Muchas veces nos hemos preguntado -en nuestra personal experiencia y a la que preferimos referirnos en el ánimo de no generalizar- si "la gran entrevista" de nuestra vida no sería aquella que contuviera todo lo que nunca hemos llegado a publicar. Todas esas informaciones, infidencias y secretos que, por las más diversas razones, han quedado impresos en la memoria sin nunca cobrar vida a través de la palabra escrita. Es lo que en periodismo se llama el "off the record", o lo que se dice, precisamente, para no ser publicado.
Siempre nos ha parecido del mayor interés conocer y hacer conocer a otros -mucho más allá de la mera información circunstancial- la verdad del hombre o la mujer que hace noticia o que están detrás de un cargo ostentando un mayor o menor grado de poder. Nunca, por cierto, en el ánimo de curiosear en aquellas zonas de la intimidad en las que tanto el respeto de quien pregunta como el pudor de quien responde inhiben todo intento de invadirlas. Pero, siempre, movidos por el hondo convencimiento de que la esencia de cada ser humano se encuentra impresa en su SER, circunstancias en las cuales su QUEHACER no es más que la proyección de aquél.
Y, en este sentido, pensamos que el Presidente de la República, el Ministro de Estado, el director, el ejecutivo, el empresario, el dirigente sindical, el sacerdote, actúan en la vida pública de acuerdo y en relación a su propia estructura psicológica, convicciones filosóficas, escala de valores, experiencias, condiciones de carácter, etc, más que en la calidad que le imprime el cargo que cada cual ejerce. De allí que nos parezca importante descubrir al hombre y preguntar en esa línea, no excluyendo desde luego las preguntas que en relación a materias contingentes, puntuales y específicas interesen al público (lector o telespectador). De allí que los entrevistados —interesados en entregar el mayor número de elementos que les permitan ser bien percibidos- tiendan a decir mucho más que lo que a veces sea prudente y beneficioso publicar. De allí que, para eliminar todo elemento eventualmente inhibidor, no hayamos nunca utilizado hasta ahora una grabadora. Y de allí, finalmente, que nuestra memoria acumule, después de casi 20 años de labor periodística, un vasto y rico material: aquel que no hemos publicado.
Y si hubiese que preguntarse la razón última de esa profunda convicción acerca de la importancia que a nuestro juicio tiene el saber callar en el ejercicio de! periodismo, diríamos que tiene que ver con la responsabilidad que estamos ciertos conlleva nuestra función. No sin razón se ha definido al periodismo como el 4º poder del Estado.
Si bien es cierto, el periodismo debe estar siempre al servicio de la verdad –coincida ésta o no con nuestra propia verdad- no es menos cierto que la verdad no siempre tiene porqué ser difundida. Un secreto de Estado o un hecho relacionado con la vida íntima de una persona -por citar sólo un par de ejemplos— pertenecen al ámbito de lo que habrá que callar si es necesario.
Pensamos, por último, que será la conciencia del periodista -más allá de lo que la ley establece- la que sabrá medir y sopesar el bien o el daño que puede hacerse a las personas y a las naciones según el grado de responsabilidad con que se ejerza la función periodística.
Los daños causados por una información que no debió darse a la publicidad pueden ser irreparables, aun cuando aquélla fuese verdadera. No digamos nada, si se trata de una injuria o una calumnia, porque en estas circunstancias de poco y nada valdrán todos los desmentidos que se hagan con posterioridad. "Eche usted a correr mañana que fulano es homosexual, o pregúnteselo en una entrevista impertinente, y el afectado será victima de por vida, al menos de la duda de quienes se acerquen a él", nos decía un humanista respetable, respetuoso y realista.
No menos conscientes que los mismos periodistas -acerca de la responsabilidad en torno a lo que se publica o no se publica- deberán estar quienes tienen, en los medios informativos, la misión de "vender", ya que puede este imperativo influir de alguna forma, especialmente en el realce que se le imprima a la información a través de los titulares.
No quisiera terminar estas líneas que se nos han solicitado en relación a "lo que no se publica" -las que por la brevedad del espacio no permiten un mayor ahondamiento en un asunto que admitimos complejo- sin decir que asumimos humildemente nuestros deseos de responder a ese ideal cristiano al cual adherimos y que intenta determinar nuestro quehacer no sólo en términos de procurar "hacerlo bien" sino de "hacer el bien", razón que sin duda se hace presente al ponderar aquello que publicamos o no publicamos.