Se me ha encomendado enfocar el proceso de integración desde el punto de vista de los medios de comunicación de masas. Para ello creo que es prudente recordar los tres pilares sobre los que se basa la profesión periodística. Ellos son en primer lugar informar, luego entretener y también, por cierto, formar. Se ha discutido mucho cuál de estos tres aspectos debe ser prioritario, olvidando, me parece, que sea cual sea el modo como se entregue una información, siempre se está formando, aunque a veces se lo haga en un sentido negativo.
Respecto al tema de la integración se le ha dado un enfoque eminentemente económico y político, porque ése ha sido el énfasis puesto en tratados y acuerdos. Lo cultural, salvo el Convenio Andrés Bello, que merecería un mucho mayor impulso, ha ido quedando para alguna mejor oportunidad. Es en este punto donde los medios de comunicación tienen una enorme y positiva labor que realizar. Su impacto educativo es hoy, en ocasiones, tan grande como la educación formal de escuelas y liceos. Lo que aparece en diarios, revistas y especialmente en TV adquiere de inmediato una fuerza receptiva en el lector o televidente, que no consigue el texto de estudio tradicional. La responsabilidad del periodista es innegable y su labor es a veces verdaderamente delicada, cuando están en juego valores morales o situaciones políticas críticas, especialmente en lo internacional.
Pero antes de adentrarnos más en el tema, creo es conveniente hacer algunas consideraciones generales.
Desde el principio de los tiempos, cuando el hombre recién comenzó a controlar el fuego, advirtió que sus posibilidades de sobrevivir aumentaban si se reunía con otros hombres. Por lo consiguiente, le era vitalmente importante vivir en grupo, donde cada uno cooperara y tuviera tareas claramente asignadas. Los grupos, a su vez, pronto se dieron cuenta que unidos entre sí, formaban una fuerza mayor para enfrentar catástrofes o defenderse de enemigos naturales. La lengua, las creencias y modos de vida, es decir la cultura que luego los unió, hizo que los hombres fueran organizándose en conglomerados más grandes, que luego llegarían a constituir las diversas formas de estados.
Cuando, a través de la historia, éstos han llevado a cabo guerras fratricidas, la secuela ha sido muy dolorosa para los pueblos que las han sufrido y que no han visto resultados positivos de estas acciones.
Nuestro siglo ha vivido los dos conflictos más destructores del planeta, porque el avance de la ciencia y la tecnología permitió incorporar nuevas áreas de conocimiento, insospechadas con anterioridad, al servicio de la confección de poderosas armas. Por primera vez, además, la población civil se vio confrontada a situaciones adversas que no podía manejar. Paradójicamente, los medios de comunicación, que avanzaron a grandes zancadas y que debieron haber servido para protegerla denunciando los excesos, no cumplieron este papel. Se comprometieron políticamente y la posibilidad de mantener abiertos los canales de entendimiento entre los pueblos, se vio obstruida. Mientras más rápidamente se era capaz de conocer los movimientos del enemigo, más rápidamente también se actuaba para anularlo. La opinión pública internacional se polarizó profundamente y nacieron odios que sólo han ido superándose con gran lentitud.
Actualmente, el mundo se presenta como nunca interconectado, interdependiente, donde ningún país es una isla que pueda vivir dándole las espaldas a los demás, a riesgo de perder oportunidades de desarrollo. Se sabe que hemos construido un polvorín, donde cada uno está sentado sobre tres toneladas de explosivos, que ante una decisión irracional puede terminar con la vida en la Tierra. Paulatinamente y ante esa evidencia se ha ido abriendo paso la idea de que es mejor sentarse a conversar, a tratar de comprender y de comunicarse. Han nacido diferentes tipos de diálogos en esta tentativa: este-oeste; norte-sur, y últimamente norte-norte, en el cual el hemisferio sur se ve debilitado. Pero, lo cierto es que se esté donde se esté, cada uno tiene un mayor o menor grado de dependencia de los demás ya sea económica-financiera, o de mercados, de transferencia tecnológica, de materias primas, etc.
En estos diálogos, llevados a cabo por políticos principalmente, han tenido también un papel muy decisivo los medios de comunicación de masas que influyen en la opinión pública, que a su vez, influye en la toma de decisiones políticas. Su poder puede llegar a ser de tal magnitud que baste recordar el caso Watergate que le costó el cargo al Presidente Nixon para comprender su fuerza.
Pero, aparte de ejercer esta colosal influencia es factor importante en el intercambio de ideas, especialmente en momentos en que el diálogo se dificulta por diversos motivos y sólo se conserva entre quienes profesan intereses similares. El periodismo puede cumplir un positivo papel de unión si se lo lleva a cabo sin vulgaridades, demagogias ni chabacanerías. Pienso en este momento cuánto apoyo ha dado la televisión de la República Federal de Alemania a los habitantes del otro lado de su frontera, a quienes deben vivir sometidos a lo que la prensa oficial desee darles en la República Democrática Alemana. Gracias a que las ondas de TV y radio cruzan el aire sin conocer de problemas limítrofes, la población está al tanto de lo que sucede en Occidente, su sistema de vida, sus posibilidades y problemas. Desgraciadamente no ha existido la decisión política de llegar a una integración del país dividido. Y por mucho que sus habitantes lo deseen ello no llegará jamás a ser posible sin este paso previo. Por otra parte, han podido saber de los beneficios que han recibido los países miembros de la Comunidad Económica Europea y de cómo algunos de sus integrantes han podido superar viejas enemistades y rencores en aras de un desarrollo que a todos les conviene. Por cierto que en esto les ha cabido un importante papel también a los medios de comunicación de masas que paulatinamente fueron creando el ambiente para que esto sucediera. Las programaciones comenzaron a incluir aspectos de la vida cultural del antiguo enemigo, como un modo de poder comprenderlo y respetarlo.
Este factor es de extrema importancia y aparentemente se le ha descuidado en nuestro medio. Porque no es sólo que el periodismo nos ayude a conocernos a nosotros mismos, a saber de donde venimos y para dónde vamos, sino que además, al darle cabida a nuestra cultura tanto en la prensa oral como escrita y televisiva, está proporcionando elementos para que otros pueblos también nos entiendan y valoren. A través de nuestra historia, de nuestro folklore, de las artes, de las costumbres, que pueden ir entregando los medios de comunicación en forma amena y entretenida, por medio de entrevistas, artículos o reportajes se va pintando el cuadro fidedigno de una idiosincrasia. No se trata sólo de transmitir noticias, por muy importantes que puedan ser, sino de ir dejando algo que perdure. Como dijo recientemente el Rector de la Universidad de Navarra, el abogado, economista y periodista Alfonso Nieto, "comunicar es comprender, quererse, entenderse, relacionarse con la cabeza y el corazón; no sólo a través del teletipo".
En este sentido habría que reconocerle a los medios de comunicación de masas una función formativa, más allá de la mera entretención e información. Y en zonas de difícil acceso, ya sea por las grandes distancias que es preciso recorrer o por la escasa densidad de su población o por el motivo que sea, también cumplen un papel social de extrema importancia que es necesario destacar, especialmente en esta oportunidad. ¡Cuántos encargos para la familia tal o cual de la localidad lejana casi inaccesible ha entregado la radio en esta zona! Ella cumple su rol cultural de modo muy particular al entregar algo que la prensa escrita no puede hacer, como es la música. Sabido es que ésta no conoce fronteras y que los hombres se alegran al escuchar sus sones, dejando de lado sus diferencias. Cantos y bailes folklóricos populares van uniendo a los pueblos.
Por cierto que esta tarea es mucho más difícil y lenta que aquella otra de separar y desintegrar. A través de la prensa se puede servir un gobierno para hacer saber a la opinión pública algo que no le conviene declarar oficialmente. No hace mucho tiempo conocimos una versión nueva y curiosa de hacer política trasandina. Afortunadamente esta peculiar manera de comunicar intenciones no ha hecho escuela, porque no es ese el papel de los medios de comunicación.
Tenemos un importante desafío que cumplir. La integración con nuestros hermanos al otro lado de las fronteras, promete grandes beneficios mutuos si sabemos hacer bien las cosas. Porque no se trata de una "unificación de varias entidades antagónicas", como explica el Diccionario Larousse en su segunda acepción. Si fuera de este modo, se correría el riesgo de ir perdiendo poco a poco la identidad cultural de cada pueblo. Por el contrario, y aquí está el maravilloso papel que puede jugar la prensa oral y escrita, la ir entregando constantemente diversas facetas de nuestro ser nacional, de nuestros modos de vida, de nuestra cultura. A través de ellas vamos a ir afianzando la credibilidad indispensable para que un proceso de esta naturaleza llegue a tener éxito. Porque nada o muy poco conseguiremos con firmar los mejores acuerdos si los bandos se miran con recelos y desconfianza. Las posibilidades de lograr un éxito duradero se restringen inevitablemente si surgen temores a ser engañados, más bien por desconocimiento mutuo, que por motivos verdaderos. Por eso, los medios de comunicación de masas tienen ahora una oportunidad histórica de demostrar cuánto depende de ellos, cuánto pueden lograr en la opinión pública, cuánto se merecen el hombre. Se trata de comunicar, con profesionalismo, esto es, con conocimiento de causa, para lo cual el periodista se obliga a sí mismo a estudiar y a superarse, a perfeccionarse en el desempeño de sus labores y a cumplir su cometido con dignidad, independencia y valentía.
Es mucho lo que está en juego. Se trata de lograr una integración de una vasta zona que puede verse grandemente beneficiada en el apoyo mutuo, del mismo modo como los primeros hombres descubrieron que para sobrevivir debían reunirse en grupos. Los medios de comunicación de masas encontrarán nuevos caminos, senderos culturales, por donde se podrá caminar hacia ese fin con pie seguro. Surgirán, a no dudarlo, concursos en radio, TV y prensa escrita que busquen raíces comunes; se hará hincapié más en lo que une que en lo que separa; se promoverán encuentros y se irá construyendo día a día el clima que servirá para destacar lo mejor de cada uno, procurando comprender, a través del análisis serio y profundo, los sucesos que vayan acaeciendo. El periodismo tiene en la integración una preciada oportunidad de demostrar su verdadera y valiosa misión de ir siendo, como decía Albert Camus, el "historiador del instante".
Por último, quisiera recordar el interés permanente de S.S. Juan Pablo II por los medios de comunicación, al punto de haberse dirigido en forma especial a los periodistas en una de sus alocuciones y de haberle entregado a la Oficina de Comunicaciones del Vaticano la responsabilidad de entregar sus textos para que se publiquen en los 200 diarios más importantes del mundo. Por cierto, se trata de textos seleccionados para la opinión pública internacional. En uno de los últimos que han aparecido en la prensa dice lo siguiente: "La opción moral y política que encaramos es la de poner todos los recursos de la mente, la ciencia y la cultura al servicio de la paz y de la construcción de una nueva sociedad, una sociedad que tenga éxito en la eliminación de las causas de las guerras fratricidas mediante la prosecución generosa del progreso total de cada individuo y de toda la Humanidad".
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