La cultura no es (a lo menos durante estas breves notas) ni un bien abstracto que intentan alcanzar el hombre y la sociedad, como se presentaba en el siglo XIX, ni tampoco cualquier rasgo o forma de vida colectiva por mínimos o poco significativos que sean, como se tiende a afirmar en las últimas décadas.
El proceso cultural sólo es tal cuando es educativo: cuando orienta desde la ignorancia hacia el conocimiento, cuando cultiva (cultura) y desarrolla nuevas perspectivas que existen de hecho en cada hombre porque "todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber" (Aristóteles).
Se peca por igual si este proceso no está dirigido a hombres y sociedades reales, por algún optimismo basado a la larga en la ignorancia, o si desconoce, por pesimismos que provienen de la misma fuente, que hombre y sociedad son realidades siempre en modificación.
La responsabilidad del proceso recae mayormente en agentes que la propia sociedad —por diversas vías— designa, entre los cuales están sin duda los medios de comunicación social.
Entre esos medios, la radio desempeña un rol de importancia por su amplísima cobertura, su instantaneidad, su capacidad para estimular la imaginación, sus costos de producción y recepción comparativamente bajos, su selectividad tanto geográfica como de grupos determinados, entre otras muchas razones.
Desde su mismo inicio la radio desarrolló sus posibilidades como agente cultural al entender que no es un mero reflejo de las aspiraciones mínimas de un grupo social sino, y sobre todo, informadora y formadora de ese grupo, pautas por las cuales en algunos países se otorgan y conservan las concesiones de radiodifusión.
En el caso chileno, donde la primera transmisión fue casi simultánea con la aparición de la radio en Europa y Estados Unidos (muestra de ingenio científico y notable apertura hacia el mundo exterior), hubo desde la partida una conciencia confusa pero tenaz de la responsabilidad social del nuevo medio.
Esta responsabilidad fue desarrollada por las radios con creciente profesionalismo, buscando fórmulas cada vez más adecuadas a las características del país, para informar, orientar, educar, entretener.
Esta labor se llevó a cabo no sólo por las emisoras de la capital y ciudades mayores, sino también a través de la expresión más directa de las estaciones locales —a diferencia de lo sucedido con otros medios—, poniéndose de ese modo término al aislamiento tradicional de los sectores mayoritarios de la población.
Aun siendo comercial la estructura de la radio en Chile, hubo una etapa en que el éxito y prestigio de una emisora se debían en buena medida a elementos culturales de su programación: radioteatros que incluían obras clásicas o de interés histórico, conciertos comentados, foros sobre temas literarios o científicos (o, sencillamente, conversaciones sobre cualquier materia entre hombres cultos y con simpatía para comunicar), concursos de carácter educativo, etc.
Esa programación estaba dirigida a un público no especializado y aumentaba su campo de intereses.
En esa misma etapa el estado, a través de planes de extensión cultural, producía numerosos programas con la colaboración de escritores y artistas para su transmisión por las emisoras de propiedad privada; a ellos se sumaban los programas producidos por las grandes corporaciones extranjeras de radiodifusión.
El creciente número de emisoras, el aumento de los costos de producción, el manejo técnico y apoyado en encuestas de la inversión publicitaria, la entrada de la televisión, etc., hicieron que las radios más destacadas buscaran formatos de la mayor atracción masiva y redujeran su oferta programática. La competencia por obtener público-publicidad se concentró en ellas en la programación informativa, de música popular y de servicios.
Sin embargo, las necesidades de sectores de mayor inquietud cultural fueron cubiertas por emisoras de gran calidad, generalmente dedicadas a la música clásica, y cuyo número ha ido en aumento a pesar de que no cuentan con franquicia alguna para desarrollar su tarea.
Por otra parte, hay radios, particularmente en provincias, que sin dirigirse a un público más especializado como las anteriores, no excluyen de las necesidades locales los programas de carácter cultural y educativo, destinando parte de sus escasos recursos a este efecto.
Existen radios estatales pero no políticas culturales para la radio por parte del estado, a pesar de probarse en una época que es posible —sin recurrir a la vía impositiva— lograr una buena conjunción con medios de propiedad privada. (Y sin haberse probado hasta ahora qué sucedería si se establecieran estímulos para que las mismas radios produjeran programas de interés cultural y educativo).