El tema de esta mesa redonda me sugiere una interrogante indispensable: ¿vamos todos a hablar de lo mismo? ¿O acaso, como en el mundo orwelüano, llamaremos a las cosas por nombres ficticios que significan para unos lo contrario que para otros?
Nosotros hemos sido testigos en estos últimos tiempos que palabras que representan determinados conceptos son usadas y subutilizadas de tal forma que terminan siendo desfiguradas en el tiempo. Ideas-fuerza como libertad, democracia, patriotismo, tienen acepciones equívocas y no necesariamente uno las entiende de la misma manera que su vecino.
Entre estos conceptos está también la ética. Yo tengo muchas veces temor de pronunciar esta palabra en relación con la profesión de periodista que ejerzo, porque he llegado a la conclusión que lo que yo considero ético otro periodista, con igual derecho, lo desestima, de modo tal que esas normas de conducta que, codificadas o no, deben reglar la actividad periodística, no necesariamente son apreciadas por todos con el mismo celo y entusiasmo.
La razón principal es que el periodismo cada vez más se ha ido convirtiendo en una actividad comprometida con ideologías, sistemas o intereses determinados. No es que antes la prensa hubiese sido aséptica, sino que ahora ha entrado más en et terreno de la confrontación, aunque a veces algunos quieran disimularlo con un cierto barniz de seriedad.
El problema, a mi juicio, es que el periodismo tiene una función esencial que no puede fallar si queremos que siga siendo realmente periodismo. Y es lo que señala en su primer punto la Carta de Ética del Colegio de Periodistas. Dice al respecto: "El periodismo y los periodistas deben estar al servicio de la verdad".
Esa es la base fundamental. Y es el principio más vulnerable por cierto.
Decir la verdad es, desde luego, bastante difícil cuando no existe un ambiente pleno de libertades esenciales, y entre éstas, la libertad de opinión e información.
La libertad debiera ser siempre el estado natural del periodista. Libre de trabas legales, libre de presiones, libre de compromisos, libre de obsecuencias o partidismos, libre de dogmatismos, libre de actitudes sectarias o de prejuicios.
Es decir, un periodista libre es un profesional que no sólo proclama su libertad hasta con arrogancia, sino especialmente aquél que —pese a los obstáculos que se le presentan— se mantiene mental y moralmente autónomo en sus decisiones.
Sentirse y ser realmente libre es la condición para un ejercicio honesto y ético del periodismo. Porque las virtudes y las conductas conforme a la razón sólo son posibles cuando quien las profesa es una persona que hace uso de su libre albedrío. El que no peca por temor al infierno o no comete delito por temor a la cárcel, puede ser un hombre prudente, pero no necesariamente virtuoso. La virtud es una forma de integridad y bondad de vida que sólo es dable en el pleno ejercicio de la libertad personal.
Las virtudes éticas son, pues, expresiones de esta libertad. Todo este exordio sirve para que nos adentremos un poco en el tema de este panel. Cuando hablo de ética estoy hablando de normas de conducta para conciliar lo que es con lo que debe ser. O sea, en lo que se refiere al periodismo, normas que nos permitan reglar nuestra actividad para conformarla al fin último que ésta tiene.
Hemos dicho que el principal objeto del periodismo es divulgar la verdad. Y esto, porque el periodismo tiene una función social trascendental que cumplir: "informar leal, veraz y oportunamente". Este deber forma parte a su vez de lo que en el mundo entero se ha proclamado como definición magna de la libertad de prensa: "El derecho del pueblo a ser veraz y oportunamente informado".
El derecho de la comunidad social de ser informada de lo que ocurre en su seno, y no de ser manipulada, o de recibir tergiversados los hechos, se convierte en los periodistas en un deber.
Esta interrelación entre el derecho de la sociedad y el deber de los periodistas está en la esencia de nuestra profesión, de modo que no hay dónde equivocarse. El periodista que miente no sólo corrompe su propia identidad profesional, sino que atenta contra un derecho de la sociedad, o del pueblo, como sostiene la Declaración sobre libertad de prensa del Colegio de la Orden.
Nosotros sabemos que mentir es inventar un hecho, disfrazarlo, agregarle antecedentes, silenciar otros, o contar medias verdades.
Por eso para el periodista es tan serio este principio ético, puesto que el deber de decir la verdad involucra expresar sólo lo que en la conciencia del periodista aparece como verdad objetiva, o lo que él en realidad piensa sobre algo dado. La falta de este deber es una mentira, que sólo puede concebirse como tal precisamente en función del alcance social de la expresión del pensamiento. Si alguien dice una cosa falsa sin que nadie lo oiga, no miente. (1)
El deber de decir la verdad impone el de buscarla sinceramente. Es decir, el de investigar la realidad usando todos los medios lícitos que al investigador le sean posibles. El que, culpablemente, omite esta diligencia, es responsable de los errores que expresa y de las consecuencias que ellos pueden acarrear. Porque nadie obliga a un hombre a expresar su pensamiento. Si libremente lo hace, asume la responsabilidad de decir la verdad; para decirla, de conocerla; para conocerla, de investigarla. (2)
Como se ve, no es cosa de querer ser periodista. Hay que serlo asumiendo la responsabilidad moral de ejercer la profesión con dignidad y honorabilidad.
¿Cuáles son los caminos a seguir?
En primer lugar, estar en disposición personal de ser un periodista a cabalidad. Eso nos deferencia de quienes, por estar al servicio de intereses ajenos a ese derecho del pueblo a ser veraz y oportunamente informado, convierten al periodismo en caja de resonancia de sus prejuicios o de sus pasiones a veces difícilmente encubiertas.
En segundo lugar, actuar profesionalmente con eficacia. Investigar la verdad requiere de una adecuada preparación de quien investiga, de información previa, de un adecuado bagaje cultural, de una dosis de comprensión y tolerancia suficientes para resistir los enconos o la mala intención.
En tercer término, contar con un acceso libre a las fuentes de información. Cuando no hay transparencia en los negocios públicos; cuando las leyes coartan la investigación de los hechos por el temor a la represalia; cuando los funcionarios se olvidan que son servidores públicos y, por lo tanto, se consideran dueños de las noticias; cuando los antecedentes se ocultan a los ojos del periodismo para servir intereses creados; en fin, cuando las fuentes de información se cierran o pretenden que se divulgue una versión unilateral, entonces es deber del periodista de decir la verdad y, para ello, de buscarla honestamente, se convierte en una odisea.
En casos como los mencionados —que desgraciadamente se ha dado y se da mucho, en los últimos tiempos— la misión suprema del periodismo se convierte en una aspiración ilusoria.
Creo que este punto tiene mucho que ver con lo que nos sugiere el tercer rubro de nuestro tema de esta noche: el de la desinformación.
Yo sé que esa palabra desinformación no existe en el idioma castellano y, pienso, que en ningún otro. Pero cuando se usa, corrientemente se quiere hacer referencia a las actividades de un servicio oficial que depende directamente del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y de la KGB.
Según Claude Delmás, que ha escrito sobre este asunto, "por el recurso sistemático de ciertas palabras, por la utilización de noticias y documentos falsos, la desinformación busca, en efecto, la paralización de la opinión pública de los países enfrentados al 'sentido de la historia' y de colocarla en estado de 'no resistencia'. La idea es 'disimular o tergiversar los objetivos y la política de un estado enemigo a fin de facilitarlas operaciones de subversión'. (3)
Claro. Esto es así y lo sabemos bien. Tampoco es nuevo. La difusión de noticias falsas era uno de los recursos usados por la Tcheka en 1920. Y lo fue también de Goebbels, especialista en esto que se ha dado en llamar desinformación. El manipulador nazi de las noticias lo decía claramente: "No hablamos para decir algo, sino para obtener determinado efecto". Mussolini estaba convencido de que "el hombre moderno está extraordinariamente dispuesto a creer" y en eso basaba todo su montaje propagandístico. (4).
No voy a negar que los comunistas han perfeccionado este estilo y que la desinformación es uno de sus métodos de penetración a través de ideas-fuerza que terminan por convencer a los incautos y a los que están dispuestos a recibir el mensaje, y que debilita a los inseguros de sus propias convicciones.
Pero sería tremendamente injusto si yo viniera aquí a sostener en una tribuna universitaria que la tentación es puramente patrimonio de los comunistas, o es una idea nazi-facista superada. El recurso del abuso de la información, de la tergiversación, de la manipulación, del adecuar los hechos a los deseos propios, ha estado presente en estos años entre nosotros. Lo hemos visto cuando en Chile se ponía en duda la existencia, por ejemplo, de detenidos desaparecidos, o cuando no se podía mencionar el exilio, o cuando se ha censurado a la prensa, o cuando se mantiene control sobre la televisión que informa sólo aquello que es autorizado o permitido, o que niega acceso a amplios sectores de la opinión pública.
Hay en esto un utilizamiento del periodista para servir intereses políticos. En otras ocasiones, se ha sembrado ilusiones, se ha abultado cifras o, llevados por el entusiasmo, se ha proclamado falsos éxitos. Esto para servir intereses económicos y favorecer determinadas orientaciones financieras.
Nunca como en estos años ha habido mayor despliegue de hechos disfrazados de verdaderos que han terminado siendo falsos. Ni tantas declaraciones rotundas que son desvirtuadas por los hechos. En ese sentido, la desinformación, "hecha en casa", ha conspirado para desmentir a Mussolini. El, que pensaba que el hombre moderno estaba extraordinariamente dispuesto a creer, quizás se sorprendería por qué en estos últimos tiempos en nuestro país ha crecido tanto la falta de credibilidad. Todo se duda: a nadie se le cree plenamente; si existe la sospecha de que siempre hay algo encerrado; en fin, hay una suspicacia generalizada que conspira contra el país, en primer término, y por extensión, contra los medios de comunicación.
Para devolver la fe, para restaurar la credibilidad, será necesario trabajar muy intensamente. Las instituciones deberán ser transparentes en sus acciones e intenciones. Las autoridades, estar dispuestas a ser juzgadas por la verdad de sus hechos y- no por el disfraz de sus intenciones. Y los periodistas, desartillar la pertinacia para redescubrir el sentido verdadero de su gran misión.
Quisiera hacer, sí, un alcance para no ser malinterpretado. Yo no estoy contra el periodismo de barricada, es decir, de aquél que proclama ideales que defiende a ultranza y que combate a sus adversarios. En la historia del periodismo, siempre ha existido la prensa combatiente. "La Aurora de Chile", el primer periódico nacional, a quien todos rendimos homenaje de admiración y respeto, fue una publicación combativa y vibrante. Sus comentarios editoriales eran de fuego. Su defensa de la libertad, una alegoría que no daba tregua.
Yo creo que ese periodismo siempre ha existido y siempre existirá. Y que es bueno que exista. Pero, claro, ser combatiente no exime de las normas éticas; ni el estar identificado con algunas ideas, autoriza a nadie para olvidar las líneas de conducta profesional que son aplicables a todos.
Pero el periodismo de ideas, de batalla, es bueno que exista. Más todavía, yo pienso que mientras más plural y variado es el abanico de este tipo de prensa será más provechoso para el país.
Con la misma convicción, sostengo que el periodismo que yo llamaría más pluralista o profesional es indispensable. A todos les son aplicables los principios fundamentales de la profesión y nadie puede excusarse de ellos. La seriedad de un periódico no es una etiqueta que uno se coloca a sí mismo, sino que es una virtud que le debe ser reconocida por el público. Es lo que pasa con la caballerosidad. No basta que un hombre esté bien vestido para ser un caballero. Requiere que su conducta habitual así lo demuestre. Y todos sabemos bien que en esto, como en muchas cosas, el hábito no hace al monje.
NOTAS
1. E. Filippi, "Libertad de pensar, libertad de decir", Cisec, 1979.
2. E. Filippi, obra citada.
3. Claude Delmas, “La desinformation", publicado en "Le Monde".
4. Ibidem
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