auxi auxi Cuadernos de Información Nº3 / 1986 auxi auxi
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La prensa y la integración chileno-argentina

Intervención en el Encuentro patrocinado por la Asociación Nacional de la Prensa y la Universidad de Magallanes, Punta Arenas, el 20 de agosto de 1985.

CRISTIÁN ZEGERS ARIZTÍA
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La prensa es un medio apto, sin duda, para facilitar la integración chileno-argentina. Pero antes de ver las posibles características de su aporte, conviene destacar la novedad del tema —abierto a la discusión-, y su importancia, la que es inseparable del progreso del afán integrador. Probablemente, una anticipación exagerada de las ventajas y perspectivas del proceso que no fuera seguida de cerca por hechos reales, sólo sería motivo de frustraciones perjudiciales para el entendimiento propuesto.

La tarea de los medios de comunicación para facilitar este proceso no es otra que ayudar a vencer la recíproca ignorancia que se han profesado Chile y Argentina en aspectos decisivos para el éxito de cualquier integración. Corresponde aclarar que el desconocimiento recíproco de las realidades trasandinas no arranca tanto de los largos y a veces amargos conflictos limítrofes, sino que es un resultado de orientaciones culturales y económicas de los círculos de influencia, tanto aquí como allá. Es evidente que la comunicación importante de nuestros países se ha trabado normalmente en función de Europa y de Norteamérica, relegándose a planos secundarios la preocupación por el medio regional.

El desarrollo de la mediación papal sobre el diferendo austral, y naturalmente los graves sucesos precedentes, mostraron cabalmente, creo, la falta de una noción clara y extendida sobre las raíces permanentes y tenaces de la sicología y de la conducta política externa de Argentina. Y ahora mismo, como particulares que estamos ajenos a las relaciones de gobierno a gobierno -tan complejas siempre por la extensa frontera común- actuamos de ordinario como si pudiera reemplazarse el conocimiento serio de la realidad argentina con una suerte de familiaridad costumbrista hacia el país vecino, efecto exclusivo de la pura observación física, o bien de contactos ocasionales de carácter turístico o comercial.

La integración, y no podemos equivocarnos al respecto, exige un nivel de conocimientos muy distinto en las capas e individuos llamados a concretar iniciativas y negocios comunes. ¿Cómo, sino, será posible tener una mentalidad negociadora flexible? ¿Cómo podrá pensarse el futuro en conjunto? ¿Cómo será una actitud la resolución de los problemas del otro para ayudarse uno mismo?

Me parece que todos estamos conscientes del enorme recelo instintivo que suscita cualquier proceso de integración, especialmente en cuantos se sienten perjudicados de antemano por él. Si tal recelo no es vencido por una realidad conocida, es muy difícil lograr que los acuerdos y documentos de complementación cobren realidad. Siempre será más fácil que se destaquen elementos tales como el mayor tamaño de Argentina, o su codicia sobre nuestros tráficos o su histórica tentación hegemónica.. para no ver, en cambio, con suficiente equilibrio, otras realidades que acreditan que el interés económico, social y político de nuestros vecinos no sólo es coincidente en aspectos fundamentales con el nuestro, sino que es muy erróneo para Argentina o para Chile la pretensión de construir el futuro por separado.

Sabemos bien que la solución de este desconocimiento recíproco sólo puede alcanzarse en un plazo relativamente distante, con nuevas orientaciones del sistema educativo, pero, ciertamente, ellas tardarán en hacerse efectivas, y mientras tanto, la prensa y los medios de comunicación tendrán que asumir el papel de reemplazo para pone a la población en contacto con aspectos de Argentina que sirven para trabajar en común.

Conocer bien una realidad significa entender tanto el pasado como el presente. Por ejemplo, si nos referimos a Argentina, el efecto que tuvo sobre la formación de carácter nacional la brusca inmigración de millones de personas en pocos años, o bien la importancia de aquella estructura económica diseñada desde el siglo pasado en función del gran puerto de Buenos Aires; o la distinta aplicación de la ley civil, o del contrato privado, o la estructura sindical, o cuales son. finalmente, las ventajas o desventajas comparativas qué nosotros tenemos frente a Argentina.

Y puesto que no siempre se puede esperarla elaboración de catastros muy exhaustivos de estudios y nuevas posibilidades, creemos que la prensa tendrá que anticiparse a muchos de ellos cuya realización cabal, necesaria, tiene que demandar, sin duda, algo de tiempo y esfuerzos considerables.

Toca a la prensa familiarizar poco a poco al gran público con una corriente noticiosa constante sobre la realidad política, económica y social de Argentina. Al aceptar esta tarea, debemos reconocer que en este aspecto particular los medios de comunicación —por igual los chilenos y argentinos- partimos de niveles actuales pobres.

Por de pronto, en la difusión de nuestro volumen noticioso normal no existe un espacio intermedio entre la información local y la cuota de espacio destinada a cubrir los espacios del exterior. Es corriente, entonces, que la información sobre Argentina "pelee" su lugar en el enorme conjunto de la información del mundo, con lo cual, de hecho, apenas sobrevive como un elemento más del cuadro latinoamericano, ya de por sí reducido.

Me parece que los medios de comunicación de Magallanes constituyen una honrosa excepción a este fenómeno, ya que es visible su interés por los temas argentinos, y ciertamente por las más variadas gamas de la integración. En los medios de comunicación nacionales, sin embargo, no tiene lugar tal preferencia constante acerca de la información sobre Argentina. Claro está que grandes y determinados sucesos políticos, deportivos o artísticos alcanzan una cobertura completa, pero siempre a título de excepción, no de regularidad. La prueba es que constantemente viajan numerosos enviados especiales de prensa y equipos de televisión y de radio al país vecino, los que dan lucidos momentos de información, pero una vez pasada tal o cual efervescencia, las cosas vuelven a sus limitados cauces que mencionamos. Y en esta habitualidad, por ejemplo, no hay corresponsales chilenos permanentes destacados en la Argentina, capaces de ver y seguir esa realidad con ojos nuestros y de un modo sistemático. Así pues, para el despacho ordinario, los diarios, las revistas y las estaciones de televisión dependen de los criterios de las agencias internacionales de noticias, y, por lo tanto, para que una noticia argentina sea incluida en la transmisión diaria y llegue hasta nosotros, tiene que impactar previamente a las mesas de redacción de Nueva York, de Londres, de París, de Roma o Hamburgo. Salvo que se trate, naturalmente, de un resultado deportivo o de una alusión que específicamente concierna a Chile.

Para remover esta situación, se requieren varias condiciones. Una de las más efectivas sería propender a una especialización de los periodistas destinados a trabajar las informaciones u orientaciones propias de la relación chileno-argentina, aplicación que parece necesaria por cuanto la prensa está obligada a jerarquizar rápidamente el cúmulo de posiciones contrapuestas, de intereses a menudo entremezclados y confusos que todo proceso de integración despierta en el tejido económico.

La prensa debe reflejarlos a todos sin distorsionar el conjunto y los objetivos. Y, claro está, su efecto positivo o negativo para la integración será muy diverso en la misma medida en que cada hecho pueda ser situado en marcos amplios y certeros. La fuerza de los intereses respetables o subalternos que tienen a sentirse amagados en determinadas etapas de la integración, tiene que ser justipreciada bajo el punto de vista de las conveniencias generales del proceso. De otra manera, la integración sólo podrá avanzar muy lentamente: cuando algo convenga a todos y al mismo tiempo, circunstancia que se da con poca frecuencia.

Pero más allá de los cambios internos en la organización periodística, el sello de importancia del proceso lo podrá percibir directamente el público cuando se le pongan delante en la información diaria no únicamente los hechos atingentes a la integración misma —pocos y tal vez esporádicos—, sino las noticias generales del otro lado, de Argentina.

Tendría que ser objeto de atención regular y no esporádica, por ejemplo, la situación económica general de nuestros vecinos: su moneda, inflación, tasa de interés, etc., y la misma preocupación habría que desplegar sobre tantos otros elementos respecto de los cuales debemos interesarnos como si fueran propios: caso de las alternativas de los exportadores trasandinos, o la actividad de sus grupos de inversión. En otras palabras, el interés debe ampliarse a cuanto contribuya a perfilar las características estables de una evolución que también nos concierne. Será ésta, sin duda, la única manera de ir venciendo el temor de negociar empresas comunes, binacionales, las llamadas a formar el ariete de todo proceso de integración de importancia.

En cuanto a su deber de orientar y de criticar el proceso de integración que ahora se emprende, la prensa debe estar consciente de las secuelas del pasado inmediato, vinculadas a un conflicto que pudo ser gravísimo hace menos de siete años atrás. Las grandes fases de la integración posible entre Chile y Argentina —la complementación energética, las telecomunicaciones, el turismo o la producción agrícola de primera necesidad— van a ser inevitablemente examinadas a la luz de algunas dependencias que, en caso de reaparecer la sombra de algún conflicto, volverían a tornarse graves hasta un punto, incluso, en que no será fácil dar con la resolución correcta.

Esta conciencia de las dificultades debe animarnos a despejarlas en lo que tengan de infundado, o en lo que sean el reflejo de prejuicios anacrónicos. La prensa puede cumplir un papel señalado si destaca la firmeza con que la comunidad de ambos países impulsa el entendimiento y la cooperación, ya que bien sabemos que siempre existirán sectores minoritarios a uno y otro lado, recalcitrantes en su ánimo conflictivo, que esperarán el momento oportuno para tratar de volver atrás el curso histórico de integración.

También debe ser función de la prensa la colocación certera de las imágenes del futuro integrado. No para vaticinar ilusiones, como ya decíamos al principio, sino para estimular el pensamiento de un cono sur como realidad potencial, realidad que debe sumarse a tos ojos del público, de la juventud, y especialmente, de los más jóvenes.

Desde este punto de vista, lo que ocurra aquí en Magallanes, que desde tan antiguo tiene una vivencia de integración natural con Argentina, tendrá evidente significado.

Quienes hayan seguido de cerca el diferendo austral y el curso de la mediación papal, podrán dar fe de que la sola aspiración de paz permanente entre Chile y Argentina no fue el único móvil de los negociadores. Para llegar a una transacción honorable, y para afrontar sus inevitables costos, fue necesario tener muy presente la idea del destino chileno íntimamente vinculado a un campo de mayor acción, que es justamente el que otorga esta posibilidad de integración. Ni aun el compromiso de paz, confiado como está escrito al honor de ambas naciones y a la tutela moral del Sumo Pontífice, basta para construir un futuro libre de recelos. Como elemento ineludible, la paz necesita de integración efectiva. Será papel de la prensa recoger con generosidad e impulso integrador sin dejar que se apague prematuramente un clima que ha surgido como resultado de los momentos tan duros de tensión que hemos atravesado.

El respiro de la paz, colocada ahora sobre firmes bases jurídicas y morales, constituye la oportunidad más propicia para empujar, por todos los medios a nuestro alcance, el destino común de Chile y Argentina.

La convicción que queremos expresar aquí en Magallanes se resume en algo muy simple: los medios de comunicación no pueden seguir iguales, antes y después del trabajo de integración con Argentina, so pena de que el mandato que contiene el tratado recién firmado se convierta progresivamente en un aspecto secundario de la paz, cuando justamente este provenir conjunto y promisorio de Chile y Argentina fue lo que dio fuerza a los mediadores del conflicto austral para perseverar en una solución que tantas veces se vio casi imposible.

 

 

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