"¿Qué sería del mundo, de este pequeño mundo, sin mí?
Soy importante. Puedo detener un poco el tiempo o apurarlo. Puedo exigir muchas cosas o guardar secretos hasta que sea prudente revelarlos. Soy alguien.
No yo, por supuesto, que tengo nombre y apellidos, que tengo un rostro; sino yo, el periodista de esta comarca, que trabaja para un diario que no se mide en el firmamento de la gran prensa. Soy un periodista de la provincia. Soy realmente importante.
Sin mí, este pequeño mundo nunca sabría quiénes recibieron ayer distinciones por 40 años de abnegados servicios en el cuerpo de bomberos. Tampoco sabrían quién estaba dentro del ataúd del cortejo que ayer pasó por las calles principales en dirección al camposanto. Sin mi intervención, el conflicto que estalló en la principal empresa de la comarca seria sólo un rumor sordo. Y los resultados del campeonato escolar de fútbol, que ha reunido a tanta gente, jamás habrían trascendido.
Este es mi pequeño mundo, el mundo de un reportero local."
Esta confesión pertenece a Hanni Chill, periodista de Würzburg, en la República Federal de Alemania. Desde 1975, Hanni dirige la redacción local en Bad Kissingen, una pequeña comarca, como editora asociada al diario Main Post. Ella dice las cosas con bastante franqueza con humor por supuesto, pero con responsabilidad. "El periodismo local -señala- puede no ser el más importante, pero en mi diario se le considera al menos tan importante como cualquier otra sección informativa".
PERIODISMO REGIONAL: UNA ESPECIALIZACIÓN
Muchas veces nos hemos preguntado nosotros si existe un periodismo propiamente regional, o un periodista regional, en contraposición -tal vez- a un periodismo o a un periodista metropolitano.
Hay, en todo caso, un ejercicio profesional regional muy particular, posiblemente distinto del que realizan en los medios de comunicación de Santiago los periodistas que informan sobre regiones. En todo caso, en lo personal, creo que no se requiere una formación básica distinta para ejercer aquí o allá. O en cualquier parte.
Yo estudié en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica.
Hace ya algunos años, ejercí en Santiago inicialmente, luego en Concepción, más tarde en Cali y en Bogotá, Colombia, y ahora lo hago nuevamente en Concepción. En ninguna de estas ciudades he sentido un vacío especial que me impidiera asumir las tareas que se me encomendaron. Incluso en ciudades como Cali, donde la diferencia se mide inicialmente en grados Celsius, para no entrar en consideraciones culturales, anímicas o aun de manejo del idioma. Conozco colegas que estudiaron en la Universidad Católica y que hoy trabajan en otro idioma. Por eso me parece que —sujeta a ser mejorada— la formación básica debe ser igual para todos los periodistas.
Entonces muchos se preguntarán por qué deseamos tener una Escuela de Periodismo en la zona, si los interesados pueden obtener esa formación básica en Santiago y luego venir a Concepción, o ir a Osorno a ejercer la profesión.
La respuesta a esta pregunta la hemos discutido bastante en varios seminarios y no voy a detenerme en consideraciones que me parecen muy válidas, como son el imán que representa Santiago, el atractivo ramillete de oportunidades que brinda, la calidad de vida que ofrece, la trascendencia y la notoriedad propias de la capital, etcétera. Ahora, y sólo por mantenerme en el hilo central de esta exposición, me interesa destacar que una Escuela de Periodismo en regiones —y no hay ninguna en el país— nos brindaría al menos la oportunidad de entregar a los alumnos algunos elementos para que ellos puedan formarse una conciencia clara de la realidad regional chilena, para que puedan asumir una relación personal con ese contexto.
Y así como el periodista que en el ejercicio de su profesión se especializa en el tratamiento de contenidos políticos, para lo cual necesita manejar información de actualidad, conocer a los protagonistas de la actividad política, disponer de una bibliografía adecuada, saber utilizar archivos y documentación y contar con sólidos conocimientos de historia del país -entre otros requisitos-, queremos que el periodista que ejerza en regiones disponga también de herramientas y de elementos de juicio que le permitan hacerlo responsablemente. Estas herramientas y elementos de juicio también puede encontrarlos solo, sin ayuda, como lo han hecho muchos periodistas que ejercen aquí, o en "otras ciudades del norte, del centro o del sur de Chile. Sin embargo, en los últimos cinco artos, con el impulso que ha tomado el esfuerzo regionalizador en todo el país, la información disponible se ha multiplicado considerablemente. Conceptos tales corno el desarrollo armónico o reparto equitativo de oportunidades dejaron de ser arengas para convertirse en argumentos respaldados por cifras categóricas.
Me parece que allí hay una tarea periodística de importancia, que puede ser ejercida sin promover provincialismos resentidos. En último término se trata de que los yumbelinos se queden en Yumbel, y no emigren. La información, adecuadamente orientada, puede ayudar a que no haya chilenos de segunda o tercera clase por el solo hecho de nacer o de vivir en puntos geográficos diferentes.
¿Qué tiene de especial este ejercicio profesional en las regiones?
Prescindiendo de las diferencias grandes que hay entre los medios de comunicación en las distintas regiones, todos tienen algo en común: trabajan más cerca del público lector, auditor o televidente.
El emisor y el receptor casi pueden tocarse en el proceso de comunicación y el primero puede conocer mucho de las inquietudes, de la vida y de los gustos del segundo. Puede enterarse con más precisión de lo que hace el receptor en sus horas de ocio y conocer —y acaso compartir— sus temas de conversación.
No intento plantear una ocurrencia original, ni siquiera muy nueva. Desde hace algunos años —unos diez o doce— se estudia con interés este fenómeno de retorno al receptor, llámese lector o telespectador para exceptuar al auditor, ya que la radio nunca se alejó demasiado.
En Europa y Estados Unidos se observó que a medida que los medios de comunicación crecían y se desarrollaban, se alejaban también de su público. Sacrificaron el aspecto local para ir a conquistar espacio geográfico. Trocaron el tratamiento personal por la generalización.
Es indudable que el desarrollo del macromedio trajo una notable mejoría en la calidad de los contenidos y una creciente variedad de secciones informativas y de servicio. Pero se sacrificó el vínculo con el lector, con el televidente.
Eso preocupó a los grandes medios de comunicación y a las agencias de publicidad. Estas últimas, en representación de sus clientes, buscaban el camino más expedito para llegar al receptor, en lugar de obtener una amplísima cobertura que se abre como un paraguas sobre el país o el continente.
Esa distancia que los grandes medios crearon entre la fuente y el receptor no la pueden remediar las encuestas, ni siquiera las modernas sicografías que buscan dibujar al lector tipo en su casa, en su trabajo, con sus hábitos de lectura, de consumo, en fin, con una información indudablemente rica, pero que sólo es una media, probablemente con mucho rigor científico... pero media en fin. Y en el caso de los diarios, cuando los lectores comienzan a hojearlos, dejan de ser términos medios y asumen individualmente la forma de personas de carne y hueso, capaces de decir ¡basta! y lanzar el diario al papelero. A ese lector podemos perderlo en una fracción de segundo y para recuperarlo necesitamos invertir varios días, con el despliegue de nuestros mejores argumentos.
PERIODISTAS CON CORAJE CIVIL
En nuestro país se percibe muy tenuemente. Aquí no ha llegado aún la hora del verdadero ejercicio local, aun cuando el ejercicio regional es un pariente cercano. El diario redactado por periodistas con sucesos locales, tangibles, cercanos a la comunidad; el diario con noticias que los lectores vieron en la calle o escucharon de boca de vecinos o amigos; el diario donde opinan personas conocidas en la comarca sobre problemas que afectan directamente a toda la comunidad; ese diario que existe en algunas partes del país, está llamado a desarrollarse, porque nuestro país no podrá permanecer ajeno a tendencias que se imponen con fuerza en Europa y Estados Unidos.
¿A quién le importan los hoyos que hacen intransitable el camino de Ramadillas a Cañete?
La gran prensa nacional no puede detenerse en una noticia de este tipo. Muchas veces, la prensa regional tampoco. Tal vez una simple mención, porque anteayer pasó por allí el Ministro de Agricultura, que por media hora vivió la realidad cotidiana de los habitantes de esa zona. Pero, para la futura redacción local de Cañete, o para el pequeño periódico que ya existe en Curanilahue, el estado del camino en ese sector es noticia importante. Tendrá que preocuparse de esa noticia, porque sus lectores que transitan por allí, y que pagan el mismo valor que en el pavimentado Santiago por un permiso de circulación, se lo exigirán.
Pero no quiero centrar todo en nuestra Octava región. En Alemania Federal –guardando diferencias, que en esto no siempre son siderales– se ha llegado a afirmar que es el periodismo local, la redacción local, o la asociación con periódicos locales, lo que puede llegar a salvar a la gran prensa nacional. ¿Por qué? Por la lectoría efectiva y por aquello que los anunciantes buscan -cada vez más-: entrar al hogar del consumidor y permanecer allí algunas horas del día. Las cifras sorprenden: en Alemania Federal las grandes redacciones, llamémoslas de corte nacional, son 128; y las redacciones locales, independientes o dependientes de medios mayores, son 1.285. En otros términos, son diez veces más.
Las redacciones locales que salen de su rol de observadoras del acontecer y pasan al de protagonistas, son también cada vez más. Este salto de la platea al escenario también lo observamos en Chile, y los medios lo hacen porque logran aunar voluntades y pueden contribuir a que la comunidad se organice y defienda sus intereses. Ofrecen al público un foro, un lugar donde debatir ideas, ayudan al ciudadano común a observar el entorno y a comprenderlo.
Quisiera citar otro testimonio que me parece interesante, porque quienes trabajan en medios regionales tienen que haber percibido sensaciones parecidas. Birgit Mentzei-Buchner, de Weibligen, en las afueras de la ciudad de Stuttgart, en el sur de Alemania, dice:
¿Quién le dice al alcalde o al consejo comunal que el proyecto de demoler toda una manzana es un escándalo? ¿Quién asume esa responsabilidad? Y, agrega: ¿a quién le gustaría tratarse con el mismo médico a quien uno criticó en su gestión al frente del hospital local? ¿Quién se atreve a pedir más calidad académica a los profesores del colegio donde también estudian sus hijos?
No es fácil encontrar una respuesta. Ella sostiene que el periodista que ejerce en contacto con la comunidad requiere coraje civil. Coraje, para enfrentar con serenidad a los grandes de la ciudad, que no siempre son las autoridades o los más ricos, y asegura que con frecuencia ha escuchado exclamar a un colega. ¡Haz tu denuncia, Birgit, porque yo tengo familia, una casa y quiero quedarme aquí!
Birgit Mentzel-Buchner no ha perdido su coraje civil y hoy dirige una curiosa publicación, llamada Drehscheibe, que en traducción libre significa algo así como "Rueda de la fortuna", especializada en reunir y comentar las experiencias de las redacciones locales de toda Alemania Federal.
Ella sostiene, entre muchísimas otras observaciones, lo conveniente que resulta sentarse un día cualquiera para analizar el tiempo que se pierde a diario en reportear, redactar, editar y publicar informaciones que nadie lee. Y peor aún, que a nadie interesan. Recomienda, por experiencia propia y por la que le transmiten sus corresponsales, que las redacciones locales salgan en grupo, que se desplacen por la comarca, que conversen con la gente, porque los temas de conversación son temas de lectura y el proceso se retroalimenta. Birgit asegura -y yo estoy muy de acuerdo con ella- que no todas las denuncias que hace el público deben hacerse en los tribunales, o en la oficina de la Policía, pero toda redacción local debe tener un cedazo grande, que luego de sacudirse, deje algún material -o materia prima informativa- aprovechable.
Un diario de los alrededores de Münster, también en Alemania, arrendó un pequeño vehículo de camping y embarcó a periodistas y expertos universitarios con la misión de recoger muestras de agua potable en distintos puntos de la comarca. Los análisis confirmaron la opinión que los mismos periodistas habían detectado en diversos lugares: la pureza del agua dejaba mucho que desear. Ese periodismo resulta importante y ocupa menos espacio que informaciones irrelevantes. Eso al menos piensan los lectores... asegura Birgit Mentzel Buchner.
Pienso que este periodismo representa, guste o no, una nueva frontera editorial, que puede ser interesante para los diarios grandes y medianos y -muy especialmente- para periodistas-pequeño empresarios. Si Chile no escapa de las grandes tendencias, presenciará el nacimiento del periodismo que atiende a comunidades menores, en especial ahora, que la tecnología disponible ha hecho que el pequeño negocio editorial resulte abordable. La nueva frontera editorial de que hablaba, está configurada por la nueva frontera geográfica de muchas vidas, que es la comuna, la provincia o la región.
La tarea no es fácil. Nuestras historias las lee tal vez poca gente, pero las lee todo nuestro público. Pequeña cobertura, pero cobertura total, diría un publicista. Si la historia gustó, bien. Si no gustó, la cercanía con el público opera también a la inversa. La gente llama al director, al editor o detiene al periodista en la calle. "Mi primer feedback (retroalimentación) lo obtengo temprano en la mañana en la panadería -relata un periodista- cuando voy a comprar el pan, allí está el panadero esperándome tras el mostrador y, en vez de darme los buenos días, simplemente me dice ¡bien!... o, por el contrario, me dice con un dejo de desprecio ¡usted no entiende nada!
Los medios son los portadores de los contenidos y con ellos influyen en las conciencias. No son, ciertamente, la opinión pública, pero definen de modo terminante quién o qué cosa se convierte en tema de conversación pública y qué relevancia le corresponde.
La redacción local no puede dejarse, entonces, al azar. No puede navegar sola al vaivén del oleaje informativo o de los sucesos que surgen como luces de bengala en la oscuridad. Tiene que haber un plan de contenido, porque un diario regional o local, por independiente que se defina, no puede dejar de tener compromisos, y compromisos muy serios. ¿No estamos comprometidos, acaso, con la libertad de expresión? ¿Con la convivencia pacífica? ¿Con la honorabilidad de las personas y con el derecho que les asiste a tener una vida privada, hasta cuando su conducta o notoriedad no la convierta en asunto público? ¿No estamos comprometidos (aquí al menos) con el desarrollo armónico del territorio nacional? Y hay más. Son compromisos asumidos al margen de grupos de presión, y que deben figurar en el plan de contenidos de cada publicación.
Y esta vocación regional de los medios que no se editan en la capital no debe ser mirada por encima del hombro, porque cifras muy recientes, de abril de este año, revelan que el 62,9 por ciento de las personas encuestadas en seis comunas del litoral de la región del Bio-Bío tiene apego al lugar donde viven. El 30,3 por ciento -algo menos de 1 de cada 3- se iría a otra parte si tuviera ocasión de hacerlo, pero no a Santiago, sino mayoritariamente a otro lugar de la región.
UN EJEMPLO: LAS AGUAS DEL BÍO BÍO
Deseo exponer muy brevemente algunos antecedentes sobre un tema informativo importante y hacer algunas consideraciones sobre su tratamiento. Creo que es válido para ilustrar el quehacer periodístico regional.
En 1986, la Dirección Nacional de Aguas, dependiente del Ministerio de Obras Públicas, decidió rematar el aprovechamiento de cien metros cúbicos por segundo de las aguas del río Laja, tributario del río Biobío, para su utilización en una pequeña central hidroeléctrica. El agua no sería devuelta a la hoya hidrográfica del Biobío. Es difícil imaginarse cien metros cúbicos por segundo... pero, para acercarnos aun concepto, en un día representan 8 millones 640 mil metros cúbicos, cifra que supera con creces toda el agua que consumen los casi 500 mil habitantes de Concepción, Talcahuano, Chiguayante y San Pedro en un día.
No se trata en todo caso de una situación como la de Fuenteovejuna, donde la comunidad enfrenta al tirano. No. La Dirección de Aguas estaba en su derecho, conforme al Código de Aguas, de ordenar el remate, porque dos empresas mostraron interés por el caudal. El Sur, y menciono a este diario porque conozco la cobertura que hizo de esta situación, dio cabida en sus páginas a todas las opiniones autorizadas que se emitieron en esos días en torno al remate de las aguas. A favor y en contra. Se reprodujeron informes hasta entonces reservados; comentarios de especialistas, de autoridades sectoriales, de académicos e investigadores; artículos y declaraciones; reportajes, informaciones; cartas de los lectores preocupados por los efectos ecológicos de la decisión, y también editoriales.
Se ventilaron argumentos tales como que la disminución del caudal del río Laja afectaría al caudal del Biobío y, en consecuencia, perjudicaría la calidad de sus aguas, que utilizan Concepción y Talcahuano para beber. Se conocieron informes reservados sobre la calidad del agua potable de estas ciudades, que resultaron alarmantes. (Contienen residuos agroquímicos que -antes de sacar los 100 metros cúbicos por segundo- sobrepasan los máximos permisibles en agua de consumo humano, de acuerdo a las propias normas chilenas). Se habló también de la protección de la vida acuática, hoy casi inexistente en toda la hoya hidrográfica. En fin, del tema central se desprendieron decenas de temas secundarios, de interés individual, que igualmente contribuyeron al primero. Sólo entre mayo y junio de ese año, en un mes, el tema ocupó 30 veces título de portada y todos los días espacio en páginas interiores.
El diario El Sur y otras entidades regionales auspiciaron un seminario, donde especialistas de las universidades locales expusieron sobre el grado de contaminación de nuestros ríos y se refirieron al peligro que significaba sacar 100 metros cúbicos por segundo de agua del caudal del Laja.
En todo ese período, los diarios nacionales no registraron el hecho más allá de breves informaciones sobre situaciones puntuales o de párrafos en columnas de "breves de la región". Las autoridades nacionales tampoco se ocuparon del problema, al menos públicamente, y la fecha del remate de aguas se venía encima. En la víspera, como última opción, dos distinguidos vecinos de Concepción interpusieron un recurso de protección en la Corte de Apelaciones de Concepción y lograron detener temporalmente el remate. Más adelante, el tribunal se declaró incompetente porque la presunta arbitrariedad se había ordenado en Santiago, y la causa viajó a la capital. Esa Corte, a 500 kilómetros de distancia, determinó que el remate era legal -cosa que no estaba en discusión- y que debía llevarse adelante. Los vecinos presentaron un recurso de queja ante la Corte Suprema, que resultó también desfavorable para la aspiración regional. Sin embargo, un Ministro de ese alto tribunal justificó su voto contrario al remate de aguas, señalando que la Corte Suprema no había considerado el problema de fondo, esto es, la posible contaminación del río Biobío, sino la facultad que tiene la Dirección de Aguas de rematar el aprovechamiento de los caudales.
Los mismos vecinos, en declaración pública, anunciaron en Concepción, una vez conocido en fallo de la Corte Suprema, que interpondrían nuevos recursos, esta vez contra las empresas que postulaban a la adjudicación de aguas.
Hoy, dos años después, las cosas ya no son iguales. El remate no se realizó, porque las empresas involucradas desistieron de su interés en el remate de aguas. Pero, de todo este largo episodio, quedó algo que a mi juicio resulta importante: la comunidad comprendió que es necesario que decisiones que pueden afectar la calidad de vida de la región o la supervivencia de sus recursos, se adopten en la región, previo análisis de todos los antecedentes disponibles y –ojalá- con acceso público a esa información.
Pero también ganó el río Biobío. La notoriedad que alcanzó, y la alarma que causó en la población regional su alto grado de contaminación, permitieron que algunas entidades internacionales pusieran su vista sobre este río. El Convenio Andrés Bello, el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, CIID, de Canadá, y la Universidad Mac.Gill, de Montreal, Canadá, están realizando una investigación, a un costo de un millón de dólares, que incluye al Biobío junto a otros 4 grandes ríos de América del Sur. La pregunta es si el río de mayor caudal de Chile es un enfermo recuperable o terminal.
Cuando repaso esta experiencia, y otras, como la campaña que evitó que la Dirección Nacional de Aeropuertos cerrara por espacio de cinco meses el aeropuerto de Carriel Sur, el segundo en cuanto a movimiento aéreo en Chile, no puedo sino coincidir con la observación de un colega alemán, editor de un pequeño diario de Schwabach, cerca de Nürenberg, que afirmaba que un editorial del gigantesco diario DieWelt, sobre el tejemaneje político de Alemania, no podía variar las cosas. Pero, agregaba, que un comentario de su diario, el Schwabacher Tagblatt, podía alterar significativamente la vida diaria en esa comarca de la Franconia.
Y eso es cierto. Lo digo sin petulancia. Con orgullo, pero también con responsabilidad.
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