo respondía a las amenazas de la oposición con más amenazas: «El puño de nuestro pueblo comienza a alzarse. ¡Cuidado! Pijecillos degenerados, pájaros negros de la ultraderecha, malditos a sueldo de la CIA, la ITT, el FBI y demás siglas de la noche, no aticen el fuego porque los convertirá en pavesas [cenizas] a ustedes, en primer lugar. Sesudos señores de la derecha, distinguidas señoras de las ollas, tremebundos de Patria y Libertad, macucos de la Democracia Cristiana, esa sombra que veis sobre vuestras cabezas no es una nube de esta primavera borrascosa. Es un puño enorme, empuñado» (05/09/72).
El lenguaje de guerra civil y la solución fuera del sistema
La situación de crisis que se vivía dio pie, en 1972, al denominado «Paro de octubre», cuando detuvieron sus actividades los sindicatos de dueños de camiones, apoyados financieramente desde Estados Unidos, y al que se plegaron los gremios más importantes del país. La paralización duró 26 días y fue un golpe severo para el gobierno, pues además se produjeron violentos disturbios en distintas ciudades y carreteras, y una serie de atentados con explosivos a puentes y vías férreas.
Refiriéndose a este paro, el 15 de octubre, El Siglo apeló al patriotismo y a la movilización de sectores sociales afines al gobierno titulando: «Los que propician el paro son traidores a la patria».
Por su parte, Tribuna ridiculizaba al Presidente de la República aludiendo al éxito del paro con una frase de doble sentido: «A Allende se le paró todo. No puede dar crédito a lo que ven sus ojos» (17/10/72). Pero esta prensa fue más allá y puso el conflicto político en el contexto de una guerra civil. Así, otros titulares de este mismo diario señalaban que los sectores radicales de la UP preparaban un autogolpe: «El PC llamó a las armas»; «Se avecina la lucha armada. El Partido Socialista prepara la guerra civil» (02 y 24/10/72).
En una cadena de radio y televisión, el 19 de octubre, el Presidente Allende describió el paro como parte de una «conspiración fascista», orientada a derrocar al gobierno, y el 22 de octubre advirtió que cualquier intento de «golpe fascista» sería resistido por la fuerza. La prensa oficialista por esos días titulaba: «Fascistas pretenden la guerra civil»; «Ni la reacción ni el fascismo paran a Chile»; «La CUT llama a los trabajadores a redoblar vigilancia y combatividad para derrotar sedición empresarial»; «En Chile no habrá golpe de Estado, notificó general Pinochet a momios sediciosos de la derecha» (Clarín 3, 5 y 15/10/72).
El gobierno respondió al paro decretando estado de emergencia en casi todo el país y llamando por primera vez a los militares de más alta graduación a ocupar distintos cargos ministeriales, apelando a su capacidad para imponer el orden y el respeto a la tradición democrática de Chile. En este contexto, el Comandante en Jefe del Ejército, general Carlos Prats, asumió como ministro del Interior el 2 de noviembre. La incorporación de los militares a labores de gobierno era ya una clara señal de que el sistema no era capaz de resolver los conflictos por sí solo y requería el auxilio de otros actores, que no eran políticos, para intentar superar la situación.
Pero la incorporación de los militares al gobierno no detuvo su proceso de deterioro. La izquierda radicalizada continuó empujando hacia la soñada toma del «poder total», sin darse cuenta de que cuando se apela a la violencia, finalmente se imponen quienes son capaces de desplegarla en mayor grado, y ese rol en Chile lo desempeñaban las fuerzas armadas. Es posible que en su ignorancia o ingenuidad acerca de la mentalidad y organización de aquellas, e intoxicados por las utopías y el autoconvencimiento, algunos de los dirigentes de la UP creyeran que éstas podían derrotarse, cooptarse o dividirse, lo que resultó ser uno de los mayores errores políticos de la historia de Chile. 9
Porque más allá de que Prats y algunos comandantes en jefe de las otras ramas armadas pudiesen haber tenido algún grado de simpatía con Allende y defendieran su gobierno legítimamente instituido, el pensamiento de los institutos armados era de un acentuado nacionalismo, un anticomunismo radical y, en general, basado en valores conservadores. La permanencia de casi todos los oficiales en centros de entrenamiento que EE.UU. tenía en su territorio o en Panamá, había ayudado a enfatizar esta ideología. 10
Estas ideas de los militares fueron hábilmente explotadas por la prensa de oposición, apelando, por ejemplo, al peligro que representaba el Partido Comunista y su estrecha relación con la Unión Soviética: «Allende y rusos pretenden transformarnos en una colonia soviética. Les solicitan instalación de base militar en nuestro país» (Tribuna, 07/12/72).
El año 1972 terminó, en lo económico, en medio de una profunda crisis productiva (PIB de -1,2%), con hiperinflación (255%) y un desabastecimiento generalizado de productos de consumo básico. Durante 1973 el panorama se hizo todavía más dramático, pues el PIB cayó en un 4,2% y la inflación se empinó al 600%. También la escasez de productos y el mercado negro se acentuaron. Pero el tema económico había pasado a ser a esas alturas un problema secundario, pues en marzo de 1973 debían realizarse elecciones generales parlamentarias.
El quiebre llega a la prensa
A la votación, donde se renovaba la totalidad de la cámara de Diputados, la oposición se presentó unida bajo el alero de la denominada Confederación de la Democracia. La UP siguió la misma estrategia.
El enfrentamiento a través de la prensa nuevamente jugó el doble papel de reflejar e influir en el ánimo que se vivía en el país. A propósito del acto electoral, El Siglo tituló: «El pueblo repudiará hoy a los golpistas y ociosos del parlamento»; «Ni un solo voto de los trabajadores para sus enemigos de clases» (02/03/73). Tribuna, mientras tanto, destacaba una muy dudosa información: «¡Volar el Congreso! Al descubierto siniestro plan socialista-miricón11 para darle argumentos a Allende para suspender elecciones» (14/02/73). Esto no es más que otro ejemplo del uso de información falsa o distorsionada con fines propagandísticos, que hemos señalado al comienzo.
Estas elecciones se transformarían en las más participativas del antiguo sistema democrático: estaba inscrito el 80,6% del potencial electoral (4,5 millones), equivalente al 44% de la población nacional, y votó casi el 82% de los inscritos (3,7 millones). El gobierno mostró que todavía contaba con un importante apoyo popular, al alcanzar un 43,4%, lo que le permitió aumentar su representación parlamentaria, aunque no lo suficiente para quebrar el bloqueo opositor o tener una mayoría que le permitiera llevar adelante su programa y aprobar las leyes que no tuvieran que ser consensuadas con sectores de la oposición. Pero esta última tampoco pudo cantar victoria, pues no obtuvo la mayoría necesaria para poder acusar constitucionalmente al Presidente Allende. Esta situación de empate político sólo profundizó la crisis, pues fortaleció a los partidarios de la vía violenta de ambos lados.
El 2 de mayo de 1973, otro suceso complicaría aún más el panorama del gobierno. Los mineros del yacimiento de cobre El Teniente declararon una combativa huelga que se transformó en una marcha hacia Santiago, donde terminaron concentrándose por largo tiempo en la Casa Central de la Universidad Católica, apoyados por las fuerzas de la oposición.
La prensa de izquierda arremetió en contra de los mineros negándoles su calidad de trabajadores. En un titular a página completa de Clarín se podía leer: «¡No son mineros!... son fascistas! ¡A pararlos ahora!» (18/06/73). Por su parte, El Mercurio, volviendo a abandonar su tradición, publicó en primera página un solo gran titular, «Con violenta represión policial detienen marcha de mineros» (15/06/73), junto a dos grandes fotos que coparon casi toda la portada con el despliegue policial y la humareda de las barricadas. Quince días antes, este diario había editorializado justificando su opción de tomar un lugar «en la vanguardia de los que luchan por mantener el país libre de la tiranía totalitaria», pues «todo avance dictatorial significa retroceso para la libre expresión y hace peligrar la vida misma de la prensa» (01/06/73). El Mercurio cerraba así un ciclo y se ubicaba claramente en la oposición desleal con el sistema.
El descontento de los militares se mostró, ahora en la acción, a través de un intento de golpe de Estado, conocido como «El Tancazo», el 29 de junio de 1973. Hasta hoy no está claro si este movimiento fue un ensayo del golpe del 11 de septiembre o si se trató simplemente de una acción espontánea.
Aun cuando los militares en servicio activo se mantuvieron en relativo silencio frente a la asonada, algunos uniformados en retiro dieron a conocer sus pareceres en distintas entrevistas otorgadas a la prensa de oposición. La revista PEC, intentando caracterizar el pensamiento de los uniformados, interpretó que para ellos el porvenir del país se definiría en torno a dos dictaduras posibles: «El futuro de Chile: dictadura militar o dictadura marxista. El camino se estrecha. Mejor, se estrechó de tal modo que sólo restan dos salidas. Las dos son dictaduras. Una nuestra, la otra de los que, aparentemente, tienen la sartén por el mango porque detentan el poder político» (PEC, 06/07/73). Tribuna comentó de la misma manera la situación de los militares: «El dilema es: marxismo o fuerzas armadas. O subsisten las instituciones uniformadas como guardianes de la soberanía y seguridad, o el marxismo como régimen político. Es imposible el desarrollo normal de una sin la eliminación de la otra» (Tribuna, 07/07/73).
De esta manera queda claro que el quiebre democrático ya había sido asumido públicamente por la oposición y su prensa como una salida viable de la crisis, pero ello no era entendido como una tragedia, sino como una solución, como un mal menor. Así, la derecha apeló hábilmente al argumento del orden para sobreponerse al caos, sacrificando el casi impecable pasado democrático del país.
Pero desde el gobierno y, en especial, desde la prensa oficialista, tampoco se hacía mucho para preservar el orden constitucional. Con anterioridad a la elección parlamentaria de marzo de 1973, Allende había planteado lo siguiente: «El pueblo, llegado el momento, usará la violencia revolucionaria. Usaremos la gran marea del pueblo organizado, disciplinado, consciente, dispuesto a defender el porvenir de Chile...» (07/02/73).
Otro caso notable en el cual se asume que los mecanismos del orden institucional ya habían sido dejados fuera como alternativas de resolución del conflicto lo constituyó, por ejemplo, la campaña sistemática de ataques en contra del poder judicial y del legislativo, debido a que ambos, según las fuerzas del gobierno, con sus fallos y acuerdos políticos constituían un obstáculo serio para la construcción del socialismo en Chile: «La Corte Suprema es enemiga del pueblo»; «La Suprema está metida en embestida reaccionaria» (Puro Chile, 07 y 08/06/73). O acompañando una foto del presidente de la Corte Suprema se leía con grandes caracteres: «Viejos de mierda» (Puro Chile, 06/06/73); «Viejujos de Tribunales de Injusticia, Acusados por momios y chuecos» (Clarín, 07/06/73); «A los jueces hay que aplicarles la ‘ley de Moraga’, Ancianos de la Suprema también tienen su circo» (Clarín, 13/06/73); «Cereceda y la Suprema son más payasos que los del Hemiciclo» (Clarín, 06/06/73); «Se pasó la chacota parlamentaria» (Clarín, 03/06/73).
En este ambiente, la prensa de derecha incitó públicamente a Allende a renunciar y a suicidarse. Esto último se basó en las reiteradas declaraciones de Allende en cuanto a que su vida terminaría igual que la del Presidente Balmaceda –con el que se identificaba plenamente–, quien se había suicidado en 1891.12 Esta asociación fue aprovechada por la prensa de derecha de la siguiente manera: «La trágica comparación de Allende. ¿Será capaz de imitar a Balmaceda?» (Sepa, 07 al 13/03/72); o aludiendo a un supuesto análisis astrológico del Presidente, se indicaba como resultado «La renuncia y el suicidio» (Tribuna, 07/09/73).
El general Prats, a quien el alto mando del Ejército le había retirado la confianza, presentó su renuncia a la Comandancia el 23 de agosto de 1973. En su reemplazo, el gobierno nombró al general Augusto Pinochet Ugarte.
Durante ese mismo mes de agosto, la Cámara de Diputados acordó representar al gobierno y a los militares el «grave quebrantamiento del orden constitucional y legal de la República», como una muestra de hasta qué punto se había agravado la situación.
Mientras en las calles de la capital y otras ciudades casi diariamente se registraban combates a pedradas entre partidarios y detractores del gobierno, el Arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, preocupado por la inminencia de un estallido violento, intentó generar un camino de encuentro entre las fuerzas en lucha. Tras un efímero y fracasado diálogo entre el Presidente de la DC, Patricio Aylwin, y el Presidente Allende, la situación quedó madura para un golpe militar. El dirigente socialista Carlos Altamirano daría el último pretexto a losuniformados, al fomentar una insurrección en la Marina en agosto y después reconocerlo públicamente.
La prensa de izquierda, que veía el golpe de Estado como inminente, a comienzos de septiembre todavía tenía ánimo para burlarse de esa posibilidad: «Por la revolución y la Patria Nueva, métanse el golpe en la cueva» (Puro Chile, 06/09/73).
En la madrugada del día 11 de septiembre de 1973, mientras comenzaban los movimientos de efectivos de las fuerzas armadas para iniciar el golpe militar, El Siglo, reflejando el crítico momento que vivía el país y también como una gran ironía del destino, salía a la calle con el siguiente titular: «¡Cada cual en su puesto de combate!».
Una mirada con perspectiva
En marzo de 1989, el periodista Abraham Santibáñez, haciendo una suerte de mea culpa por la actuación de la prensa entre 1970 y 1973, planteó: «En la polarización que sirvió para justificar el golpe militar de septiembre de 1973, la prensa y los periodistas jugamos un papel del que no podemos desentendernos. No fuimos los que desencadenamos las pasiones, pero sí contribuimos a hacerlas incontrolables».13
Desde la perspectiva de Hermógenes Pérez de Arce, redactor de la página editorial de El Mercurio en esa época –al igual que hoy en día–, la situación que vivió la prensa durante la UP se resume de la siguiente manera: «No desearía que se repitiera una prensa como la que tuvimos por ambas partes, gatillada por el estilo que inauguró Clarín y que después se vio reflejado en los diarios de oposición a la UP, que decían cosas iguales o peores. Creo que eso no le hizo bien al país. Yo creo que uno podía eventualmente entretenerse y reírse porque se publicaban cosas divertidas, pero a costa de la honra de las personas; o sea, eran personas que difícilmente podían salir a la calle después de estos titulares que aparecían. Se publicaban cosas abiertamente injuriosas y calumniosas de todo el mundo».14
Según Alberto «Gato» Gamboa, director de Clarín entre 1961 y 1973: «Había una pasión política de dos polos opuestos, de la derecha y la izquierda, y los diarios captaban esa cosa, la lanzaban a la calle. Había una tendencia política clara de lado y lado, y que chocaban [sic]. En las radios, la tele y nosotros, los diarios... Yo creo que la prensa no jugó ningún papel de influencia política, recogió lo que había en los partidos, pero es cierto, también, que se nos pasó el caballo tanto a la prensa de izquierda como de derecha».15
A la luz de lo anterior, queda claro que el discurso de enfrentamiento que asumieron los periódicos analizados no se explica sólo por variables internas de los medios, sino por el contexto de un proceso de polarización política iniciado a mediados de los 60: la prensa reflejó posiciones antisistema asumidas por grupos de izquierda y derecha. En ese sentido, jugó el papel de representar en el debate público las posturas asumidas por parte de las élites políticas, pero al entrar en esa dinámica tornó inmanejable el conflicto político, pues disminuyó los márgenes de maniobra de los pocos grupos que habrían podido intentar una solución dentro del sistema.
Los atentados que cometió la prensa en contra del sistema y convivencia democráticos pueden clasificarse en los siguientes grandes planos: 16
1.- La utilización partidista de sus contenidos, lo que no era nuevo en Chile, pero esta vez sí lo fue el grado de polarización alcanzado.
2.- La publicación de información falsa y propagandística, que minaba la confianza ciudadana en las instituciones y en sus representantes.
3.- Una imparable escalada de lenguaje soez y difamatorio, destinado a destruir moralmente al adversario político.
4.- La amenaza del uso de la violencia y la socialización de la lógica del enfrentamiento.
El encadenamiento de estas acciones queda claramente resumido en uno de los juicios de la «Comisión de Verdad y Reconciliación», establecida en 1990 para investigar las violaciones a los derechos humanos bajo el régimen militar: «Finalmente, no puede olvidarse –en la descripción de la fase última de la crisis, 1970-1973– el papel jugado por los medios de comunicación. No en todos ellos, pero sí en algunos, especialmente escritos, de vasta difusión –y de ambos bandos–, la destrucción de la persona moral de los adversarios alcanzó límites increíbles, y se recurrió para ello a todas las armas. Presentada así en ambos extremos, la figura del enemigo político como despreciable, su aniquilamiento físico parecía justiciero, si no necesario, y no pocas veces se llamó a él abiertamente».17
Así, la prensa difundió entre el público las soluciones extraconstitucionales y el desprecio por la institucionalidad democrática, reforzando las posiciones antisistema y contribuyendo al quiebre final de la democracia.
Notas
1. Portales, Diego: Poder económico y libertad de expresión. La industria de la comunicación chilena en la democracia y el autoritarismo, Editorial Nueva Imagen ILET, Santiago 1981.
2. Ibid. Citado por Sunkel, Guillermo: El Mercurio: 10 años de educación político-ideológica, 1969-1979, Ilet, Santiago 1983.
3. Dooner, Patricio: Periodismo y Política. La prensa de derecha e izquierda 1970-1973, Andante, Santiago 1989.
4. Reyes Matta, Fernando: «Mass media, polarización y cambio social: Chile durante el gobierno de Allende», en Reyes Matta, Fernando; et al. (compiladores): Investigación sobre la prensa en Chile (1974-1984), Cerc-Ilet, Santiago,1986, páginas 63-97.
5. Ibid.
6. Dooner, Patricio: Op. cit.
7. El vespertino La Segunda utilizó un año después una idea similar para referirse al desabastecimiento de alimentos cuando tituló «El ‘paraíso socialista’ comienza en el estómago» (31/07/72).
8. Reyes Matta: Op. cit.
9. Gazmuri, Cristián, «El Siglo XX», en Cruz, Nicolás et al.: Manual Nueva Historia de Chile, Zig Zag, Santiago 1996.
10. Ibid.
11. Juego de palabras entre mirista (del MIR) y maricón.
12. El presidente José Manuel Balmaceda gobernó entre 1886 y 1891 y se suicidó tras ser derrotado en una guerra civil, cuyo trasfondo fue la posible estatización de las minas de salitre.
13. Dooner, Patricio: Op. cit.
14. Declaración efectuada al programa «Secretos de la Historia» de Canal 13, 2003.
15. Declaración efectuada al programa «Secretos de la Historia» de Canal 13, 2003.
16. En parte, adaptados de Escandón Godoy, Arturo: «Censura y liberalismo en Chile a partir de 1990», en Cuadernos de Investigación del Mundo Latino, Universidad de Nazan, Japón, Mayo de 1999. (Publicado en http://www.nakamachi.com/censura/index.html).
17. Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, 1991.
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