Se me pregunta en qué forma un periodista, cuya misión consiste en emitir opinión sobre temas de su especialidad, podría administrar la -supuestamente- inconfortable situación en que su juicio acerca de alguna de aquellas materias haya cambiado y deba verse obligado a reconocerlo así.
Desde luego, comencemos por dejar bien puntualizado que el cambio de opinión no sólo representa el ejercicio de un derecho; es algo todavía mucho más fuerte que eso, es la constatación ("constatar", entre paréntesis, es hoy un término aceptado por la Real Academia) de un hecho. Hubo razones que lo hicieron a uno percibir que estaba evidentemente equivocado y, por tanto, confiéselo o no, cambió de opinión.
Un caso de la vida real puede ser ilustrativo. Hace unos meses, durante un foro radial, me hallaba enfrascado en la tarea de exponer los peligros que para nuestra economía podría representar, durante 1983, el poner en vigor políticas monetarias o crediticias expansivas. La moderadora del foro, una distinguida y documentada periodista, desenterró unas declaraciones mías de uno o dos años antes en las cuales yo propiciaba, inocultablemente, políticas monetarias más expansivas en nuestro medio.
Así, pues, me encontré cara a cara frente a la necesidad de explicar un cambio de opinión, instintivamente quise defenderme, señalando las diferencias entre el contexto económico de la época de la primera opinión y el de la segunda. Pero no era suficiente. Y justamente mientras hablaba —durante los foros radiales, al revés de lo que ocurre en la vida diaria, es un grave error dejar de hablar— recordé por qué había cambiado de opinión: en la segunda parte de 1982 el entonces Ministro de Hacienda, Rolf Lüders, puso en práctica políticas monetarias expansivas, con entusiasta apoyo de mi parte; y a comienzos de 1983, a raíz de la intervención de varios bancos.
Alrededor de dos mil millones de dólares después del inicio de la primera expansión monetaria (reservas perdidas) me di cuenta de que ésa no era una receta adecuada para reactivar una economía abierta como la nuestra. Y pienso que la mayoría de los partidarios de políticas monetarias y crediticias más reactivadoras se dieron cuenta de lo mismo, aunque algunos necesitaron llegar al Gobierno para comprenderlo así.
El cambio de opinión es, ciertamente, menos brillante que la sustentación invariable de un solo punto de vista acerca de algo, especialmente si el tiempo da la razón a su sustentador. Pero, sin duda, es más decoroso que la intransigente y contumaz pertinacia en el error, sobre todo si el tiempo lo hace evidente para todo el mundo.
La forma más digna de cambiar de opinión es, primero, la de exponer con entera veracidad las razones que a uno lo han llevado a una nueva postura.
Dicen que al Presidente Lincoln, de los Estados Unidos, uno de sus ministros le observó en cierta ocasión que una orden impartida por él acerca de determinada materia se contradecía frontalmente con la opinión que en la tarde anterior el mismo Presidente había expresado al respecto. Lincoln sólo replicó que no sentía el menor respeto por las personas que todas las mañanas no eran un poco más sabias que la tarde anterior.
Distingamos, pues, entre los cambios de opinión fundados en buenas razones y los que emanan de motivos inconfesables. No ha de temerse a los primeros, pues siempre serán comprendidos y aceptados por las personas que aprecian la honradez y la buena fe en el debate público. Y los segundos no son el tema de esta crónica.