auxi auxi Cuadernos de Información Nº2 / 1985 auxi auxi
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Periodismo y política exterior

LILLIAN CALM, editora internacional de "Qué Pasa"
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"¿Con quién le gustaría celebrar el próximo Año Nuevo?", le preguntaron algunos periodistas, en enero de 1978, al entonces presidente Jimmy Carter. La respuesta del Mandatario norteamericano quedó impresa e imborrable: con su amigo, el Sha, en Teherán. Pero la realidad mundial es cambiante y dinámica y, tras doce meses de hacer esas declaraciones, Carter ni siquiera se encontraba en condiciones de dar asilo a su amigo, el Sha, en los Estados Unidos.

Impresas e imborrables. Así permanecen tantas declaraciones de estadistas, que van conformando las relaciones internacionales y la política exterior de cada país, a medida que sus comunicados, comentarios y simples opiniones son captados por los diferentes medios periodísticos. Y, más aún, por la prensa.

La influencia de la prensa -debido a una serie de factores que aquí no es del caso reiterar- es inmensa. Tan inmensa que en el campo internacional incluso ha llegado a provocar una guerra. No es una metáfora. Es un hecho real consignado en muchos estudios sobre la gravitación que puede alcanzar el periodismo. Es la guerra entre Estados Unidos y España, por la liberación de la isla de Cuba (se encontraba bajo dominio hispano), que fue provocada a fines del siglo pasado por William Radolph Hearst, considerado el padre del periodismo amarillo o sensacionalista. Eso sí, sus métodos estaban reñidos con la ética. Uno de sus biógrafos ha señalado que para Hearst, cuando nada importante sucedía, la solución estaba en recurrir a la provocación del suceso, o en suplir con la fantasía de sus redactores lo que la realidad no proporcionaba.

De este ejemplo podemos derivar en la trascendencia que tiene la responsabilidad con que se asuma la tarea periodística, en todos los casos; pero, quizás, muy especialmente cuando se tiene entre manos noticias o informaciones que inciden directa o indirectamente en las relaciones internacionales entre dos o más países.

En el caso de Chile -en términos generales, ya que siempre puede darse una excepción- puede afirmarse que los periodistas han comprendido la trascendencia de nuestra política exterior. La han tratado con el criterio necesario, sin privar al lector de su derecho a estar informado pero, también, sabiendo callar cuando determinados hechos lo requieren. Así, por ejemplo, aquí no es la norma entregar "trascendidos" que puedan interferir el curso de una delicada negociación diplomática.

Asimismo se ha mostrado una constante: desde hace muchas décadas la prensa también ha impulsado a quienes deben ejecutar esa política exterior, a tomar decisiones relacionadas con temas tan importantes como pueden serlo algunos problemas limítrofes o la defensa de nuestra soberanía. En la prensa siempre ha existido un criterio decidido y claro frente a nuestro problema limítrofe. Esta posición, sin duda, está apoyada en antecedentes jurídicos que siempre se convierten en los argumentos más poderosos y sólidos para defender derechos inherentes a la soberanía nacional.

Eso sí, el periodista requiere -para poder mantenerse en esta línea- que las declaraciones de personeros responsables sean prudentes y reflejen los conocimientos acabados que se tengan sobre una materia. Sólo así se evitan falsas interpretaciones o, también, la impresión, en el papel, de comentarios poco afortunados derivados, en ocasiones, de la multiplicidad y de la falta de profesionalización (diplomática, en este caso) de los voceros. El simple accidente de no recurrir al término adecuado, en una frase, puede acarrear insospechados efectos internacionales. Por lo demás no tendría por qué ser responsabilidad del periodista -que muchas veces la asume-"filtrar" términos incorrectos utilizados por voceros, para reemplazarlos, en su transcripción, por los apropiados.

Por ello, entregar con profesionalismo esa información que no contraviene la explicable "reserva diplomática", a través de personal preparado del Servicio Exterior, no sólo evita opiniones contradictorias o malas interpretaciones (que los consiguientes desmentidos no logran aminorar del todo), sino también permite así alcanzar un logro decisivo: el vínculo de colaboración que puede darse y debe existir entre periodismo y política exterior.

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