auxi auxi Cuadernos de Información Nº2 / 1985 auxi auxi
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Crítica literaria al periodismo

JOSÉ MIGUEL IBÁÑEZ LANGLOIS, crítico literario de "El Mercurio"
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Cuando comencé a hacer crítica literaria en las columnas dominicales de "El Mercurio" -hace ya dieciocho años-, ciertos colegas de la Universidad se me acercaban con aire compungido, a darme una especie de pésame; en adelante tendría que simplificar, divulgar, y en suma pagar, para tener un auditorio mucho más amplio, el precio casi inaceptable de la pérdida de profundidad y de rigor intelectual.

Diría que casi yo mismo -por ingenuidad o pedantería, no lo sé- participaba un tanto de ese réquiem para el análisis literario más hondo y penetrante. Al fin y al cabo, también yo procedía de los abismos de la sapiencia académica y de la erudicción de las revistas especializadas, e incluso había escrito dos sesudos volúmenes de teoría literaria, más leídos por universitarios que por despreocupados lectores dominicales entre sorbo y sorbo de su desayuno.

Hoy, haciendo un balance de lo que pierde y de lo que gana un académico o especialista con el pie forzado de la crítica literaria como género periodístico, tengo una visión muy distinta del problema. No se pierde sino lo que se quiere perder, porque el periodismo no obliga a abandonar investigaciones más sistemáticas o sofisticadas. En cambio, es muchísimo lo que gana el crítico cuando asume la obligación y el desafío dominicales. Por de pronto, se ve urgido a estar al día, a leer un poco de todo, a no encerrarse en especialidades microscópicas, y, desde luego, a entregar el fruto semanal de sus lecturas y cavilaciones, lo que hace bien difícil la pereza mental -de la que no siempre está libre un académico-.

Pero lo que agradezco sobre todo al periodismo literario es la obligación de la claridad, esa virtud que alguien llamó "la cortesía del filosofo". Nada de jergas endemoniadas, de argots de cofradía, de lenguas cifradas de cenáculo. Hay que hacerse entender por un público más o menos culto pero no especializado; hay que decir todo lo esencial sobre un libro en cuatro carillas. O se es claro o se carece de lectores... y de tribuna, en definitiva.

Reconozco en mí una evolución durante estos dieciocho años. Al principio escribía dando por supuesto que el lector había leído ya el libro, porque me parecía tedioso y vano "contárselo". Pero ese supuesto, por una parte, es perfectamente gratuito: hay que provocar la lectura del libro, no darla por hecha. Y por otra parte, en el acto de "contar" o presentar el libro se ponen en juego diversas facultades críticas, puesto que esa presentación es ya analítica y no neutra.

Ciertos lectores me dicen -y lo creo- que he evolucionado de lo oscuro a lo claro, y de lo analítico a lo sintético. Y ciertamente he caminado hacia lo breve. El pie forzado de una extensión más o menos fija -100 líneas de 60 golpes- me molestó cuando recién se impuso; hoy lo agradezco porque es un desafío, y un límite útil al que me he acostumbrado. Al caer en el periodismo, no estoy seguro de haber perdido gran cosa, y estoy cierto de haber ganado muchas. Espero, solamente, que también los lectores dominicales estén de acuerdo en esta presunción.

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