Hoy, como nunca en la historia, da la impresión de que el mundo estuviera en cierta manera "instantáneamente" presente a la conciencia del hombre. Hechos ocurridos hace pocos minutos, en los sitios más distantes del planeta, son ya conocidos por gran parte de la humanidad. Y ello no sólo en una versión intelectual y fría, sino como una realidad inmediata y portadora de toda la carga de emoción, de dolor o de alegría que pueden afectar a auténticos testigos. Esa verdadera inundación por una abigarrada actualidad, puede llevar a hacer creer que en realidad el mundo entero está efectivamente presente en cada instante de la vida.
Bien comprendemos que en eso hay una dosis muy grande de ilusión. De hecho, la información que se recibe está ya seleccionada, de modo sucesivo y con arreglo a los más diversos criterios. A continuación los medios, son justamente eso, medios, a través de los cuales podríamos a lo sumo llegar a percibir la realidad, como la percibe el ojo a través de los medios refractantes. Pero hace ya más de un siglo que el padre de la Fisiología moderna, Johannes Muller, hacía ver que los propios órganos de los sentidos condicionan irremediablemente la realidad que accede a la Conciencia.
En verdad, ese problema asalta ya en cualquier teoría del conocimiento. ¿Cuál es la capacidad real de distinguir la interpretación de la realidad? Pensemos simplemente en el desarrollo biológico de la facultad de conocer en la vida de cada hombre. ¿No es acaso la primera acción del espíritu humano la de conferirle un sentido a la realidad para referirnos a algo a lo que no le hemos conferido ningún sentido? Y finalmente, la pregunta que es la gran tentación de nuestro tiempo: ¿Existe algún sentido en los acontecimientos que no haya sido puesto por el hombre?
De hecho no existe comunicación fuera de un contexto determinado. Los mismos sonidos, las mismas imágenes, pueden asumir significaciones radicalmente diferentes según el contexto en que aparezcan. El sonido o la grafía se transforma en palabra, sólo dentro de un contexto. Ese contexto en su nivel más general y abarcador, corresponde a la imagen del mundo, a la visión del mundo, que les confiere a las palabras su sentido, transforma imágenes y signos en lenguaje, y hace posible la comunicación entre los hombres.
El poder abrumador que tienen hoy día los medios radica justamente ahí. Son ellos los que de hecho proporcionan al hombre de hoy un acervo de valores, de conceptos, de convicciones, de imágenes, aún de sentimientos, que llega a constituir una imagen del mundo, compartida por muchos individuos, en virtud de la cual se interpretan los trozos aislados de información, y se los ordena en un conjunto, se les confiere un sentido particular. Paradójicamente ese poder es en cierta forma impersonal, y se ejerce incluso sobre los propios profesionales de los medios, configurando la ordenación que ellos mismos le imponen a la realidad. Se ejerce irónicamente sobre los mismos que creen manejarlos, y que llegan a quedar sumergidos en la marea de juicios y prejuicios que ellos creyeron producir.
Gracias a los medios de comunicación, se abre hoy la posibilidad —en realidad se ofrece ya como un hecho— de influir sistemática y metódicamente y con arreglo a principios y sistemas científicamente establecidos, en la configuración de una opinión pública. Y no es coincidencia por supuesto, que esta capacidad sea intensamente usada en el mismo momento en que la "opinión pública" llega a ser un elemento decisivo, tanto para legitimar el poder político, como para afianzar el poder económico.
La técnica contemporánea, los enormes costos de las instalaciones requeridas, tienden a desarrollar un sistema de "educación unidireccional, que ignora la fundamental relación dialogística, interpersonal", en las palabras de Juan Pablo II. No hay duda de que se constituye en torno a los individuos una verdadera atmósfera que condiciona su interpretación y la comprensión de los innumerables mensajes que los alcanzan a diario.
Bien se advierten los esfuerzos por crear esta atmósfera en aquellos discípulos más evidentes de Goebbels, que imponen abiertamente una deformación de la realidad al servicio de una estrategia política. Pero no es esencialmente distinto al proceso de manipulación sistemática de la opinión pública ejercida con alcance transnacional y destinado a conformar las opiniones morales y políticas de una parte muy grande de los habitantes de la tierra enajenándolos a menudo a sus propios acervos culturales.
Esto es tal vez una expresión más de uno de los hechos culturales más significativos de nuestro siglo, que es el auge de lo que podría llamarse un "humanismo materialista". Fue Heidegger quien, en una aguda observación señaló que la esencia del materialismo no consiste en la noción de que la única realidad sea la materia; sino más bien en pensar que todo lo que existe se le ofrece al hombre como un material dispuesto para su elaboración.
Y parece ser parte del destino del hombre de nuestro tiempo el creer —o haber creído- que todo, la naturaleza, la sociedad, y la propia mente humana—, eran como materiales destinados a ser elaborados a su voluntad. Y si la manipulación de la opinión pública, la masificación abrumadora de sus reacciones, nos parecen tan profundamente repugnantes, es porque nuestro espíritu siente que aquí se ha tocado -o traspasado- un límite. La Revelación cristiana lo señala en el primer capítulo del Génesis al decir que Dios puso al hombre en el Jardín del Edén para que "lo trabajara y cuidara". No para que usara de la obra de la Creación a su antojo, ni para que dispusiera de sus hermanos, sino para que se hiciera cargo de la Creación de Dios.
Si muchas amargas experiencias nos han enseñado que no podemos tratar a la naturaleza como si fuera simplemente un material dispuesto para ser elaborado a nuestro antojo, con mucho mayor razón, con una razón cualitativamente distinta, debemos detenernos con respeto ante el incomunicable e irreductible núcleo de existencia de la naturaleza espiritual.
Bajo muchos aspectos, nuestro siglo, testigo y actor de tantos horrores, se vuelve a la consideración del valor de lo humano concreto y personal. No sólo en aspectos jurídicos y éticos como son los derechos humanos, sino también en la consideración por las minorías étnicas, o por las peculiaridades de desarrollo diferenciado de las capacidades humanas, renace la consideración del hombre, no como un simple eslabón en la historia, ni como parte de una especie biológica, sino como un sujeto revestido de una dignidad en cierto modo absoluta.
Resulta notable entonces que se olvide la raíz de estas nociones que percibimos como condición ineludible para un desarrollo humano que sea digno del hombre. Esa raíz está en la existencia de una naturaleza espiritual cuyo sentido es precisamente comunicarse, en la noción de persona humana que tiene propiamente un origen teológico, y que como raíz de su dignidad trascendente tiene precisamente su relación con Dios.
Somos conscientes de que el uso de los medios de comunicación social como servidores de ideologías oficiales, como instrumentos de poder político, como instrumentos de poder económico, son daños inferidos a diario al hombre de hoy y son ominosos fantasmas para el futuro. Pero no parecemos capaces de reconocer con igual claridad que no hay manera de salvar esos peligros inherentes a los sistemas técnicos modernos si no es rescatando un sentido del hombre que le restituya su verdadera dignidad.
La menor mirada a la experiencia cotidiana de cuantos trabajan en los medios de comunicación les dirá cuan difícil es proyectar un sentido humano, testimonio de verdad y constructor de la paz sobre el mundo disputado por poderes aplastantes, o movido por seducciones perversas.
Sin embargo, el hecho de que esa tarea aparezca a menudo inabordable o sobrehumana, no debe ser sino un acicate para intentarla cada vez de nuevo con humildad y persistencia, a pesar de todos los fracasos y todos los errores. Esa voluntad básica de dar un sentido humano al mundo en el que se da la información, es propia del hombre que ha descubierto que tanto él como el mundo tienen un sentido, un sentido que es anterior a la posibilidad misma que tenemos de conferirles sentido a las cosas, del hombre que cree que ese sentido está en la vida misma de Dios manifestada —porque la expresión "Verbo de Dios" que designa a aquel "por quien Dios hizo el mundo" y que es "el Primogénito de la Creación", en las palabras de la Escritura, es la traducción de la palabra Logos, cuyo más exacto significado sería probablemente el de sentido.
Un fundamento moral y espiritual, no un fundamento asentado en la conveniencia, ni en las movedizas arenas de la aceptación con-sensual, es la condición para poner los medios de comunicación social al servicio del hombre. Es sólo ese fundamento el que le da sentido a las exigencias de la verdad y la libertad, y sobre él se puede edificar una sociedad de hombres de paz.
¿Qué es la verdad? Fue la pregunta que hizo Pilatos, y él no esperó respuesta porque no creía en verdad que la tuviera. Nosotros sabemos que ella es la manifestación del ser de las cosas y de los acontecimientos, que no puede ser fabricada por ningún poder, sea económico o político, que no depende ni de una decisión autocrática ni de un consenso. La exigencia de la verdad despliega un horizonte nunca alcanzado, y por lo mismo puede ser frustrante y descorazonadora. Pero eso es lo propio de la exigencia evangélica, que no está allí para que nos sintamos satisfechos por su cumplimiento, sino que al contrario nos dice que cuando creamos haberla cumplido a cabalidad "siervos inútiles somos". Ninguna falla propia nuestra en el servicio de la verdad podría justificar el que renunciáramos a tenerla como la guía necesaria de nuestra acción y a proponerla como tal nuestra enseñanza.
Nadie es dueño de la verdad, somos todos servidores de ella. No existe una verdad oficial. La verdad necesita del aire de la libertad. No se trata aquí de hacer un análisis de las posibilidades, del alcance, y menos aún de las limitaciones de esa libertad. No hay ninguna libertad que puede ser entendida como simple permisividad. No hay ninguna limitación a la libertad que no pueda ser defendida torcidamente como una contribución al bien común. Lo que importa es que estemos seguros de que el único horizonte posible para darle un sentido humano a la imagen del mundo de hoy, es el del servicio a la verdad, y que no tiene sentido hablar de verdad sin libertad. Y si a esto le impone límites la convivencia social, importa recordar que no se puede permitir que la excepción tome el lugar de la regla general.
Pero hay algo específico y propio en el sentido del mundo, que un periodista católico tiene la obligación de transmitir, y que es su manera insustituible de servir a la verdad y de promover la libertad. En medio de tantas adversidades y peligros, de tantas incertidumbres, de nuestras propias debilidades y errores, "no nos contristamos como los demás, como los que no tienen esperanza". Y el Papa nos urge una y otra vez, en numerosos documentos, a lo mismo, con las palabras de San Pedro a "dar razón a quien lo pida de la esperanza que hay en vosotros". Sabemos que hay un sentido que trasciende a todos los sentidos que los hombres descubren en los acontecimientos, y que ese sentido ha sido puesto por el Dios Creador.
Ninguno de nuestros empeños, ni el uso de los medios más sofisticados, ni nuestros más apasionados y justificables intentos tras lo que nos parece verdadero o justo, podrá prescindir —si quiere ser fiel al hombre—, de que estamos preparando el reino del que quiso ser llamado Príncipe de la Paz, de la tarea entonces, de edificar la paz. En las palabras de Juan Pablo II: "Si en el ejercicio de su tarea, que es una verdadera misión, los comunicadores sociales saben promover la información serena e imparcial, favorecer el entendimiento y el diálogo, reforzar la comprensión y la solidaridad, habrán prestado una ayuda magnífica a la causa de la paz".
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