La discusión es muy antigua. Pero quizá asumió caracteres de gran debate de principios en la década de los 60, y en la primera parte de los 70. El argumento era éste: el periodista no puede ser objetivo, porque la objetividad no existe. No puede ser independiente, porque la independencia es un mito. El periodista tiene el deber de pronunciarse respecto del tipo de sociedad que anhela. Su tarea no es sólo informar de todo lo que acontece, ni su profesión constituye per se una forma de contribuir a que la sociedad se entere de la verdad de la mejor manera posible, sino, fundamentalmente, debe ser un fermento de la sociedad, comprometiéndose en ésta con el pueblo y con su lucha.
Se partía de la base de supuestos "irrebatibles", pues, en cierta medida, ser objetivo resulta un arduo camino; actuar con independencia es difícil cuando el manejo de los medios de comunicación no lo tienen los periodistas en la inmensa mayoría de los casos, sino consorcios empresarios o entidades que responden a intereses filosóficos o partidistas o financieros. En fin, salvo que el periodista se considere a sí mismo un aséptico social, todos, cual más cual menos, asumen una posición que los liga en compromisos irremediables.
Si aceptamos tales premisas deberemos concluir en que todo el periodismo es comprometido y que, en buenas cuentas, no existe el periodismo independiente.
Yo tengo un enfoque diferente. Primero, creo que la objetividad es una condición moral esencial de los periodistas. Ser objetivo es buscar honesta y lealmente la verdad de los hechos. Tal actitud no significa en modo alguno que el periodista carezca de un juicio de valor respecto de la indagación que hace y en cuanto a los aspectos aprobables o reprobables de la situación que investiga. Por ejemplo, no es concebible que un periodista que reportea un crimen deje de estimar condenable el delito como tal. Pero tampoco lo es, por otra parte, que se erija en juez y emita un dictamen antes de incoarse el respectivo proceso. La diferencia parece sutil, pero es importante.
Ese ejemplo tan simple sirve para todo y avala mi afirmación de que la objetividad es parte de la conducta moral del periodista.
Yo voy más lejos aún. Creo que la opinión que emita un periodista debe estar sustentada en hechos objetivos y no en meras apreciaciones. En todo caso, si bien el periodista que opina en las columnas correspondientes puede tener una "visión" que para el resto de las personas es equivocada o atinada, nada lo autoriza a fundarla en antecedentes falsos o en indagaciones defectuosamente realizadas.
Pero el tema esencial de este breve artículo se refiere al compromiso. Yo creo que, para un periodista profesional, cualesquiera sean sus convicciones doctrinarias, no le está permitido manipular la verdad en aras de su compromiso ideológico. En definitiva, estimo que cuando el compromiso del periodista es tan fuerte que lo obliga a mentir, a tergiversar, a adulterar los hechos es, desde luego, un mal compromiso, y el trabajo deja de ser periodismo y se convierte en panfletismo.
Un compromiso ilícito es, por cierto, inaceptable.
La independencia del periodista, pues, radica en su autonomía para ejercer la profesión y en su facultad de actuar a conciencia de acuerdo a las normas éticas de la misma. Las cuales, en el ejercicio del periodismo, están por sobre los compromisos extraños al mismo.
Esto no quiere decir que yo piense que el periodismo orientado por diversas posiciones sea espurio. Por el contrario, en casi todo el mundo, los primeros periódicos surgieron como una necesidad política o religiosa, para defender determinadas posturas. Nuestra Aurora de Chile era, eminentemente, un periódico político, con una fuerte dosis de pasión doctrinaria. Toda la prensa que le sucedió estuvo orientada en el mismo sentido. Por lo demás, sería no sólo injusto, sino hipócrita, sostener que el periodismo debe ser neutral para posar de independiente.
Lo que ocurre es que, en un sistema de libertad de expresión verdadero, se produce la pluralidad de medios periodísticos los cuales pueden ser, a su vez, o pluralistas en el sentido de acoger todas las opiniones y dar tribuna a todas las opciones, o comprometidos con determinadas corrientes y filiaciones. Periódicos de origen religioso, por ejemplo, pueden ser perfectamente serios, objetivos e independientes, sin dejar por eso de ser portavoces de un determinado credo.
La independencia, a mi manera de ver, no está determinada por las cosas en las que uno cree respecto del hombre, la sociedad o la historia, sino en relación a la prestancia y solvencia profesional con que se ejerce el periodismo. Pienso que ser una buena persona, un buen ciudadano y un buen periodista, no es contradictorio con el hecho de profesar una fe o abrazar ciertas convicciones. Salvo, naturalmente, que esa fe y esas convicciones tengan como norte destruir al hombre en su dignidad. Pero eso es, ya, otro cuento.